La democracia muere en la oscuridad

Democracia es el gobernar por el pueblo. Un gobierno democrático debe estar muy cerca de su pueblo, oírlo y dejarse oír, compartir con él los hechos, logros y fracasos, pero, sobre todo, las decisiones difíciles. Un gobierno democrático debe estar en constante búsqueda de consensos para poder gobernar para todos. Ese tipo de gobernar asegura la paz.

Para lograr ese diálogo y cercanía a la gente se requieren dos cosas: un pueblo informado y un gobierno transparente. Un pueblo informado por los medios de comunicación y, ojalá, por su gobierno. Para ello, la información que se debe proveer debe ser sobre los asuntos importantes para el país y el pueblo; no puede ser la información de pequeños hechos, no puede ser propaganda, no pueden ser los pleitos de políticos. Solo proveyendo información verdadera y clave, que analice causas, efectos y alternativas, se estará creando un pueblo conocedor de los asuntos que marcarán su destino y compartiendo las difíciles decisiones que el gobierno debe tomar. Esa información permitirá empoderamiento del pueblo y sus gobernantes, ayudará a tomar decisiones y nos mantendrá libres.

Un gobierno no puede informar y dialogar solo con los que están con él. La democracia se basa en el diálogo entre distintos. Ello enriquece. No dialogar ni permitir la crítica empobrece y debilita al gobierno democrático. Un gobierno que mantenga secretos, un gobierno no abierto y transparente, es un gobierno débil que tenderá a ser dictatorial.

Los medios de comunicación y los periodistas tienen la obligación de asegurar que haya luz, no oscuridad. Esto se hace más difícil si no hay apertura por parte del gobierno, pero es en esos casos donde esa verdad proveniente de los medios de comunicación social es cada vez más relevante. Es allí donde las noticias falsas causan más daño.

El coartar la información se logra de varias formas. La más peligrosa es la autocensura. Está también la que imponen los dueños de los medios a sus periodistas; la que imponen los poderes económicos a los medios que dependen de sus anuncios para sobrevivir; la que impone el gobierno al excluir de sus ruedas de prensa a los periodistas que no le son afines; la que se imponen los periodistas por miedo o intereses creados. Todas esas formas de censura llevan hacia la oscuridad y, por tanto, ponen en peligro la democracia, lo que a la vez daña los intereses de esos actores y los del país.

Otros peligros al diálogo democrático son las noticias falsas, el distorsionar u ocultar información y distraer la atención informando banalidades. Un gobernante carga sobre sus hombros la representación de su pueblo; por tanto, cuando habla en su nombre, debe hacerlo sobre las cosas que son importantes a la gente, no sobre las que pueden darle publicidad. De allí la importancia de estar cerca de su pueblo y oírlo, de priorizar los asuntos de nación sobre los personales o el show mediático.

En el país es difícil en estos días levantar voces críticas, pues existe una censura velada o descarada; amigos que recomiendan no criticar, medios que no levantan su voz, partidos de oposición que no lo son, pues están enredados en sus pleitos internos o están muy débiles; periodistas que se autocensuran, etcétera.

Sin embargo, cada vez más, vemos ejemplos valiosos que nos presentan diferentes puntos de vista, que plantean alternativas, que critican y que advierten de peligros. Un reconocimiento a esas voces y profesionales. Esas voces son muy necesarias ahora; son necesarias para dar luz y diluir la oscuridad y, por tanto, mantener la democracia.

*El titular de esta columna, «La democracia muere en la oscuridad», es el eslogan del periódico The Washington Post.


*Mauricio Silva ha trabajado por más de 40 años en administración pública. Ha sido director y gerente de varias instituciones en El Salvador y experto en el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

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