Profanar la Constitución

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¿Se puede cambiar la Constitución? Por supuesto. De hecho, desde que se aprobó la actual, en 1983, la principal ley de El Salvador ha tenido 25 modificaciones. La más reciente reforma, ratificada en 2014, incorporó un párrafo para reconocer la existencia de los pueblos indígenas. En 1992, se decidió que la Fuerza Armada fuera apolítica; en 1999, El Salvador reconoció que se es persona humana desde el momento de la concepción, lo que en la práctica prohibió definitivamente el aborto.

La Constitución es ese grupo de reglas de convivencia, un pacto de normas para guiar las riendas de un país. La actual, como hemos visto, ha probado ser muy flexible desde su aprobación. Y ha respondido a coyunturas políticas muy concretas, como los Acuerdos de Paz, y a la tradición conservadora de la sociedad salvadoreña.

No fuera necesario hablar de la Constitución, y de sus cambios, de no ser por la urgencia de Nuevas Ideas de violar la Constitución… para cambiar la Constitución. 

La última plenaria del periodo 2021-2024 trajo un cambio significativo. Los diputados de Nuevas Ideas aprobaron una reforma para hacer que los cambios a la Constitución sean lo más rápido posibles. La reforma al artículo 248, que aún debe ser ratificada por ellos mismos, quitó un candado de seguridad al proceso: ahora la Asamblea cian puede aprobar y ratificar cualquier modificación en el momento que lo desee… Casa Presidencial. 

Visto el nivel del debate, es muy poco probable que esta reforma fuera parida en otro lugar que no sea la Presidencia de la República. Los diputados oficialistas, en cualquier caso, se esforzaron para intentar engañar a la población sobre las bondades de la reciente reforma. 

Los argumentos van desde lo más hilarante hasta la más burda mentira.

Dijeron que esta reforma era para dar mayor rigidez a la Constitución, ¿Es posible hablar de mayor rigidez a la Constitución, de tratarla como se merece, si la Asamblea de Nuevas Ideas, aprovechándose de su súper mayoría, podrá cambiarla cuando se le antoje? ¿De qué candado estamos hablando? 

Lo anterior no deja de ser curioso porque el pasado proceso de reforma constitucional permitía que las nuevas Asambleas examinaran los cambios que hacían sus predecesoras. Esto para determinar si, después de las elecciones, era lo que el electorado o la realidad pedían. La Asamblea que acaba de terminar, por ejemplo, decidió no ratificar una reforma que incorporaba el derecho al agua a la Constitución.  Pese a que para el 100% de la población, según una encuesta del IUDOP, el agua es un derecho humano. 

Lo que nos lleva al segundo argumento que intentó vender Nuevas Ideas. Dijeron que las reformas a la Constitución son necesarias porque el pueblo se las ha pedido. Hay algo que no cuadra: ¿Escuchan al pueblo pero no ratifican una reforma que, como sí quiere el pueblo, permitiría volver derecho humano el acceso al agua? 

Pero la mentira es más extensa. Las reformas a la Constitución no fueron propuestas de campaña de Nuevas Ideas en las pasadas elecciones. Es más: las potenciales reformas a la Constitución no aparecieron como una razón para votar por Nuevas Ideas, según los sondeos del IUDOP previos a las elecciones de febrero y marzo. 

El tercer argumento es todavía peor. Absurdo, cuando menos. Los diputados de Nuevas Ideas dijeron que la Constitución debe ser “viviente”. Es decir, una especie de plastilina que puede moldear quien tenga los votos, no la razón. La generación que hizo la actual Constitución, según el razonamiento, fue una “generación de muertos”, que ya no tendría autoridad para los tiempos actuales.

Esta, quizás, sea la cúspide del cinismo. Los valores de una Constitución no están determinados por la longevidad de quien la aprueba; tampoco están pensadas en ser cambiadas cada cinco o diez años, según el partido y el cacique de turno. Quienes redactaron las anteriores constituciones pusieron cimientos, pero también pusieron límites: eso que llamaron cláusulas pétreas, aspectos que se deberían mantener intactos para proteger a la nación de las fantasías de poder.

Diferentes generaciones de votantes le otorgaron el poder a políticos que comprendieron de distintas maneras su influencia en los límites de la Constitución. La mayoría de votantes actuales, convencida de que les están solucionando problemas apremiantes, como la seguridad, ha empoderado a un grupo que no tiene valores democráticos; lo que no significa, sin embargo, que la gente los eligió para que rompieran el orden constitucional del país.

El Salvador había decidido ser una República. El Salvador había decidido creer en la separación de poderes. El Salvador había decidido que todos somos iguales ante la ley. El Salvador había decidido que no tendría reyes. El Salvador había decidido ser libre. 

Eso es lo que quieren cambiar. Eso es lo que está verdaderamente en juego.


Foto FACTUM/Gerson Nájera

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