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Stener Ekern, el asesor desencantado de la Comisión de la Verdad

Hace 27 años que Stener Ekern participó como asesor de Naciones Unidas para la Comisión de la Verdad de El Salvador. Ekern entrevistó a más de 170 personas y clasificó la información que compartieron con él, pero hoy lamenta que esta se haya usado más para judicializar casos con repercusiones internacionales en lugar de explicar las consecuencias para la población golpeada por una guerra que dejó más de 70 mil muertos. Por eso también rechaza el uso de porcentajes de culpabilidad en las violaciones de derechos humanos entre la Fuerza Armada y la guerrilla del FMLN, porque cree que no es una cuestión de cifras.

Foto FACTUM/Rodrigo Baires Quezada


Stener Ekern es noruego, doctor en Antropología Social y profesor asociado en el Centro Noruego de Derechos Humanos. Aunque ya han pasado casi 30 años desde que integró la Comisión de la Verdad, sigue interesado en conocer las consecuencias que ha tenido para la población salvadoreña. Por eso ha aprovechado un viaje de trabajo entre Guatemala y Perú para visitar El Salvador a inicios de abril y poder ver con sus propios ojos “el impacto o la falta de impacto” que logró el trabajo de la comisión.

Ekern considera que el informe “De la locura a la esperanza” ha tenido una huella mucho menor a la esperada en la población salvadoreña. Más allá de los 32 casos de estudio, lamenta que cientos de hechos hayan quedado ocultos para la población y que la información esté bajo control de Naciones Unidas con un embargo de 60 años que impide su difusión.

El informe de la Comisión de la Verdad en El Salvador a cargo de Naciones Unidas era el primero de su tipo, no se tenía mucha experiencia en este campo. El antropólogo reconoce que la mayoría de los 15 extranjeros de la comisión eran jóvenes entusiastas y en ocasiones demasiado ingenuos, quizás demasiado para afrontar la investigación de una guerra sucia donde se violaron los derechos de miles de personas durante 12 años.

En solo seis meses, el equipo tuvo que hacer cientos de entrevistas a testigos y seleccionar los más representativos para explicarlos a profundidad. Esa selección resultó frustrante para el entonces joven Ekern, quien investigó las masacres atribuidas a los escuadrones de la muerte en los departamentos orientales del país.

El Salvador se toma como modelo por sus Acuerdos de Paz, incluso por este informe de la comisión. Pero cinco días después de su publicación, el 20 de marzo de 1993, la Asamblea Legislativa aprobó la Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz, que impidió hasta el año 2016 —cuando la Sala de lo Constitucional la declaró inconstitucional— iniciar cualquier juicio penal para investigar y condenar a los autores de graves crímenes, como los recogidos en el informe. ¿No es contradictorio que se tome como ejemplo un proceso que fue interrumpido durante 24 años?

Sí, cuando toca intereses personales, de honor, de familia y del grupo de amigos, el honor del fuero, el honor de la tanda, el honor de los hermanos en armas… Esa sería mi interpretación de por qué sucedió.

Quizás esos personajes nunca pensaron, al inicio de la misión de la Comisión de la Verdad, que los hallazgos iban a ser tan fuertes…

Sí, es bien probable eso, pero es que El Salvador es un país donde el honor juega un papel muy importante, hasta el punto en el cual está naturalizado, la gente piensa que eso es parte de la vida, que así somos los humanos; pero no piensan así en Europa. Un militar en Europa, luego de décadas de autorreflexión sobre qué quiere decir ser una institución profesional y un soldado profesional, ya no se cubre el uno al otro automáticamente, como hacen aquí. Quizás subestimaron eso tanto en la comandancia del Frente como en el ejército.

¿Y eso no es un código de honor también?

Sí, pero el código de honor tiene un espíritu de cuerpo, pero ese espíritu de cuerpo no quiere decir que yo voy a cubrir las atrocidades que comete mi hermano en una situación extrema. Antes en El Salvador sí, pero con una sociedad liberal democrática no puede ser así. Los militares y los comandantes tienen que aceptar que la meta ya no puede justificar la metodología. Hay límites porque somos humanos y vivimos en una democracia donde tomos somos iguales; por lo tanto, no tengo yo el derecho de matar a los que me son inconvenientes con el respaldo tuyo como mi hermano.

El informe de la Comisión de la Verdad reveló que más del 80 % de los casos fueron cometidos por la Fuerza Armada, escuadrones de la muerte y grupos paramilitares. ¿El plazo de investigación de solo seis meses condicionó que no salieran más casos atribuidos al FMLN?

Lógico. Sí, teníamos un tiempo muy limitado, poco personal, no era físicamente posible cubrir todo eso. Por otro lado, cuando recibimos testimoniantes (sic) existía lo que Onusal llamaba los filtros, es decir, que se dieron cuenta bastante temprano de que el contenido de una historia variaba mucho dependiendo de quién se puso en contacto con ellos, incluyendo el transporte. Aquí en Centroamérica tienen una palabra que se usa en el léxico político que es “acarrear”. En Europa no entienden qué es eso. Pero que es: usted me paga el transporte tal día y a cambio yo doy el testimonio que usted desea. Y en Onusal sí se dieron cuenta e intentaron aplicar eso. En la comisión éramos muy ingenuos con eso, pero poco a poco nos dimos cuenta y tal vez el público se dio cuenta. Al final de nuestro trabajo vino a buscarnos gente de centroderecha que había tenido una idea de que “ustedes internacionalistas son de izquierda todos”. Pero poco a poco creo que la gente entendió perfectamente que no es tan fácil.

¿A qué se refiere cuando dice que no es tan fácil?

Digamos que una familia de clase media baja, no tan pobre, que trabaja en San Salvador, que tal vez su primera reacción es mantenerse apartada de toda esa bulla de la guerra, solamente huir, porque “yo no quiero…yo tengo mis niños, mi trabajo…”. Y entonces viene esa comisión, gente del exterior y hablan de derechos humanos y muchas cosas y entonces catalogan también a los extranjeros como alguien que viene con problemas y más ruido. Todo ese discurso. Ese era mi intento, reconstruir lo que estaba pasando en sus cabezas, mientras que los que vinieron a buscarnos durante los primeros meses ya estaban listos, ellos conocían la comunidad internacional, dónde estaban sus amigos… Entonces vino la gente de las ONG ya preparada, solamente tenían que contar ese cuento una vez más.

¿Se refiere a cuento como una historia inventada?

Pero también se trata de complacer a quien me paga el transporte y eso no es inmoral, usted y yo podemos darnos el lujo de ser completamente intelectuales o religiosos y solamente hacer afirmaciones puras, pero si usted es pobre depende totalmente de la voluntad de otros. ¿Entonces qué hago yo para proteger a mi persona, a mi esposa…? No puedo condenarlo.

Una cosa que a mí me llamó la atención, junto a otros tres o cuatro que hicimos esta parte del trabajo (entrevistas a víctimas y testigos) es que nos dimos cuenta de que, con bastante frecuencia, tal vez un 10 % de los que vinieron acarreados por una ONG, con la tendencia del Frente, claro; es que allí solitos en ese cuarto de la comisión, con gente de otro mundo, dijeron otra cosa. Eso sí ocurrió, no con mucha frecuencia, pero con tanta frecuencia que nos hizo pensar. Y por eso es que yo me puse en contacto con gente de Onusal y me dijeron: ¡ah, pero los filtros…! (se ríe). Éramos jóvenes…

¿Cómo hicieron en la comisión con el factor miedo?

Es que no lo tomamos en serio. Como parte del proceso investigativo, no lo tomamos en serio. Si uno hace un proyecto de investigación debe considerar los posibles márgenes de error, pero eso no lo hicimos. Éramos muy ingenuos.

En una sociedad que sigue extremadamente polarizada, escuchar esta opinión de alguien que participó en el informe puede hacer que otras personas piensen: ah, entonces el informe no cuenta las cosas como fueron… ¿Se puede deslegitimar el valor del informe cuando reconoce esto, cuando hace estas afirmaciones?

Cómo no, por eso yo solo entro en estos detalles con otros académicos y en situaciones donde tengo confianza y no es porque soy gran amigo del Frente, pero no quiero que mis datos o la información desestabilice otros procesos más o menos objetivos. Entonces en vez de hablar de porcentajes, esa idea de que se puede medir la veracidad de algo buscando porcentajes es algo del mundo de ciencias naturales. Y, además, ¿qué papel juega? Es que la comisión tenía como mandato investigar la realidad, pero con un fin, con el fin de hacer madurar la sociedad. Con el fin de que El Salvador supere ese pantano de desconfianza y guerra y entonces la manera de hacerlo creo que es, y lo creo cada vez más, no es solamente fijar un número: 32 casos que se pueden llevar a la justicia, otra batalla entre machos.

El comisionado Belisario Betancur creía aparentemente que la gente estaba estudiando los fallos y que con eso… ¡Aaah!, pero no es así, en el mundo se pelean porque cada uno pertenece a un bando en particular, así que hay que romper con ese paradigma de que la verdad es algo que se puede definir en el campo de la batalla, sean porcentajes o sea en una corte. Si desean seguir así, bueno, pero no es mi idea, no quiero contribuir porque creo que es contraproducente porque solamente contribuye a que el problema se resuelve contando cifras. Es que eso fue muy claro para mí, 176 hombres y mujeres me vinieron a contar las historias más horrorosas de su vida. Sí, para muchos fue importante ubicar la culpa y tal vez pensar en la venganza, pero no mucho, la venganza en una situación así cuenta muy poco, mucho menos de lo que uno cree al leer los periódicos. Lo importante fue dar sentido a sus experiencias, a sus duelos. Se trata de entender esa secuela de acciones, muchas personas se dieron el lujo de reconstruir para entender, invitándome a mí a reflexionar sobre sus secuelas de adultos.

Todos sabemos que cuando somos jóvenes y nos peleamos por algo malo en una situación, casi que el factor más importante es repartir la culpa: quién inició, quién fue el primero, aunque el primer golpe tiene tanta importancia como los que vinieron luego. Así somos. Para establecer algo con poder de ilustrar habría que reconstruir secuencias y no definir acciones conforme a la justicia.

Entrevista con el antropólogo noruego y asesor de Naciones Unidas para la Comisión de la Verdad Stener Ekern sobre el Informe «De la locura a la esperanza» y sus críticas a los métodos y resultados del trabajo de la comisión. Antiguo Cuscatlán, La Libertad, 
Foto FACTUM/Rodrigo Baires Quezada

¿Usted cree que sería necesario y viable hacer otro informe de la Comisión de la Verdad? Igual que se intentó la segunda generación de Acuerdos de Paz en El Salvador que al final no resultó?

Sí, no solamente eso, yo creo que la nueva generación va con esas preguntas en su cabeza todo el tiempo. El Salvador tiene sus problemas de violencia, pero por lo menos hay un ambiente un poco más libre donde pueden encontrarse, reflexionar, escribir…

Entonces lo ve más como un proceso natural, no para que sea instalado de manera formal.

Sí.

El Instituto de Derechos Humanos de la UCA ha pedido una copia del original del Informe de la Comisión de la Verdad a través de una solicitud de información a la Presidencia de la República, apoyándose en la Ley de Acceso a la Información Pública. Este documento es requerido para la investigación del caso de la masacre de los jesuitas. En El Salvador no existe una copia del original de toda la documentación que recopiló el informe. ¿Por qué pasó esto?

Hablé con Óscar Pérez, presidente de la fundación Co…, co…

¿Comunicándonos? ¿La que lleva el caso de los cuatro periodistas holandeses?

Sí, y ellos se han ido a muchos lados, incluso entrevistaron a un colega mío de la comisión que él fue quien escribió esa parte sobre ese caso, Guillermo Maldonado se llama, y también ha hablado con los tres comisionados. Y, según él, Buergenthal (juez y uno de los tres comisionados de la Comisión de la Verdad) ha dicho que hay un embargo de 60 años. Yo no lo sabía ni sabía que todo lo que recolectamos fue centralizado, embodegado en Nueva York, y que ahí estaba. Una parte es pública, lo que está publicado en todos sitios, lo que no está ahí sería todo el trabajo preparatorio y es bien probable que esté en Nueva York depositado.

Lo que a mí me parece curioso es que Buergenthal y Betancur hayan decidido un embargo de 60 años, es mucho para mí porque en mi país son 50 años, en Estados Unidos 35 o 40, varía. 60 años no lo entiendo simplemente.

Al final se va a pasar toda una generación o más…

Si fuera salvadoreño habría escrito al secretario general y lo habrán hecho, me imagino. Yo no entiendo. Sí, porque no soy abogado internacional, pero habría que preguntar a mis colegas en Oslo sobre ese detalle, pero es muy raro que las Naciones Unidas establezca un embargo así. Y éticamente me parece que los documentos deberían depositarse aquí en El Salvador, en el archivo nacional. Claro, el acceso podría ser restringido, pero conforme a alguna ley.

El rol que tuvo Estados Unidos en proveer a la Fuerza Armada de El Salvador de armamento y formación en la Escuela de las Américas durante el conflicto es muy conocido. En el caso de los periodistas holandeses, hay señalamientos hacia un asesor estadounidense, Bruce Hazelwood, porque supuestamente él sabía de la emboscada que el ejército habría preparado para matarlos. ¿El embargo podría ser una manera de Estados Unidos de protegerse a sí mismo?

Podría ser, pero en general cuando trabajamos en la comisión recibimos mucho, y mucho más de Estados Unidos que de El Salvador. Tengo la impresión de que muchos de los interrogatorios que hicimos con varios miembros del ejército fue con base a la información de Estados Unidos y no de El Salvador. Así que en ese caso no me acuerdo, pero sería una cosa muy particular porque está ahí esa información y debería ser desclasificada en Estados Unidos buscando tal vez el apoyo de un senador.

Un excombatiente del FMLN, conocido como Ramón, originario de Suiza y que se unió a la lucha armada en los años ochenta, participa de una protesta en el Aeropuerto Internacional Monseñor Romero contra el exministro de la Defensa José Guillermo García, que fue deportado de Estados Unidos el 8 de enero de 2016. San Luis Talpa, departamento de La Paz.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez

Esta es una frase suya que he retomado de una conferencia en 2015 en Madrid, donde presentó los hallazgos del informe de la Comisión de la Verdad y decía que “el punto más crítico que vale la pena seguir en El Salvador” es que “el gobierno no controlaba a su Fuerza Armada ni las relaciones con sus ciudadanos”.

Yo no sé cuánto respeto tiene la Fuerza Armada con la ciudadanía en El Salvador, pero para ganarse el respeto hay que actuar de manera democrática. Un ejército y un soldado están al servicio de un país, de las autoridades y sus ciudadanos, y no al servicio de sus superiores y hermanos en armas. Y, claro, es necesario que los soldados sepan usar armas de una forma técnicamente buena, igual que un ingeniero o un peluquero, pero lo verdaderamente difícil para un soldado o militar es aceptar la responsabilidad y el honor, porque ese espíritu de cuerpo y honor para un soldado reside en algo tan difícil y abstracto como es la democracia. O sea, tu y yo somos individuos y también somos seres grupales que pertenecemos a un grupo, no hay individuo aislado y tampoco hay comunidad sin individuos, entonces tenemos dos especies de honor o sentidos de culpa: si yo cometo un error que de alguna manera puede afectar a toda la familia, yo igual me siento avergonzado. Y el punto es que el reto para el militar aquí es que hay un impulso en él para cubrir a su hermano, porque son amigos, así que tiene que cubrirle a cualquier costo.

¿Y eso no se da por la propia cadena de mando?

Sí, tiene mucho que ver con esto, lo que estoy pensando es que el entrenamiento del militar también tiene que ver con aprender a frenar ese impulso. Yo tengo que soportar que me lleven a mi mejor amigo para ponerlo en la justicia porque él cometió graves errores y él tiene que aceptar que por el bien común esto es necesario, aunque a mí me duela. Entonces un ejército profesional también recibe instrucción para frenar sus impulsos y relativizar sus emociones. Emociones e impulsos tenemos todos, pero no podemos darles libre espacio en cualquier situación, y este reto es mucho más grande para un militar y un policía que para un ciudadano común.

Este problema se podría ejemplificar con una situación actual, que el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada sigue estando dirigido por militares que participaron en la guerra, y los que ya no están ahí todavía tienen un poder fáctico. Una imagen que muestra eso un poco, muy del contexto actual, es la actitud del general Juan Rafael Bustillo cuando llegó a la audiencia de intimación en el caso de El Mozote con el informe de la comisión en la mano y diciendo: mi nombre no aparece aquí.

Sí, eso es pueril. El honor democrático reside en aceptar eso, en “lo siento mucho, yo malinterpreté la situación, el temor que yo tenía se apoderó de mi persona y ese impulso por cubrir a mis mejores amigos y asegurar el futuro de mis niños”. Todo eso está ahí, pero es equivocado usarlo para cubrir cosas que son de interés nacional. Ahí estaría el real honor de un soldado. Pero eso lo veo en la cúpula militar aquí, porque las necesidades del grupo militar de La Tandona son mayores que las necesidades del país.

Eso se evidencia con la actitud de la Fuerza Armada que niega la existencia de archivos militares de la guerra, que estén bloqueando la investigación de procesos judiciales donde se requieren los documentos…

Sí, es lamentable, es un gran reto y la pregunta es: ¿cómo llegar a hablar con esas personas?

El nombre del periodista holandés Johhannes Jan Willemsen forma parte del memorial a las 75 mil víctimas del conflicto armado en El Salvador (1980-1992). Willemsen y tres periodistas más fueron asesinados el 17 de marzo de 1982 por un pelotón del ejército salvadoreño, según el Infome de la Comisión de la Verdad.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez

¿Usted participó en la investigación de algún caso en concreto? ¿Por qué se hizo esa selección de casos?

Yo no estaba de acuerdo con la selección de casos para reflejar más las expectativas de los abogados norteamericanos, eso tiene que ver con ese contraste fundamental con lo que persiguen los abogados y juristas y los científicos sociales. Eso pasó hace 30 años, yo era más joven e idealista tal vez, y sentía que era un poco injusto con el pueblo salvadoreño escoger casos según los caprichos de un abogado que tal vez quería hacer su carrera siendo la persona que… ¿me explico? Entonces, en vez de un caso específico, (el comisionado) Reinaldo Figueredo me pidió hacer una investigación temática sobre los escuadrones de la muerte y me dediqué a eso los últimos dos meses y por eso es que no participé en casos específicos. Pero claro que cabe preguntarse por qué tres o cuatro de los 32 casos involucran a extranjeros, pero para mí hay 700 casos más importantes en Usulután, en San Miguel y San Vicente.

Que no aparecen consignados…

Sí.

Pero sí están documentados, aunque no se hayan publicado, deben estar en el archivo en Nueva York…

Sí.

¿Y esos casos son de los que la gente puede saber o se ha borrado, como pudo pasar por ejemplo como en El Mozote y los periodistas Raymond Bonner o Alma Guillermoprieto, que llegaron a documentar a las pocas horas?, ¿o se sabe?

A diferencia de Estados Unidos, la población salvadoreña en el campo no tiene ninguna expectativa de que le funcione su sistema de derecho. El estadounidense sí, pero por buenas razones luego de cada entrevista, de cada testimonio, tuvimos que preguntar al testimoniante (sic) algo así como: ¿usted está de acuerdo con, o usted desea que luego de haber terminado el trabajo de la comisión que todo el material que nos ha proporcionado pase a la justicia salvadoreña? Y esa fue una pregunta muy inesperada para la gran mayoría, y la gran sorpresa es que alrededor del 80 por ciento dijeron que sí. Y es una indicación de que en algún lugar existe la esperanza de que nosotros también tengamos un Estado que funcione.

Me queda la duda sobre los 176 testimonios y cómo fueron retomadas sus versiones para la investigación de los casos.

La situación es mejor hoy, pero entonces nuestra tarea como receptores de testimonios fue recibir y clasificar, nada más. Todo lo que le estoy contando de mis experiencias es una cosa mucho más grande, porque tiene que ver con narrativas y significados, y no con proveerle a un abogado de indicadores, de lo que podría ser una figura legal. Y yo observé que al aplicar un esquema supuestamente derivado del derecho internacional perdimos mucha carne y solo quedaron los huesitos. Yo discuto esto porque el informe tuvo tal vez poco impacto aquí por la amnistía, pero también debido a su discurso, a su lenguaje. Ese fue el lenguaje de abogados internacionales.

El lenguaje jurídico…

Sí, el lenguaje jurídico y la manera de clasificar los actores con una terminología que no se usa aquí, que se usa en Nueva York, en Berlín o Buenos Aires o Madrid, hablar con el campesino aquí no se puede. Esa fue mi gran crítica. Eso implicaba, por ejemplo, entrar en discusiones sobre la veracidad y eso para muchos es muy difícil de aceptar.

¿Cómo le impactaron esos testimonios de personas que sufrieron violencia extrema o presenciaron hechos tan crueles?

Claro, me impactó, pero no de manera traumatizante, no es que yo no pude dormir debido a malas imágenes. Trauma es una palabra fuerte, ahora se usa cada vez más en cualquier contexto, pero lo que fue una frustración fue ver con que tan poco respeto que tramitaron esos datos en la misma comisión, creo que es cierto decir que éramos seis personas que recibimos el 90 por ciento de los testimonios. Los otros cinco se dedicaron más bien a luchar por tener el caso más famoso, el caso Romero, el caso tal… Y también por llegar a tener influencia sobre la selección y redacción del último informe y eso se desarrolló debido a que la comisión fue tan débil administrativamente. Si uno tiene un débil líder en una organización de 15 o 20 personas, se vuelve en una lucha por ocupar esa silla vacante, ¿me explico? Pero yo no sé si ellos sufrieron menos. Sí recibieron menos testimonios y por eso tal vez no les afectó tanto. Ellos dedicaron sus energías en otros asuntos y para mí eso fue frustrante, ver que este era un trabajo tan serio…No podíamos dejar a un lado todo ese material así, creo que esa es una cosa que va a afectar a cualquier persona que trabaja en una misión internacional, hay que aprender a frenar ese impulso por resolver todos los problemas de todos.

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