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Una barra brava muy civilizada

¿Cómo se comporta una barra formada por criminales? Más de 200 convictos asistieron al estadio Mágico González para un partido entre la selección de centros penales y la reserva del Santa Tecla, actual campeón. No hubo ni un solo insulto.

Foto FACTUM/Gerson Nájera


Sin excepción, todos los hombres que conforman la barra brava de este equipo de fútbol han matado, violado, secuestrado, extorsionado o cometido algún delito y han sido condenados por ello. Son unos doscientos tipos sentados en el graderío del estadio, la mayoría de ellos robustos, la mayoría tatuados. Si de alguna barra brava en El Salvador se ha dicho alguna vez que está hecha de puros delincuentes, nunca ha sido tan cierto como hoy. Pero contrario a lo que cualquiera podría esperar, ninguno de ellos le insulta la madre a los jugadores contrarios ni a nadie, ninguno tira orines, patadas o basura. Todos parecen muy civilizados.

Es el mediodía del penúltimo miércoles de abril y estamos sentados en el graderío general del estadio Jorge “Mágico” González, en San Salvador. En la barra, los calvos o rapados se echan agua en la cabeza a cada rato. El sol aplasta.

Este no es un partido común: es un encuentro amistoso entre el equipo de la reserva del Santa Tecla F.C. y un equipo conformado por reos. Sí, un equipo de presos de diversas cárceles de El Salvador cuya barra también está conformada por otros presos. El partido se da en medio de una jornada deportiva organizada por la Dirección General de Centros Penales en la que ha aprovechado para sacar a los reos que participan del programa Yo Cambio, un programa que busca disminuir el ocio carcelario.

Reos que participan en los juegos penitenciarios observan el partido. Foto FACTUM/Gerson Nájera

Aunque no es el equipo titular (actual campeón nacional), la reserva del Santa Tecla se encuentra en segundo lugar de entre todas las reservas, al menos hasta el 21 de abril. Los reos la tienen difícil.

Antes de que el partido inicie, un señor empieza a hablar por el sistema de sonido del estadio. Dice que él ha sido invitado para narrar “de punta a punta” todo el partido y de una vez empieza a hablar rápido, como narrador de fútbol. Es un narrador verdaderamente malo. Casi todo el tiempo, sin importar las jugadas, repetirá durante todo el partido la frase “cruzando la frontera” y un poco más. Tiene, en cualquier caso, una cualidad: se burla a cada rato de las malas jugadas de ambos equipos, y eso le causa risa a la barra de los reos.

El equipo del Santa Tecla no tiene afición, al menos no una barra visible en el estadio. Quizá haya alguno, como el narrador, al que se le salen frases de apoyo únicamente para el Santa Tecla, pero nadie se atreve a decirlo abiertamente.

En el área de sol general hay, además de los doscientos hombres que conforman la barra de los reos, unos veinticinco policías y guardias penitenciarios con fusiles y gorros navarone cuidando que todo esté en orden. Salvo las armas largas y los navarones, no es raro que durante los partidos de fútbol haya policías armados manteniendo el orden durante los partidos salvadoreños. Y no es para menos: las aficiones, las barras de la mayoría de los equipos de primera división salvadoreños, suelen comportarse de forma violenta, contrario a como hoy se comportan esta barra de criminales.

Agosto de 2018. Dos aficionados golpearon hasta el cansancio al hijo de un directivo del equipo Luis Ángel Firpo, tras la derrota contra Audaz. Marzo de 2018. Al terminar el partido contra Águila, aficionados de las dos principales barras del Alianza se liaron a golpes ante la desesperación de policías, que corrían gradas arriba para detenerlos. Por mencionar dos ejemplos recientes.

Aunque durante todo el partido no habrá goles ni a su favor ni en contra, la barra de los reos celebra. Algunos de sus integrantes gritan, pujan, resoplan cada vez que el balón pasa cerca de la meta, cuando uno de sus jugadores hace una buena marca o cuando un jugador contrario comete una falta. Pero nadie dirá durante todo el partido ni una sola puteada. Ni una. Lo más cercano será un silbido, un «la vieja» una única vez, cuando un jugador del Santa Tecla meta pierna y bote a un jugador de los reos.

Anthony, un miembro de la barra, está por homicidio. Tiene una condena de 35 años y los está pasando en el penal de Usulután. Dice que antes de estar preso, hace ocho años, fue cobrador y después motorista de una ruta de microbuses que circula entre los municipios de San Salvador y Mejicanos. Es muy educado al hablar y no parece fingir. Dice que dentro de la cárcel ahora es entrenador de fútbol y que espera, con un buen comportamiento, lograr un beneficio para tener libertad condicional.

Le pregunto que por qué nadie dice malas palabras, que por qué no insultan. Le pregunto que si es por miedo a los policías que los están cuidando. Anthony me dice que no, que no es por miedo.

“Aquí estamos tranquilos, ¿para qué vamos a hacer desorden?”, dice Roberto, otro reo que parece ser muy buen amigo de Anthony. Ambos están en el mismo penal desde hace ocho años, pero este último dice que está a punto de salir.

Un miembro de la selección de reos patea frente al arquero reserva del Santa Tecla. El partido terminará 0-0. Foto FACTUM/Gerson Nájera

Pregunto a los miembros de la barra cercanos que por qué delitos están cada uno. Homicidio, extorsión, robo agravado, secuestro, robo, homicidio, homicidio, secuestro… Entonces imagino si estos se portaran como los otros que he visto, como en lo otros partidos a los que he ido que, aunque han sido pocos, siempre me enseñan nuevas formas de insultarle la madre a alguien. Entonces recuerdo las tardes en Vietnam, el sol general del estadio Cuscatlán, cuando juega la Selecta, o las noticias de cuando juega el Alianza o el Águila… recuerdo las noticias de los heridos, de los carros destruidos a pedradas por las barras de los buenos, de los que no están presos.

En la cancha les va bien a los reos. Las llegadas son más. La pelota se mantiene mucho tiempo en el lado del Santa Tecla, los reos presionan, el narrador, cansado, repite “cruzando la frontera” sin razón alguna, como un estribillo, aunque la pelota no cruza la frontera muchas veces.

Al final del partido, hasta los policías están tranquilos, comiendo sándwich, espantándose el calor con la gorra. Y recuerdo a los policías que, con miedo, entran al sol general, al Vietnam en el Cusca. Pero esta vez los malos tienen una barra educada.

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