Te digo lo que escucho y así podrás discriminarme

*Este artículo es una respuesta a la columna “El espíritu musical de los Óscares”, de Orus Villacorta.

Como a vos, a mí también me pasa algo bipolar con tu columna, y más cuando hacés afirmaciones como “la gente de buen gusto”, “la música de los incultos”, que, aunque entiendo que lo hacés entre comillas, siempre me da el malestar de como cuando escuchás el aparatito con el que el dentista trabaja a puerta cerrada. Y bipolar, porque a pesar de esa incomodidad que me causan tus frases de “Maldito duende”, no puedo estar en contra de todo lo que escribiste. No te respondo como conocedora del universo musical, porque no lo soy, pero sí como una fiel ñoña amante del análisis.

Por un lado, creo que te vas a un extremo frankfurtiano muy al estilo de Theodor W. Adorno (a quien seguramente conocés muy bien por su revisión crítica de la sociología de la música), en donde privilegiás un esteticismo exacerbado y un elitismo de los gustos musicales en donde vos también podrías estar catalogado, si nos recorremos hacia otros especialistas de la música clásica (entendida no solo la del clasicismo) quienes te tildarían como parte de esa masa deforme de la cultura popular que escucha a Maná. Pero supongo que no está mal creerse parte de ese grupo selecto de personas que solo consumen “buena música” y que se sitúan dentro del conservadurismo cultural que les impide disfrutar de un buen cumbión.

Tu tono me recuerda a algunos musicólogos académicos que afirman que la música popular carece de un valor estético y está condicionada solo a su valor utilitario, por lo que solo es materia de análisis de los sociólogos y algunos humanistas; sin embargo, y creo que es necesario acotar esto: la música popular no es solo reguetón, banda sinaloense o bachata. Ahí también se incluye el rock; por lo que, entonces, tus gustos también son parte del manoseo popular. Creo demasiado aventurero hacer juicios de valor de manera rutinaria, cuando en realidad solo es anteponer nuestra preferencia musical, y no es que eso sea malo, es perfectamente legítimo y yo no puedo reprocharte eso. Pero convertir ese encuadre en un valor supremo es lo que no me convence.

En el caso de tu columna “El espíritu musical de los Óscares”, entiendo que el cine popular se convierte en un eliminador de fronteras, como dice Marc Augé. La frontera es en este caso, y de cierto modo, una amenaza inquietante, un estado de guerra, de invasión de los gustos musicales, de la gente de “buen gusto”, como decís vos, por la plebe y por los que tenemos gustos musicales menos loables. En este caso, para vos, ¿el respeto de la frontera musical sería entonces una garantía de paz?

Decir algo como “música de los incultos” es solo banalizar, a través de una frase simplista, algo mucho más grande. En realidad, sería más preciso hablar de “capital cultural” (Pierre Bourdieu), una categoría que abarca y explica la manera en que todos compartimos expectativas culturales y, por ende, musicales, de manera distinta. El concepto de “capital cultural” propone una nueva mirada a la noción del «valor». Valor que siempre ha estado supeditado al derecho de una clase “superior” que habla en nombre de los sectores “subalternos”, aquellos que carecen de un capital cultural adecuado para interactuar en la trama discursiva de una sociedad.

En lo que sí estoy de acuerdo con vos, y por mucho, es en ese culto hacia el entretenimiento fácil, efímero y a la superficialidad contemporánea que siempre termina sucumbiendo a las leyes del mercado y a la lógica comercial. En donde mucho del contenido de “valor” se traduce, se minimiza y se lanza como cualquier sopa empaquetada para su fácil e inmediato consumo; ya sea porque está de moda o porque algunos desean una correspondencia ilusoria dentro de una comunidad de élite de los que “escuchan buena música”. Olvidando, de este modo, que el arte —la música, para seguir con el sentido de este texto— debería constituirse solo desde su autonomía como una fuerza transformadora o por lo menos reveladora, y no como un producto al servicio de los negocios. Así, buena parte del trabajo estético se termina haciendo para traducirse en dinero, en una realización de estrategias de ventas y de manipulación comercial.

Y, peor aún, se termina convirtiendo en un producto de moda, donde esta responde a la colonización y explotación de ese aspecto eterno de la condición humana por parte de los mercados de consumo. El modelo personal y las identidades se vuelven camaleónicas y toman formas aleatorias para encajar en esa cultura omniabarcadora.

Me preocupa grandemente que sigamos siendo parte de un sistema que nos seduce por todos lados a través de un cinismo que gratamente aceptamos. En donde lo transitorio asume el lugar de lo permanente, el tiempo de existencia de cada producto (simbólico o no) se reduce rápidamente; o que la industria cultural convierta la producción artística en productos ligeros basados en contenido pegadizo y guiones predecibles. En gran medida, este es el papel de la cultura mediática: diseñar esta realidad.

Por eso creo que el debate deberíamos reenfocarlo más allá que solo hablar de los que somos unos incultos salseros y cumbieros y mejor analizar: ¿qué hay detrás de ese culto al consumo superficial, qué es lo que alimenta ese hiperconsumo y hedonismo a gran escala?

Para los curiosos:
Adorno, T. W. (2009). Disonancias/Introducción a la sociología de la música (Vol. 14). Ediciones AKAL.
Augé, M. (2010). Le communauté illusoire. Editions Payot.
Baccega, M. (2012). Comunicación y culturas del consumo. Comunicación y Sociedad ediciones y publicaciones.
Vich, V. (2014). Desculturizar la cultura. La gestión cultural como forma de acción política. Siglo veintiuno editores.


*Alexia Ávalos: Salvadoreña. Residente en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

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