El peor gobierno para la cultura salvadoreña

Con la destrucción de las baldosas hidráulicas del piso del Palacio Nacional, este gobierno seguramente se ha coronado como el peor de los últimos cuarenta años en cuanto a cultura se refiere. Uno a uno se pueden enumerar los desaciertos de esta administración en el ámbito de la cultura, entendida esta en su sentido más amplio: desde la cultura popular hasta el arte y la literatura. Más allá de la instauración de una dictadura que ya está operando plenamente y que se consolidó con la reelección inconstitucional, había que examinar la administración de la cultura fuera de las coyunturas políticas, pero ni así se salva este quinquenio de lo que ha sido un incendio, una destrucción total de muchas poéticas que funcionaban bien y del patrimonio cultural del país.

Basta enumerar algunos de estos desaciertos:

  1. La orden de deshacerse de las bibliotecas de las Casas de la Cultura porque los libros “estaban muy viejos”, tirando a la basura muchos ejemplares de primeras ediciones cuyo valor es incalculable. 
  2. La destrucción del edificio de la ex Biblioteca Nacional, un inmueble que estaba protegido por varios instrumentos jurídicos, como el Decreto No. 680 de la Asamblea Legislativa, de fecha dieciocho de julio de dos mil ocho y publicado en el Diario Oficial en fecha veintiuno de agosto del mismo año, mediante el cual se declara como «Centro Histórico» a una zona delimitada dentro de la cual se encuentra el edificio donde hasta hace poco se albergaba la Biblioteca Nacional; o también la resolución interna MP-001/2016 de la entonces Secretaría de Cultura de la Presidencia, publicado en el Diario Oficial de fecha  19 de octubre de 2016, y que contiene “Medidas de protección para el Centro Histórico de la ciudad de San Salvador, Municipio y Departamento de San Salvador”, localizándolo en la manzana A-7; y finalmente la resolución RD-0899/2019 del actual Ministerio de Cultura, que refleja que a dicho edificio le fue asignado un número de Inventario de Bienes Culturales Inmuebles A-7, Inmueble 2 del Centro Histórico de San Salvador, y que el inmueble que albergaba a la Biblioteca Nacional poseía, por razones que se explican en la misma resolución, “valor histórico y de antigüedad”, “valor urbano”, “valor social”, “valor de uso”,  y “valor simbólico”, declarando que el terreno es de “Interés Social Cultural”.
    No puedo dejar de subrayar también a la desaparición de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), pues aunque sus funcionaros manifiesten que no ha desaparecido, lo cierto es que desde hace años que no se publica ni un solo libro. Lejos de eso, lo que sí ha aparecido es la “Editorial El Salvador”, sobre la cual nadie sabe si ha venido a sustituir a la DPI o si solo se dedicará a publicar determinados contenidos. No es que los autores nos encontremos ansiosos de querer publicar con la casa editorial del Estado —de hecho, habemos algunos que no publicaríamos ni que nos ofrecieran la edición de las obras completas— pero estoy seguro de que habrá algunos autores a quienes no les importaría publicar con este régimen. En todo caso, la desaparición o la ausencia de funcionamiento de la DPI, que al fin al cabo es lo mismo, es un claro retroceso para la literatura salvadoreña. 
  3. La desaparición de la Revista Cultura, una de las publicaciones de mayor tradición en la literatura salvadoreña y centroamericana. Al igual que la DPI, sus funcionarios alegarán que aún existe, pero lo cierto es que el último número fue el 125, correspondiente a julio-diciembre de 2018. Desde entonces no se ha lanzado ni un tan solo número de la revista de la literatura salvadoreña por excelencia. 
  4. La orden de cerrar muchas de las Casas de la Cultura a nivel nacional, dejando a buena parte de la población sin acceso a talleres de arte y literatura, tan esenciales en una sociedad que desea permanecer lejos de la violencia, y cuyos aprendizajes muy probablemente no los obtendrán en la educación formal. 
  5. La destrucción de las baldosas del piso del Palacio Nacional, arrasando así con parte del patrimonio cultural salvadoreño y vulnerando las mismas disposiciones jurídicas que se vulneraron al momento de demoler el edificio de la ex Biblioteca Nacional. 
  6. La demolición de la manzana que se encontraba al costado sur del Palacio Nacional, manzana identificada como la A-6 dentro de las disposiciones contenidas en las Medidas de protección para el Centro Histórico de la ciudad de San Salvador, Municipio y Departamento de San Salvador”, disposiciones a las que ya hemos hecho referencia. Sobre la demolición de estas construcciones, aún hay mucho qué investigar, pues esos inmuebles son o eran propiedad de carácter privado, por lo que no se sabe si sus propietarios vendieron o autorizaron esas demoliciones; o si los propietarios se vieron forzados a vender esas propiedades al Estado. 

Estas son solo algunas de las acciones u omisiones de este gobierno en el ámbito de la cultura. Todas ellas están debidamente documentadas por la prensa salvadoreña. Hay más, claro está, pero basta con mencionar estas para demostrar que esta administración es realmente la peor de la historia reciente de El Salvador. Ni los gobiernos de ARENA —con su visión ornamental de la cultura—, ni los del FMLN —con su desdén hacia ella— cayeron tan bajo. Si bien es cierto que la cultura nunca ha sido la prioridad de ningún gobierno en los últimos cuarenta años, al menos en las administraciones anteriores nunca se destruyó el patrimonio cultural del Estado. Muchos recuerdan la destrucción de los mosaicos de Fernando Llort de la Catedral, pero no hay que olvidar que esa destrucción la perpetró el mismo Clero. El derecho a la cultura siempre ha sido considerado como un derecho de segunda o tercera generación por parte de los últimos cinco o seis gobiernos; siempre ha sido vista como un ornamento, y prueba de ello es que su presupuesto siempre fue famélico. Ni siquiera con el cambio de Secretaría de Cultura a Ministerio de Cultura fue suficiente: la mayor parte de su presupuesto se gastaba en los mismos salarios y gastos fijos de la institución. Muchas veces las extintas CONCULTURA o la Secretaría de Cultura de la Presidencia fueron usadas para los caprichos de los gobernantes de turno o sus parientes. En esta administración ha sido igual, pero con el agravante de que las mismas autoridades han permitido, soslayado o autorizado la destrucción del patrimonio cultural salvadoreño, por eso, sin lugar a duda, el Gobierno del inconstitucional se merece la corona como «el peor gobierno para la cultura nacional de los últimos cuarenta años».


*Alfonso Fajardo nació en San Salvador, en 1975. Es abogado y poeta. Miembro fundador del Taller Literario TALEGA. Su cuenta de Twitter es: @AlfonsoFajardoC.

¿TE HA GUSTADO EL ARTÍCULO?

Suscríbete al boletín y recibe cada semana los contenidos en tu email.


Tags

#Cultura