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Los menos pensantes

Si la del domingo 3 de febrero de 2019 hubiera sido una elección legislativa y municipal, el partido político de Nayib Bukele hubiera ganado 46 diputados y 195 alcaldías. Desde los Acuerdos de Paz, ninguno de los partidos hegemónicos, ni Arena ni FMLN, se ha agenciado de los electores tanto respaldo. Por cierto, siguiendo con la suposición, Arena se habría quedado con 26 diputados y 35 alcaldías y el FMLN con 12 diputados y 32 alcaldías.

El partido de Bukele tendría las 14 alcaldías de las cabeceras departamentales. Habríamos presenciado la extinción del PCN, del PDC y de otros partidos como Democracia Salvadoreña y Vamos, que habrían entrado al proceso de cancelación por no ganar ni un escaño. Habríamos tenido, a partir de mayo, una Asamblea Legislativa en la que se deberían unir Arena y FMLN para hacer oposición de mayoría calificada de 56 votos, porque Bukele tendría más que seguras las decisiones de mayoría simple de 43 con sus propios legisladores.

Así de abrumador fue el gane de “los menos pensantes”, como se refirieron con discriminación los adversarios políticos a los fanáticos y simpatizantes de Bukele durante toda la campaña. Ellos dieron vuelta al escenario político y dejaron al borde de la caja mortuoria a dos partidos que tuvieron el privilegio de gobernar El Salvador por largos períodos, Arena por 20 años y el FMLN por 10, sin encaminar al país al desarrollo, sin alejarlo de la violencia, y, al contrario, manchados por quienes solo abultaron sus bolsillos con dinero del pueblo. Estos grupos políticos y sus satélites se condujeron con opulencia, se expresaron con prepotencia y se valieron del fascismo sobre sus opositores, anulando las opiniones contrarias a sus ideologías, y vendieron eso como “democracia”.

Los “menos pensantes” cambiaron los colores del mapa político de El Salvador. Algunos motivados por el cansancio provocado por Arena y FMLN y otros empujados por una simpatía natural hacia el candidato. Nuevas generaciones cada vez más alejadas de las consignas y dogmas bajo los que nacieron estos partidos, hijos de la guerra salvadoreña.

El director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA, José María Tojeira, recuerda la obviedad de que una generación de jóvenes como la actual no tenga interés en tomar como suyos los gritos de batalla “patria sí, comunismo no” ni “revolución o muerte, venceremos”. “Si lo ponemos así, es evidente que ese tipo de consignas les salen absolutamente sobrando a los jóvenes actuales, al menos a los universitarios, que son los que conozco más, y son escépticos ante ese tipo de discursos”, dice Tojeira.

La desvinculación de esta nueva generación de jóvenes no es fortuita. Los mismos partidos políticos tradicionales se encargaron de apartarlos de la historia al permitir que las argollas de viejos dirigentes siguieran conduciendo los partidos. Incluso, hubo jóvenes que fueron expulsados cuando quisieron ajustar estas estructuras vetustas a sus propios tiempos e intereses. Entonces creyeron que botar la hegemonía de estos partidos sería el principio de un mejor destino. Personalmente, no creo en partidos ni en políticos, pero si estaré de acuerdo en algo con los seguidores de la causa de Bukele es en que Arena y FMLN, desde sus orígenes hasta sus gobiernos, han hecho mucho daño. Y que, por supuesto, algún día los dos iban a ser desterrados del poder.

No ver el hito y la significancia del 3 de febrero en nuestra historia puede provenir de “antipatía” o “miopía.” Pero los hechos no se pueden negar: los “menos pensantes” fueron capaces de derribar a dos gigantes. El mensaje fue entregado con claridad a los partidos políticos y no lo percibo como una advertencia, como en ocasiones anteriores, de que tienen que mejorar, de que deben demostrar mayor apertura, de que deben ser liderados por políticos honestos y entregados al servicio de los salvadoreños. No. Esta vez parece ser que los electores les dieron a estos partidos su carta de despido, su notificación de cierre, su aviso de demolición.

El silencio de las dirigencias de Arena y FMLN horas después de su derrota solo confirmaba el shock en el que entraron. En el caso de Arena, hubo gente de ese partido que creyó que iban a ganar en primera vuelta, que lo de Bukele era solo un espejismo, que las encuestas inexplicablemente estaban compradas, que el territorio, refiriéndose a sus simpatizantes, es real y que las cuentas falsas de las redes sociales, los troles, no votan. A medida que avanzaba el escrutinio, empezaron a digerir la derrota, pero guardaban la esperanza de obligar a una segunda vuelta. Pero no les alcanzaron sus votos. En el FMLN hubo más prudencia, pero llegaron a creer que al menos iban a poder provocar una segunda vuelta, y si era con ellos como contendores, aún mejor. Los menos pensantes les dijeron basta.

Los tiempos empezaron a cambiar de hace ratos. Las nuevas generaciones reclaman espacios, y si no se los dan, entonces los crean. Arena tuvo una oportunidad de adecuarse a las nuevas generaciones cuando nombró a una directiva nacional de su juventud que era vanguardista para un partido como este, tanto que fue notable a las semanas que estos jóvenes no cabían allí con sus propuestas para abrir el partido a más salvadoreños. La historia de esos jóvenes fue vergonzosa: uno de sus miembros fue expulsado y los demás, en respaldo, renunciaron. Su directora, que prefirió jurar lealtad al dogmatismo del partido y no acompañar a sus amigos, fue retirada del cargo el año pasado. Así le pagó la dirigencia.

Ahora, varios de aquellos jóvenes están enrolados en un nuevo proyecto político que se llama Nuestro Tiempo y, por el camino que lleva, este se va pintando como el posible nuevo referente de una derecha más actualizada, para dejar atrás a la Arena de la guerra, retrógrada y dogmática, y su listado de corruptos.

En la izquierda, el FMLN se encargó de achicar, desde que entró en la política en 1992, todo proyecto paralelo. Se vendió como la única izquierda y tiene seguidores que piensan igual, que no hay más izquierda salvadoreña fuera del FMLN. Pero la oportunidad sigue vigente. Los salvadoreños con ideales de izquierda tienen un camino amplio para reorganizarse y reconstruir el proyecto, incluso bajo las mismas siglas del FMLN.

El desencanto de los jóvenes no solo puede encontrarse en la ausencia de espacios políticos. De hecho, el grupo etario de entre 18 y 29 años es uno de los más retrasados en cuanto a la atención desde el Estado y la sociedad. El Informe de Desarrollo Humano del PNUD de 2018, que se tituló “¡Soy joven! ¿Y ahora qué?”, apuntó con especificidad que los grupos de jóvenes desatendidos -y por ello sobre quienes se deben enfocar con más hincapié las políticas públicas- son los jóvenes fuera del sistema educativo y en riesgo de deserción, los jóvenes en transición al mercado laboral, las jóvenes que no estudian y se dedican a tareas de “cuido”, jóvenes residentes en el área rural y jóvenes en riesgo por la violencia y en conflicto con la ley.

El descuido del Estado y la situación actual de la juventud salvadoreña también encuentra responsables en los dos partidos que han gobernado El Salvador.

Nayib Bukele, ahora, debe estudiar con urgencia todos los errores cometidos por sus antecesores. Uno de ellos es la formación de argollas corruptas, círculos de personas que solo se sirvieron del gobierno y no aportaron nada para la solución de problemas. Por ejemplo, Bukele debería apresurar el paso para alejarse por completo de GANA, de sus políticos salpicados de corrupción y de sus representantes como Guillermo Gallegos y Herbert Saca. Ese fue el discurso de sus seguidores durante toda la campaña: GANA solo es el vehículo, ya verán luego de la elección. Pues bien, estamos por ver.

Lo que se tiene a la vista, por el momento, es incierto y preocupante. Bukele, como alcalde, no ha estado alejado de casos de corrupción. El caso aún no esclarecido sobre una posible evasión de impuestos y la revelación de Factum sobre los favoritismos para beneficiar con dinero público a los amigos no dejan a Bukele en una posición tranquila para tirar la primera piedra. Y como candidato, haber llevado una campaña electoral alejada de entrevistas periodísticas, sin ser transparente sobre sus planes y sus financistas, sobre su posible gabinete y, en definitiva, sobre cómo piensa gobernar, no solo es antidemocrático, sino que refleja una posible conducta de huir de las críticas y cuestionamientos válidos.

Y si los números y resultados de esta elección presidencial son históricos, tampoco es que sean “alegres” para la democracia en general. El ejercicio de colocarle el molde de una elección legislativa y municipal a los resultados del domingo 3 de febrero dan un resultado que no puede ignorarse: entregar un cheque en blanco a un político para que maneje a placer el Estado es lo más peligroso para una democracia. Las alternativas buenas, honestas, transparentes y meritorias, deben surgir cuanto antes -o en todo caso deben reconstruirse- para garantizar los pesos y contrapesos necesarios.

El escenario para los partidos actuales no es bueno. Su desfase, su encajonamiento, su dogmatismo, su prepotencia, su corrupción y su desprecio a las nuevas generaciones explotó en lo que vimos el domingo 3 de febrero. Ni el mismo partido GANA se escapa de esa redada. De hecho, este partido, sin Nayib Bukele, es probable que vuelva a la pelea por la tercera fuerza política. Pero eso lo veremos hasta 2021.

A los partidos tradicionales de El Salvador la historia los alcanzó y les dio un golpe de realidad. Ahora que hay un nuevo horizonte, las nuevas generaciones y los desencantados de los partidos primitivos se han dado cuenta del poder que tienen. Ahora deben saber que también tienen ese mismo poder para exigir que el nuevo presidente no vaya a resultar como todos los demás. Ahora saben que pueden organizarse, que hay un gran campo abierto para nuevos proyectos políticos, nuevos referentes, de izquierda y de derecha, de centro, de lo que quieran, pero alejados de todo el lastre que no le ha permitido a este país despegarse del círculo de la corrupción, la pobreza y la violencia.

Si por menos pensantes han querido referirse a personas que dejaron de creer en lemas partidarios o que por su edad los sienten ajenos, personas que culpan a Arena y FMLN por el Estado precario que no les garantiza derechos, que los margina, que los hace huir del país, que los mata; si los menos pensantes son los que prefieren colgarse de un árbol nuevo que de los viejos conocidos, entonces lo dicen bien. Pero los menos pensantes también son grandes soñadores y ahora resulta que ganan elecciones. Aunque les cueste digerirlos a los más adoctrinados, son tan necesarios en todos los partidos políticos que deben sumarlos. ¿Cómo? Cambios radicales. Revolución. Evolución.

P.D.: Presidente electo, ¿para cuándo la entrevista?

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