El evangelio de los charlatanes

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Resulta fascinante, por no decir nauseabundo, observar cómo el poder absoluto siempre termina buscando un rincón en el cielo para esconder sus pecados en la tierra. Lo que vimos hace unos días en Washington no fue un acto de contrición ni una búsqueda sincera de sabiduría divina, sino una coreografía de cinismo entre dos figuras que han entendido que no hay mejor escudo que una Biblia mal leída. 

Un tirano y su mandadero compartieron el escenario del Desayuno Nacional de Oración, un evento que en teoría busca la humildad ante una figura divina, pero que en la práctica sirvió para bendecir la propaganda de seguridad en El Salvador, calificando incluso al CECOT, ese monumento al encierro masivo y la opacidad, como un proyecto de naturaleza “humanitaria”. 

Es una bofetada a la lógica y una profanación a la ética: llamar humanitario a lo que organizaciones internacionales señalan como una fosa de derechos básicos, mientras una comitiva de funcionarios y diputados salvadoreños aplaude, validando con fondos públicos una gira que tiene más de campaña electoral que de gestión estatal.

Esta función de gala en el extranjero no es un hecho aislado, sino la culminación de un ensayo que ya habíamos visto apenas hace unas semanas. El pasado 19 de enero, El Salvador inauguró su propio “desayuno por el día nacional de la oración”, añadiendo otra fecha más al calendario de la piedad oficialista para saturar el espacio público de propaganda disfrazada de devoción. 

Lo más lamentable no fue solo la escenificación del régimen, sino el papel de algunos embajadores acreditados en el país, quienes, en un despliegue de miseria diplomática, se prestaron a aplaudir un show que utiliza la fe para barnizar el autoritarismo. Esos mismos representantes, que deberían ser los primeros en ver tras el velo, terminan siendo cómplices decorativos de un sistema que utiliza el nombre de Dios para silenciar las críticas y legitimar el atropello. 

Pero el problema no son solo ellos, los actores en la tarima o los invitados de etiqueta que susurran haber sido elegidos por una mano invisible. El verdadero drama reside en la feligresía que observa en silencio, o peor aún, con júbilo, cómo se abarata su fe hasta convertirla en una mercancía.

¿En qué momento se volvió aceptable que Dios, ese concepto de justicia y amor que dicen profesar, solo baje a hablarle al oído a quienes tienen algo que ocultar? Lo hizo Papa Doc Duvalier en Haití o Maduro en Venezuela y ahora lo hacen estos nuevos profetas del algoritmo que utilizan la oración para anestesiar la conciencia crítica de un pueblo. 

Esos mismos creyentes que no dudarían en llamar “fariseo” o “charlatán” a cualquier vecino que intentara estafarlos con falsos milagros, hoy se arrodillan ante líderes que usan la religión para justificar el saqueo y la perpetuación en el poder. Pareciera que la conexión con lo divino es más nítida cuanto más se concentra el mando y más se calla a la disidencia.

Pero esta pantomima no se sostiene sola. Requiere de la complicidad de sectores religiosos, como ciertos pastores evangélicos y figuras del espectáculo como Toby jr, que han decidido cambiar el púlpito por una silla en el banquete del poder.

Hace 49 años, Monseñor Romero castigaba a la “religión de misa dominical, pero de semanas injustas”; a “la religión de mucho rezo, pero de hipocresía en el corazón”. Ahora su imagen es utilizada mezquinamente desde Casa Presidencial para lavar el rostro de la dictadura.

No podemos olvidar que Romero alzó su voz cuando la vocación y su compromiso con la justicia así lo demandaba. Como ahora también lo hace, valiente y sostenidamente, el jesuita Rodolfo Cardenal, quien nos recordó que “el desayuno de oración, exhibido en cadena nacional a un país cuyas mayorías no tienen con qué hacer los tres tiempos, se parece a la oración del fariseo”. 

Y también es importante resaltar lo valiente y decidida que han sido algunos pastores de la Iglesia Elim, que en reiteradas ocasiones han expresado su reclamo por los inocentes capturados bajo el régimen de excepción o su oposición a la minería metálica.

También desde la fe debemos entender que estos no son tiempos para guardar silencio y fingir que todo está bien.

Es patético pensar que la espiritualidad de una nación se reduzca a eventos de gala y a la invención de efemérides religiosas cada vez que el gobierno necesita una cortina de humo para tapar un escándalo o una cifra que no cuadra. Si ese Dios solo valida los planes de quienes ostentan el látigo, entonces no están adorando a una deidad, sino únicamente a su propio reflejo.

 

La fe no debería ser el refugio de los tiranos ni el maquillaje de los verdugos; debería ser la fuerza que exige cuentas, la que busca la verdad sobre los desaparecidos y la que denuncia el robo de lo que pertenece a todos. Mientras el pueblo siga permitiendo que su esperanza sea manoseada por políticos amorales y diplomáticos complacientes, seguiremos atrapados en este evangelio de la mentira, donde el nombre de Dios solo se usa para bendecir las cadenas.

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