La cárcel es para Bukele

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Nayib Bukele ha comenzado la construcción de otra cárcel. Una más grande, más ambiciosa, más monumental que el Cecot. Una cárcel que, con permiso de Ortega y Maduro, se convertirá en la más vasta del continente. Una cárcel de 21 mil kilómetros cuadrados, con playas, montañas, volcanes y lagos. Pero no: esta vez no la construyó para encerrar a sus enemigos, ni para mostrarla en redes. Esta vez, la cárcel es para él.

Porque lo que aprobó la Asamblea Legislativa la noche de este 31 de julio no es una reforma constitucional cualquiera: es la celda dorada donde Bukele espera esconderse del juicio de la historia y de la justicia. Solo quedándose en el poder puede evitar rendir cuentas por todo lo que ha hecho. Y lo sabe. Bukele no quiere gobernar para siempre por ambición: quiere hacerlo por miedo.

Desde la presidencia, se siente a salvo. Desde ahí puede seguir controlando a los fiscales, a los jueces, a los diputados, a los panfletos públicos y a una buena parte de la opinión. Desde ahí puede seguir repartiendo migajas, vendiendo ilusiones, reprimiendo en silencio. Fuera del poder no hay blindaje. Solo hay verdad. Y la verdad lo condena.

Por eso sus diputados —los títeres más caros en este espectáculo— se apresuraron a aprobar una reforma que permitirá la reelección indefinida. Sin debates. Sin consultas. Sin vergüenza. Lo hicieron como quien pide una hamburguesa. Y lo más indignante es que ni siquiera intentan disimular.

La ilusión que los títeres tramposamente plantean es que todavía hay una democracia y que “el pueblo” decidirá en urnas. Pero después del escrutinio que atestiguamos en 2024, tenemos la certeza de que –en 2027 o en 2033– ese “pueblo” acudirá manco a marcar papeletas que podrían desaparecer y reaparecer como se les antoje a los que lo controlan todo.

Bukele mintió cuando dijo que no buscaría seguir. Y lo hizo tantas veces que da asco. Mintió otro actor de reparto, el vicepresidente Ulloa, cuando juró, poniendo sobre la mesa su papel de esbirro jurídico, que su reforma no incluiría la reelección indefinida. Mintieron todos. Pero no nos engañemos: no se trata solo de mentiras. Se trata de un proyecto de poder que necesita destruir todo lo que se le oponga. Y ya no quedan muchas cosas en pie.

La democracia no murió este 31 de julio. Murió el 1 de mayo de 2021, cuando Bukele decapitó la Corte Suprema, eliminó la independencia judicial y convirtió al nuevo fiscal general en su verdugo personal. Desde entonces, Bukele ha ido borrando, uno por uno, todos los pilares de la República. Lo que vimos este jueves es simplemente el siguiente paso lógico: el dictador ya no necesita máscaras.

Y no, no hay dictaduras buenas. No existe el autoritarismo cool. No hay caudillos que salven patrias. Lo único que hay es un hombre con un ego desbordado, rodeado de oportunistas y corruptos, aferrado al poder porque fuera de él se acaba la fantasía… y empieza la justicia.

Puede que Bukele se quede hasta 2033. O hasta 2039. O hasta que la historia lo alcance. Pero ya inició su caída. Porque todos los dictadores, sin excepción, terminan mal. Algunos en la cárcel, otros en el exilio, otros muertos. Pero todos terminan. Y él lo sabe. Y si no lo sabe, alguien debería decírselo.

Mientras tanto, los que vivimos dentro de esta cárcel disfrazada de país debemos entender lo que está en juego. Es el futuro. Es la posibilidad de vivir sin miedo, sin propaganda, sin mentiras institucionalizadas.

Hoy, más que nunca, parece que todo está perdido. Que no hay salida. Que la resignación es el único camino. Pero el poder absoluto es una ilusión frágil. Lo que no podemos permitir es que el silencio nos convierta en cómplices, o que la costumbre nos robe la indignación.

La cárcel es para él. Pero el país entero ya está tras las rejas.

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