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AmorEs que matan

Ella decidió volver a confiar en su exnovio. Siete años de ir y venir en esa relación tóxica no le bastaron. Tampoco que la criticara por cómo se vestía o cómo se maquillaba. Siempre la comparaba con una trabajadora del sexo. Y cada vez que terminaban la relación, él se dedicaba a desacreditarla. La llamaba “loca”. Y para muchos hombres, incluso mujeres, ella era una loca. Pero las historias siempre tienen dos versiones y ella nunca contaba la suya: él la engañaba con otras mujeres –incluso con quienes se autodenominaban ‘amigas’ de ella–; además, él ejercía violencia psicológica, verbal y física contra ella. 

Y como la violencia suele resolverse con más violencia, ella también empezó a violentarlo. Tanto se deterioró aquella relación que terminaron en una delegación policial, por lesiones físicas. Sin embargo, ella decidió volver con él. A ella le enseñaron ese amor que de acuerdo con Corintios es sufrido y benigno, que no guarda rencor, que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. A ambos les enseñaron ese amor romántico, pero también violento. Cuando ella se quejaba de él y de sus infidelidades, la madre le recordaba todo «lo que ella y sus ancestras aguantaron a sus maridos». Así, cuando ella decidió salirse de esa relación, inició otra que tampoco fue más saludable. Pero eso es lo que ha aprendido. 

Un psicólogo me explicó que mientras no se detecte el perfil de hombre que una busca, difícilmente las relaciones de pareja van a mejorar. Porque mientras no se cambie ese perfil, todo empeorará. Así me contó, como ejemplo, la historia de una paciente embarazada que sufre por los maltratos de su actual pareja, sin embargo, cuando hacen una mirada hacia sus parejas anteriores y los hombres que marcaron su vida, lo único que encuentran es cómo la escalada de violencia aumenta en cada nueva relación.

Otra amiga –quien podría ser mi hija, por la diferencia de edad– me contó cómo su joven esposo la quemaba con una colilla de cigarrillo, la golpeaba y la ofendía constantemente. Le decía que ella no valía nada y que sin él su plusvalía caía. Sí, como que fuera un bien o un objeto. Solo él podía amarla, solo él podía tener una relación sentimental con ella.

En otra historia de infidelidades, otro hombre argumentaba a su favor que él nunca escondía a su pareja:

“Yo siempre les digo a todas que tengo pareja. Yo no te oculto”. 

El común denominador en tres de estos casos es que ellas no contaban a sus familiares lo que padecían, por temor a la incomprensión y a ser juzgadas. En sus hogares aprendieron que «la mujer debe de poner de su parte y aguantar, para no quedarse sola. La soledad es algo malo, lo peor que puede pasarle a una mujer». A ellas no les enseñaron que la soledad puede ser buena, que les permite conocerse, estar consigo mismas, amarse, respetarse y disfrutar de su libertad. En cambio, se enseña que la felicidad de la mujer siempre se alcanza en la medida que ella sirva a otras personas; o que las cuiden y satisfagan sus necesidades, aunque vaya en detrimento de sí mismas. Así, de esa manera, estar sola equivale a no ser feliz.

Nada más errado.

Ojo: con este artículo no pretendo satanizar al amor. Creo que existe el amor propio, el amor a la familia, a las mascotas, a la naturaleza y, por qué no, el amor de pareja. También creo que mientras no aprendamos a amarnos a nosotras mismas y sigamos buscando ese amor romántico, producto del patriarcado, difícilmente nos irá bien. Porque el amor no es una profecía. Es falso que «quien ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo».  Amiga: si usted está en una relación en la que es violentada y aprendió todo lo anterior, intente salir de ella, pida ayuda.

El amor no es celebrar San Valentín bajo malos tratos, celos, ofensas y golpes. El amor no es pedir perdón con un ramo de rosas o un regalo para que horas o días después, con suerte, usted vuelva a ser maltratada. Solo en enero de este año, 34 mujeres fueron asesinadas, muchas por sus parejas o exparejas. Es decir, diez feminicidios más con respecto a enero del 2018, según la Policía Nacional Civil. Y hay miles de niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres que fueron o siguen siendo violadas por sus familiares (las cifras indican que más del 92 % de las sobrevivientes son del sexo femenino). Eso no es amor. Creer que eso es amor puede terminar con su vida.

Evite ser víctima de un feminicida. Si se encuentra en una situación de vulnerabilidad, le recomiendo que marque al 126 –el número de atención del Isdemu– y pida ayuda. Ellas tienen la obligación de darle asesoría legal y psicológica gratuita. A la vez, si usted y sus hijos o hijas lo necesitan, también les darán albergue.

Está bien tener fe, pero un agresor solo cambiará cuando se deconstruya, no porque usted rece. Quien la ama no tiene que maltratarla. Hay «amorEs que matan». Este 14 de febrero, celebre la vida, su vida. Celebre el amor por usted misma y el autocuido. Nada como amarnos y respetarnos. Y esto es algo que aplica para todos. También para hombres.

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