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¿La banalización de la violencia?

Nota del editor: El texto que leerá a continuación es un abordaje crítico que el columnista Luis Fernando Valero hace de la película «Monos», de Alejandro Landes. La cinta ha sido postulada para los Oscar de Hollywood y los Goya de España, en representación de Colombia. Todavía no está disponible en los cines de Centroamérica. Valero hace interpretaciones personales de escenas de la película, por lo que también advertimos a nuestros lectores que el texto puede arruinar la experiencia a quienes quieran verla sin conocer la trama.

Algunos expertos sociales y sanitarios son partidarios de tratar la violencia en Latinoamérica como una enfermedad social y, como tal, adquiriría el rango de epidemia que debería ser tratada con programas de choque para erradicarla o como mínimo para detener el brote.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), Latinoamérica es la región con la tasa más alta de homicidios en el mundo. Diez asesinatos por cada 100,000 habitantes. La zona continental tiene el 9 por ciento de la población mundial y el 30 por ciento de los asesinatos.

Como se comprende, esta situación no es para banalizarla ni en la literatura ni en el cine ni en el arte. Ello lo decimos porque he visto la película “Monos”, del director colombiano-ecuatoriano Alejandro Landes, y he quedado sorprendido por el filme. Y dado que va a representar a Colombia en los premios Oscar del presente año, creo que amerita una reflexión sobre el mismo, pues el filme ha recibido por parte de la crítica numerosas alabanzas y ha sido premiado en varios festivales. Cierto también que ha habido algunos críticos que no ven en esta cinta la obra maestra que otros observan y ven en ella serias deficiencias en el tratamiento del tema de la “violencia política” ejercida por y para adolescentes.

El filme, es indudable, tiene inmensas cualidades cinematográficas que varios críticos han señalado, como una impresionante puesta en escena. El crítico Ricardo de la Vega señala, y coincido con él: “La fotografía. Sin rodeos, es la mejor fotografía de la que yo tenga memoria en el cine colombiano. Contundente, en armonía con la historia, usando el lente apropiado con el plano apropiado con la luz apropiada. Todo un hit y todo un reto para los directores de fotografía locales”.

Algunas escenas peligrosas filmadas en plena naturaleza conllevaron riesgos indudables y es de agradecer la real naturalidad y compromiso de los actores y actrices, como señala claramente el director en una entrevista.

“En el rodaje tuvimos un sentimiento contagioso de ‘estamos haciendo algo grande, importante y la responsabilidad de que salga bien recae sobre nuestros hombros’, así que los chicos asumieron esa responsabilidad e hicieron que todo funcionara.”

Otro de sus aciertos indudables es la banda sonora, cuya creadora, Mica Levi, afirmó que dio a cada personaje un sonido o melodía propio  e incluso especial para representarlos y mezclarlos dentro del desarrollo de la trama, teniendo en cuenta la personalidad y su desarrollo en la acción y jugando con los sonidos de la naturaleza. Así, cada sonido va acorde con la personalidad de cada uno y, junto con ellos, las expresiones musicales de la naturaleza (incluso sonidos naturales) en conjunción con la pasión, la angustia, la tensión, el miedo y los peligros que implican la selva y sus sonidos naturales.

Planteadas así las cuestiones y aceptando que por estas virtudes la película ha obtenido premios en algunos festivales, el filme como obra en su conjunto no amerita la fama que se le da, pues tiene otros aspectos que dejan bastante que desear, sobre todo al tratar la violencia. Y siendo ella un fenómeno social que escapa a una deontología únicamente fílmica, creo que es bueno puntualizar.

El filme empieza en un entrenamiento militar en la cima de una montaña por un grupo de jóvenes-niños, concretamente ocho, con apodos más que singulares: Rambo, Piesgrandes, Boom Boom, Lady, Pitufo, Wolf, Sueco, Perro… a las órdenes de un adulto que no se observa como militar, si acaso paramilitar, de aspecto grotesco y con un hablar impostado y agresivo, que tiene un moral social muy peculiar por la  que deben pedir permiso para todo. Por ejemplo, para relacionarse como pareja amorosa dos de sus integrantes, deben declarar a todo el grupo sus sentimientos. Estas situaciones, luego se verá a lo largo del filme, no tienen una coherencia interna con la acción de la propia película.

Hay un hecho real: el “militar” que enseña la instrucción es un exmiembro de las FARC, hoy readaptado al proceso de paz. Ello le da un simbolismo al personaje que no queda exento de que el espectador que se sienta implicado se pregunte por qué; qué se quiere decir, qué se quiere mostrar.

Tampoco queda nada clara “la misión” estratégica militar de la facción “guerrillera” por unas órdenes que reciben del “alto mando” vía radiofónica. La trama es simple: deben vigilar a una extranjera que es doctora y a una vaca. Estas órdenes se reciben por medio de un emisor de onda corta con el lenguaje típico de esas transmisiones: “corto”, “cambio”, “me recibes”. No hay la más mínima consigna ni mención a nada más. El espectador no sabe de qué va la cuestión de tanto entrenamiento militar. Se insiste en las órdenes de cuidar la vaca, a costa de la vida del encargado, y a la doctora. Cada uno en su “misión”.

A continuación, se desarrolla una auténtica orgía y en un momento derivado de una acción infantil de borrachera y relajo, la vaca muere, la doctora se escapa y un miembro del grupo se convierte en un tirano para los demás y empieza a dar órdenes a diestra y siniestra, para ir deshaciendo los entuertos de la incoherencia del grupo en donde un miembro del grupo es asesinado por otro por un dime tú de esas cosas. Rambo entra en una fase depresiva y se escapa también. El que se convierte en líder mata al instructor militar y al final el grupo se deshace, con lo que termina el filme con la mirada llorosa de Rambo en manos del ejército que lo ha capturado.

Los personajes no son coherentes con sus acciones y cada miembro reacciona improvisadamente, tanto en sus reacciones emocionales como en sus mímicas y expresiones lingüísticas y faciales y en sus relaciones grupales. De pronto, en los momentos de descanso, de relax, la película muestra escenas de homosexualidad y juegos sexuales. Pero luego en otro momento del filme se cae en la cuenta de que uno de los personajes no es un hombre, sino una mujer que se había estado ocultando.

No se capta en la trama qué objeto tiene esa serie de secuencias. Da la impresión de que es una impostación cara a la galería, a no ser que se intente decir que a pesar de que se consideren hombres y mujeres, hay un infantilismo emocional de la adolescencia que los lleva a buscar su identidad experimentando situaciones que últimamente la psicología postmoderna de la educación sexual proclama como marco referencial.

El ritmo de la narración tiene momentos de una gran tensión y de pronto decae en su intensidad, siendo machaconamente tediosa. No hay una clara línea argumental, aunque haya sido comparada por algunos críticos con “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola, de 1979; y otros la relacionan con “El Señor de las Moscas”, de Harry Hook, de 1990. Los guionistas no tienen para su guion una obra como “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad, de 1902, ni “El Señor de las Moscas”, de William Golding, de 1954. En este caso, los narradores guionistas son Alexis Dos Santos y Alejandro Landes.

La película tiene un ritmo adecuado y de repente sufre un bajón tedioso. Aparece en plena selva una familia que vive con televisión por cable, sin saber qué hace allí. Esa familia recoge a Rambo en su huida y posteriormente es asesinada por el grupo que busca a los fugados. Si con ello se quiere hacer ver la fugacidad de la vida en la selva y en la guerrilla, que en un momento se pasa de la vida a la muerte, o que se haga un canto a la solidaridad humana, los personajes deberían tener más enjundia y el guion, más coherencia interna; no solo narración fílmica fotográfica de escenas ciertamente impresionantes de la vida en la selva. La obra debió ser más seria en la narración de la trama, no solo de la principal, sino de las colaterales.

La película tiene una clara intención naturalista. Las secuencias se han localizado en el páramo de Chingaza (Cundinamarca) y en el río Samaná Sur (Antioquia). En el inicio del filme, ya lo he resaltado, con la inmensa soledad la montaña, al igual que con la brutal bravura de las aguas fluviales, merece destacarse la fotografía de Jasper Wolf.

El problema de la cinta es que no hay una clara línea argumental y dada la violencia estructural de Latinoamérica, conviene tener respuestas y más con la juventud, que es el futuro. En este momento de la realidad colombiana, en que hay quienes han vuelto a las armas, cabe preguntarse: ¿Debe explicarse a la juventud que la guerra revolucionaria por más que quienes digan que libera, la realidad es muy otra? Véanse si no los ejemplos históricos. No hay ni una sola guerrilla latinoamericana que al cabo del tiempo haya triunfado y haya desarrollado luego una sociedad más justa y solidaria, respetando la Declaración Universal de Derechos Humanos, a no ser que se diga que “triunfo”, “desarrollo” y “derechos humanos” es lo que hay en Cuba o en Nicaragua. Y ya no digamos en el socialismo bolivariano chavista. Los logros no se observan y cabe cuestionarse entonces cómo se explica a la juventud de los países latinoamericanos que no es posible creer que allí está la solución de sus males objetivos: violencia, paro, aumento en algunas naciones de una significativa pobreza, ciclos de apertura esperanzada e inmediatamente caída de nuevo al caos social.

Vuelvo a preguntarme: ¿Qué pretende “Monos”?

John Jairo León Muñoz se pregunta en un análisis del filme: ¿Qué estamos haciendo con los jóvenes para que integren grupos al margen de la ley?, ¿hasta cuándo soportaremos vivir en un país que no mira a todos de una manera comprometida?, ¿Colombia es masoquista?, ¿prefiere ser el país de los azotes, del maltrato y del regreso a las épocas de la violencia?, ¿le gusta vivir de la zozobra, esperando a que los carros bomba instalen el miedo en la cotidianidad?, ¿cómo permite que los jóvenes encuentren el fusil y amedranten y maten su tiempo, ese que tienen para encontrar qué es lo que les gusta crear? Preguntas sobre la guerra que llevan más de 60 años.

La violencia es estructural, pues violencia no es sólo la muerte física por la guerrilla, por el narcotráfico, por las maras, por la delincuencia. Violencia son también las causas que hacen cruzar ríos y veredas en busca de un mundo mejor. ¿Qué le ofrecemos a la juventud?, ¿qué pedagogía debemos desarrollar para buscar que la juventud no crea que hay que irse a la montaña o salir huyendo porque no hay salida? ¿Es esa la lección de “Monos”?, quizás lo sea, pero no la he visto. El filme es colombiano, pero es aplicable a toda Iberoamérica. Y si ganara el Oscar, el mensaje debería ser más potente que los ojos llorosos de Rambo, que al final de la historia se descubre que es una mujer. Un final que descoloca, a no ser que sea un guiño al papel que indudablemente debe tener la mujer en una sociedad eminentemente machista como la latinoamericana.

Ahora, lo que es claro y evidente es que la solución de todo esto no es que los que tienen más fuerza e ilusión opten por emigrar al norte. Son los políticos lo que tienen responsabilidades para atacar los males de esta sociedad. Sí hay violencia, pero también hay muchísima corrupción y despilfarro e injusticia social que ellos deberían, ya que son los elegidos, solucionar para evitar “monos”.


*Luis Fernando Valero es doctor en Ciencias de la Educación. Fue profesor y primer director del Centro de Proyección Social de la UCA, de 1976 a 1980. Fue profesor titular en la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona, España, y profesor invitado en varias universidades de Iberoamérica: Venezuela, Colombia, Argentina y Brasil.

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