“Polvo de gallo”: una distopía que retrata la realidad de las agresiones sexuales

«Polvo de Gallo» aborda un tema que pocas veces se trata con apertura en la agenda cultural salvadoreña: las violaciones. Es ficción, pero la película cuenta una historia que recuerda mucho a la realidad nacional.

Fotos cortesía de la producción de «Polvo de Gallo»


El pasado sábado 2 de abril, la película «Polvo de Gallo», del cineasta salvadoreño Julio López, tuvo la última proyección física de su gira de estreno en el jardín del Centro Cultural España, que presentó un aforo lleno de público de todas las edades. Era el mismo lugar donde, curiosamente, hace aproximadamente cinco años, a los creadores de la película se les ocurrió la idea de trabajar en el proyecto de una distopía llamada El Sistema.

Envuelta de un ambiente atemporal, la película recuerda mucho a los años setenta, pero también evoca al presente cuando los personajes usan smartphones. Las mujeres que protagonizan esta historia sobreviven esperando que “les toque” responder al llamado de un citatorio enviado por “El Sistema” para ser agredidas sexualmente. Ninguna está exenta de este mandato; ni las privilegiadas, ni las estudiantes, ni las vendedoras informales o las trabajadoras del Estado.

Por ello evoca al paralelismo. En El Salvador ocurre una violación cada cuatro horas, según una investigación de LPG Datos. Si bien en nuestro país no hay un “sistema” que administre las agresiones sexuales, sí hay uno que le falla a sus ciudadanas. Solo en el año 2021, la Fiscalía General de la República recibió 3 mil 284 denuncias por violencia sexual, según ORMUSA

Por eso «Polvo de Gallo» es una película pertinente, porque acude a una gran cantidad de símbolos que retratan la violencia estructural que viven las mujeres. “El Sistema”, además de representar a una autoridad gubernamental, simboliza también a la sociedad salvadoreña, la misma que lleva impregnado al machismo en sus raíces. Desde las mujeres que son cosificadas, las amigas que normalizan los abusos y las paternidades ausentes; hasta la indiferencia y frialdad de los empleados públicos que forman parte de un sistema que condena a las mujeres a ser encarceladas durante años por no someter sus cuerpos a una violencia normada por la ley; encontramos a las mujeres de «Polvo de Gallo» como consecuencia de una persecución en la que se ven criminalizadas y obligadas a romper las leyes para sobrevivir.

El equipo que conforma a esta producción es singular. Paola Miranda y Egly Larreynaga (de Teatro del Azoro) llevan al terreno del cine la espontaneidad y expresión corporal que caracterizan a una puesta en escena teatral. Mientras que la fotografía, a cargo de Meme Flores, fue concebida desde dicha espontaneidad. «Polvo de gallo» cuenta con una gran cantidad de planos generales que se sostienen fijos mientras todo ocurre, tal como cuenta Flores. “Esa estética nunca se planteó como forma de contar la historia, pero creo que la sinergia que venía sucediendo con la crew nos hacía terminar cayendo ahí […]; no nos hacía falta más, no hacía falta un corto o hacer coberturas… Las hacíamos por protección, pero la mayor parte de las veces no se usaron”, explica Flores.

Julio López, director de la película, cuenta que el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano se expandió por el continente a principios de los años sesenta, pero no llegó a El Salvador. Entonces se planteó hacer una película de Nuevo Cine Latinoamericano salvadoreña. “Nos daba risa porque pensábamos que los recursos y la precariedad que tenían esos cineastas en esos países hace 50 años es igual a la que tenemos nosotros ahora… pero ahí vamos”, comenta López, quien además reflexiona en la acción de denuncia de la película como pieza artística. “Creo que uno no puede cambiar al mundo, pero podés, por lo menos, disparar las pláticas y reflexiones. Son granitos de arena que uno va poniendo en una discusión pública que permita fomentar la construcción de una ciudadanía con pensamiento crítico. ¿Qué hacemos nosotros? Independientemente si hacemos música, fotografía o pintura: hacemos discurso”, explica López.

Por otra parte, es necesario destacar a la banda sonora de «Polvo de Gallo», que se conjuga atinadamente con otros elementos de la producción. Es notable cómo la película prescinde de diálogos durante largos períodos para darle protagonismo a los elementos visuales y a la expresión corporal de las actrices. Buena parte de ello se debe al trabajo de la artista y compositora mexicana Anan, quien logró transportar los sentimientos de la audiencia desde lo grotesco, la tensión y la ira hasta climas cálidos, de esperanza y sororidad.

Anan no temió utilizar sonidos viscerales como herramienta de denuncia, a pesar de que el oído de los espectadores no está acostumbrado a los distintos timbres y melodías que la artista utiliza. Es por ello que resulta difícil evitar sentir al escuchar sus piezas. “Campamento”, por ejemplo, es la pieza que armoniza el encuentro de uno de los personajes (Ili) con otras mujeres que están en su misma situación: son prófugas de la ley por escapar de la violencia estructural. En esta escena, mientras las mujeres se sientan alrededor de una fogata a curar sus heridas y compartir la comida, es imposible no pensar en que son las mujeres quienes salvan a otras mujeres.

A pesar de que la mayoría de mujeres salvadoreñas han sufrido violencia sexual en algún momento de su vida, gran parte de los hombres están desconectados de la gravedad de la problemática. La película contiene escenas donde se somete al abusador a su propio juego de tortura. Egly Larreynaga, actriz de Teatro del Azoro —quien además participó en la creación del guion— reflexiona que hay una intención de llamar la atención del público masculino. “La idea de un lugar en donde se normaliza tanto la violencia, que para ordenarla te dan un citatorio, porque de todas formas vas a pasar por ahí, cuestiona todo este sistema de abusos. Pero, ¿qué pasa con estos hombres que abusan? ¿sirve de algo la venganza? ¿Quién rompe con este ciclo?”, cuestiona la actriz.

La película no responde estas interrogantes de forma directa, pero nos muestra cómo Ili se mueve de su posición de víctima para buscar un ajuste de cuentas con su victimario. Es Ili quien por su cuenta logra “salir” del Sistema y romper el ciclo de violencia.


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