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David J. Guzmán, ciencia y racismo

Cuando cualquier salvadoreño escucha el nombre de David J. Guzmán, lo más probable es que a su mente vengan dos cosas: alguien que tuvo que ver con el actual Museo Nacional de Antropología (MUNA) y con la Oración a la Bandera. Esto último es algo que todos aprendimos alguna vez en nuestras vidas como estudiantes, y es precisamente en este mes de septiembre cuando la mayoría de colegios y escuelas del país dedican un tiempo a recitarla. David Joaquín Guzmán Martorell (1843-1927) fue el primer director del Museo Nacional (hoy llamado Museo Nacional de Antropología “Dr. David J. Guzmán”) en el año de su fundación en 1883. En 1916, el Ministerio de Instrucción Pública realizó un certamen poético en el cual Guzmán fue galardonado por su obra “Oración a la Bandera” y que fue reconocida oficialmente en el año 2001 como Símbolo Patrio.

David J. Guzmán nació en San Miguel en 1843, en una familia adinerada. Su padre, Joaquín Eufrasio Guzmán, fue presidente de El Salvador en 1845. Se graduó como doctor en Medicina en París, Francia, en 1869; pero durante su vida Guzmán publicó varios libros y artículos en revistas como Anales del Museo Nacional, y en otras más, sobre temas como arqueología, zoología, botánica, historia y política. Como muchos hombres de ciencias del siglo XIX y principios del XX, David J. Guzmán tenía ciertos prejuicios sobre otros segmentos de la población y usó cierto conocimiento científico disponible en la época para legitimar algunas de sus creencias. No es un secreto que la ciencia (o quizá, mejor dicho, pseudociencia) fue utilizada para legitimar o validar opiniones a favor de ciertas personas y en contra de otras. Muchos científicos reconocidos de aquella época tenían opiniones que hoy serían inaceptables.

Karl von Linneo (1707-1778), padre de la clasificación biológica, publicó un libro llamado “Systema naturae”; en él, agrupó a animales y plantas de acuerdo con ciertas características y los bautizó con un nombre científico. Pero también había un capítulo para los seres humanos. A los, así llamados, negros los nombró Homo afer, y como sus características mencionó: cabello rizado, nariz chata, vagabundo, perezoso, astuto, lujurioso, descuidado y gobernado por capricho. Uno de los grandes de la biología, el alemán Ernst Haeckel (1834-1919), rechazaba el hecho de que los humanos se originaron en el África (por obvias razones) y creía que los negros eran salvajes cuya conciencia estaba más cercana a la de los animales, como el mono, que a la de los blancos, los civilizados.

Louis Agassiz (1807-1873), naturalista y geólogo sueco, pero considerado uno de los grandes naturalistas de Norteamérica, principal estudioso de fósiles de peces del mundo y europeo célebre, escribió en una carta a su madre desde Estados Unidos circa 1850: “Fue en Filadelfia donde me encontré por vez primera en prolongado contacto con negros; todos los criados de mi hotel eran hombres de color… experimenté piedad ante la visión de esta raza degradada y degenerada… no obstante, me resulta imposible reprimir el sentimiento de que no pertenecen a nuestra misma sangre. Al ver sus negros rostros con sus gruesos labios y sus repulsivos dientes, la lana de sus cabezas, sus dobladas rodillas, sus manos alargadas, sus largas y curvadas uñas, y especialmente el lívido color de las palmas de sus manos, me sentía incapaz de arrancar mis ojos de sus caras para ordenarles que se mantuvieran alejados de mí. Y cuando adelantaban aquella repugnante mano hacia mi plato para servirme, deseaba ser capaz de salir para comer un trozo de pan en cualquier lugar, con tal de no tener que cenar con semejante servicio. ¡Qué desgracia para la raza blanca, el haber ligado su existencia tan íntimamente a la de los negros en ciertos países! ¡Que Dios nos preserve de semejante contacto!”.

Estos científicos creían que existía un orden jerárquico racial, estando los, así llamados, blancos arriba y los demás abajo, y no faltaba quien utilizara sus enunciados para justificar tratos inhumanos. Es casi seguro que David J. Guzmán estuvo expuesto a este tipo de pensamiento durante sus estudios en Francia. En una de sus publicaciones: el “Texto de zoología elemental”, publicado en 1910, Guzmán hace uso de una clasificación muy usada en el siglo XIX y XX, donde clasifica a los seres humanos en razas (siguiendo la clasificación de Georges Cuvier). Se refiere a la “raza caucásica” como “la más inteligente”. Pero fue a los indígenas (y a otros grupos como “ladinos” y “zambos”) a los que David J. Guzmán se refirió en la mayoría de sus publicaciones.

Libro "Texto de zoología elemental" de David J. Guzmán

Fragmento del libro «Texto de zoología elemental», publicado por David J. Guzmán en 1910. Foto/Guillermo Funes

Sobre los “zambos” escribió: “Son de una rara fealdad sobre todo cuando llegan a viejos. En cuanto a sus facultades intelectuales sacan el término medio de ambas razas; su nivel moral es desgraciadamente muy bajo presentando esta clase el prototipo de la estupidez, de la abyección, de la miseria y la ignorancia…”. Desde su perspectiva, los indígenas representaban una parte de la sociedad atrasada, casi primitiva, y debían ser absorbidos por la civilización actual: “Es necesario que el espíritu realmente liberal y humanitario de nuestras instituciones penetre por todos lados en el hogar del indígena, instruyéndole, sacándole de la apatía, y si posible es haciéndole desaparecer gradualmente en la masa de la civilización actual…”. Por otro lado, sobre las mujeres indígenas escribió: “Su tipo en general no es interesante y cuando son viejas es extraordinariamente feo…”.

Sin embargo, al mismo tiempo, David J. Guzmán mostraba cierta compresión por ellos. “Es incontestable que todas las violencias y atrocidades cometidas contra ellos han vuelto esta raza desconfiada y en el fondo eterna enemiga del elemento español o criollo…”. Se refirió a los indígenas del campo como “buenos, humildes y hospitalarios”, incluso fue mas allá y desprestigió a otros grupos para defenderlos: “¡Qué distante están estos indios (los de El Salvador) en cuanto a su vida y costumbres de esas tribus nómadas y antropófagas de la América del Sur y de los ‘Pieles Rojas’ del Norte que viven del pillaje y el asesinato!”.

Condenó a algunos escritores y conquistadores europeos: “Para estos escritores el indio americano sigue siendo un ente sin razón, sin amor, sin voluntad, sin inclinaciones generosas, sin más guía que sus instintos animales y sin más ley que la que impulsa a los seres racionales… Debía solo obedecer, callar, doblar la cerviz ante el yugo del opresor, debía obedecer la voz de su amo haciéndole creer que esta ominosa servidumbre era del agrado de Dios, que este Supremo Artífice le había creado para servir a una raza superior y sin embargo llena de avaricia y de todos los vicios inherentes a una muchedumbre de aventureros que había traído consigo un cúmulo de errores y una ignorancia que igualaba su crueldad…”.

Aparentemente, David J. Guzmán tenía opiniones ambivalentes sobre los indígenas. Por un lado, los veía como un estorbo y urgía que fueran fusionados con los ladinos o los criollos, aun si esto implicaba abandonar sus costumbres o estilos de vida, y por otro, adoptaba una actitud protectora, tratando de guiarlos, porque probablemente (según su criterio) eran incapaces de salir de sus “condiciones de atraso” sin la ayuda de una “raza superior”. Sin embargo, en su posición de hombre de ciencias posiblemente contribuyó al detrimento de la situación de los indígenas y otros grupos al validar con “la ciencia” algunas ideas de los gobernantes de aquel entonces, dada su influencia en la vida política en aquellos años.

Es importante considerar que analizamos estas opiniones con el lente moral de más de 100 años después; y que estas estaban presentes no solo en la ciencia, sino en muchos otros ámbitos. No obstante, es transcendental comprender cómo la ciencia mal interpretada puede tener un enorme poder negativo. Hoy en día, necesitamos ciencia objetiva en nuestras políticas de todo tipo, pero debemos ser escépticos y hacer un riguroso escrutinio para evitar que cualquier opinión fraudulenta sea aceptada, principalmente entre los políticos de cualquier tipo, nacionales o internacionales. La ciencia ha desechado el concepto de raza. Hoy debemos abrazar y apreciar la diversidad fenotípica de los seres humanos, sin pensar en seres inferiores o superiores.

Para leer más:

Apuntamientos sobre la topografía física de la República de El Salvador comprendiendo: su historia natural, sus producciones, industria, comercio e inmigración, climas [y] estadísticas. Publicado en 1883 por David J. Guzmán. Las frases citadas pueden encontrarse en los capítulos 17 y 18.

David J. Guzmán: La institucionalización del discurso racista en las elites simbólicas del poder. 2016. Georgina Hernández Rivas.

La historia cultural en El Salvador: Un campo de estudio en ciernes. 2005. Carlos Gregorio López.


*Guillermo Funes, biólogo salvadoreño. Correo electrónico: guilleyfunes@gmail.com

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