«El Estado literalmente me arrebató de los brazos de mi madre»

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 Amanda Castro, hija de madre y padre desaparecidos en el conflicto armado salvadoreño, cuenta cómo se asumió como víctima, y qué ha significado para ella crecer sin reconocimiento y reparación de parte del Estado.

Foto y video FACTUM/Gerson  Nájera


Los padres de Amanda Libertad Castro fueron desaparecidos a inicios de los ochenta, cuando ella tenía menos de dos años.  En 2013, tras un largo proceso personal en el que se asumió a sí misma como víctima del conflicto armado, interpuso una denuncia en la Fiscalía General para continuar lo que sus abuelos iniciaron años atrás: la búsqueda de justicia y verdad.

Los nombres de Lisbeth Carminda Castro Sánchez y Jorge Enrique Jiménez Argueta, los padres de Amanda, son dos de lo 1,917 consignados en el Libro Amarillo, un registro que tenía el Departamento de Inteligencia de la Policía Nacional para identificar a personas pertenecientes a grupos de izquierda. El padre de Castro fue desaparecido en 1981; y la madre, en 1982.  «Mientras la persona siga desaparecida, las heridas están abiertas. La ausencia es cotidiana. Es alguien que falta en la mesa para cenar», dice Castro, 37 años después.

¿Por qué iniciar un proceso judicial después de tantos años? Desde el punto de vista jurídico, porque la desaparición forzada es un delito continuado que no prescribe, explica; y desde el punto de vista de “sanación personal”, porque ella necesita saber qué pasó con sus padres, quién los detuvo, qué hicieron con ellos y dónde están sus restos.  ¿Pero por qué no dar paso al perdón y olvido, de los que muchos hablan en estos casos? Porque lo primordial para ella es que se nombre a los culpables para luego tomar otras decisiones: “Si yo no conozco a los responsables no puedo pensar en medidas alternas a una pena judicial (…)Yo busco conocer la verdad, no puede haber perdón sin verdad”.

Castro, quien ha expuesto su caso en instancias como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), recuerda que las víctimas no siempre están listas para hablar de lo qué pasó. A ella le tomó años.  «Es importante que las víctimas nos nombremos, pero no es fácil», dice.

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