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Un arranque débil y una señal prometedora

La jornada de juramentación de Nayib Bukele como presidente de la República tuvo tres actos. El primero, su discurso inaugural, una pieza emotiva con rasgos populistas que nos dejó poco sobre las líneas estratégicas de su gobierno. El segundo, el nombramiento parcial de su gabinete a puertas cerradas, que dejó, de nuevo, pistas sobre la opacidad y la comunicación unilateral que le caracterizaron como candidato y presidente electo. Tercero, la valiente y astuta decisión, comunicada por Twitter, de bajar el nombre del asesino de guerra Domingo Monterrosa de la tercera brigada de infantería del ejército.

Aparte de lo último, muy pocas señales positivas sobre el presidente y su equipo de gobierno encontramos en lo que ocurrió el sábado primero de junio de 2019 en San Salvador.

El discurso. Desde la elección de José Napoleón Duarte como presidente en 1984, las primeras alocuciones de los mandatarios electos les sirvieron para dejar al menos pinceladas de los signos económicos, ideológicos y políticos de los siguientes cinco años. ¿Eso es importante? Sí.

Una de las razones porque las alocuciones inaugurales son importantes es por las señales que mandan a los socios internos y externos del futuro gobierno. Nayib Bukele no gobernará solo, no puede: no tiene ni la correlación legislativa ni, a la luz de lo que nos dicen los nombramientos de gabinete que ya hizo, un equipo de colaboradores capaz de generar la interlocución política que necesitará para gobernar los primeros dos años de su quinquenio.

Uno de los primeros actos políticos de Bukele, pasado el barullo de su toma de posesión, será, como lo hicieron sus antecesores, ir a la Asamblea Legislativa a pedir permiso para salir del país. Y uno de sus primeros destinos será Washington, donde hará la ronda tradicional de visitas a multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, el BID y el Banco Mundial. Ahí, Bukele sentará las bases de su política financiera y ahí delineará los tratos con quienes le otorgarán los préstamos y vistos buenos que el país ocupará, en buena medida, para mantener sus precarios balances fiscales.

En Washington servirán al presidente su buen inglés, su aura de frescura política y su don de gentes. Pero no será suficiente. Ahí, tras no encontrar pista alguna en su discurso inaugural, las multilaterales le preguntarán por el currículum de sus ministros, por sus planes para asegurar gobernanza, para mejorar el déficit -ahí no podrá hablar con eufemismos como “medicina amarga”, por ejemplo. Se nos ocurre que, a falta de líneas estratégicas, la permanencia de Nelson Fuentes en Hacienda pasaría como señal de continuidad para las multilaterales.

Es cierto, también, que todos los discursos, desde Duarte hasta Sánchez Cerén, fueron, en mayor o menor medida, compendios de promesas que luego no serían cumplidas o simplemente serían traicionadas.

En esto último el recuerdo más fresco, y acaso uno de los más graves, es el de Mauricio Funes, quien ocupó buena parte de su discurso inaugural para asegurar que el suyo sería un gobierno transparente que combatiría la corrupción; a la luz de las cinco órdenes de captura que pesan contra él y de su asilo en Nicaragua la nula validez de sus palabras está clara. El punto es que las dijo cuando asumió y eso nos permite, ahora, entender el calibre de su mentira inaugural.

Lo que sí dejó el discurso de Nayib Bukele es un rasgo populista bastante claro. Nada se interpondrá, dijo el presidente, entre dios y su pueblo. ¿Nada? ¿Solo el presidente? Una frase peligrosa, más de mitin que del primer discurso de un jefe de Estado. Cosas como estas dejan dudas válidas sobre, por ejemplo, la claridad con la que Nayib Bukele maneja el abecé de la democracia republicana, lo de la independencia de poderes, la rendición de cuentas. Por ejemplo.

El gabinete. Muy pocas señales. Y algunas malas. El primer indicio negativo: la opacidad. El presidente Bukele decidió que la prensa nacional no entraría a la juramentación del gabinete, o de la parte del gabinete que juró ayer. ¿Por qué? El mismo Bukele, siendo presidente electo, había dado ya la respuesta: porque no quiere que le cuestionen los nombramientos, porque no tolera que vayan periodistas por ahí buscando el pelo en la sopa.

Durante varias semanas el presidente electo reventó Twitter con nombramientos seleccionados de algunas ministras, todas mujeres, la mayoría rostros frescos que transmitían muy bien el mensaje de que el próximo quinquenio no estaría lleno de los “mismos de siempre”. Esa parte es positiva, la frescura. Pero no basta. (Incluso entre las nombradas por Twitter las hubo de credenciales dudosas, como la ministra de cultura, que fue artífice de la trama de contratos irregulares urdida en la alcaldía de San Salvador).

Lo que no se dijo en Twitter fue lo que el presidente quiso ocultar hasta pasado el baño de pueblo de su toma de posesión: que su gabinete no tiene, por lo visto hasta ahora, demasiada profundidad y que hay ahí muchos amigos personales, exempleados de empresas familiares, incondicionales de la alcaldía y un par de rostros de los mismos de siempre. De todo eso hubo en los gabinetes anteriores (el canciller de Armando Calderón Sol era su compadre, varios familiares de Sánchez Cerén ocuparon cargos públicos). De todo eso vuelve a haber hoy, como antes, como siempre.

Falta que, desde el periodismo, desde la academia, desde la ciudadanía, hagamos un análisis más exhaustivo del gabinete una vez esté nombrado en su totalidad (un día después de su juramentación, tras una fallida conferencia de prensa, Casa Presidencial dio a conocer más nombres, aunque sin completar la totalidad de los puestos). Falta que estudiemos más a fondo las credenciales del ministro de seguridad pública y que confirmemos quiénes ocuparán el mando completo de la PNC -sus subdirectores, por ejemplo- para entender mejor si el gobierno Bukele seguirá apostando a la violencia para combatir la violencia.

Falta en materia de gabinete, pero lo poco que hemos visto no es demasiado prometedor, sobre todo porque da para el titular que Nayib Bukele quiso evitar a toda costa: Gabinete formado por amigos cercanos y exempleados del presidente.

Finalmente, Nayib Bukele presidente cerró su jornada inaugural con la comunicación de una decisión que, creemos, lo ubica en el lado correcto de la historia: la de ordenar a la Fuerza Armada quitar del cuartel de la tercera brigada de infantería, en San Miguel, el nombre de Domingo Monterrosa, el militar que orquestó las masacres de El Mozote y alrededores en 1981. Con esto, Bukele reafirma que puede ser capaz de usar el peso de la presidencia para corregir tantas cosas que están mal en El Salvador, aun las simbólicas. Esperamos que este camino siga con la orden, sea en Twitter o no, de abrir los expedientes de la Fuerza Armada.

En total, sin embargo, lo visto el 1 de junio está muy lejos de ser suficiente. Y buena parte de lo visto es preocupante por lo que tiene de rasgo autoritario, de opacidad.

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