Una tecnología debidamente implementada ofrece un impacto positivo para el aprendizaje de los estudiantes; de hecho, la agenda latinoamericana para la educación consiste en reducir la brecha digital y mejorar la conectividad a través de capacitación docente, equipos e infraestructura adecuada para que estudiantes de todos los niveles puedan desarrollar al máximo su potencial; pero la historia reciente demuestra que la tecnología, sin política educativa, no educa.
Los programas en los que se entregan computadoras o tabletas a cada niño se les conoce como «Programas 1:1» y tienen como principal característica proporcionar un dispositivo TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación) que esté disponible las 24 horas del día. Estos programas surgieron en contextos educativos ya consolidados y altos niveles académicos con el objetivo de democratizar la conectividad. Esta referencia sirvió al MIT (Massachusetts Institute of Technology) como un ejemplo para instaurar el programa OLPC (One Laptop Per Child) destinado a dar computadoras de bajo costo a estudiantes de sistemas escolares de países en desarrollo. Estos programas no son nada nuevo y El Salvador no es el primero, ni el único que los ha implementado, sino que se trata de una experiencia que ha ocurrido con anterioridad en el contexto mundial.
Los gobiernos suelen invertir en estos programas bajo la promesa de reducir la brecha digital, mejorar el aprendizaje y modernizar el sistema educativo; sin embargo no hay evidencia científica sólida que demuestre que el simple acceso al dispositivo pueda mejorar las calificaciones o el desempeño académico, pues proporcionar tecnología no es suficiente para aumentar el logro estudiantil y menos cuando el profesorado no tiene una visión clara de los objetivos de aprendizaje de dichas iniciativas.
En ese sentido, para mejorar el sistema educativo es necesario implementar una serie de estrategias sostenidas en cinco líneas base:
- Políticas (planes nacionales)
- Gestión (organización y administración)
- Recursos humanos (formación docente)
- Contenidos (desarrollo curricular)
- Infraestructura (equipamiento y conectividad)
Sin embargo, en algunos casos se desarrollan soluciones visibles que producen un efecto inmediato de modernidad en lugar de invertir en problemas estructurales.
Fotografías y videos de niños con computadoras y tabletas que circulan bien en redes sociales y pronunciamientos oficiales son imágenes que pueden comunicar un aparente progreso, mientras que la precariedad docente y los currículos obsoletos siguen condicionando el adecuado aprendizaje. Entregar dispositivos tecnológicos es políticamente rentable porque es cuantificable y visible como un logro gubernamental, en cambio, invertir en la formación docente y fortalecer la autonomía pedagógica no produce esas imágenes espectaculares, por lo que suele quedar relegado.
El problema no es el dispositivo, sino la idea de que dicho dispositivo puede sustituir una política educativa integral que en el caso salvadoreño no se ve que se esté llevando a cabo.
La experiencia de One Laptop Per Child resulta aleccionadora pues tuvo un programa exitoso en Uruguay (Plan Ceibal) que en lugar de solo entregar computadoras se invirtió en una infraestructura completa que incluyó capacitación previa del docente y una planificación de plataformas de contenidos (CREA).
Mientras que en Perú, que fue la implementación más cuantitativa en laptop XO, fue ampliamente cuestionado por su bajo impacto pedagógico, pues los niños usaban los dispositivos principalmente para el juego y las actividades lúdicas fuera del aprendizaje formal, así la tecnología terminó siendo un objeto más en aulas que ya estaban saturadas de carencias.
¿Significa esto que el juego es malo para el aprendizaje? No. Significa que la falta de planificación para integrar un dispositivo al currículo escolar puede llevar a convertirlo solamente en un juguete caro y no en una tecnología guiada para fomentar los planes pedagógicos.
Estas acciones gubernamentales funcionan como “tecno-optimismo”. Y también como distractor político, puesto que se prefieren soluciones tecnológicas visibles que no resuelven los problemas estructurales. Se convierten en excelentes herramientas de imagen y propaganda a manera de efecto placebo para calmar la demanda social de mejora.
Está claro que no se puede implementar una política educativa sin antes preparar al docente para ella, así las TICs deben estar al servicio de la docencia y no al revés. El profesor debe de disponer de condiciones y capacitación adecuada para llevar a cabo de manera efectiva su rol de guía y apoyo. La evidencia comparada es clara: la calidad educativa no tiene como base una computadora, sino la planta docente que goce de salarios competitivos y prestigio social, eso es lo que tienen en común los países con sistemas educativos exitosos.
¿Esto quiere decir que está mal invertir en tecnología? No. Lo que quiere decir es que no se puede modificar estructuralmente un sistema fundamental si no se comienza por la base y se privilegia lo accesorio.
En un estudio de 25 sistemas educativos se planteaba la pregunta de por qué algunos tienen éxito y otros no. Se descubrió que los que tenían mejor rendimiento a largo plazo, no eran aquellas más tecnológicas, sino las que tenían a las personas adecuadas, como docentes que garantizan la capacidad de ofrecer la mejor instrucción posible para cada niño:
“La calidad de un sistema educativo no puede superar la calidad de sus docentes”.
La evidencia científica también dice que el simple acceso a los dispositivos sin una guía pedagógica sigue teniendo un impacto muy pobre. Y aunque parezca que la tecnología puede sustituir a un tutor, la instrucción dirigida por parte de humanos es muy efectiva para el aprendizaje de los niños, la constante retroalimentación por parte de un profesor, que no solo indica lo que “está mal” sino que explica “¿por qué?” y “¿cómo mejorar?” tiene mayor impacto en el aprendizaje.
¿Se trata entonces de eliminar por completo el apoyo de IA? No. Se trata de reorientar el objetivo hacia la instrucción dirigida, en lugar de dejar que una serie de algoritmos den una respuesta procesada y “masticada”. Se trata de promover la metacognición, que es la capacidad de ‘pensar sobre nuestro propio pensamiento’, permitiendo a las personas comprender, monitorear y regular sus procesos cognitivos. Se trata de incentivar el pensamiento crítico.
Por otro lado, cuando ya no solo se trata del “objeto” como una computadora sino de un tutor de inteligencia artificial, el problema se complejiza. Para mí, hay una preocupación central y es que no podemos caer en la ingenuidad de que existen tecnologías neutrales. La IA no es un espejo de la realidad; es un filtro que refleja las priorizaciones y sesgos de quienes les programa y supervisa. Por ende, esto afecta qué respuestas se consideran “correctas”, qué temas se pueden profundizar y cómo. En especial, pueden programarse para decidir cómo interpretar cuestiones sociales complejas como la diversidad sexual y de género, las nociones de familia, lo conservador y lo progresista o la percepción de las instituciones públicas y los poderes del Estado.
El filósofo Louis Althusser –Ideología y aparatos ideológicos del Estado–argumentó que el Estado no solo controla a la población mediante la fuerza (ejército/policía), sino mediante la ideología. La escuela es la institución principal para asegurar que las nuevas generaciones acepten el orden establecido como “natural” o “inevitable”. En ese contexto, un tutor de IA no solo es una herramienta tecnológica; es un canal directo del Estado para definir qué es verdad y qué no. Por lo tanto, no hay garantías de que este no filtre información conforme a determinados intereses culturales, políticos, sociales y económicos.
Mientras que en Uruguay la plataforma de contenidos CREA, del Plan Ceibal, se construyó con monitoreo y evaluación nacional que incluyó distintas perspectivas, posicionamientos y reconociendo diferencias culturales, de capacidades, orígenes étnicos, religiosos y políticos, en El Salvador surgen las preguntas: ¿Qué podemos esperar para el país cuando cualquier punto de vista distinto al oficial es castigado y perseguido? ¿Hay mecanismos claros en El Salvador para revisar y garantizar diversidad de perspectivas y permitir supervisión independiente del currículo que la IA enseñará?
Como ciudadanos, estamos permitiendo que nuestros hijos sean parte de una agenda política, de un Estado que estará delegando la formación educativa a un algoritmo, sin la oportunidad de desarrollar el pensamiento crítico. ¿Quién vigilará que no se distorsione la educación cívica? ¿Qué dirá la IA sobre la Guerra Civil salvadoreña o los Acuerdos de Paz? ¿Qué reflexiones dará sobre la separación de poderes? ¿Responderá con la definición clásica de Montesquieu o justificará la concentración del poder actual?
La incorporación de tutores de inteligencia artificial sin transparencia, sin pluralidad de enfoques y sin controles abre la puerta para que la educación se convierta en un espacio donde el conocimiento no se discute sino que solo se consume. No se cuestiona la tecnología, ni las herramientas, sino que se pone en perspectiva que un sistema educativo no se puede transformar así como se está gobernando ahora: con algoritmos y con propaganda. Otorgar tecnología sin estrategia funciona para ganar popularidad y para repetir errores ya documentados.
_____________
*Alexia Ávalos es salvadoreña residente en México. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, bajo la línea de investigación “Comunicación y Política”. Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación; y especialista en Estudios de Opinión: “Monitoreo de la agenda pública y medios de comunicación”.
Opina