El desmantelamiento del país avanza a buen ritmo. Si alguien pensó que las promesas de modernización significaban más hospitales y mejores escuelas, se equivocó.
En la realidad paralela de El Salvador, fuera de los reflectores, el Seguro Social cierra clínicas, el ministerio de Educación cierra escuelas y la población, como siempre, se queda con menos a pesar de que sigue pagando.
El Instituto Salvadoreño del Seguro Social anunció el cierre de tres clínicas comunales con la misma frialdad de quien anuncia que se acabó el café. En uno de los casos, la explicación fue porque “se acabó el contrato de arrendamiento”. Como si la salud pública dependiera del mercado inmobiliario y no de la necesidad de un país con hospitales colapsados.
Uno de los sindicatos del Seguro Social estima que más de 100 mil personas serán afectadas por los cierres. ¿La respuesta del ISSS? Que serán “reubicados”, como si la distancia o la precariedad económica fueran detalles menores.
Es el mismo Seguro Social que desde hace semanas enfrenta escasez de medicamentos básicos. Las denuncias de los pacientes son terribles, como ha revelado el Simetrisss: algunos pacientes son enviados a comprar a farmacias privadas porque el Seguro Social no tiene medicamentos contra la hipertensión o insulina para tratar la diabetes.
En paralelo, el Observatorio de la Educación Pública Salvadoreña ha denunciado que el ministerio de Educación ha cerrado 67 escuelas en todo el país, 23 de ellas en Sonsonate.
El ministerio ha tirado de eufemismos para justificar los cierres. No se están cerrando escuelas, dijo el ministro de Educación recientemente, se “están unificando”. Detrás de ese discurso de eficiencia se esconde una verdad incómoda: la educación pública, golpeada desde mucho antes por décadas de abandono, se continúa desmontando piedra por piedra.
De lo que no habla el ministro es que solo en 2024, según información oficial, el ministerio de Educación despidió a más de 4 mil docentes.
Las clínicas se cierran porque se acaban los contratos. Las escuelas desaparecen porque hay pocos alumnos. Y en esa lógica perversa, pronto podríamos quedarnos sin hospitales porque hay menos enfermos. Menos universidades porque de nada sirve cuestionar.
¿Cómo se puede hablar de un futuro mejor si las bases del desarrollo, la salud y la educación, se están desmoronando?
Esta realidad debería provocar indignación. No se puede normalizar que se cierren centros de salud y escuelas en un país donde la mayoría de la población depende de los servicios públicos. No se puede aceptar que el gobierno use el dinero de los salvadoreños para fortalecer su imagen mientras debilita los pilares básicos de cualquier sociedad.
El Salvador avanza, sí, pero en reversa. Y lo que se viene no es la modernización ni desarrollo. Es la reducción de servicios esenciales para que, cuando El Salvador se dé cuenta, solo quede el cascarón de un país que alguna vez aspiró a ser más que un experimento de poder absoluto.
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