El hambre de los ilustrados

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Cada vez que un escritor -o un intento de ello-, un sociólogo, una académica, un exembajador en el olvido o un filósofo decide defender a un régimen autoritario, el autoritarismo gana algo más que una voz: gana un disfraz.

Y hay algo particularmente obsceno en el espectáculo de los autoproclamados intelectuales arrodillados frente a una dictadura. No porque no tengamos ya suficiente con militares serviles, jueces sumisos o empresarios oportunistas. Sino porque la función del intelectual -esa figura que reflexiona, que incomoda, que piensa- debería ser precisamente lo contrario: ejercer la crítica, no la propaganda.

Esta semana, un grupo de autodenominados intelectuales anunció una mesa de café para opinar. Según ellos, el objetivo es “desarrollar pensamiento político moderno” y contribuir “a la defensa del proceso salvadoreño”.

Traduzcamos los eufemismos: vienen a ponerle palabras rebuscadas a la propaganda gubernamental. A tratar de maquillar el autoritarismo con un barniz académico.

La red de opinadores de alquiler debería estar preocupada. La competencia por dejar más reluciente el suelo ha comenzado.

No se trata solo de oportunismo. Es más grave. Es una renuncia ética. El supuesto intelectual que decide ponerse al servicio de una dictadura no solo justifica sus abusos; los legitima. Le ofrece al régimen algo que necesita con desesperación: una coartada. Un disfraz para parecer lo que no es.

Cuando un gobierno deja de sostenerse en la ley y se sostiene en el miedo, necesita algo más que militares y pauta en redes para mantenerse; necesita una narrativa.

Y ahí entran ellos, los falsos pensadores, los influencers análogos, los encorbatados, los que antes cantaban canciones de protesta, los hambrientos de relevancia, a los que le rugen las tripas, los que corren a buscar un asiento en la mesa del poder aunque esté manchada de sangre y silencio.

¿Es posible considerarse intelectual y apoyar a un dictador? No, es imposible. Entonces hay que llamarse de otra forma. Porque quien enmudece ante el abuso no piensa: obedece. Y quien justifica al tirano no reflexiona: adoctrina.

Por eso no es menor que hoy en El Salvador haya quienes, desde la supuesta intelectualidad, elijan callar ante las cárceles llenas de inocentes, ante la censura, ante la represión selectiva.

O peor: que decidan justificarlo. Porque, aunque intenten disfrazarlo de pensamiento crítico o análisis profundo, en el fondo lo que hacen es simple y llanamente lo mismo de siempre: lavar la cara de una dictadura.

La historia de América Latina está llena de estos personajes. Algunos quedaron retratados como tontos útiles. Otros como cómplices. Otros simplemente como sabandijas. Pero ninguno como inocente.

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2 Responses to “El hambre de los ilustrados”

  • A cada momento exigimos libertad de expresion, democracia y tantas otras cosas, pero cuando un grupo como este decide salir publicamente, los mismos q piden libertad de expresion y democracia los critican y los ningunean, y hasta los insultan.
    ESTA DOBLE MORAL DEBE DE DESAPARECER, SI QUEREMOS CONSTRUIR UN NUEVO EL SALVADOR.

  • A cada momento exigimos libertad de expresion, democracia y tantas otras cosas, pero cuando un grupo como este decide salir publicamente, los mismos q piden libertad de expresion y democracia los critican y los ningunean, y hasta los insultan.
    ESTA DOBLE MORAL DEBE DE DESAPARECER, SI QUEREMOS CONSTRUIR UN NUEVO EL SALVADOR.