Un virus inunda Centroamérica

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Hay una pandemia recorriendo el istmo y no hay mascarilla que nos proteja de ella. Esta vez, el contagio no se transmite por el aire, sino por la vanidad de los gobernantes, la urgencia electoral y el aplauso fácil de las gradas digitales. El mal llamado “Modelo Bukele” ha dejado de ser un experimento local encapsulado en nuestras fronteras; ha mutado en un virus político altamente infeccioso que ya enfermó a nuestros vecinos.

No nos engañemos: lo que se está exportando desde El Salvador no es seguridad ciudadana. Lo que cruza las fronteras es el manual del autoritarismo pop, la fascinación por la bota militar y, sobre todo, la alergia crónica a la transparencia.

El síntoma más reciente y doloroso de esta infección lo vimos esta semana con la visita del paciente más nuevo: Costa Rica. La nación que durante décadas nos jactamos de envidiar, la “Suiza centroamericana” que abolió su ejército para invertir en tizas y pizarras, ha decidido que la democracia es un estorbo. El presidente Rodrigo Chaves aterrizó en El Salvador no para discutir estrategias de educación o desarrollo social, sino para hacer “turismo carcelario”.

Es una imagen grotesca, propia de una distopía: un mandatario de una democracia histórica paseándose por el CECOT, observando reos como quien visita una atracción de Disney, validando un sistema que opera sin juicios justos. Chaves fue a tomarse la foto, a buscar la unción del “dictador cool” para ver si algo de esa popularidad se le pega a su partido de cara a las elecciones, sacrificando en el proceso décadas de institucionalidad tica.

Está dispuesto a lanzar a su país por el abismo del populismo punitivo solo por un puñado de votos.

Pero el virus tiene una carga viral más peligrosa que la simple foto. El verdadero “Modelo Bukele” —ese que nos venden como milagro— tiene un componente que rara vez sale en los videos de TikTok: el pacto con el crimen. Lo vemos en Honduras, donde el virus también ha calado hondo.

Según revelaciones recientes del medio The Intercept, la candidatura de Nasry Asfura no solo cuenta con el beneplácito de figuras como Donald Trump, sino que arrastra las sombras de apoyos de la MS-13. Ese es el verdadero patrón: el sometimiento de las instituciones y el pacto bajo la mesa con criminales para administrar la violencia, mientras en público se vende mano dura. El modelo incluye volverse el sumiso de un autoritario, ya sea local o extranjero.

Y como todo virus que busca sobrevivir, este sistema desarrolla mecanismos de defensa para que nadie vea sus entrañas. La prueba irrefutable ocurrió frente a nuestras narices durante la visita de Chaves. Ambos gobiernos firmaron el grandilocuente “Escudo de las Américas” y convenios de seguridad. Acuerdos que serán, como ya demostró la visita de Bukele a Costa Rica en 2024, confidenciales.

Ahí está la trampa. Costa Rica no solo está importando la retórica de la guerra; está importando la opacidad salvadoreña. Cuando dos gobiernos se juntan supuestamente para “proteger” a sus ciudadanos, pero les ocultan los detalles de cómo lo harán, no están construyendo un escudo para la gente; están construyendo un búnker para ellos mismos. Están blindando sus negocios, sus pactos y sus métodos. Si la estrategia es tan exitosa y tan limpia, ¿por qué esconderla bajo siete llaves?

Centroamérica se está “bukelizando” a pasos agigantados. Ya no buscamos integrarnos por el comercio, la cultura o los derechos humanos. Nos estamos uniendo en una especie de “Liga de las Américas” donde el requisito de entrada es esconder las facturas, endiosar la fuerza bruta, al bruto, y gobernar por decreto.

El presidente tico ha decidido ignorar que la represión sin ley no es orden, es miedo disfrazado. Ha decidido olvidar que la popularidad no es sinónimo de legitimidad. El virus autoritario ya inundó la región, aprovechando el cauce de las necesidades no resueltas de nuestros pueblos.

Y lo más triste de esta historia no es que El Salvador esté enfermo de poder; es que nuestros vecinos, que alguna vez tuvieron mejores defensas democráticas, ahora están haciendo fila voluntariamente para contagiarse.

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