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Un día de desconcierto en la morgue de San Salvador

Un día, la morgue de la capital más violenta de Centroamérica se quedó sin muertos. De tener hasta una docena de cadáveres en cola, los médicos forenses pasaron a matar sus horas rellenando formularios o transcribiendo informes pendientes. ¿Qué hace un equipo de médicos preparado para hacer hasta siete autopsias simultáneas ante el reto más desafiante: que un día, de repente, no haya muertos que examinar?

Foto Factum/Bryan Avelar


—Hoy en la noche vamos a tener varios muertos, ya va a ver. De hoy no pasa.

Don Rudy vuelve a revisar su teléfono para ver si está bien cargado y si tiene buena señal. Lleva todo el día esperando a que suene, esperando a que le avisen que, por fin, hay un cuerpo lleno de balas tirado en la calle. Cuando ese teléfono suene sabremos que hay un muerto. O dos. O más. Pero todavía faltan muchas horas para esa llamada.

La promesa de don Rudy se basa en sus 32 años de experiencia siendo una especie de recepcionista de la muerte. A su teléfono llegan todos los informes de homicidios ocurridos en San Salvador y sus alrededores. Quienes le llaman son fiscales y policías. Él es el encargado de responder las llamadas que caen a la clínica forense del Instituto de Medicina Legal (IML), la institución encargada de levantar las decenas de cadáveres tirados en calles, casas, barrancos, cunetas o de donde quiera que los deje, mes a mes, la violencia homicida en El Salvador.

En un país tan violento como este, don Rudy es un recepcionista muy atareado. En los últimos cinco años, El Salvador ocupó una de las primeras casillas en el ranking de los países más homicidas del mundo. En el año 2015, por ejemplo, una persona fue asesinada cada una hora con 18 minutos en promedio cada día. El teléfono de don Rudy sonaba día y noche. El año pasado, aún con una disminución de casi la mitad de los asesinatos respecto al 2015, la tasa de homicidios en El Salvador fue de 51 por cada 100 mil habitantes. Esto es el equivalente a diez veces más de lo que se mata en Estados Unidos y el doble de lo que se mata en México.

Después de tantos años, y después de miles de llamadas atendidas, don Rudy casi es capaz de predecir los horarios de la muerte. Dice que los viernes, como hoy, en El Salvador se mata más; también los fines de semana de pago, y dos fechas en particular: los trece y los dieciocho de cada mes. “Esos días los bichos se ponen más locos”, asegura.

Pero en estos días de mediados de julio de 2019, la muerte ha tenido un comportamiento extraño, anormal. “La Muerte”, así, como si de un personaje se tratara, así como la llama don Rudy, ha estado lenta, casi ausente en El Salvador. Tanto así que al recepcionista de Medicina Legal le cuesta predecirla. Tanto así que los médicos forenses de Medicina Legal han entrado en crisis. No saben qué hacer. Les falta su materia prima para trabajar: los muertos.

–¡Esto es extraño! ¡Extrañísimo! – dice, agarrándose la cabeza con las dos manos, el doctor Enrique Valdés, quien ha asumido la dirección del IML por unos días, mientras el director en funciones, el doctor Pedro Hernández, está fuera del país.

Desde mediados de junio de este año hasta al menos la mitad de agosto, los homicidios en El Salvador han disminuido notablemente, según el conteo que llevan la Policía Nacional Civil (PNC), el Instituto de Medicina Legal y la Fiscalía General de la República. De un promedio de 10.9 homicidios diarios en abril, julio terminó con un promedio de 5.0, según datos oficiales. Esto dicho entre signos de admiración. Entre junio y julio hubo días con cero o un tan solo homicidio, algo que en El Salvador es más extraño que ver llover con sol.

El Salvador se ha mantenido desde el año 2014 como uno de los países más violentos del mundo sin una guerra declarada. Solo en 2015, fueron recogidos más de 6 mil cadáveres en todo el país. En 2016, fueron 5,280, mientras que en 2017 y 2018 fueron recogidos 3,942 y 3,358, respectivamente. Hasta el año pasado, El Salvador siguió siendo el país más violento de Centroamérica.

La disminución de homicidios coincide cronológicamente con el lanzamiento del plan “Control Territorial” del nuevo gobierno del presidente Nayib Bukele. Este plan, o al menos la parte pública de las dos fases presentadas, consiste en más represión con soldados, policías y operativos en las calles, y medidas más duras en las cárceles, algo que ya habían hecho gobiernos anteriores con resultados menos contundentes. Al mismo tiempo, el gobierno ha lanzado la parte “buena” del plan, que consiste, en teoría, en llevar al Estado a las comunidades por medio de inversión social con educación, salud, cultura, entre otros. Esto, tampoco es del todo novedoso, ya que otros gobiernos también lo prometieron antes.

–Otros días a esta hora ya tengo siete u ocho muertos, pero hoy nada. La verdad es que está bien raro. Hasta cuando había tregua teníamos unos cinco muertos al menos–, dice don Rudy, cuando son ya pasadas las dos de la tarde del viernes 12 de julio.

En un país donde la muerte violenta es casi tan cotidiana como la muerte natural, el recepcionista de Medicina Legal no es el único que mira con extrañeza tanta calma. Los médicos forenses también. Esta tarde, por ejemplo, hay un grupo de cinco médicos reunidos en un espacio entre cubículos, parece que están haciendo bromas y se ríen. Uno se pasea con una taza de café, y unos pocos están tecleando algún informe en su computadora.

El único periodo comparable, al menos en números, con la disminución de homicidios de estos meses es el periodo de la tregua entre las pandillas y el gobierno del expresidente Mauricio Funes. Para entonces, los homicidios se desplomaron a un promedio de 5 diarios. Y solo entonces y en muy pocas ocasiones más se registraron días con cero homicidios, como en estos meses.

Bukele ha asegurado cada vez que ha podido que detrás de la reducción de homicidios no hay ninguna tregua. Aunque él mismo también ha aceptado estar impresionado con la disminución de muertes. Lo que sí hay de forma pública es un ofrecimiento y una declaración de “buena fe” de parte de la Mara Salvatrucha 13 para disminuir los homicidios a cambio de un diálogo y oportunidades, como lo dijeron a este medio en una entrevista después del triunfo de Bukele en las urnas en febrero pasado.

Lo cierto es que los homicidios han disminuido como pocas veces en la historia reciente del país. Además de las obviedades, la ausencia de la muerte violenta en un país tan acostumbrado a ella tiene sus implicaciones en la cotidianidad de muchos. En los policías, los cuerpos de socorro, los trabajadores de funerarias, y en los médicos forenses, por mencionar algunos.

Don Rudy es un señor gordito, de piel trigueña y bigote ralo. Tiene la voz gangosa y es de andar lento. Su pequeño cubículo está en uno de los pabellones de Medicina Legal, justo frente al salón donde está la morgue. Ahí tiene apenas un escritorio atestado de papeles, una vieja silla giratoria y dos teléfonos, uno fijo y un celular que usualmente suenan todo el tiempo.

–Yo nunca había visto los doctores se anduvieran reuniendo así, en grupitos, platicando en la oficina. Siempre andan para arriba y para abajo, levantando cadáveres–, dice el doctor Valdés.

La ausencia de muertos en esta morgue es, según los mismos médicos forenses, surrealista.

–¡Yo hasta siento como que estoy de vacaciones! –, bromea uno de los médicos que se pasea por la sala de clínica de Medicina Legal, mientras sostiene una tasa de café en sus manos.

La alta demanda de autopsias en los últimos años obligó al Instituto de Medicina Legal a tener siete camas solo en esta morgue, la de la zona central, que es la que más muertos recibe en todo el país.

–Hemos tenido días en los que todas, todas las camas están ocupadas. Siete autopsias al mismo tiempo. ¿Se imagina? –, dice el doctor Valdés, señalando las siete camas metálicas vacías dentro de la morgue. Una morgue fría, apestosa y solitaria.

El Instituto de Medicina Legal también cuenta con un departamento de antropología forense para la investigación de osamentas localizadas en cementerios clandestinos.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez

La sección encargada de los muertos que deja la violencia en El Salvador está dividida en dos: Clínica Forense y Patología Forense. En la primera trabajan los médicos que levantan los cadáveres donde queden, así sea en la calle, en una casa o incluso los enterrados en cementerios clandestinos. Los segundos son los encargados de hacer las autopsias y determinar la causa exacta de muerte. Esta división de trabajo es así, según cuentan los mismos médicos, desde el 2015, cuando la institución no daba abasto para atender los 18 cadáveres diarios que dejó la violencia homicida en ese año. Desde entonces, la sección central de Medicina Legal también se vio obligada a tener siete camas para autopsias y más de 40 médicos forenses que se dividen en turnos.

En aquellos tiempos, recuerdan los médicos, las cámaras refrigerantes, donde se guardan los cuerpos antes y después de las autopsias para ralentizar su descomposición, estaban a tope. Incluso hubo días en los que más de un cuerpo se quedaba sin espacio en el refrigerador y lo tenían que dejar en una camilla metálica esperando cupo o hasta que los familiares lo llegaran a recoger.

Pero en estos días, Medicina Legal está inundada por una extraña calma.

–Mire – dice don Rudy, medio en broma, medio en serio–, si hoy hasta me vienen a preguntar los doctores si hay muertos, ¡Y cuándo me han andado preguntando! Si siempre soy yo el que les anda diciendo que hay que ir a levantar un cadáver.

Los forenses se pasean por la oficina con tranquilidad. Los que pasan por la pequeña sala de espera en el centro del salón saludan y algunos incluso se detienen a platicar. Saben que soy periodista y que estoy aquí desde ayer por la tarde esperando un ver un levantamiento de cadáver.

–Mire, usted que quiere ir a un levantamiento, dicen que hay uno que está en el hospital Rosales – dice, alegre, un doctor que pasa con su taza de café.

–No, me interesa ver un levantamiento por muerte violenta–, respondo.

–¡Ahh! ¡Usted lo que quiere ver es un intoxicado!

–No, un muerto por disparos, por muerte violenta–,aclaro.

–¡Pues sí! ¡Aquí nosotros a esos les decimos intoxicados! ¡Intoxicados por plomo! Jajajaja.

Los médicos forenses, al tratar tanto con la muerte, parecen haberla adoptado como parte de su cotidianidad. Muchos tienen calaveras o esqueletos de juguete o en imágenes regadas por ahí, en sus escritorios, de llaveros, o imágenes enmarcadas en sus cubículos. Otros hacen bromas sobre ella.

–Aquí uno tiene que buscarle lado a esta cosa porque si no, uno se va a terminar muriendo –, me dice el mismo doctor que hizo la broma del intoxicado. –No crea – matiza –, aquí uno ve cosas terribles.

–¿Qué es lo más horrible que le ha tocado ver? – pregunto. No sé por qué.

–Los niños. Eso es lo que más duele. Una vez me tocó levantar el cadáver de un niño al que habían dejado colgado como piñata. En esa escena mataron a los papás y al niño de cinco años lo colgaron. Fue terrible.

La extraña calma no solo está en este lado de Medicina Legal. También los médicos forenses encargados de las autopsias han pasado esta tarde, digamos, relajados.

–¿Qué hacen los médicos forenses cuando no hay muertos? –, pregunto al doctor Valdés.

–Muchos están haciendo informes o transcribiendo autopsias que tienen atrasadas. Pero la verdad es que ahorita muchos no saben qué hacer. Siempre que hay bajones de homicidios hay algo que hacer, pero la verdad es que en estos días ha estado demasiado tranquilo–, responde el doctor.

El olor a morgue es particularmente hiriente a la nariz. Intentar describirlo es hacer malabares, pero bien podría resumirse en que es una mezcla de olor a carne podrida con un extrañísimo final dulzón. Ese final, dicen los médicos forenses, bien puede el resultado de la mezcla de olor a formalina, del Baygon, y del desinfectante de piso que aquí se usa por galones. Es un olor que queda penetrado por horas y horas en la ropa y por días y días en la nariz.

La morgue de la sección central del IML tiene siete camillas para autopsias. Seis en un gran salón y una aislada con puertas selladas para tratar los cuerpos en estado de putrefacción que son encontrados días, semanas o meses después de su muerte. Estas seis camillas, explica el doctor Valdés, suelen estar llenas. “Ha habido momentos en que estamos haciendo seis autopsias simultáneamente. Esto nunca pasa vacío como hoy”, dice.

El doctor Valdés se pasea por el salón vacío explicando los pasos de una autopsia. Aquí se desnuda el cuerpo, aquí se lava, con esto se rapa la cabeza, con esto se abre; aquí van los desechos bioinfecciosos, y aquí se guardan los cuerpos en refrigeración. Con tanta calma este día, es difícil imaginar seis cadáveres al mismo tiempo en este salón.

La mayoría de homicidios que ocurren en El Salvador son cometidos con arma de fuego.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez 

***

Han pasado siete horas desde las 7:00 de la mañana que llegué a Medicina Legal y el teléfono de don Rudy por fin suena. Los doctores en la sala se levantan, sacan la cabeza de sus cubículos y se escuchan un ligero murmullo. El director Valdés corre hasta el pequeño cubículo del recepcionista y escucha atento.

–¡Hay uno, hay uno! –, dice el doctor Valdés con una expresión parecida a la felicidad en su cara.

Don Rudy habla por teléfono:
–¿Estamos hablando de la Zacamil, por donde está la Policía?, cambio.

–… (Se escucha apenas una voz en el teléfono).

–¿Cerca del puesto de la Policía? –, insiste don Rudy.

–…

Las respuestas del interlocutor tardan unos segundos y se ha hecho un silencio en la sala que solo se rompe cuando uno de los doctores dice: “Creo que hay uno. Creo que hay un muerto”.

–¿Su nombre, licenciado? –, pregunta el recepcionista.

–…

–¿En cuánto le mando al equipo ahí?

El murmullo en la sala aumenta. Un doctor le pregunta a otro:“¿Vas vos?”. La llamada por fin termina y don Rudy da la noticia.

–Hay un muerto en estado de putrefacción en la colonia Zacamil.

Los doctores parecen emocionados. Quizá el que más es el doctor Valdés. El área forense por fin tiene materia prima.

–Pero no es por muerte violenta–, continúa diciendo don Rudy, y las caras de los forenses se vuelven a opacar. En la sala de la clínica forense pasa algo parecido a cuando en un partido de fútbol un equipo mete un gol y después el VAR lo declara inválido. Manos en la cabeza de algunos aficionados, reniegos, chasquidos de lengua.

–Dicen que es un señor que al parecer murió de un infarto y como ya lleva buen rato muerto. Los vecinos alertaron porque sintieron el mal olor.

Los ánimos en la clínica forense vuelven a bajar. Don Rudy incluso sonríe. A los médicos no deja de sonrojarles la situación y muchos intentan aclararlo varias veces: no es que quieran que más gente muera en este país, pero justifican:“¿qué hace un forense sin muertos?”.

A pesar de que las muertes violentas han disminuido, la muerte en general es más cotidiana en El Salvador de lo que parece, al menos lo es más que los muertos que usualmente contamos. Todos los meses mueren decenas en accidentes de tránsito, otros se suicidan, y otros tantos por muerte natural.

Todo este 12 de julio de 2019 no habrá un solo muerto por muerte violenta que ir a recoger en las calles San Salvador o sus alrededores. Pero mañana es trece, uno de los dos días en los que, según el recepcionista de los muertos, es infalible. El día trece coincide con el apellido de la pandilla Mara Salvatrucha-13. Según don Rudy, los trece, la MS-13 sale a atacar más a sus enemigos del Barrio 18. Y los días 18, pasa lo contrario.

La predicción de don Rudy para el día 12 falló. Quizá mañana atine. No hubo homicidios cerca este viernes, aunque sí los habrá en el interior del país o en hospitales, donde las otras regionales de Medicina Legal tendrán que recogerlos.

***

Sábado 13 de julio. Día tres en Medicina Legal. Siete de la mañana. Varios doctores corren de un lado a otro. Un pick up espera en el estacionamiento con el motor encendido y don Rudy está pegado al teléfono. En comparación al día anterior, hoy hay mucha actividad. La oficina de los muertos parece haber vuelto a la vida.

Una doctora de Patología Forense pasa en su carro a estacionarse y ralentiza la marcha frente a mí.

–¡Mire! ¡Hoy sí amaneció movido! ¡Hay tres muertos en Mejicanos! Coordine para que pueda ir a ver –, me dice, y sigue su camino.
La predicción de don Rudy de los días trece parece estarse cumpliendo.

Un vehículo del Instituto de Medicina Legal circula en Santo Tomás, durante una jornada violenta en la cual por lo menos seis personas fueron asesinadas.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez

 Don Rudy por fin cuelga el teléfono y da las noticias. Hay tres muertos. Pero no por muerte violenta. Una tienda de gas propano explotó en el municipio de Mejicanos y dejó tres personas muertas y al menos una decena de lesionados.

Esta mañana sí habrá autopsias que hacer en la morgue de Medicina Legal, pero no por muerte violenta. El teléfono del recepcionista vuelve a sonar varias veces durante este sábado 13, la fecha que, según don Rudy, no falla. De las calles de San Salvador parece estar brotando muertos otra vez. Pero no son muertes violentas todas. De hecho, la mayoría de las alertas que recibe don Rudy son por muertes por accidentes de tránsito. Un muerto en un choque por aquí, un enterrado de hace varios días por allá, un muerto de muerte natural en una comunidad…

A las 2:30 de la tarde, el teléfono de don Rudy vuelve a sonar.

–¡Hay un muerto! ¡Hay un muerto! –, dice don Rudy. Y la sala de clínica forense se vuelve a alborotar. Esta vez sí es una muerte violenta. Un gol inesperado en la metáfora del partido de fútbol. Rostros alegres. Solo faltan los abrazos y en esta oficina parecería que hay fiesta. Se ven sonrisas en las caras de los doctores.

–Hay un joven que ha sido encontrado envuelto en sábanas sobre la Carretera de Oro. Estrangulado. Tiene tatuajes–, dice don Rudy.
Por fin, una muerte violenta en San Salvador.

El doctor Valdés se acerca al cubículo de don Rudy con una sonrisa en la cara. Le causa risa lo irónico que puede parece la situación. No es que quiera que haya muertos, insiste, pero por fin los médicos forenses tendrán trabajo que hacer.

–Mire, es triste decirlo, pero lo que es malo para unos, para otros hasta bueno puede ser–, dice el doctor Valdés.

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