“El Salvador es como una familia disfuncional” 

Cartas a Felice está a las puertas de cumplir su primera década de existencia, algo que pocas bandas de su generación lograron. La banda salvadoreña también está inmersa en la publicación y producción de su segundo álbum: “La lotería”. Para ellos, el camino en la escena musical de Latinoamérica recién inicia.

Ilustración de Gabriel Granadino/cortesía de Cartas a Felice


Cartas a Felice tomó su nombre del libro homónimo que reúne parte de la correspondencia entre el escritor Franz Kafka y su novia, Felice Bauer. A casi diez años de existencia, dos de sus miembros nos confiesan estar aburridos de contarlo; también de tener la etiqueta de “nuevos en la escena”. Incluso se muestran un poco románticos con algunos de los temas que los dieron a conocer, como “Kitsch en C”.

“Cartas”, como estilan llamarle sus seguidores, está integrado en la actualidad por “los seis caballeros del Apocalipsis”, dicen. José González, voz; David Franco, batería; Ricardo Santos, bajo; Ricardo Clément, guitarra; Atilio Montalvo, guitarra; y Roberto Amaya, melódica, clarinete, armónica, percusiones y ukelele.  

Para ellos, los primeros años recorridos han sido apenas la base para lo que desean lograr. “La lotería”, su segundo álbum y tercera producción, es un trabajo realizado con los mexicanos de ‘Daniel, me estás matando’ (Daniel Zepeda e Iván de la Riojas), expertos en combinar las tendencias actuales con la tradición musical latinoamericana. Y a pesar de la fama cultivada entre El Salvador y Guatemala, la banda ve a este disco como su carta de presentación para la industria musical latina. 

Ricardo Santos y José González hablaron con Revista Factum sobre la reconfiguración de la banda y su nuevo disco; también de la escena indie salvadoreña en restrospectiva, la industria musical latinoamericana y hasta del gobierno y las elecciones de 2021.


¿Quedó atrás el blues y el swing para Cartas a Felice?

José González (JG): Esa es una pregunta que yo mismo me hago [risas]. No quiero decir qué tipo de compositor soy. Las preguntas están ahí, pero las respuestas van saliendo poco a poco. A mí me gustó mucho el giro que dimos con el material que estamos sacando ahorita. Por una parte queríamos ‘latinizarnos’ más; y por otra parte los productores dijeron: «metámosle cumbia a esto, dembow». Entonces, no es que quedaron atrás; es que hay tantas otras posibilidades. Ya no sé cuándo volveremos a tocar eso más. No sé cuándo volveré al recurso directo de hacer una canción en blues.

Ricardo Santos (RS): Esos géneros musicales cumplieron una función. Cuando Cartas a Felice empezó a formase, tenía que encontrar una identidad de banda. Éramos personas tan diferentes, musicalmente hablando, que las aristas que nos conectaban eran bien específicas. Poder hacer la música de nuestros primeros años fue a través del blues, swing, rock and roll, rockabilly, y empezamos a experimentar. La función de esos géneros, además de autodescubrimiento, como pubertad de la banda, nos sirvió para destacar y plantear una propuesta diferente. Si luego existe la necesidad de coquetear con esos géneros, lo vamos a hacer, porque nunca nos hemos casado con un género en específico.

Hablan de ‘latinoamericanizar’ su música, pero ustedes son latinoamericanos. ¿Había antes una intención de no sonar latinos?

JG: No de manera autoconsciente. Nosotros empezamos a tocar en un momento en que la escena se llamaba Indie Collective. Y había mucho de eso. ¡No solo en nosotros! Si vos ves “London tea”, el tema de Akumal, era súper Beatles. Si agarrás a Akumal y le quitás la toponimia, aquello de los nombres de los lugares, musicalmente sí trata de ser un poco inglés. Existe esa vena de Akumal. Si agarrás a Safari Volvo, eso ni hay que explicarlo. Es evidente. ¡Polly Class! Claro, la opción de cantar en español es importante. Esa fue una de las bandas más representativas de ese momento. Su sonido era bastante indie. Y el indie, no quiero decir que no es latinoamericano, pero no nació en Latinoamérica. El indie no puede tener un sabor tan latinoamericano como lo puede tener la cumbia. En cierta medida tocábamos swing, tocábamos blues, y quizá sin darnos cuenta estábamos haciendo música que no nacía tanto de la profundidad de nuestra identidad, de donde habíamos nacido, sino del gusto por tener una cosa que nos diferenciara. Yo crecí escuchando punk, punk melódico, emo, y eventualmente con veintitantos años dije: «¡Qué estoy haciendo! Está Chavela Vargas, está José Alfredo Jiménez, está la Sonora Dinamita». Y me siguen gustando las bandas que escuchaba, pero llegás a un momento en que tratás de dar un paso en otra dirección para ampliar tu universo. 

RS: Tocábamos de acuerdo a lo que escuchábamos y para ser parte de una escena que hacía música basada en eso. Y cuando José dice que queríamos ‘latinizarnos’, sí pasó eso. Ocurrió con el “Bar Muerto”, que la hicimos cumbia para la campaña de una marca de cerveza. Fue un empujón. Nos pusimos como bien tercos porque nos querían hacer ellos la cumbia, pero la hicimos nosotros.

Cartas a Felice es una de las bandas salvadoreñas con mayor progresión internacional. Además es una de las de producción más constante. El grupo cuenta ya casi con una década de existencia. Foto de Paula Rivera/Cortesía de Cartas a Felice.

En sus últimos sencillos hay cumbia, hay bolero, pero a la vez otros elementos de música contemporánea. ¿Desde dónde hacen la exploración musical y hacia dónde se dirige?

JG: Yo crecí tocando música latina. Lo que pasa es que quebré con eso a la hora de hacer grupos para mí. Vengo de la Sinfónica Juvenil y del Centro Nacional de Artes (CENAR). Esas fueron mis escuelas teóricas. Pero a la vez, mi papá es parte de un movimiento que se llama Alcohólicos Anónimos de la Línea del Doctor Ayala. Esta gente, así como las iglesias, tienen orquestas, y yo crecí yendo. Él me llevaba a eso. A ensayos de salsa, de cumbia, etcétera. Porque lo que hace esa mara es que agarran una cumbia que ya existe, una salsa que ya existe, y le ponen su letra. Me dejaban tocar las congas, el cencerro. Luego, cuando tocaba flauta, toqué con Generación Latina varias veces en La Luna [Casa y Arte], en los viernes de salsa que hacían. Entonces crecí con eso. No era mi música consciente. Pero luego buscás no solo hacia afuera; también lo hacés hacia adentro. Dar un par de pasos atrás y recordar cómo eran esos ensayos. A mí me tocó aprenderme “La murga de Panamá”, “El cantante”, ¡“Idilio”!, que es una canción que escuché y reescuché y es una biblia. En esa canción podés encontrar cómo usar esos elementos sin que suene a paja. Y la única forma es siendo sincero. Como en cualquier otra rama del arte.

La identidad de la banda también descansó por mucho tiempo en tener una mujer al frente. Tras dos vocalistas, José quedó como voz principal. ¿Qué impacto tiene ese cambio en la banda?

RS: Yo lo resumiría así: ¡hacerle huevos!

JG: ¡Nooooo! 

RS: Sí, hacerle huevos. 

JG: ¡Noooo! [risas]. Es que eso tiene una lectura muy machista: “hacerle huevos”, como “seguir trabajando con huevos”. Bueno, no sé, vos le llamas así. Para mí es «no forzar las cosas». 

RS: Recuerdo que fue un domingo que nos cayó el mensaje de «ya no voy a estar en la banda». A los diez días teníamos un concierto grande, que se llenó. Era con Carlos Vives o un black friday, ya ni recuerdo. Pero ese día José dijo: «Yo me hago cargo. Voy a cantar. Ustedes van a ser la backing band y yo voy a ser la frontwoman”. Y esa actitud de «hacerle huevos» [risas] se materializó. 

JG: A mí me da mucha tristeza haber perdido la posibilidad de poder tener aunque sea un elemento femenino en la banda. Nuestra cultura musical es completamente machista. Es difícil no tener que hacer el mea culpa. Casi no hay banda que no peque de eso. Pero, por otro lado, era eso o no hacer música. Y esa alternativa era todavía menos atractiva. Yo siempre –desde [el grupo] El Verano de Milena– he tenido la intención sincera de no ser tan macho, de no ser tan masculino como se espera que sea. De hecho, cantar melódico en ese entonces, cuando tocábamos con El Verano, era un no-go, como dicen los gringos. Porque los machos cantaban crossover, cantaban rap-metal, tipo Ayutush o tipo La Pepa. ¿¡Cuántas bandas no hubo así!? La única que no cantaba así era la que tenía una mujer al frente, Minium. Entonces, sí me dieron ganas de ocupar ese lugar. Sé que no soy una mujer. En ningún momento lo voy a decir así. Pero el estar frente a la banda, a veces, tiene sus visos femeninos. Porque tener el reflector enfrente, el micrófono y ese puesto en sí que ha sido ocupado por otras mujeres tenía esa carga. Pero teníamos las ganas de seguir haciendo música y no nos íbamos a detener porque, lastimosamente, no encontráramos una cantante.

Las temáticas de sus letras también han cambiado. Hay más reflexión social y política. En “El zope” o en “La última cena”, por ejemplo. Y otras más de reflexión personal, como “El alacrán”. ¿Qué quieren contar en esta etapa?

RS: Por querer meter a Franz Kafka en esta ciudad tan ‘kafkeana’, con situaciones tan ridículas, llevamos al cuarto de ensayo esas historias personales y colectivas. Estamos contando eso. ¿De qué te habla “Alacrán”? De esas relaciones tóxicas donde es el hombre el que abusa, el que es «el alacrán» de la relación. O “La última cena”, que trata de que nos estamos hartando entre nosotros. Y hoy más que antes, porque la pandemia nos tiene a flor de piel un montón de cosas. Pero son historias alimentadas de esta ciudad en la que vivimos. Y hay otras canciones un poquito más introspectivas, como “El necio” o “El siniestro”. Pero en general hay más mensajes sobre de dónde venimos que de quiénes somos. 

JG: Aunque yo a “El siniestro” sí la pensaba en clave colectiva. Esa no la hemos sacado, pero la gente la conoce de nuestros conciertos. Cuando cantó “El siniestro”, para mí es: «¿cómo es posible que como sociedad sigamos creyendo en las mismas tonterías?». [Tonterías] como, por ejemplo, tener un caudillo, ser antidemocráticos y creer que eso nos va a llevar a un lugar distinto al que estamos. En el caso de “La última cena” es una cosa evidente. De hecho, pasó una vez en un ensayo que al ‘batero’ le habían mordido la mano. Él llegó a la sala de ensayo con la mano hinchadísima y después se le infectó, etcétera. Porque por quitarle el celular el asaltante le mordió la mano, literalmente. Es algo que si lo cantás, da hasta risa. Y cuando vi la ilustración de Gabo, me quedé pensando en esa anécdota. Un poco absurda, pero cierta.

Cuando pasó lo del 9F, ustedes se pronunciaron con un comunicado. Y hace poco, en el cumpleaños del presidente Bukele, le hicieron una felicitación satírica. Parece que tienen una postura clara frente a esta administración. ¿Les interesa esa expresión y provocación política?

JG: Lo quisiéramos hacer más. Nosotros lo hemos dicho:  lo hacemos muy poco. En el caso del comunicado, nos nació. Fue una cosa muy orgánica. No lo escribimos juntos porque no estábamos los seis a la par de una compu escribiendo. Hubo unos que aportaron más que otros, pero todos estaban de acuerdo en lo que se decía. Sobre todo en lo urgente que es intentar despertar en un momento de tanto adormecimiento. La sociedad salvadoreña es como una familia disfuncional. Los hijos abusados aman a su padre porque, pues, es su padre. El trabajo de esta persona es sacarlos adelante, pero no se pueden explicar por qué los sigue abusando. Y tenemos la necesidad tan enfermiza de creer en un hombre fuerte… que ahorita todo el caldo está servido para que una figura como la de Bukele, que supuestamente no viene de la política, salga en caballo blanco. A mí me da miedo, me da impotencia, me da frustración. Y más, estando lejos. Me toma mucha parte del día pensar esas cosas. Es lo mínimo que podemos hacer como agentes de resonancia. No es que tengamos un gran público, porque ahora estaba viendo a José Youtuber, con mucha tristeza, y que esa serie de personajes de tan baja calaña tengan tantos seguidores. Pero bueno, ¿qué es? Decir algo o quedarse callado. Para mí, callar no es una opción.

¿Qué te  preocupa de lo que estás viendo, José?

JG: Primero, que haya tanta gente dispuesta a creer que dando su voto en las próximas elecciones legislativas para dar una mayoría tan rampante al partido Nuevas Ideas va a cambiar algo. Eso a mí me parece preocupante. ¡Walter Araujo! Agarrándolo a él como una figura ejemplar de hacer política partidaria de una modo inescrupuloso; teniendo a la gente por tonta; sumiéndola cada vez más en pobreza, en desigualdad; y que teniendo dinero, de eso obtengan aprobación popular. A mí me parece súper preocupante porque significa que estamos empujando a personas que no nos van a sacar del hoyo en el que estamos. Hace poco leía un editorial de Metro Latino, un periódico en internet de la diáspora salvadoreña, donde el dueño de ese medio se quejaba. Bueno, yo ni conozco al señor. No puedo decir si es una buena persona. No sé. Su queja me parecía interesante: “nos vendieron otra cosa,  nos vinieron a sonsacar a que les vendiéramos tamales en Boston, en Maryland, hiciéramos dinero y se lo enviaremos; y al final no tenemos ninguna incidencia los salvadoreños en el exterior”. Yo fui a la Escuela Alemana. Tengo un gran privilegio de educación. Y lo que sí me metió esa mara hasta por los oídos es que la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, que nació del relajo de la República de Weimar, donde la democracia “no funcionó”, parió al nacional socialismo. Cuando veo al odio, la capacidad de insulto, la cero tolerancia, la falta de transparencia que está demostrando Nuevas Ideas, a mí me parece un partido extremo y falto de ética.

Ricardo… Vos, además de ser parte de Cartas a Felice como músico, sos su manager y sos gestor cultural. Algunos artistas evitan plantear sus posiciones políticas porque creen que les cerrará  puertas. ¿Cómo lo ves en el caso de ‘Cartas’?

RS: Muchas de estas cosas eran temas de todas las semanas con la banda. Y cuando pasó eso del 9F, como que reventó. No nos podíamos quedar callados con eso. Así como decía José: o nos callamos o hacemos algo. Y en la banda surgió ese miedo de «¡Ay, mis seguidores!». Pero la verdad es que creemos que ya somos una banda con cierta voz, con cierta consciencia colectiva. De nosotros mismos, de la música que hacemos, del público al que le hablamos. Nos pareció súper correcto, súper adecuado decir que estábamos en contra de lo que estaba sucediendo en el país. Y tardamos semanas en definir cómo lo íbamos a hacer, porque no es nada fácil. Estamos hablando de ponernos de acuerdo seis personas con backgrounds súper diferentes, conocimientos e ideales súper diferentes. Nosotros, como Cartas a Felice, sí consideramos importante dar esa postura porque es completamente real. Lo vimos, lo sufrimos, lo vivimos. Y sabemos que hay otro montón de salvadoreños que también están con nosotros. Y más allá de recibir likes o que la gente nos escuchara o lo que fuera, lo hicimos porque teníamos que hacerlo. Hubiera sido un error no hacerlo. Y, la verdad, nos sorprendió de sobremanera el resultado y la respuesta del público. Ese comunicado hasta en el periódico salió. Hubo gente que nos escribió de todo, pero hubo mucha más gente que nos dijo que estaba de acuerdo. Eso nos reafirmó. Políticos somos todos, todo lo que hacemos está rodeado de eso. No asumir una postura también es tomar una postura. Nosotros queremos que nuestra imagen y nuestra música también estén relacionadas con nuestras ideas.

Al inicio del año, como revista, hicimos un foro donde hablamos sobre la migración y la música. Ustedes han pasado por esto con más de un miembro en la banda, ¿cómo lo han manejado?

RS: El primero fue Atilio, que se fue a México a estudiar. De ahí empezó la experiencia de tener a alguien afuera. Realmente, dependés de la disponibilidad de esa persona. Ahora José está afuera. Fue una decisión súper valiente, porque es muy difícil dejar atrás aquello con lo que has vivido, te has criado y te has construido. Estoy en una situación similar y por eso me parece muy valiente lo que hizo José. Y, como banda, siempre nos reunimos. No solo a tocar, sino a hablar y a organizar. Entonces, como banda, no íbamos a darle razones por las cuales no mejorar su vida. No podíamos ser egoístas, pero pusimos reglas claras y aclaramos el panorama de la banda. Porque cuando José nos dijo que se iba, nosotros comentamos: «Chivo, tenemos un disco que acabamos de grabar. El siguiente paso es ir a tocar a México, y cada quien vuela a México». Clément está en ese país, de hecho. Y si hay un concierto en El Salvador, hay que cobrar más para que venga José. Punto. Lo que sí nos está costando es hacer música nueva. No hemos encontrado también la solución.

JG: Esas pláticas, de hecho, las tuvimos cuando yo estaba todavía allá [en El Salvador]. Teníamos la idea de que la banda podía empezar a trabajar de otra forma. Teníamos la inquietud de que nos estaban pagando muy poco. No porque nosotros pensemos que somos tan buenos, sino porque si vos te ves en otra realidad que no sea El Salvador –para no compararlo con Europa, porque esa ya es una cosa un poco desmedida–, pero ya en los Estados Unidos y en México los fee de las bandas que tienen nuestra solidez, cantidad de música y diez años de tocar, no son de 300 dólares por un toque. Ni siquiera 500, sino de más. Y nos parecía una idea lógica: si estábamos queriendo tocar más en México –no había ni asomo de pandemia ni nada de eso– todos viajáramos para allá. Y eso a mí me sale igual que viajar de Alemania a El Salvador. No en el tiempo, pero sí en el dinero. Y en los conciertos de El Salvador estamos pidiendo más en el contrato, para que pueda llegar yo a tocar. Y sí funcionó. De hecho, el año pasado tocamos en Los Ángeles, en México y en El Salvador. Hemos tenido varias experiencias así. La única que no funcionó fue con la alcaldía de San Salvador, que no nos ha pagado. Nos dijo: «sí, pónganlo ustedes; nosotros lo vamos a pagar”. Y no han cumplido su promesa. Eso sí es un problema. Pero aparte de eso, todas las aventuras conmigo viajando para tocar funcionaron.

Han mencionado los retos que tienen para entrar en los circuitos importantes de la región. Lograr relevancia en El Salvador puede crear una falsa expectativa. ¿Creen que es importante romper esa burbuja de autocomplacencia para las banda locales?

JG: Completamente [risas]. Y sí, así se dice. Esa es la palabra para describirlo. Es autocomplaciente. Es una cosa cerrada. Y es algo muy interesante para poner en perspectiva. Es algo que mencionaba Fran Maravilla en el podcast Songmess: “Mirá cuántas giras hace Marito Rivera o por qué número de gira va ahorita por los Estados Unidos. Cuánto mueve un artista como Jhosse Lora al día de los temas que son de él y los tocan otros”. O en la entregas de regalías, gente como La Máquina. Los gruesos del país no somos para nada nosotros u otra gente que toca indie. ¡No! Lo tropical es lo que manda. Y quizá hubiera sido interesante que al principio hubiesen más canales para compartir con esas escenas. Eso nos hubiera puesto más en el suelo. Y pasaba un poco eso al inicio del indie, cuando estaba Yemayá, La Luna, La Tecla, La Guitarra. Uno creía que si tocaba ahí, ya la había hecho. Y no. ¡Nada que ver! Como músico, es importante para mí decirlo. Y creo que en las nuevas generaciones está pasando más. Creo que la gente ahora está comparando mucho con proyectos de afuera, porque todo depende mucho de las plataformas digitales y ahí salís siempre a la par de los de afuera. Sí es importante sacar la cabeza del hoyo. Yo no siento que hayamos logrado gran cosa. Lo único que sí es que ahora me siento un poco más satisfecho con las canciones que están más cerca en el tiempo, que las que son un poco más viejas. Si yo veo “Kitsch en C”, me parece ultra-mega-pretenciosa. Y si veo “El zope», pienso que es por lo menos un poquito menos pretenciosa y es más clara en lo que dice.

RS: Sí hay muchos músicos cuya idea de éxito es tocar todas las semanas donde te contraten, siempre que haya donde conectar tu amplificador y te paguen lo que sea. Y si eso cumple sus expectativas, perfecto. Pero si una banda tiene otras aspiraciones, debe cambiar metas. A mí me pasa de hablar con Camelo, con Carrot, con Clément. Y me gusta que, normalmente, hacen referencia a que con ‘Cartas’ salimos. Pero no en el sentido de hacerlo afuera porque adentro no se puede; sino en el sentido de no tenerle tanto miedo a salir. Nosotros nos tardamos muchos años en dar conciertos afuera de Guatemala y El Salvador. Y ahora los artistas nuevos tienen eso un poco más presente. Creo que esa burbuja de «yo soy el top tres de la radio equis» no es algo que me mueva el piso con Cartas a Felice porque no es en esa burbuja donde queremos reventar.

¿Qué podemos esperar en “La lotería”?

RS: Traemos un disco con varias influencias musicales de nuestra ciudad, de nuestro sentir. Y algo que siempre hacemos con ‘Cartas’: retomar de varios géneros, incluso de algunos que son de décadas atrás. Como esta post-lambada-power-dembow de “La última cena”. Traemos una lotería musical con varios géneros latinoamericanos. Eso sí, le estamos apostando un montón a esos ritmos latinos. Se vienen todavía otros seis temas que ya los hemos tocado en vivo en más de alguna ocasión. Estamos trabajando con ‘Daniel, me estás matando’ como productores. El ingeniero de mezcla es Nacho Sotelo y el ingeniero de máster es Juan García. Ambos son ganadores de Grammys. Estamos apuntando alto a otros círculos de consumo, a otros mercados, a otros lobbys donde la persona indicada volteé a ver el disco “La lotería”, lo escuche y se sorprenda. De mi parte, como mánager de Cartas a Felice, esta es una carta de presentación súper solida para meternos a un círculo real de la industria de la música latinoamericana. 

JG: A mí me gusta creer, sobre todo, en lo último. Estamos tratando de hacer las cosas lo mejor que podamos, consiguiendo alianzas y tocando otras puertas que antes no habíamos tocado. El disco que produjimos en El Salvador no es que no nos guste; es que si nosotros producíamos este disco también –de la misma manera– no podíamos esperar demasiada diferencia en los resultados. Por eso es que tratamos de producirlo de mejor forma. Y quizá los frutos de eso no se están viendo ahorita. No es que ahorita estemos llenando festivales. Bueno, ahorita es imposible viajar mucho con la música. Creo que los frutos de «La lotería» se van a ver en un mediano plazo. Porque al tener el material bueno, bien hecho y presentarlo en las instancias adecuadas, tenemos un chance. Lo importante es mantenernos juntos haciendo música, listos para saltar cuando sea necesario.

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