“Rompan Todo”, incluso su resentimiento

Afortunadamente, «Rompan todo» es una historia en construcción sobre la cual es necesaria un poco más de distancia para establecer un análisis que aporte nuevas reflexiones. Algunas de las críticas que ha recibido son justificadas, pero también es innegable la calidad del trabajo cinematográfico entregado. El rock ha vuelto a ser ‘trending topic’ y eso sí se lo podemos agradecer a la serie. 


Respiren profundamente. Mediten un par de veces. Relájense un poco más. ¿Ya? Porque seguimos hablando del documental de Netflix que vino a romper el silencio sobre la música que muchos de nosotros amamos profundamente y sobre el cual  había pasado un tiempo sin protagonizar las conversaciones de nadie. 

Intencionalmente, esta reseña esperó un poco de tiempo para recoger distintas impresiones del mismo, dado el fenómeno mediático en el que se convirtió y el azote infame de los usuarios de redes sociales al respecto. ¿Quién lo diría? ¿Quién diría que una serie documental sobre rock vendría a remover fibras tan sensibles a lo largo y ancho del continente?

Como puede ser ya de su conocimiento, “Rompan Todo” es la entrega documental producida por Gustavo Santaolalla y dirigida por Picky Talarico (reconocido director de videoclips musicales), que se anunció como “La historia del rock en América Latina” y cuyo objetivo, en primera instancia, es hablar sobre el desarrollo del género a nivel continental, y, sin embargo, con un marcado sesgo de contenido hacia los personajes, las bandas y los momentos presenciados por el mismo Santaolalla a lo largo de su trayectoria. 

Y es que Gustavo ha sido uno de los músicos y productores musicales más relevantes de la era contemporánea de la música y su influencia ha sido innegable –nos guste o no– en varios de los momentos más sustanciales de la música latinoamericana. 

Si de casualidad no lo han visto, los primeros dos episodios hablan sobre los orígenes del rock, de cómo grupos regionales influenciados por el Chuck Berry universal comenzaron a producir interpretaciones en español (covers, pues) de las piezas más representativas de un género musical venido de Estados Unidos y que atraía a hordas de jóvenes que buscaban expresarse de diferentes maneras. 

Pasamos después a los años sesenta y setenta, cuando la música estuvo fuertemente ligada a los fenómenos convulsos de los países latinoamericanos, incluyendo represiones, dictaduras y severas crisis económicas; cuando el rock apareció en un sentido contestatario frente al caos social imperante.

En los ochenta vemos nacer a las bandas que eventualmente formarían parte del fenómeno mercadológico etiquetado como “Rock en tu Idioma”, que le abrió la puerta comercial al género, más que como una convicción de la relevancia del mismo, como una palanca para hipercomercializar lo que los jóvenes latinos estaban consumiendo de forma natural. 

Muy poco se habla del presente y del futuro del rock, sin embargo. Afortunadamente, es una historia en construcción sobre la cual es necesaria un poco más de distancia para establecer un análisis que aporte nuevas reflexiones. 

¿Cuál es el problema con “Rompan Todo”? A los fieles seguidores y escuchas del rock, les pudo encantar o definitivamente lo aborrecieron. Finalmente, se habla de la música encontrada en la adolescencia de varios de quienes han levantado la voz a favor o en contra. “La historia según Santaolalla”, dicen muchos que debió haberse llamado, y, probablemente, puedan tener un poco de razón. Sin embargo, es innegable la calidad del trabajo cinematográfico entregado y, además, en la plataforma que actualmente domina todo el contenido audiovisual del mundo. Así, literal. 

Grandes personajes históricos fueron entrevistados para la serie. Además de Santaolalla, un ya muy gastado Charly García junto a un tembloroso Andrés Calamaro; viejanos súperrelevantes como Jorge González, de Los Prisioneros; Andrea Echeverri y Héctor Buitrago de Aterciopelados; León Gieco; David Byrne; Pedro Aznar; Tweety Gonzálex; Álex Lora; Javier Bátiz; los Tacubos; y La Maldita Vecindad, entre muchos otros. 

Sin embargo, la mayor incomodidad la han generado aquellos que por una razón u otra no aparecieron en la serie. Aquí ya entramos a subjetividades, aparentemente, imposibles de conciliar entre los usuarios. Una enorme cantidad de quejas y de sugerencias se han escupido con encono acerca de quién debió aparecer, argumentando que el impacto comercial no es lo mismo que relevancia. Y, si bien esto es cierto, hay que entender claramente una cosa:

Este NO es el único documento existente sobre el rock en el continente y NO debe ser percibido como una guía máxima, ni como una enciclopedia o un atlas del rock. Es sólo uno más de estos productos que –si lo vemos con esperanza– abrirán la puerta a muchas otras investigaciones. 

Las razones para la ausencia de muchos personajes se pueden reducir a meras condiciones de producción en donde las agendas no cuadraron, el presupuesto no alcanzó o, simplemente, a una negativa a la entrevista. Sin embargo, aunque tampoco es obligación de los usuarios entender estos procesos, las únicas respuestas encontradas obedecen a una mala intención de los autores, como si hubieran decidido manipular la historia a su favor.

Una de las cosas que más ha lastimado al rock en general es el lugar tan resentido y amargo desde el cual se perciben muchos de los fenómenos asociados. Si la queja general es la falta de exposición, entonces fomentar discusiones y peleas ociosas de tíos mayores de 40 años es algo que no está contribuyendo a refrescar la música ni a enfatizar los valores que desde el inicio el rock ha querido fortalecer: la hermandad, la libertad, la rebelión, la esperanza, la energía, el espíritu.

Si bien es una desgracia que, geográficamente, el documental haya sido tan limitado (pues da la apariencia de que Latinoamérica es sólo México, Argentina, Chile, a veces Colombia y muy de vez en cuando, Uruguay y Perú), comienza a hablar sobre una identidad regional determinada por sucesos similares y procesos históricos afines que globalizan la perspectiva y podría potenciar a otros movimientos. 

Otro de los temas controversiales al respecto fue “la poca presencia femenina” en el documental, pues dedicó un segmento de pocos minutos –ya hacia el final de la serie– a hacer énfasis sobre la perspectiva de género en el rock. No era necesario, no debieron hacerlo, porque si uno se fija bien, la aparición de las mujeres en el rock sucede desde el principio con Julissa, cantante mexicana del rock and roll clásico de los años cincuenta y, eventualmente, también se incluye a líderes de bandas muy importantes para este pasaje histórico. Y lo hacen de manera natural, codo a codo, marchando a la par, sin importar el género. Alguien habrá notado que faltaba ese punto en la agenda y provocaron un forzado sentido de inclusión que le quedó a deber a “muches”. 

La perspectiva sobre este documental se disuelve en discusiones sin sentido como determinar si Maná es rock o no; si expusieron en exceso, por ejemplo, a Javier Bátiz; si faltó el ska; o si Juanes es el único representante del metal en Colombia. Sin embargo, atendiendo al cliché: «nadie está pensando en los niños». Nadie está pensando en ese quinceañero que no tiene idea de ninguna de estas discusiones y, probablemente, tampoco del rock. Ni siquiera de si existe. A ese chaval bombardeado de reguetón y embebido en los videojuegos y en Netflix, “Rompan Todo” puede darle una perspectiva inicial sobre un tema que sí, amamos. El rock ha vuelto a ser trending topic y eso sí se lo podemos agradecer a la serie. 

Es un producto de Netflix. ¿Qué esperaban? Ojalá ese mismo ímpetu de discutir y criticar motive la creación de otros documentales, de otras bandas, que visibilice otras escenas, otros (y todos) los países, pero que el rock nunca muera. Es momento de romper con el resentimiento, con el ego y con el rencor, porque, además: ¿qué hay menos roquero en el mundo que un viejito quejoso?

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