El negocio del dolor

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Estados Unidos, Venezuela y El Salvador tienen poco en común… salvo una cosa: los tres están gobernados por mentirosos profesionales. Mentirosos con acento y estilo distinto, pero con la misma vocación por torcer la verdad para encajar en sus intereses políticos.

Pasó una semana, pero el intercambio de presos sigue dando de qué hablar. No por el ir y venir de aviones; sino por todo lo que la prensa, en Estados Unidos, Venezuela y El Salvador, han destapado. Muy a pesar de los farsantes que presiden los tres países. 

Todo comenzó con la liberación de presos entre Washington y Caracas. Un intercambio diplomático que incluyó, entre otros, a un ciudadano venezolano-estadounidense con una condena de 30 años por el asesinato de tres personas en Madrid. A pesar de esto, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que todos los liberados estaban “injustamente detenidos”. Era mentira.

En marzo pasado, más de 200 venezolanos fueron enviados por Estados Unidos al Cecot, la mega cárcel que Bukele presume en El Salvador. Supuestamente, eran miembros del Tren de Aragua. Pero lo cierto es que la mayoría no tenía antecedentes penales. Muchos fueron torturados. Al menos uno ha anunciado que demandará al Departamento de Seguridad Nacional por haber sido entregado a una cárcel salvadoreña donde fue vejado. 

Y esto era algo previsible. Era claro que las víctimas del carcelero iban a denunciar sus abusos. Al liberar a los prisioneros venezolanos, Bukele ha tenido que pagar el precio de perder el control de su silencio. Lejos de su dominio ya no podrá torturar, amedrentar y censurar. Ahora se cayó el cuento de que todos eran criminales peligrosos. El mundo ya sabe que era propaganda.

Mientras tanto, el gobierno venezolano, que sigue encarcelando a sus ciudadanos por decir lo que piensan, abrazó públicamente a los repatriados desde El Salvador. ¿Por qué? Porque le convenía. Porque en su relato, como en el de Bukele, la verdad es un obstáculo, no una brújula. La opacidad ha sido tal, que ni siquiera se sabe con certeza cuántos presos políticos fueron excarcelados en Venezuela como parte del trato con Estados Unidos. 

¿Y El Salvador? Apenas un mal tercio en todo este juego geopolítico. No participó en las negociaciones. Su peso diplomático es minúsculo, execrable y denigrante. No es el que se adjudica y el que promociona el gobierno; esa es otra exageración más. Su papel en todo esto no es más que el de administrar un Guantánamo en renta. Solo ofreció lo que mejor sabe vender: su cárcel. 

Bukele, con su fantasía de dictador cool, fue el carcelero de alquiler. Ni más ni menos. Un intermediario en la privatización regional de la tortura.

Lo más trágico de todo esto no es que Bukele se haya prestado a ese rol, sino que ahora el mundo lo tiene confirmado. Ya no es solo El Salvador quien denuncia sus prácticas inhumanas. Ahora la prensa internacional lo documenta. Ahora hay ciudadanos venezolanos contando lo que vivieron en sus cárceles. 

Y ahora, como nunca, ha quedado claro que el verdadero producto de exportación de este gobierno no es el bitcoin ni la seguridad. Es el dolor humano.

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