El imperio del capricho

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Hay obviedades que conviene repetir porque el poder se alimenta de la amnesia. Una de ellas: a Estados Unidos nunca le ha interesado defender la democracia fuera de sus fronteras. Ni la libertad de expresión, ni la separación de poderes, ni los contrapesos. 

Mucho menos ahora, bajo un gobierno encabezado por un narcisista mezquino que entiende el mundo como un tablero personal. Estados Unidos no actúa por valores; actúa por intereses. Económicos, geopolíticos, estratégicos. Todo lo demás es utilería.

Venezuela es hoy el ejemplo más cercano —y más brutal— de esa verdad. Durante años, Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, repitieron como mantra que Nicolás Maduro era un narcotraficante y que dirigía una supuesta organización criminal llamada “el cartel de los soles”. Una semana después de la extracción del dictador venezolano, el propio Departamento de Justicia de Estados Unidos empezó a corregir el relato: ya no habla del cartel, admite exageraciones, baja el tono. La narrativa sirvió mientras fue útil. Luego, se desecha.

Falta mucho por entender y apenas ha pasado una semana, pero algo sí está claro, porque el propio Trump lo ha dicho sin pudor: gran parte de su interés es el petróleo venezolano. Controlarlo. Administrar su venta. Decidir el destino de sus ganancias. Y repartirlo entre muchos de los que financiaron su campaña electoral. A estas alturas resulta evidente que ni la democracia ni la lucha contra el narcotráfico eran el motor real de la intervención. Eran una pantomima. Basta recordar que Trump indultó a un narcotraficante confeso, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, para desmontar cualquier pretensión moral.

Pero reducirlo todo al petróleo también sería ingenuo. Estados Unidos produce hoy mucho más petróleo que Venezuela; no tiene más reservas, pero sí mayor capacidad de extracción. El asunto es más amplio: hay que seguir la ruta del dinero, sí, pero también mirar el mapa completo. Un mundo donde China y Rusia disputan influencia, donde Estados Unidos –en plena crisis económica– ya no domina como antes y donde este gobierno parece decidido a recuperar terreno sin máscaras, sin diplomacia y sin límites.

Lo más asqueroso de este pragmatismo imperial es ver cómo, tras sacar a Maduro (entregado, al parecer, desde sus propias entrañas), Washington ahora sonríe complacido a figuras como Delcy Rodríguez o su hermano, Jorge. De pronto, los pecados del chavismo se han lavado. Más indultos. 

Queda claro: las dictaduras no son el problema para la Casa Blanca; el problema es no tener la llave de la caja fuerte de esa dictadura.

En ese cuadro, la oposición venezolana queda en uno de sus peores lugares históricos. El ridículo de María Corina Machado y de otros dirigentes es mayúsculo: dispuestos, una vez más, a legitimar cualquier cosa con tal de rozar el poder. Aunque el poder, como siempre, termina escapando de las manos.

Las verdaderas víctimas de todo este escándalo no están en Washington ni en Miraflores. Son millones de venezolanos, dentro y fuera del país, que han sobrevivido a una dictadura y ahora quedan atrapados en una nueva incertidumbre, convertidos en piezas de un ajedrez geopolítico que nunca controlaron. Con ellos, la empatía no es opcional.

Conviene además desmontar un falso dilema que empieza a circular con fuerza: se puede —y se debe— criticar la dictadura criminal del régimen chavista, y al mismo tiempo criticar la intervención ilegal de Estados Unidos en Venezuela. No son posiciones contradictorias. Lo contradictorio es callar una para justificar la otra.

Lo que estamos viendo es algo más profundo. Una extracción que no busca disimulos, que lleva al infinito la doctrina del patio de juegos con soldaditos. Un proyecto conducido por alguien cuya única ideología es el acceso ilimitado al poder, que encima celebra la estupidez y el irrespeto como forma de entender la vida. 

La realidad es demoledora: estamos a merced de un insensato muy bien armado, dispuesto a lo que sea para satisfacer intereses que ya ni siquiera son los de su país.

En ese esquema, todos son desechables. Funcionarios, aliados, gobiernos enteros. Y también los dictadores pequeños que se esconden bajo su regazo, esperando que caigan algunos huesos y que los golpes futuros no les toquen a ellos, como Bukele, que está fuera de la conversación real, reducido al papel que mejor conoce: obedecer y aplaudir.

Estados Unidos atraviesa hoy uno de sus momentos más peligrosos. Trump ha convertido la presidencia en un proyecto imperial, ha burlado controles, ha debilitado cortes y ha vaciado de sentido al Senado. El riesgo de ruptura democrática es real. Y eso no es solo un problema estadounidense. Es un problema global.

Porque cuando el poder deja de fingir, lo que queda no es orden. Es fuerza bruta. Y los habitantes del mundo, una vez más, tendremos que aprenderlo por las malas.

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