Uno de los rostros de la represión en El Salvador, el hombre encargado de custodiar a miles de cuerpos en condiciones inhumanas, quiso salvar el suyo. La semana pasada, el New York Times reveló que Osiris Luna, director de Centros Penales y pieza clave en el régimen de excepción, intentó negociar un asilo de lujo en Estados Unidos en 2020 a cambio de contar lo que sabía sobre el pacto entre el gobierno de su jefe, Nayib Bukele, y las pandillas.
Sí, el mismo Osiris Luna que ha sido pieza fundamental en ese pacto entre mafias. El mismo que presionó las puertas de las prisiones para encarcelar pobres, el mismo que permitió beneficios y privilegios para criminales.
El mismo que nunca quiso responder quién pagó sus viajes en jet privado. El mismo que movió millones de dólares en las tiendas institucionales de Centros Penales, como contamos en Factum hace años.
La revelación del Times no sorprende a quienes han leído las investigaciones serias de los medios salvadoreños. Desde hace años, el periodismo de El Salvador ha contado sobre el pacto mafioso y sobre el nivel de putrefacción que rodea a Osiris Luna.
A pesar de todo lo que el periodismo ha revelado sobre el pacto de Bukele y las pandillas, inquieta dimensionar todo lo que aún desconocemos y que Osiris Luna aún ha de conservar para protegerse.
Pero lo que esta nueva publicación sí evidencia es el cinismo estructural de esta dictadura, que quiere tratar como idiota a todo un pueblo, apelando al circo y al garrote como mecanismo infalible para lograr la amnesia.
Osiris Luna debería ser investigado, procesado y juzgado. Como cualquier otro funcionario que traicionó al país desde un cargo público. Como debería pasar también con su jefe.
Y como cualquier salvadoreño, debería tener un juicio justo. Especialmente cuando es obvio lo que pasa cuando la justicia se convierte en venganza o espectáculo. El caso de Alejandro Muyshondt es un macabro recordatorio para los que desafían al pequeño hombre que hoy maneja los hilos de todo un país.
Lo de Osiris Luna no es un caso aislado. Es el reflejo de cómo opera la estructura que gobierna El Salvador. Como en toda mafia, cuando las cosas se tuercen, aparece el instinto del “sálvese quien pueda”, del sapo, del traidor.
No hay principios; sólo hay lealtades compradas, miedo compartido y secretos que pesan más que la moral.
Los más serviles de la dictadura saben que la bonanza no es eterna. Esto también pasará. Es esperable que su plan pasa por acumular información valiosa para cantar cuando corresponda. Para negociar su supervivencia, como sapos.
Quizá lo sorprendente es descubrir que Osiris Luna lo haya hecho con tanta exposición y anticipación. Ahora ha quedado revelado. Cuánta trascendencia debe tener lo que sabe para que se mantenga todavía impune.
Pero aquí viene lo más doloroso: las víctimas de las pandillas -los extorsionados, los desplazados, los huérfanos, los enterrados- siguen sin justicia. Siguen esperando que alguien les explique por qué, una vez más, un gobierno -su gobierno- volvió a pactar con criminales. Por qué, otra vez, fueron traicionados.
La historia salvadoreña no necesita más pactos sucios ni silencios comprados. No necesita sapos ni quien los proteja. Necesita nada más que la verdad.
Opina