El “Dios” de Bukele

Nayib Bukele, como presidente, se ha autodefinido como “un instrumento de Dios”, como publicó en redes sociales el 22 de marzo de 2021. Además, desde su discurso de toma de posesión dijo: “Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para poder cambiar a El Salvador”, adjudicándose conocer la voluntad divina y de una sociedad. Estas referencias no han sido las únicas en los primeros dos años en su mandato. El l7 de noviembre de 2019 asistió a una reunión con un grupo internacional de medios evangélicos, en la cual expresó: “Cuando Dios decide algo, ni uno puede contra eso”. En esa misma ocasión, dijo que Dios le había profetizado cuatro cosas: que sería alcalde de Nuevo Cuscatlán, luego de San Salvador, luego presidente y una cuarta profecía cuyo contenido no compartió. Ahora, si la religión es un sistema solidario de creencias y prácticas, que puede mejorar la vida del individuo y la sociedad, ¿existe algún problema con que Bukele haga uso del lenguaje religioso?

La religión ha sido parte de los discursos de todos los presidentes después de los Acuerdos de Paz. Además, es asumida culturalmente por la mayoría y tiene un fin positivo en sí misma. Sin embargo, existen algunos momentos en los que resulta peligroso para la democracia.

En primer lugar, cuando se ha usado para justificar planes de seguridad pública. Por ejemplo, el 19 de junio de 2019 compartió la frase “Dios, guía nuestro plan”, con una fotografía en la que aparecen miembros de su gabinete de seguridad portando uniformes de policías y militares, en referencia al Plan Control Territorial (que meses después, dijo, redujo los homicidios). Al día siguiente, puso una foto de la sombra de militares y policías fuertemente armados, junto con ella estaba la frase: “Dios con ustedes”.

También ha agradecido al Ejército por “salvar la patria” de “enemigos” y les ha ofrecido una “recompensa divina”. Sin embargo, estas referencias militares y religiosas son peligrosas. Incluso en la misma Constitución de la República de 1983, en el artículo 82, dice que los ministros de cualquier culto religioso, los miembros en servicio activo de la Fuerza Armada y los miembros de la Policía Nacional Civil no podrán pertenecer a partidos políticos ni optar a cargos de elección popular. Y dicta que tampoco podrán realizar propaganda política en ninguna forma. El uso de militares y policías junto con la religión, para justificar el uso de la violencia, puede llevar a un presidente a adjudicarse el monopolio de la verdad, y esto es peligroso para el mantenimiento de un régimen democrático y la diversidad de pensamiento.

En segundo lugar, se encuentran las referencias a Dios en los discursos para justificar el rompimiento de la institucionalidad democrática y atacar a los opositores del gobierno. El 9 de febrero de 2020, el presidente ordenó militarizar el parlamento para forzar a la oposición a votar a favor de un préstamo. El presidente se dirigió a la Asamblea Legislativa escoltado con militares y policías con armas de guerra, y ordenó el retiro de la seguridad personal de los diputados. Luego de hacer una supuesta oración mientras estaba dentro de la Asamblea, usurpando funciones que no le correspondían, Bukele se retiró del Salón Azul con un despliegue militar más fuerte que al inicio, y se dirigió a una multitud diciendo que Dios le había hablado y que le había pedido que tuviera paciencia. Añadió que les daría un plazo de una semana a los diputados: “Si quisiéramos apretar el botón, solo apretamos el botón. Pero yo le pregunté a Dios y Dios me dijo: Paciencia, paciencia”.

Esta no ha sido la única ocasión en la que Bukele ha utilizado a Dios en los ataques a sus opositores políticos. Por ejemplo, en vísperas de la conmemoración de su primer año de gobierno, el 31 de mayo de 2020, dijo: “Que Dios los perdone, porque yo no los voy a perdonar. Son perversos, dan asco y ellos lo saben, y no lo digo yo, lo dice el pueblo salvadoreño. Son lo peor que ha tenido este país”. Esto contrasta con el verdadero sentido de las referencias religiosas, que deben promover el respeto y la tolerancia. Sin embargo, el presidente, por su autoconvencimiento de que, según él, se encuentra legitimado por Dios, lo lleva a ejercer violencia y autoritarismo.

En tercer lugar, hemos podido ver el impulso de decretar días de oración y hacer plegarias en cadenas nacionales para justificar sus actos políticos. Bukele declaró que el domingo 24 de mayo sería el “Día Nacional de la Oración”, a través de un decreto ejecutivo, y lo ordenó nuevamente para el 10 de agosto. Luego, el 16 de agosto de 2020, el gobierno anunció que los casos diarios confirmados de Covid-19 habían bajado por sexto día consecutivo. Esto fue asociado por los funcionarios al hecho de haber decretado el día de la oración. El presidente llegó a afirmar: “Nosotros tuvimos el pico de contagios el día que dimos cadena nacional, ese día me enojé con la realidad; al día siguiente tuvimos el Día Nacional de la Oración y desde ese día comenzaron a bajar los contagios”.

Además, en los primeros días de la pandemia realizó una oración en cadena nacional en la que también se anunciaron medidas de estado de excepción, cuarentena domiciliaria obligatoria y detenciones contra quienes la incumplieran. El 15 de marzo de 2020 dijo: “Quiero pedir a todos que oremos y le pidamos a Dios que nos ayude a sobreponernos a esta enfermedad, porque vamos a vivir una tribulación, pero sé que de la mano de Dios vamos a salir”.

En conclusión, Bukele, de forma predominante, ha usado a Dios como parte de la propaganda de sus dispositivos de seguridad, ha usado a Dios en el discurso para atacar a sus opositores y ha hecho supuestas oraciones en público para justificar sus decisiones. Bukele ha usado las referencias a Dios para proyectarse como el poseedor único de «la verdad». Pero ese escenario es peligroso porque las supuestas convicciones religiosas del gobernante lo ubican a él, según él, por encima de las leyes. Con ese discurso busca justificar la fuerza, con los militares, y el sometimiento ideológico, con el lenguaje religioso.

Las acciones de autoridad militar y policial toman ventaja del lenguaje religioso, en un intento de conseguir apoyo para el uso del aparato bélico desmesurado. Mezclar a Dios con el uso de la violencia estatal no es una nueva idea. En gobiernos anteriores, el entonces director de la Policía Nacional Civil Ricardo Meneses también lo hizo, pero en la práctica no logró reducir la violencia.

Quienes que buscan mezclar la política y la religión son proyectos autoritarios que toman ventaja del fundamentalismo religioso. El autoritarismo busca la dominación física, y en el fundamentalismo religioso prevalece la dominación ideológica inmaterial. En ambos hay un sometimiento hacia quien detenta el poder, las personas se someten y dejan de lado su libertad.


*Luis Aguilar es sociólogo salvadoreño, interesado en temas de política, religión y deporte.

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