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«Reconexión»: decidir entre arte y activismo

La banda salvadoreña Las Musas Desconectadas presentó recientemente su primer disco, «Reconexión», una recopilación de canciones dedicadas a generar conciencia en temas de derechos humanos y justicia social. Pese a que transmite calidez, fuerza y experticia musical, su debut es a ratos más activismo literal que arte, empapado de influencias musicales que fusionan sonidos autóctonos con géneros como el funk, folk y pop.


Las Musas Desconectadas existen porque un grupo de mujeres decidió que querían más. Primero fueron Las Musas, un grupo salvadoreño de batucada femenina que perduró hasta 2013. Fue ahí cuando un grupo de integrantes se unió gracias al hambre de la denuncia social y a la inquietud musical de explorar más su talento. Se han ganado, poco a poco, el reconocimiento nacional, al grado de aparecer en documentales, como también han tocado en distintos festivales y han dado apertura a conciertos de artistas de la talla de Natalia Lafourcade o Jorge Drexler.

Su disco debut, «Reconexión», es un barrido de las canciones originales que la banda ha presentado durante cinco años, con temas que hacen referencia a injusticias y conflictos sociales propios de la región centroamericana; algunos acontecidos durante ese período. Por el tono de sus letras, la intención de la producción es sensibilizar sobre distintos temas como la despenalización del aborto, la desigualdad y el medio ambiente.

El álbum –que sus autoras reconocen como «un esfuerzo autogestionado»– fue grabado en el estudio de País Music, dirigido por Julio Herrera, quien estuvo detrás de la producción, grabación y mezcla. Contaron, además, con el trabajo de Julio Rodas en la mezcla y masterización.

Este es un un disco que tardó tres años en ser producido. Su protagonismo le pertenece a Las Musas. Sin embargo, algunos arreglos fueron interpretados por integrantes de la Joven Camerata de El Salvador (JOCA), como en el caso de la canción «Voces después del fuego», que está dedicada a las niñas asesinadas en Guatemala. También aparece como invitada Carolina Ramirez –la madre de Cesia y Andrea, integrantes del grupo–, quien está detrás de los arreglos de violín y viola en distintas piezas.

A excepción de las canciones «Marillita» (compuesta por Paulino Espinoza, exintegrante de Yolocamba Ita) y «Caminante» (en la que participa David «Barney» Guardado), todos los arreglos son completamente originales.

En cuanto a los géneros, «Reconexión» tiene un pie metido en el pop y otro en influencias más folklóricas o regionales. Las estructuras musicales son deliberadas, propias de una agrupación profesional con educación musical formal. Melodías cálidas, con detalles étnicos y latinidad beligerante se mezclan entre consignas, declaraciones y llamados a la conciencia.

Sin embargo, es necesario mencionar que no hay nada demasiado arriesgado en los arreglos. Todo está estructurado en orden riguroso y, hasta cierto grado, predecible. Si el disco se hubiese estrenado en los años noventa, esta producción no tendría nada que envidiar a cualquier contemporáneo en español. Pero ese es el problema: son mucho más actuales las temáticas que la música, lo que hace que pareciera un reporte de noticias con ritmos latinos de fondo.

A Las Musas les queda excelente hablar desde lo íntimo, en lo sencillo. «Caminante» es la única canción que logra un equilibro exacto entre una letra poética y el jardín musical necesario para hacer que su mensaje florezca con honestidad, entre toques de rock y funk. «Voces después del fuego», con un vals intenso y dramático, tambalea, pero saca la cabeza. «Una más» les pisa los talones con su nostalgia, pero pierde impulso al seguir la estructura que castiga a la mayoría del disco: estrofas preciosas, coros con consignas literales, puentes de reflexiones poco imaginativas. 

Ni las reflexiones ni las consignas son malas, pero pierden impacto si se presentan como desahogo desabrido. De este mismo mal sufren «Todo lo que quiera» y «Guardiana». Esta última, en homenaje a la activista ambiental Berta Cáceres, samplea una declaración donde la misma Cáceres, en menos de treinta segundos, invoca más símbolos e imaginarios que cinco minutos de canción.

«Las 17», una declaración triunfal del derecho a decidir sobre el propio cuerpo, podría haber sido la gran apuesta. Es, de hecho, la que tiene el coro más pegajoso, con un crescendo que se expande con felicidad hasta que el rap del puente la ataca con un blando llamado a la conciencia. «Marillita» y «Maíz», canciones con influencia popular más obvias, suenan a ejercicios calcados de otros artistas. No son malas, pero dejan abierto el camino a que Las Musas encuentren su propia manera de retomar sonidos étnicos.

La voz de Andrea Ramírez tiene más de estrella pop que de matriarca. No resulta, de entrada, la típica vocalista para este tipo de proyecto. Pero cuando logra utilizar esa disonancia a su favor, les brota una dulzura tenaz, alejada de los clichés del género. Originales también resultan algunos detalles, como la percusión de Cesia, que le aporta peso y gravedad a todo lo que toca. Por otro lado, cuando voz y composición no usan esa herramienta, es difícil alejar de la memoria otros ejercicios salvadoreños del pasado.

El gran problema de todo el disco es que hay temas delimitados, pero no una intención definida. «Reconexión» pasa más tiempo sermoneando que siendo introspectivo; no acaba de decidir si invitar al oyente a casa para confrontarle de corazón a corazón o regañarle con el dedo. Esta indecisión es un obstáculo poderoso para enganchar de buenas a primeras con el mensaje.

Se puede ser una persona activista y artista al mismo tiempo. Lo importante es definir si lo que se hace como artista es música activista o activismo musical. ¿Cuál es la diferencia? El orden de prioridades. Definir si se quiere crear o se va a evangelizar. Para lo primero es crucial no dar por hecho el vehículo; conjurar la misma valentía para componer que para denunciar. «Reconexión» tiene en la base esa valentía, pero la asfixian una y otra vez los límites, no solo de su género, sino de su discurso.  

¿Eso invalida al proyecto? En absoluto. Continúa siendo un álbum realizado por una banda con integrantes exclusivamente mujeres de alto perfil y habilidad. El suyo es un conflicto al que deben enfrentarse todos aquellos artistas que se integren de lleno a causas sociales. El aparente desfase en el estilo no es más que un reflejo del retraso que aqueja a las escenas de países más precarios en cuanto a industria musical, escenas construidas a pulso y sin el apoyo estatal debido. De lo que son responsables –como también lo son otros artistas del espectro local– es de tomar estas realidades como retos y no como excusas; hacia sí mismas y hacia su audiencia.

Las Musas Desconectadas tienen todas las herramientas que necesitan para cumplir su evidente anhelo: hacer música tan contextualizada como apasionada. Por ahora, esa pasión se mueve más hacia el melodrama y su discurso sacrifica la belleza en favor de la exactitud. Nada de esto tiene por qué opacar lo obvio: hay talento. Hay motivación sincera. Pero ese potencial demanda un compromiso tremendo de crecimiento. 

Antes de reconectar con sus luchas, Las Musas tienen que reconectar consigo mismas. Al tomar elementos de problemáticas tan ricas en sentimientos, conflictos y reflexiones –como las injusticias cotidianas–, estas mujeres pueden crecer más allá de la fórmula sin comprometer las luchas que las inspiran. Que tienen el poder para ello es más que obvio. Es momento que decidan si quieren hacerlo.


  • «Reconexión» está disponible en todas las plataformas digitales de música. También existe una edición física del disco que Las Musas están vendiendo en cada presentación en vivo que realizan.

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