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«Obsesión»: suspenso bien construido en una realidad que no alcanza

“…we are such stuff, as dreams are made on…”
La Tempestad, W. Shakespeare en Obsesión, 2019

Rebosante de «spoilers», la siguiente reseña está dirigida a las personas que aprovecharon las recientes vacaciones para ir al cine y ver «Obsesión», un thriller dramático que atrapa y conquista en su planteamiento y desarrollo, pero decepciona en su resolución.


La pasada edición número 91 de los Premios Oscar nos dejó varias lecciones acerca de la industria cinematográfica. Por un lado, siguen siendo ilusos quienes creen que La Academia premia “lo mejor” del cine mundial. En realidad, ellos reconocen –así como también ocurre con el Grammy, el Tony y el Emmy– a “lo más representativo” de la industria, es decir, aquello que «impacta», ya sea de manera económica o mercadológicamente a una estructura enfocada en producir. 

Por otro lado, constatamos de nuevo el poder de los medios de comunicación para construir la opinión pública a partir de la repetición de la misma información, una y otra vez. Películas, personajes y directores se volvieron estrellas inmediatas mucho antes de haber sido oficialmente nominados y la polarización monitoreada –especialmente en redes sociales– nos invitó a presenciar uno de esos experimentos en tiempo real, un fenómeno que nos da más información sobre quiénes somos y cómo estamos en este momento de la humanidad. 

Finalmente, aprendimos también que la industria obra de maneras misteriosas. Al final, la elección de los reconocidos depende de criterios poco claros para el ciudadano de a pie, para el fan, el cinéfilo cotidiano, el consumidor de palomitas. 

Superado ese contexto, ya en el pasado período vacacional, llegó por fin a Centroamérica una película mucho más gris, no reconocida en ninguna terna ni en ningún espacio de trascendencia. Se trataba de «Obsesión (que fue el título que dieron para el mercado latino de «Serenity»), una cinta con un planteamiento en apariencia alternativo y que terminó siendo una tomadura de pelo.

«Serenity» prometía ser un thriller psicológico protagonizada por estrellas clase A de Hollywood. De entrada, el tráiler sugiere un crimen pasional a punto de suceder en una constante metáfora de la pesca y pescar, en donde dos ganadores del Oscar profundizan en una batalla de tensión sexual y negras intenciones. 

Thrillers comerciales como «The Secret Window (2004)», «Shutter Island (2010») o «Mystic River (2003)» suelen ser una gran experiencia sensorial en donde se mezcla de forma perfecta el oficio del cine y los guiones con giros inesperados. Son experiencias que  dejan a la audiencia con cara de meme de Pikachu todo el tiempo. Y en esta categoría intenta colarse «Obsesión», en cuanto a la estética, narrativa, dirección y hasta con el soundtrack. No obstante, cuando se hace una apuesta por una película “muy comercial”, también se corre el riesgo de no obtener lo esperado. 

La sinopsis es la siguiente: en una (medio) imaginaria isla remota en Plymouth, Baker Dill (Matthew McConaughey) es un obscuro capitán de barco que vive obsesionado con pescar un solo ejemplar de atún. Para Baker, este pez parece haberle traído todas las desgracias que atormentan su vida, normalmente atribuidas a un pirata. Insomne, duro y perdido en el alcohol y la miseria, pero de pie, alucina constantemente con un hijo ausente y obviamente motivo de su tristeza.

Junto a Duke (Djimon Hounsou), su fiel, sabio y místico escudero, Baker enfrenta la locura, las deudas y la cacería permanente de sus mismos demonios encarnados en una monstruosa presa. Y esto es así hasta la llegada de Karen (Anne Hathaway), quien siguiendo todo el manual de la femme fatale de Hollywood, le propone el asesinato de su actual y violento marido, para salvar así la vida del hijo que… tienen en común. 

El dilema ético y moral del exmarine va creciendo mientras en la pequeña isla todos los habitantes parecen estar enterados de la conspiración, de cada paso dado, de cada uno de sus pensamientos. Mientras Baker cuestiona si salvar la vida de su hijo y recuperar a su exesposa, un hombrecillo insignificantemente trajeado lo persigue sin descanso para darle un aviso que, suponemos, está relacionado con su gran deuda en el banco. 

Todas las reglas del thriller, del film noir, incluso, van siendo cumplidas una a una en el desarrollo de la primera parte de la película, tal vez, con demasiada precisión. Cada uno de los personajes parece ocultar información valiosísima para el curso de la historia y se la van pasando entre ellos hasta llegar a los protagonistas y de regreso. Se presentan figuras particulares como si se tratara de ese juego de la infancia: ¿Quién es el culpable? Por hábito cinematográfico, todo el tiempo se les va a atribuyendo la responsabilidad o la mente maestra de todo lo que va ocurriendo.

En las estrellas de Hollywood es interesante ver cuando se convierten en antihéroes y cuando ya ha pasado el tiempo por ellos, en general, interpretando papeles que difícilmente se les asocia. Matthew McConaughey ya ha comprobado en varias ocasiones el fin de sus épocas de galán de comedias románticas y ha entregado grandes actuaciones, como en «Texas Buyers Club (2013)», «Interestelar (2014)» y «Killer Joe (2011)». La madurez le sienta bien, las arrugas en la cara lo hacen más complejo y sus desnudos parciales nunca sobran. 

Matthew McConaughey y Anne Hathaway protagonizan «Serenity (Obsesión) (2019)».

Por su lado, la controversial Anne Hathaway ha lanzado éxitos de taquilla eternos y su actuación como Fantine en el musical «Les Miserables (2013)», le valió el Oscar como mejor actriz de reparto. En esta ocasión, con el pelo mal pintado de rubio, bolsas debajo de los ojos y una sombría mirada, apuesta por alejarse cada vez más de «El Diario de una Princesa». La interacción entre ambos nos recuerda a un «Casablanca (1942)», en un decorado isleño que, por momentos, nos recuerdan a pequeños paraísos costeros de México, como Playa del Carmen, Barra de Navidad o Sayulita. 

La narrativa estriba en dos recursos: el rumor, como ya decíamos, de un pueblo de pocos habitantes y las constantes referencias al hábito de pescar, como ir ensartando pedazos de pescado en anzuelos enormes cuando Karen hace la propuesta del asesinato del millonario, abusivo y brutal marido. Por otro lado, se monta de manera paralela, la participación del hijo, un geniecito de la computación que extraña a su papá y se resguarda permanentemente en una tiendita de campaña improvisada, mientras escucha en el exterior peleas, gritos y golpes. Al mismo tiempo, parece interactuar con todo lo sucedido en la isla. 

Los actores Djimon Hounsou (izquierda) y Matthew McConaughey forman parte del elenco de «Serenity (obsesión) (2019)».

En este punto de la película, el resultado final podría ser cualquiera: una fantasía, un sueño, una transfiguración en el tiempo, etc. Sin embargo, el hombrecillo de traje resulta ser el representante de una compañía de productos de pesca cuya misión es persuadir al protagonista que tome una decisión respecto al crimen a punto de cometerse y del que, por supuesto, tiene conocimiento. Va a ofrecerle un sonar para encontrar el atún motivo de su obsesión, oportunamente nombrado “Justice”. No es un sueño ni una alucinación, la vida de estos personajes resulta ser… un videojuego.

Es un videojuego producto de la frustración del hijo genio, en un mundo que ha creado para evadirse de una cruenta realidad. La misión original del juego es la pesca de Justice, sin embargo, el propósito cambia para cumplir la fantasía de matar al marido de la madre.

Es, francamente, estúpido. 

Películas que involucran el misterio de la tecnología y realidades paralelas ha habido magistralmente conducidas, como la ya clásica «The Truman Show» con Jim Carrey o el universo de «Matrix», creado por las hermanas Wachowski.

Sin embargo, esta cinta no es ni una ni la otra. No ofrece ningún trasfondo filosófico ni ninguna posibilidad de establecer una convención con el planteamiento que pudiera parecer compatible con la realidad, como en «Inception (2010)», por ejemplo.

El pulso del suspenso se mantiene sólido todo el tiempo hasta ese momento donde se revela la verdad, una verdad decepcionante y floja, sin mayor impacto para el espectador. Grandes actores, grandes actuaciones, interesantes propuestas narrativas, buena tensión sexual, momentos conmovedores, todos idos al barranco por un planteamiento fallido de guion, escrito, en este caso, por el mismo director, Steven Knight, a quien se le recuerda por otras maravillas del cine como «El Séptimo Hijo (2014)».

Al final, ganar un Oscar o cualquier premio de esos, no le garantiza el futuro a nadie; no necesariamente es el inicio de un despegue vertiginoso hacia la trascendencia indiscutible. La única verdad que se mantiene en este negocio es el poder de los medios de comunicación para impulsar narrativas específicas sobre cualquier fenómeno cultural y seguir fomentando realidades y expectativas donde definitivamente no se van a encontrar. 

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