Natalia Cantalejo encontró su rumbo

Después de la emotiva producción «Hora de dormir», la cantautora salvadoreña Natalia Cantalejo regresa con un «Un viaje», un EP que si bien no pierde sus raíces ingenuas, explora la vida bajo un lente más introspectivo, decidido y audaz. De la desilusión juvenil, Cantalejo pasa a abrazar una vida incierta a través de composiciones más complejas, refinadas y con carácter, con influencias más electrónicas, blues e indie.

Foto/Cortesía de la artista


Hace un año –a dos vueltas de sol de publicar su EP debut «Hora de dormir»–, Natalia Cantalejo (nombre artístico de la salvadoreña Natalia Alejandro) anunciaba la disolución de su banda y el deseo de tomar una pausa para regresar «en un futuro no muy lejano», con nuevo material. Mas la cantante no cerró tienda: Cantalejo reclutó a un nuevo equipo; abrió conciertos para Jorge Drexler, Surfistas del Sistema y Las Musas Desconectadas; contribuyó a la banda sonora de Volar –filme de la compatriota Brenda Vanegas–; y colaboró en «Me voy de aquí», junto a Clément.

Para cerrar esta etapa, Natalia regresó a componer el EP «Un viaje», un compacto de seis canciones publicadas a cuentagotas durante el presente año y que aborda temas usuales como la nostalgia, incertidumbre y desamor, que son temas recurrentes en su trabajo, aunque esta vez con una intención más introspectiva y estudiada.

La cantidad de material discográfico publicado por Natalia Cantalejo no le hace justicia a los casi diez años de carrera que le acompañan. Eso no quiere decir que su evolución resulte invisible hasta al oído más casual. En estos años transcurrió una parte importante de la vida de la cantautora. En dilatado proceso de ambas producciones, Natalia entró a la adultez y, además, tuvo un hijo. Por tanto, «Un viaje» es el espejo de estos cambios. Deja atrás el descontento y la inocencia que percibimos en «Hora de dormir» para dar paso a una artista madura; un artista que observa bajo el lente de la experiencia estas transformaciones y que se abre a ellas, lírica y musicalmente.

Cantalejo tiene esa extraña habilidad de llevar temas dolorosos a melodías apacibles. Pero en el caso de «Raro» –track que abre el EP–, ya no marca ambos extremos en blanco y negro. De todo el material es la canción más cercana a la Natalia más conocida para el público, pero es también donde ciertas sutilezas descubren la transformación interior. Una melodía agridulce pero fresca acompaña a la letra, que habla de un encuentro que se dejó pasar para bien o para mal. Además, es pegajosa. Esta ha sido la clara apuesta del proyecto para radio y funciona como tal.

«Sin mí» es progresiva y sorprendente. Entre coros armónicos que resaltan la textura de la voz de la cantante, la canción transcurre entre la ilusión hacia el desprendimiento, aunque su melodía advierte un desenlace inevitablemente triste. La guitarra de Ernesto Figueroa y el bajo de Giancarlo Villeda hacen la mancuerna perfecta para conducir un tema incierto con gentileza, pero sin sensiblería.

La mirada nostálgica de «Ninguna canción» no llega sin lucidez. Encontramos aquí a una balada rock contenida por una infusión de jazz y blues –gracias, esta vez, a la guitarra de Luis Dárdano– que resulta distante pero seductora. Es un track apropiado para el tema en cuestión: aceptar que entre los escombros de una relación fallida no hay más opción que seguir adelante, corazón pesado o no. En cuanto a vocalización, el tema es también osado: las notas altas no transitan en la zona de confort de la cantante, pero logra domarlas a través de melodías y tiempos atípicos que compensan y hacen buen contraste con el acompañamiento.

La joya escondida de este compilado es «Regresiones», una composición elaborada y compleja, inusual en una artista que ha dependido casi toda su carrera de arreglos más mínimos y directos. De la voz y guitarra, la canción se eleva a un in crescendo con sintetizadores y arreglos orquestales, para volver a desmoronarse, una y otra vez. Cantalejo canta casi entre susurros y pinta los matices más oscuros de su tópico favorito: los momentos pasados. Aquí la letra abandona cualquier justificación o final feliz: es momento de reconocerse sofocada bajo el peso del dolor y la añoranza. Encontramos aquí a la canción más ambiciosa y compleja, sin duda, pero el riesgo paga con creces.

«Abril» cierra con una declaración de plenitud. La cantante reconoce las heridas del ayer, pero se rehúsa a huir de un posible final feliz, tomando lo que viene como venga. Natalia canta, incierta pero resuelta:

“La luz/Me enseñó la ilusión de seguir
La luz/No la alcanzo, pero intento seguir”

Un funk suave, con pausas expansivas, acompaña este deseo de abrirse a la vida.

«Un viaje» se encuentra en total armonía con el camino que le conviene seguir a la cantautora –comercialmente hablando–, pero en esta armonía no hay prefabricación o entrega a exigencias radiales: es una producción íntegra, con alma, que de contar con más temas se podría defender como un disco de larga duración sin problemas. La ruptura con el terreno conocido, entre este EP y la colaboración con su anterior productor (Jorge Lara), le ha dado un aliento nuevo a lo que fácilmente pudo haberse vuelto una figura edulcorada y trillada.

Resulta gratificante escuchar a una artista que evoluciona. En el caso de Natalia Cantalejo, más que bajo resistencia, es evidente que la cantautora tomó la batuta y decidió cada aspecto de sus cambios.

Maneras de existir como mujer en la música hay muchas, algunas más alineadas en el espectro de la femineidad que otras, pero la expresión de la artista salvadoreña no sacrifica la honestidad o el dolor en favor del melodrama o los artificios. Es innegablemente femenina y fuerte. Sin peros. 

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