“La humanidad tenía un sentimiento de fiereza antes de la pandemia”

El argentino Héctor Fernández Álvarez es un referente mundial en el estudio y cuidado de la salud mental. Este doctor en psicología analiza el impacto que ha tenido la pandemia de la Covid-19. Según su análisis, las personas debemos entender que las repercusiones de lo que estamos viviendo alcanzan lo positivo y lo negativo en el comportamiento humano.

Foto ilustración FACTUM/cortesía


La Covid-19 dio un giro a la vida cotidiana de las personas. La pandemia ha afectado la salud mental de todos, sin excepción. Los científicos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) han denominado el impacto como un trauma masivo que es comparable al vivido por la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial. El doctor en psicología Héctor Fernández Álvarez, un profesional argentino con gran trayectoria, obra e influencia en el mundo de la salud mental, lo explica esquemáticamente y con precisión, como si estuviera impartiendo una clase magistral. Las sensaciones de incontrolabilidad y vulnerabilidad  han triplicado los casos de depresión. La ansiedad, sensaciones de duelo irreparables, alcoholismo y abuso de sustancias y la afectación en las relaciones afectivas, según detalla el académico, también son producto del  impacto negativo de la pandemia.

Hablar sobre saludo mental con alguien que ha recibido el premio internacional Sigmund Freud –la máxima distinción a la que puede aspirar un psicoterapeuta en el mundo– resulta muy pertinente en tiempos de pandemia. Y, precisamente, en el cierre del mes internacional de la salud mental,  el doctor Fernández no solo habla en esta entrevista acerca de tragedias, sino que destaca las capacidades del ser humano para adaptarse a situaciones difíciles. También habla acerca de cómo la resiliencia puede ayudar a superar la actual situación y da consejos para abordar las situaciones suicidas que pueden estar viviendo personas de nuestro entorno. “La compañía y protección podrían contrarrestar a las ideas suicidas”, enfatizó en una videollamada que atendió desde Buenos Aires, lugar donde reside.

Fernández invita a desarrollar nuevos guiones de vida tras la fisura que han provocados los pandémicos 2020 y 2021.


La salud mental siempre ha sido vista de lejos. Sin embargo, la pandemia ha puesto sobre la mesa la necesidad de que forme parte de la salud integral. ¿Qué ha observado sobre ese punto?

La salud mental en el territorio de la salud en general ha sido siempre una figura relegada. Siempre estuvo en un segundo plano, como si fuera menos importante; cuando en realidad, probablemente, sea tanto o más importante que todo, porque de eso depende el equilibrio del funcionamiento psicofísico de la persona. Pero siempre estuvo más demonizada la salud mental, algo que tenía que ver con cuestiones oscuras, subterráneas, rechazables. A lo largo de los últimos 50 años, esto ha ido modificándose gracias, fundamentalmente, a las políticas que llevaron adelante los organismos de gestión de salud en el mundo; encabezado por la Organización Mundial de la Salud, que hizo una tarea muy valiosa. Y hoy en día la salud mental es considerada como parte integral de las necesidades sanitarias que los seres humanos necesitamos para poder tener una buena calidad de vida.

La pandemia ha venido a dar una vuelta de tuerca muy significativa en todo el mundo. Sobre todo porque es la primera pandemia que estamos viviendo nosotros, en nuestra generación, digamos… Ha habido otras a lo largo de la historia. Siempre se recuerda mucho la de la fiebre española, la de la gripe española de hace cien años, pero de eso [se habla] como que le pasó a otros.

Lo veíamos así como “eso nunca nos va a pasar”…

Claro. Y ahora esto nos ha tocado. Los científicos con muy buen criterio lo denominan como «un trauma masivo», que no son palabras, no es retórica; es algo muy concreto. Son fenómenos que ocurren, ya sea por causas naturales o, a veces, por situaciones bélicas u otra circunstancia que afecta la credibilidad que las personas tenemos respecto de que el mundo merece la pena de ser vivido. Eso se pone en duda. Los seres humanos se ven expuestos a dos fenómenos fundamentales que ponen en duda la confianza en sí mismo: el primero es una percepción muy intensificada de la sensación de incontrolabilidad. Parece que lo que nos pasa está más allá de lo que nosotros podemos controlar, que no sabemos cuándo va a terminar esto. También tenemos la sensación de que somos muy vulnerables. Antes de que llegara esta pandemia, la humanidad tenía un sentimiento de fiereza muy fuerte. Creía que podía controlar la situación de los fenómenos que podrían afectarla o los conflictos.  

En nuestras generaciones no tenemos memoria de que las noticias diarias de los periódicos nos informen día a día qué cantidad de muertos se van agregando, como  si fuera una pila enorme de muertos. Estamos contando y contando los decesos. Y esa es la sensación de que no sabemos hasta dónde va a llegar. Esto afecta, lógicamente, a la salud mental. 

¿Por qué estos confinamientos o aislamientos son tan traumáticos? Se lo menciono porque en nuestros entornos el común denominador es que ya no aguantamos haber cambiado la rutina, la vida cotidiana.

Los seres humanos somos una especie muy permeable. Tenemos una capacidad notable de adaptarnos a circunstancias particularmente distintas… En el sentido de que somos un animal que tiene una resistencia muy grande frente a las dificultades, frente a los conflictos, pero esto no quiere decir que no nos afecta. Nos afecta, fundamentalmente, porque aunque tenemos una capacidad de acción enorme, somos seres sociales y en ese sentido [el contacto con el otro] es algo absolutamente prevalente, algo totalmente dominante en nuestras necesidades. Necesitamos el contacto con el otro. Podemos desarrollar sistemas diferentes en los modos de relación en que la interacción entre los seres humanos varíe, pero no podemos eliminarla.

Empezamos a desarrollar mecanismos adaptativos y con esta capacidad que tenemos los seres humanos de acomodarnos al cambio de situaciones de vida, fuimos bajando la reactividad, tratando de conservar la calma, tratando de adecuarnos a los límites, al encierro. Fue como un repliegue que hizo la humanidad sobre sí misma para adaptarse. Y en ese repliegue encontró nuevas maneras de comunicarse a distancia, por ejemplo. 

Pero una vez que hicimos ese mecanismo de lucha para afrontar la situación y adaptarnos de la mejor manera posible, empieza a emerger algo en la necesidad del contacto que estuvo adormecida, estuvo sumergida en el fondo de la existencia de la humanidad y empieza a brotar. Y por eso se empiezan a ver ahora que se abren algunas ventanitas. Por ejemplo, en un partido de fútbol decenas de miles de personas casi que gritan más que nunca por lo que está pasando allí y por todo lo que nos gritaron estos dos años. Entonces, lo que ocurre es que la necesidad de contacto reaparece. Pero sin duda que algo que se durmió durante un tiempo clama, clama fervorosamente por volver a manifestarse 

La pandemia ha llenado de luto a muchas familias salvadoreñas. El cuidado de la salud mental de estas personas es un tema de vital importancia. Foto FACTUM/ Archivo.

Estuve leyendo en una entrevista que le hizo el periódico Clarín hace poco que usted dice que a muchas personas la pandemia les cambió los guiones de vida que tenían armados…

Exacto. Porque había muchas personas que tenían bien establecido cuáles iban a ser los pasos que tenían previstos para ir dando en su vida; en parte, como respuesta a los mandatos que habían recibido a través de la herencia psicológica y social; y a partir de la construcción que ellos, personalmente, tejieron como aspiraciones y metas a lograr a lo largo de su vida. Los seres humanos tenían previsto en 2020 tal cosa, en 2021 tal otra cosa y así… recogiendo los frutos de los años anteriores… en una proyección que según las circunstancias evolutivas de cada uno y según las circunstancias contextuales donde se desarrolle la vida de cada persona podrían ser más o menos elaboradas, más o menos colectivas. Pero todos teníamos unos guiones que, de repente, se truncaron. Incluso cuando dentro de diez, quince o veinte años mires hacia el 2021, hacia 2020,  te vas a dar cuenta de que en tu vida ahí hay una fisura, porque cómo venías de repente se transformó en otra cosa que no sabemos cuál va a ser. Y con esto no quiero decir que en todo tenga un efecto o una consecuencia negativa. Simplemente digo que algo se partió.

Quiere decir que esta pandemia generó un quiebre en nuestras vidas…

Y ahora hay que reconstruirlo. Entonces, tenemos que desarrollar nuevos guiones en los que estará absolutamente distinto. Y como un núcleo de significado fundamental, el hecho de que hemos vivido la pandemia. Esto significa muchas cosas porque es una marca en la historia de todos nosotros. También es una alerta de que otras… entre comillas: «otra pandemia» puede llegar a ocurrir.

Quizá para cerrar este eje, hablemos también de resiliencia. ¿Usted ha observado si esa capacidad se ha activado en estos nuevos tiempos? O, por llamarlo de alguna manera, en esta etapa que está sufriendo o que está viviendo la humanidad. Porque a veces es como que solo nos enfocamos en lo malo, ¿verdad? Pero pudieron haber surgido también otras capacidades, ¿no?

Muchísimas, muchísimas. Es muy evidente esto. Resiliencia unida a otra dimensión humana fundamental que es la solidaridad. Y la resiliencia más la solidaridad forman un conjunto fantástico que ha venido cumpliendo un papel importantísimo en todo este tiempo para que frente al impacto tan frontal de ese trauma masivo los seres humanos nos diéramos cuenta de algo que es extraordinario; que se desarrolle algo que nosotros llamamos “el crecimiento postraumático”. Los seres humanos hemos aprendido –y la ciencia nos ha enseñado cómo estudiarlo– que ante situaciones tan dramáticas como esta, sí podemos poner en marcha mecanismos resilientes y los podemos desplegar a través de conductas lo más solidarias posibles. Es probable también que una experiencia tan singular, tan difícil, tan dolorosa, como la que hemos vivido, no solamente traiga consecuencias que signifiquen daños, pérdidas en esto; sino que también podremos, después de que todo haya pasado, decir cómo hemos crecido y ese endurecimiento nos va a hacer mejores existencialmente y espiritualmente.

Temas como el suicidio y las lesiones autolesivas también han estado en un cajoncito guardado por los gobiernos, relegados en las políticas de salud. Inclusive, se habla muy poco del tema en los hogares. A pesar de que para nadie es un secreto que también han estado ocurriendo en esta pandemia. ¿Qué recomendaciones le daría a adultos o a padres de familia para identificarlos y evitarlos?

Empecemos por decir que entre las  preocupaciones fundamentales que la Organización Mundial de la Salud tiene, justamente, está el tema del suicidio. Tan es así que ha desarrollado un programa hace muy poquitos años que está en marcha y que está cumpliendo un papel enormemente importante en el campo de la salud mental en el mundo, en general. Porque la OMS está alarmada por el crecimiento exponencial del suicidio en los últimos tiempos. Es tan así que antes de la pandemia la OMS venía informando acerca del número de suicidios concretados, que han sido efectivamente exitosos al intentar suicidarse. Y arrojó en los últimos estudios epidemiológicos una cifra de alrededor a un millón de personas en el mundo por año. Este es un número imponente. Pandemia en medio y dadas las circunstancias que afectan la salud mental y la multiplicación de los trastornos mentales en el mundo, todos los profesionales y las personas que estamos involucrados con la lucha por mejorar la salud mental y la calidad de vida de la gente sabemos que lo que es de esperar es que ciertos datos de prevalencia se vayan a aumentar. Todavía no tenemos cifras, pero sabemos que esto se va a incrementar significativamente. Y, efectivamente, hay un evidente signo de que aumentan las conductas autolesivas. Algunas son no letales, pero muchas tienen una consecuencia letal.

¿Qué se puede hacer para evitarlo? ¿Cuáles son esos signos o señales?

Si en el día a día, en la cotidianeidad, en el contacto con los semejantes, se percibe algunos signos que pudieran significar una alerta (de lesiones autolesivas o intenciones suicidas) tenemos que pensar en el primer antídoto, el más importante frente a cualquier circunstancia en la que nosotros lo detectemos: tratar de que la persona no esté sola. El contacto con otros –precisamente eso mismo de lo que hacíamos alusión en otro contexto– adquiere una importancia fundamental. El mejor antídoto para la conducta autolesiva es la compañía.

Un segundo punto, muy importante, es no tenerle miedo al suicidio, porque cuando nosotros observamos signos que nos hacen pensar que puede haber una ideación en esta dirección, si eso nos asusta, nos volvemos poco eficaces para tratar de ayudar. No tenerle miedo no significa desatenderlo; no significa no estar atento; no significa no hacer este movimiento para tratar de ayudar. ¿Para qué? Para entender que toda ideación y todo intento de cometer actos suicidas tiene dos componentes muy importantes: los factores que lo provocaron. Por ejemplo, que la persona haya sufrido una pérdida muy importante, por decir algo. Y junto con las situaciones que predisponen al suicidio hay otros factores, que son los factores protectivos al suicidio. Lo que tenemos que hacer es estar muy atentos de ellos y tratar de alimentarlos en la persona que vemos afectada, porque esos factores pueden contrapesar, contraponerse, contrarrestar la ideación suicida.

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