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«La guerra te devasta»

“La batalla del volcán”, el documental que el cineasta mexicano-salvadoreño Julio López estrenó en El Salvador la semana pasada, es un registro histórico sin precedentes. Su riqueza principal no radica en las imágenes de la ofensiva guerrillera de 1989, sino en su capacidad para recrear, desde los dramas más íntimos de los protagonistas, el drama inmenso de la batalla que nos definió como país.

Foto Factum/Cortesía de la producción de «La batalla del volcán»


Hay escenas brutales que lo son por lo que nos sueltan quienes hablan a la cámara. Las palabras dichas 30 años después por quienes mataron y sobrevivieron en las calles de San Salvador, a la sombra de su volcán, provocan escalofríos. Eso hay en este documental: el escalofrío que nace de conocer las entrañas de la guerra.

—“Te quema el espíritu… Tenés que vivir con los malditos recuerdos de las cosas que no te dejan dormir”.

Lo dice el capitán David Rodríguez, “El Barón”, un exmiembro de la Policía Nacional que peleó la ofensiva de 1989 en los cafetales donde hoy se levanta Ciudad Merliot, al suroeste de la ciudad.

“El Barón” es uno de los personajes a los que Julio López recurre para crear los arcos narrativos con los que cuenta, apoyado en un impresionante archivo de imágenes –muchas de ellas inéditas–, lo que pasó en las semanas que siguieron al 11 de noviembre de 1989, el día en que el FMLN lanzó su ofensiva por la capital en un intento por forzar la negociación con el gobierno de Alfredo Cristiani, mediante una muestra de fuerza militar sin precedentes.

El de «El Barón» es un testimonio crudo.

Visto frente a la cámara antes de que empiece a hablar, «El Barón» puede pasar por un salvadoreño cualquiera, uno de a diario. Bajito, el pelo cortado a ras, moreno, generoso en la gesticulación manual, de mirada intensa cuando su relato llega al clímax, el hombre empieza a contar la guerra. Su relato evoca las balas.

Empieza, el expolicía, contando un enfrentamiento en Merliot. Señalando lugares del pasado, recordando balaceras nutridas o la muerte de un excompañero, «El Barón» nos lleva a la batalla. Cuenta, por ejemplo, que se arrastró bajo el fuego enemigo para alcanzar el cuerpo sin vida, descamisado, de un sargento. Encontró cerca una libretita y un bolígrafo Bic que guardó.

Luego, «El Barón», el rostro más encendido por el recuerdo de la adrenalina en combate, cuenta cómo vació su cargador en el cuerpo de una guerrillera que quería escapárseles a él y a dos subalternos. Y como recogió la mochila “con más de treinta orificios de balas” y ensangrentada, también para guardarla.

Más adelante en el relato, ya más calmo, golpeado por los recuerdos a los que ha despertado con su relato, a «El Barón» se le encoge la voz y el rostro cuando cuenta que, una vez firmados los Acuerdos de Paz, en 1992, viajó solo a un rincón de su alma para confrontar a los demonios de la guerra; rompió el cuaderno y aventó los pedazos al vacío, pero un viento fuerte, necio, se los devolvía en el rostro. Se deshizo también de la mochila. Hoy, dice, sigue intentando domesticar los recuerdos. Pero es difícil:

—“La guerra te devasta”, dice en un susurro a la cámara.

Este relato es la estrofa perfecta para contar el terror de la guerra salvadoreña, pero también es una metáfora del país que logró salir de ese terror para embarcarse en otros nuevos, marcados en buena medida por los recuerdos de destrucción de los que El Salvador sigue sin poder deshacerse. Como los trocitos de la libretita del soldado muerto que el viento devolvía, terco, al rostro de «El Barón».

La del capitán David Rodríguez, «El Barón», es solo una entre decenas de voces que cuentan en «La batalla del volcán» los días de la ofensiva de 1989.

Este coro nos recuerda la circunstancia histórica de esa ofensiva, pero también hace revelaciones importantes en boca de los soldados que la pelearon en las calles. Volvemos, aquí, a los motivos estratégicos por los que la guerrilla del FMLN movió toda su fuerza hacia la capital, al cansancio de la población civil que abortó la insurrección popular que esperaban los jefes guerrilleros, al fallo del liderazgo militar del gobierno en abortar la ofensiva antes de que empezara.

Volvemos a los motivos de quienes se mataron, no de quienes los mandaban al matadero. Por eso el relato es intenso. A veces brutal.

Quienes estuvimos en San Salvador y en los alrededores de su volcán hace 30 años volvemos a las balas. A la angustia. Al terror. Quienes no estuvieron pueden entender, viendo el filme, que el recuerdo de aquellas balas, de aquella guerra, es el origen fundacional de El Salvador que existe 30 años después en las mismas calles donde se mataban guerrilleros y agentes de la fuerza pública.

Uno de los rasgos de aquella guerra, la bipolaridad que pregonaba la aniquilación absoluta del contrario, sigue ahí, en las voces que rescata el archivo y que en estas tres décadas parece haberse metido en el ADN de nuestra ‘salvadoreñidad’: donde antes había delincuentes terroristas y fascistas asesinos hubo luego números contra letras, perros contra ratas, ‘terengos’ contra ‘escuadroneros’, ‘los mismos de siempre’ contra ‘los nuevos mismos de siempre’. Y así.

En el documental, los soldados y guerrilleros de a pie se vuelven a juntar para contarnos –sin más dramatismos que los que siguen escondidos en la historia– cómo se enzarzaban a granadazos para mantener posiciones en una batalla que al final nadie ganó.

Es con esas voces que Julio López vuelve a las grandes lecciones de la ofensiva guerrillera; a sus verdades básicas.

«La batalla del volcán» nos muestra a Vladimir Flores (izquierda) y Otoniel Guevara, excombatientes del FMLN, quienes regresan a los multifamiliares de la colonia Zacamil, donde treinta años atrás pelearon y defendieron su posición en «La ofensiva: Hasta El Tope». Foto cortesía de Julio López.

En el relato de Vladimir Flores, un guerrillero al que vemos sosteniendo posiciones en la Zacamil con 19 años cumplidos en 1989 y volvemos a ver tres décadas después ya pateando la cincuentena, asistimos, también, al miedo y a la resignación.

El miedo lo cuenta Vladimir en un jardín de la Zacamil, el mismo en el que, en el 89, vio a dos guerrilleros jovencitos “a los que recién habían mandado” abrazados, llorando de terror. Le daba cólera, dice Vladimir, pero también le despertaba compasión. Y se pregunta: «¿qué podía hacer un cipote de 19 años para consolar a otros cipotes en medio de las balas?».

La resignación la cuenta el exguerrillero en una terraza del hotel de San Salvador que hoy se llama Crowne Plaza y en 1989 era el Sheraton. La guerrilla se tomó un ala del hotel y retuvo ahí a marines estadounidenses y a Joao Baena Soares, entonces secretario general de la OEA. La toma fue emblemática y dio a la guerrilla mucho aire en los medios internacionales de prensa. Ahí vemos al Vladimir joven. Y desde ahí escuchamos al Vladimir viejo soltar que ellos se fueron de la posición estratégica sin que nadie los estorbara porque “quizá” la dirigencia del FMLN ya estaba negociando con el gobierno de Cristiani.

Así nos cuenta este documental la historia de 1989, más allá de los filtros de la narrativa oficial a la que el FMLN y ARENA acudirían las tres décadas siguientes para asegurarse sus cuotas de poder político.

La bipolaridad de la guerra está en esos testimonios, pero la línea de producción del documental le da una dimensión más humana, menos política, al juntar ante la cámara a los soldados y guerrilleros rasos que se enfrentaron en las calles de la ciudad: el yo-contra-vos-hasta-la-muerte de esos hombres y mujeres evolucionó de ser un motivo de vida a convertirse en un recuerdo amargo.

Esas voces nos cuentan que la nuestra fue una guerra sin gloria en la que el único norte era la muerte y en la que el mayor premio fue siempre la supervivencia.

La voz de Julio López, creador del filme, acierta en no pretender forzar conclusiones grandilocuentes en esas voces, en ahorrarse la guía de un narrador omnisciente, en encontrar en sus personajes los arcos narrativos necesarios para que los relatos lleguen sin aditivos innecesarios a nuestros sentidos. Hay, sí, algunos baches en el ritmo y en la factura técnica, pero la fuerza narrativa no sufre demasiado por eso y las voces de la guerra siempre llegan limpias, potentes.


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