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“Salimos de la guerra, pero el derramamiento de sangre no se ha terminado”

Julio López es un entretejido de identidades. Nacido en México de madre salvadoreña, su vida se ha movido entre ambos países. Llegó a El Salvador como un niño de once años y regresó a México a finales de los ochenta, durante el tramo final del conflicto civil que sufrió el país centroamericano. Estudió comunicación política y se introdujo a la fotografía documental. Estableció carrera como productor del género video documental, con ocho largometrajes bajo el hombro, siempre viajando entre Norte y Centroamérica. Ahora, a treinta años de la ofensiva militar que constituyó uno de los momentos más álgidos del conflicto armado –cuando se trasladó por poco menos de un mes a la capital salvadoreña– Julio estrena «La batalla del volcán», que narra, con imágenes nunca antes exhibidas, eventos impactantes de aquel hecho histórico.

Foto FACTUM/Gerson Nájera


Hace siete años, Julio López decidió tratar el tema de la violencia en la sociedad salvadoreña. Al encontrarse con un fenómeno –en sus palabras– «brutal», comprendió la necesidad de ver hacia atrás para entender su origen. Regresó a aquel conflicto armado del que pocos parecían hablar en la ciudad y encontró en «La ofensiva ‘Hasta El Tope’», el ataque militar de mayor magnitud en el marco de la guerra civil, el tema perfecto para romper el silencio.

El contexto histórico se ubica en un momento clave: de mediados de noviembre hasta inicios de diciembre de 1989, cuando el Frente Fabarundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) combatió a las fuerzas militares en algunas de  las colonias más populares de San Salvador. «La ofensiva» trasladó los combates cotidianos que se vivían en el interior del país hacia el entorno de los civiles capitalinos. 

«La Batalla del Volcán» es el resultado de esa exploración. Es, además, la razón por la que ahora el cineasta vuelve a la capital salvadoreña ya no buscando respuestas, sino esperando despertar en sus compatriotas el deseo de preguntar más.

En su primer largometraje como director, López junta a veteranos de la guerrilla y del ejército. Lado a lado, son ellos quienes reviven su experiencia personal durante aquel fragmento de la historia, recorriendo las mismas calles en las que combatieron como contrarios en el pasado. 

Otros documentalistas suelen entrevistar a cada persona que tratan por separado. ¿Cómo llegás a poner en la misma mesa a veteranos de bandos contrarios?

La palabra que describe el corazón de la película es «diálogo». Yo quería que esta película fuera, además, un diálogo en varios niveles. Primero, un diálogo de los personajes con su memoria, porque ellos mismos están teniendo un diálogo entre pasado y presente; luego, un diálogo entre personas que pertenecieron a bandos contrarios y enfrentados. El reto final sería lograr que la película fuera un motivante de diálogo en las familias, en las casas, en la gente de El Salvador. Lo más fácil siempre es contar la historia con una, dos o tres personas.

Para mí, era importante –y difícil– hacer una película coral. Quería que hubiera, por un lado, la mayor cantidad de bandos involucrados, que llegaron a ser alrededor de diecisiete. Era tener multiplicidad de voces porque nunca se ha hablado de este tema con esta franqueza, ni se había reconstruido esta historia o sus heridas en un mismo documento, con tanta multiplicidad. No solo eso, ponerlos también a platicar entre ellos. Hace quince o veinticinco años no se podía hacer estos ejercicios. 

Una decisión política de la película es que no hay ningún líder de ninguno de los bandos hablando. Toda es gente con testimonios inéditos, gente anónima; lo que llamo «gente de las trincheras»: los soldados, guerrilleros y civiles que se vieron involucrados. El discurso se ha construido siempre desde la voz de los protagonistas visibles o líderes de los bandos y a mí me interesaba mucho darle voz a ese otro lado.

Claudia Olvera, del equipo de producción de «La Batalla del Volcán», muestra el mapa que diseñaron en la investigación para que los personajes dibujaran su recorrido en «La Ofensiva». El mapa marca el rodaje de la película en orden cronológico. Foto cortesía de la producción de «La Batalla del Volcán».

¿Fue difícil para ellos pasar este proceso de memoria juntos?

El proceso de encontrar a tanta gente fue lo difícil. Una vez habíamos generado la confianza con todos fue mucho más fácil de lo que pensaba. A mí me sorprendió el nivel de madurez que han alcanzado los combatientes con los que hablamos. Es enorme. Lo que no sé es si lo tendrá en el cien por ciento de las personas que combatieron. Sospecho que es la gran mayoría, pero no lo sé. Si fuese la excepción, es igual de importante. ¡Quiere decir que sí se puede! Pero a mí me da la impresión que es la regla. 

¿Qué impacto produce reconstruir los enfrentamientos de ayer en las mismas calles que caminamos hoy en día?

Todos los capitalinos de mi edad vivieron la ofensiva y vieron muertos en las calles. Ese es un fantasma con el cual yo no nací porque yo no viví la guerra aquí. Tenía muchas ganas de entender cómo mis amigos habían vivido eso. De una forma inconsciente hice esta reconstrucción.

Pasa algo también: en este parque de ahí enfrente, ¿cuánta gente no habrán asesinado en los últimos diez años? Seguro un par de docenas han matado. No hay que centrarnos solo en los muertos de esa batalla o en los de la guerra. Los combates fueron muy duros, pero eso fue un día, una semana. Aquí no solo están los fantasmas de los combatientes del 89. Vivimos en un país marcado por esas muertes. Por eso la película está dedicada a las personas que murieron, sin hacer distinción entre combatientes o civiles.

Julio López, director y productor de cine. Foto FACTUM/Gerson Nájera.

En una escena, un civil de la ciudad comenta que nunca habla de la guerra con su hija. ¿En la ciudad hay una mayor resistencia a hablar de la guerra que en el área rural?

Creo que es generalizado. La frase que más nos dijeron durante el proceso de investigación y producción es: «yo nunca había hablado de esto». Me lo habrán dicho más de la mitad de las personas que entrevistamos, por mucho. Había que dejar esa frase en la película y se hizo en él… Era súper importante. 

En el fondo es chistoso, porque me di cuenta de varias cosas. Primero, como capitalinos nacidos en los ochenta –que sí nos tocó la guerra siendo bebés o niños–, es bien fácil decir, viendo hacia adelante: «a mí no me tocó la guerra». Pero si vos te ponés a escarbar un poquitito, dices: «ah bueno, pero a mi tío, a mi primo, a mi amigo, a mi compadre, al abuelito»… Estoy convencido de que el cien por ciento de las familias salvadoreñas se vieron afectadas de una u otra forma; aunque de forma directa o cercana, pero hace falta rascar un poquito para ver cómo todas las heridas se van entrelazando. Con mi generación nunca se habló de esto en las casas.

El problema del diálogo no está, en un primero momento, en el diálogo entre contrarios. Está en las casas. No ha sido así por muchas razones, pero también creo que hay muchas otras por las que sí podríamos tenerlo. Ojalá que la película invite a eso. 

¿Cómo afecta a esta sociedad no tener este diálogo sobre un evento histórico del cual aún sentimos los efectos?

La complejidad de las pandillas es el fenómeno más visible de la devastación del tejido social que tenemos. Nuestras comunidades están enfrentadas y controladas por la violencia, una violencia muy irracional. Eso es consecuencia directa de décadas y décadas, no solo de exclusión social brutal, sino también de que son estos mecanismos de violencia que se han instaurado durante décadas y décadas. Esto provoca que en cada generación nazca un niño, un joven, que se encuentra con estas comunidades que no se han curado. 

Si nosotros no hacemos un corte de caja y empezamos a reconstruir nuestro tejido social, no vamos a salir de la violencia terrible en que estamos. Salimos de la guerra pero el derramamiento de sangre no se ha terminado. Nunca. Desde los ochenta no se ha dejado de derramar la sangre un solo día en El Salvador. Evidentemente, para solucionar todo esto debe haber cinco o seis cosas que, como sociedad, podemos hacer. Pero una de estas cosas es justamente el trabajo de reconciliación y reconstrucción del tejido social. Como cineasta, mi objetivo es abonar en ese sentido. Por un lado, hacer un ejercicio de memoria; por otro, mostrar que es posible el diálogo y puede ser fructífero para mejorar como personas, como familia, barrio, o ciudad. Como país.

«La batalla del volcán» es una película documental producida en 2018 por Trípode Audiovisual, Cine Murciélago, Argos Comunicación y Caravana.

Tanto guerrilleros como militares hablan de luchar por el pueblo. La película reconoce el daño que este pueblo, los civiles, sufren en la guerra. ¿Hay un reconocimiento de ambos bandos sobre este daño causado?

Creo que sí. Una guerra civil es tan brutal porque lo que hace es enfrentar a miembros de una sociedad. Es imposible salir sin heridas, especialmente si combatiste. Los combatientes de ambos bandos tienen las mismas heridas y los mismos dolores, sin duda. Ahora bien, el proceso de cada quien va a ser muy diferente. Ahí entramos a otra parte que es la judicialización. Los crímenes de guerra o lesa humanidad no se tratan solo de pedir perdón, sino también de llevar procesos de justicia.

¿Cuál fue la emoción más fuerte que experimentaste, como salvadoreño, durante el rodaje de la película?

Las emociones fueron muchísimas. Pero si me preguntas lo más fuerte, hubo un día en que me di cuenta de que me estaba metiendo en la cocina del alma de medio mundo, en el corazón de las familias de un montón de gente y yo todavía no me había metido al corazón de mi familia. Me di cuenta de que yo mismo no había tenido esa plática en mi casa. Fue muy fuerte para mí. Fui, la tuve y me di cuenta de que yo, en realidad, quería hacer la película para encontrar las verdades mías y de mi familia. ¡Tuve que hacer toda esa vuelta! Hablar con todo el país para regresar al origen. Para mí, ese fue el aprendizaje: ese proceso familiar.

Fue bien lindo. Siempre es difícil, pero la sensación que queda siempre es de bienestar, de alivio y de entender un montón de cosas que no entendía antes. Es muy bueno tener este momento de sinceridad para entenderte a vos, a tu familia y a tu país. 

¿La memoria es punto de unión, entonces?

Totalmente. Como proceso biológico, por ejemplo, tenemos lenguaje porque nos acordamos de las cosas. Desde ese momento, la memoria es cohesionador social. Si no se tiene esa memoria, se empieza a desgastar el tejido social. La memoria de lo bueno y de lo malo. 

La memoria también se entiende, académicamente, como una plaza pública donde todos tienen sus propias memorias. Y todas son válidas. Todas son importantes. Lo que siempre hace el oficialismo y la institucionalidad es tratar de instaurar su propia memoria. Si quiere tenerla, está bien, pero tiene que haber otras memorias. Cuando el oficialismo quiere borrar estas memorias, ahí es que no nos vamos a dejar. 

El costarricense Álvaro Rodríguez fue el fotógrafo de «La Batalla del Volcán». Foto cortesía de la producción de la película.

Tu generación de cineastas está haciendo una labor de registro histórico importante. ¿Qué compromiso sentís en tu labor sobre cómo tocar estos hechos?

Como documentalista, para mí, hacerlo es un compromiso ineludible. Mi responsabilidad es saber que estoy construyendo un discurso absolutamente informado. Cuando yo decidí hacer esto, hice un análisis histórico político, un análisis militar y un análisis personal. ¿Qué significó «La ofensiva» para la historia de El Salvador? ¿Qué papel tuvo en la dinámica de la guerra? ¿Cuál es el balance de haber vivido tú «La ofensiva»? Lo estudié a conciencia. La película está en el plano personal, pero era mi responsabilidad estudiarlo y hablar de tú a tú con los personajes de estos procesos.

Hace quince años, hace veinticinco años, no se podía hacer estos ejercicios. Creo que es muy natural cómo cada generación, respecto a un hecho de violencia totalizante como el de la guerra civil, tiene la oportunidad histórica de hacer ciertas cosas que antes no se podían hacer. En Guatemala, en Nicaragua, se están produciendo estos trabajos también. Mi generación tiene la oportunidad de hacer ese tipo de diálogos y me parece que es el aporte que podemos hacer también como cineastas. 

¿Qué van a encontrar las siguientes generaciones –más alejadas del conflicto- en tu documental para interesarse por la historia de la guerra civil?

Me da la sensación –y es algo que yo sentí como adolescente en San Salvador de los noventa– que de tanto repetir la palabra «guerra», esta pierde su significado. Para mí era importante revivirla en la película: saber cómo se oía, a qué olía, cuál era la materialidad de la guerra. Pero en el fondo era entender por qué se formó, qué motivaba a estos jóvenes para irse con las guerrillas y salir a tomarse las calles. No tengo idea cómo lo van a recibir las nuevas generaciones. A mí me gustaría que la película despierte en ellos dudas y hablen con sus familias de esto. 

Muchos de los combatientes en los ochenta eran adolescentes y veinteañeros. ¿Creés que la memoria histórica podría motivar a jóvenes de hoy para incidir en su realidad social?

¿Para bien o para mal? Ja, ja, ja. A ver. El mundo cambió dramáticamente de los ochenta para acá. Una película como esta nos sirve para generar una historia de nuestro devenir social, pero no nos va a dar las respuestas para lo que necesitamos ahora, porque ese proceso ya pasó. Si sirve como inspiración o detonante, que sea para encontrar nuestras propias respuestas. Ahora bien, si no tenemos ese tipo de reflexiones de nuestro pasado reciente, nos va a ser difícil o imposible encontrar nuevas formas. Hay que entender lo que pasó antes, pero no como ejemplo, sino para crear nuestras propias dinámicas.


  • «La Batalla del Volcán» se estrenará el próximo viernes 17 de mayo en Cinemark Metrocentro (a las 7:00 de la noche). Luego, a las 9:30 p.m., esa misma noche, se estrenará en Cinemark La Gran Vía, una función que tendrá además un conversatorio con Julio López, director de la película.
  • Luego del día del estreno, la película se proyectará los días 18, 22, 23, 24, 25 y 29 de mayo en Cinemark (Metrocentro y La Gran Vía). Siempre a las 7:00 p.m.
  • Para el oriente del país, la película se proyectará en Cinemark San Miguel los días 18, 23, 24 y 25 de mayo. También a las 7:00 p.m.

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