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«Juego de Tronos» y el fin de una guardia agridulce

«Si pensabas que esto tendría un final feliz, no has estado prestando atención»
–Ramsey Bolton

«Juego de Tronos» llegó a su fin. Concluye el ciclo que dio vida al fenómeno televisivo que adaptó la saga –aun inconclusa– de «Canción de hielo y fuego», escrita por George RR Martin. El equipo de producción de HBO tuvo que lidiar con un complejo tejido de tramas y subtramas, decenas y decenas de personajes, para ambientar un mundo ficticio en el cual coexisten las fantásticas y mundanas criaturas. Por ocho años vimos en pantalla el desfile de las más básicas pasiones humanas. Ese es el gran mérito –tanto de las novelas, como de la adaptación televisiva–: la capacidad de mostrarnos de forma creíble las reacciones más humanas en el entorno más fantástico sin que desentonaran uno u otro.

Foto de HBO

[Alerta spoiler: la siguiente reseña revela detalles del último episodio de «Game of Thrones», serie que forma parte del catálogo de HBO]


Es claro que Juego de Tronos no es una serie televisiva cualquiera. Se trata de un fenómeno de masas que ha durado ocho años, dueño de una base de fanáticos a nivel mundial y con eventos argumentales –como ‘La boda roja’ o ‘La batalla de los bastardo’s– que han pasado a formar parte del imaginario popular. Sin embargo, su desarrollo no ha estado ajeno a la polémica.  Su temporada y capitulo final, por supuesto, no iba a escapar a la inercia que provoca semejante monstruo del entretenimiento.

La producción de HBO ejecutó esta obra de forma magistral durante casi una década, al desarrollar un enorme despliegue actoral por parte de su elenco; efectos especiales de calidad cinematográfica; direcciones sobre salientes que marcaron hitos en la televisión; y una banda sonora –a cargo de Ramin Djawadi– que se convirtió en narrador y personaje. Muy pocas series de televisión pueden jactarse de semejantes logros.

«The Iron Throne», el capítulo final de esta historia, estuvo cargado de referencias a la primera temporada, pues se esforzó en hacer notar que lo que vimos no fue improvisado. Sirva de ejemplo el discurso de victoria de Daenerys Targaryen a sus Dothrakis, al recordarles la promesa de Khal Drogo ante la madre de las montañas; como tampoco podemos obviar a Tyrion recordando los continuos actos violentos de la madre de dragones, desde Quart hasta Meeren y Westeros; así como la escena en la que Jon Snow recordó la plática que, tiempo atrás, sostuvo con el maestre Aemon.

Sin embargo, estas referencias se perciben como un andamiaje innecesario cuando se supone que durante tantos años has construido personajes y arcos argumentales coherentes. Es ahí donde radica el problema del cierre de Juego de Tronos, que los guionistas se encontraron con una enorme construcción a la cual no sabían con certeza cómo dar fin. 

Optaron por el camino de representar de forma obvia el cierre a las grandes premisas de la serie: la inutilidad del poder y sus símbolos; la decadencia, la autodestrucción y la crueldad que provoca la conquista; así como también la urgencia por sostener el deber sobre cualquier cosa, incluso nosotros mismos. Todo esto fue mostrado a través de símbolos, como la destrucción del trono de hierro, símil máximo del poder. Vemos a Daenerys convertida en cruel conquistadora; a Jon parando la locura de la mujer que ama, a pesar de su honor, pero justificado por ser su deber; y reparamos en el concilio de los lores de Westeros, quienes entregan el poder al único personaje al que no le importa: Bran. 

Al final todo resulta inútil: todos los dramas humanos, políticos y fantásticos, los linajes, guerras y confabulaciones… ¡Todo! Se construye así un enorme sin sentido cuando se pasan por encima de la humanidad, su esencia y conciencia. Ahora bien, no obstante, aun comprendiendo lo anterior, la ruta trazada por los guionistas se queda corta y se muestra forzada porque el camino para llegar a esta resolución no parece ser consecuencia y desenlace de la complejidad de los arcos de los personajes y del argumento. Los mismos guionistas creyeron necesaria la explicación excesiva para unir los puntos que justificarían el desenlace. Y ese es un defecto que ha pesado sobre toda la octava temporada. Por ejemplo, Bran no logra la empatía necesaria para ser, por mérito propio, «la esencia y memoria de la humanidad», sino que Tyrion debe recordárnoslo en un discurso. O reparemos en el caso de Jon, quien debe volverse el héroe trágico que mata a su amada y es obligado al exilio, una vez más, por haber sobrepasado el cumplimiento de su deber. Y esa obligación moral, ese deber, le es recordad una y otra vez por Tyrion y por Arya. Esto es lo que justificará que Daenerys deba morir con sus sueños de poder en el horizonte, pese a su éxito. 

Del fatídico desenlace de «La que no arde», rescato la escena de Drogon, quien “entiende” que a la «Madre de dragones» no la mató Jon –la persona–, sino el deseo obsesivo por el trono de hierro que nubló la mente de Danaerys. Es por eso que el último dragón del mundo decide derretir al objeto de codicia, antes de llevarse el cuerpo de su «madre» con destino desconocido.

Daenerys Targaryen en la escena del discurso de la victoria. Último episodio de la serie televisiva «Game of Thrones». Foto de HBO.

El episodio vuelve a la prisa que ha caracterizado a toda la temporada final: se divide en un primer acto que cierra la trama de Daenerys y el Trono de Hierro de forma rápida y consecuente con lo planteado en el episodio anterior; y en un segundo acto, un enorme epilogo, en el que ubican a personajes como Ser Brienne de Tarth al frente de la Guardia Real; a Podrick ordenado caballero, como también miembro de la Guardia Real; a Sansa  como Reina del Norte; a Arya recorriendo mundo; y, en el punto más climático, a Bran gobernando. Los guionistas proponen cerrar el gran circulo que inició Bran «El constructor» hace miles de años y que termina con Bran «El roto», como cuervo de tres ojos. Fundan así una especie de democracia representativa en el proceso, si acaso eso tuviera algún sentido en un sistema monárquico.

Pero esta construcción parte de un dilema muy claro de parte de los productores: ¿debían privilegiar la trama fantástica o en su lugar empoderar a la trama política? Esa era la cuestión. 

Muchos se preguntabana: «Si esta es una apasionante trama política, ¿por qué la tienen que salpicar de dragones y zombis?». Sin embargo, este dilema parte de pasar por alto algo evidente: «Canción de Hielo y Fuego», la obra en la que se inspira la serie «Juego de Tronos», es una obra fantástica. Tanto los libros como la serie abren con un prólogo donde definen que en el mundo al que vas a entrar, «Los otros» existen y son un peligro real. Durante su desarrollo, se deja claro que los White Walkers son el peligro máximo, la metáfora de la muerte y el olvido de quién eres para convertirte después en algo deforme y sin propósito.

Sin embargo, en la última temporada, los productores optaron por privilegiar para el cierre de la serie –en sus últimos tres capítulos– a la trama política sobre la fantástica. ¿Acaso pensaron que el Rey de la Noche no era un villano lo suficientemente significativo en su metáfora de muerte y olvido en comparación con el dilema de ambición y crueldad del poder versus el cumplimiento del deber? 

Si fue ese el razonamiento, ¿acaso esta decisión no contradice la premisa planteada por George RR Martin  en su obra acerca de la inutilidad de la lucha por el poder ante lo inevitable de la muerte y el olvido? Esta temporada es, sin duda, la separación definitiva de la serie de HBO con la obra escrita de George RR Martín. Representa el abandono absoluto de «Canción de Hielo y Fuego» en favor de «El Juego de Tronos».

Hay un enorme grupo de fanáticos que se ha decepcionado del transcurrir y del cierre de la última temporada. Puedo suponer que la decepción crecerá incluso más con el último episodio. Esta parte del fandom argumenta supuestas incoherencias argumentales o separación de líneas narrativas respecto a los libros o a elaboraciones previas en la serie. Si bien muchas de las críticas tienen base real, no las comparto por completo debido a dos grandes razones:

  • La serie se separó de los libros hace mucho y las decisiones de guion la convirtieron en un producto con un camino de argumento imposible para guardar sincronía con los libros.
  • Las líneas de guion de la serie sí que apuntaban a un desenlace de esta tesitura desde hace un par de temporadas. Por ejemplo, en el episodio de casa austera –excelentemente rodado, por cierto– se estableció la solución de «la mente colmena» para el Rey de la Noche y sus caminantes blancos. Era evidente que su muerte sería repentina y oportuna.

Pero como ya escribí antes, pese a que el Rey de la Noche era la metáfora de la muerte y el olvido, los guionistas optaron por dejar en claro que las pasiones humanas y sus consecuencias transcienden a la muerte misma. Esa es una premisa atrevida, pero en sintonía con la trama de la serie, aunque contradiga el espíritu de las novelas.

Nos prometieron un final agridulce y eso es lo que hemos recibido. No ocurre en el sentido que esperábamos, pero sí da por terminada las tramas. Es evidente que deja un sabor incompleto, como la realidad misma. Las cosas pasan como suceden y no pueden ser de otra forma, aunque no nos guste: «Estabas precisamente donde debías estar», dijo Bran a Jon. 

El final de los dos grandes protagonistas –Jon y Daenerys– se me antoja muy acorde a la descripción del héroe ambiguo y trágico que hace María Zambrano en “La ambigüedad del Quijote”, que explica que la ambigüedad máxima estriba en que el héroe, que dedica el esfuerzo de su brazo y la continua tensión de su voluntad a la liberación de todos (o a ser el escudo de los hombres), sea el más necesitado. Es quien más requiere de que alguien –o quizás todos– acudan a liberarlo. Y puesto que nadie está ahí para liberarlos o protegerlos, se consumen a sí mismos, muriendo una y exiliándose el otro, pues ambos personajes carecen ya de significado en el mundo que dejan atrás. No hay amenaza tan grande que necesite de un mesías ni una tiranía tan salvaje que requiera a un libertador. ¿Puede haber un final más amargo que esto para una obra de fantasía épica?

Este artículo no pretende ser una apología del fin de temporada, porque no lo necesita. Es, más bien, una interpretación personal del cierre de la mayor serie televisiva de todos los tiempos que recordaremos por sus elaboradas tramas políticas, sus agudos diálogos, sus metáforas, su impresionante banda sonora y, sobre todo, de sus celebres personajes, algunos insuperables como Tywin Lannister, Ned Stark, Meñique o Varys, personajes tan grandes que debían morir en determinados momentos de la narración para que la trama escapara de la fuerza de gravedad de sus acciones. Mención especial para el personaje de Tyrion Lannister, quien fue motor de acciones a lo largo de toda la historia, un enano que derivó en gigante.

A «Game of Thrones» la recordaremos por su cierre polémico y precipitado, una serie que exige de segundas lecturas para ser digerida. Recordaremos la sensación de vacío que experimentamos cuando nos alejemos de Westeros, como cuando Jon atravesó el muro en la última escena del episodio. Así será, por lo menos, mientras George RR Martin nos regresa a su fantástico mundo a través de sus novelas inéditas. Hasta entonces conoceremos cómo decidió él cerrar su historia. Mientras tanto, “nuestra guardia ha terminado”.

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