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Águila impuso su casta en «la final somnífera»

Como era previsible, el espectáculo estuvo en la tribuna, en las gradas que latían, en la lluvia de papelina, en los cánticos combativos y en los nervios por evadir una derrota ante el aborrecido rival. En la cancha, en cambio, los futbolistas de dos clubes que debieron arrastrar la responsabilidad de una acumulación de antipatías no estuvieron a la altura de «la final soñada» que derivó en «somnífera» y que se definió en penales –como hace 32 años–, para decidir que el campeonato vuelva a cruzar el Lempa, rumbo a San Miguel. 

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


Algo presagiaban los lentes oscuros de Jorge «El Zarco» Rodríguez, técnico de Alianza Fútbol Club, cuando permanecieron inmutables a pesar de que el cielo se tornaba gris y anunciaba tormenta para la afición paquiderma. Hay destinos futbolísticos que se cuentan mejor a través de las derrotas. Y lo de ayer, cuando Alianza cayó derrotado en tanda de penaltis contra Águila (3-1), puede narrarse como «un mundo de contrahechos, cuando se pasa del sueño a la poesía», como supo cantar Silvio Rodríguez. Y la poesía fue naranja, aunque se recitara a tropezones. La poesía estuvo en las gradas y tuvo el tacto de calzar con ‘la V de Vendetta’, como la máscara del aficionado que auguraba –sin equivocarse– la decimosexta copa del club migueleño. Hace 32 años fue al revés. Y es que el fútbol es cosa de ciclos.

En cancha se vivió un partido símil. Si estos dos son los mejores equipos que el fútbol salvadoreño puede exponer en su precaria y vigente realidad, lógico sería que la «final soñada» terminara siendo más somnífera que otra cosa. Águila y Alianza ofrecieron 120 minutos aguerridos en donde la apuesta principal radicó más en evitarse problemas y esperar el suicidio defensivo del rival. Pero esto nunca ocurrió y el desenlace tuvo que llegar hasta la definición de penaltis, donde,  de nuevo, volvió el símil: nueve penaltis fueron pateados y solo cuatro fueron anotados. Así está nuestro fútbol actual: un constante examen extraordinario para pasar raspado.

Club Deportivo Águila volvió a coronarse campeón del fútbol salvadoreño.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez.

Águila fue lo que sus credenciales aportaban: la mejor defensa del campeonato. Mutaba del 4-2-3-1 al 4-4-2, de acuerdo a lo que le dictaba el físico. Mandaba pelotazos para exprimir la ventaja aérea de su centrodelantero, Waldemar Acosta, pero Alianza supo controlarlo. Terminarían los albos con un improductivo 59 % de posesión del balón que solo atisbaba a causar ansiedad a través del balón parado. Puede decirse que Alianza se murió de nada porque nada fue lo que Óscar Cerén pudo aportar. En la medida en la que el jugador más talentoso de los albos fue nulificado, se gestó la dinámica de un partido de bostezos.

Los dos mejores jugadores del equipo vencedor fueron Andrés Quejada y Benji Villalobos: un defensa central y un portero, muestra de la poca emoción ofensiva que el partido ofreció. Y lo mismo puede decirse de Alianza, que encontró en su arquero, Rafael García –artífice de una tapada espectacular– a lo más destacado.

Mucho se hablará acerca de la influencia que Rodolfo Zelaya habría tenido en un juego como este. Y sí es cierto que Alianza parece un equipo descafeinado sin su gran referente, pero también es cierto que en el juego de este domingo ese fue el mayor mérito de Águila: imponer su estilo, su casta.

Dos de los equipos por los que se debate la participación de un «clásico nacional» dejaron, a final de cuentas, la sensación de que este juego quedó en deuda con las expectativas que había generado, con precios de un fútbol donde lo profesional se encuentra más en las gradas que en la grama.

Estampas de los aficionados en la zona de Sol General del Estadio Cuscatlán, en San Salvador, el 26 de mayo de 2019, durante el partido de la Final de Fútbol Profesional entre Aguila y Alianza.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

Carlos Romero, técnico de Águila, sabe ahora que el orden defensivo es kriptonita suficiente para controlar a un equipo como Alianza, que deberá consolarse recordando que en esta temporada su mayor orgullo radicará en la vez en la que ellos aplicaron el mismo rigor defensivo, contra Monterrey en la Concacaf Liga de Campeones.

Cuando dos equipos como estos, con la popularidad que poseen Águila y Alianza a nivel nacional, ofrecen una final como esta, en la que los protagonistas ni siquiera pudieron ofrendarle a sus hinchadas la oportunidad de gritar siquiera un gol, conviene meditar si los precios que se están pagando son justificables más por la pertenencia al sentimiento y no tanto por el espectáculo futbolístico.

El fútbol es ciclos. Hay que repetirlo. Alianza ha dominado el más reciente. Ahora Águila presenta su candidatura a construir el suyo. Hoy fue una final somnífera, pero no significa que siempre vaya a ser así. La gran ganancia que deja que estos dos equipos volvieran encontrarse en esta instancia, 32 años después, es que las viejas glorias de la tradición volvieron a despertar. Y quizás pronto haya revancha, porque la ‘V de Vendetta’ no es algo que pueda monopolizarse y siempre es de poco fiar.

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