“El último tour del mundo”: Bad Bunny es Michael Jordan… jugando béisbol

Bad Bunny liberó su tercer álbum de estudio “El último tour del mundo”, que –a su vez– es la tercera producción que publica este 2020. A diferencia de sus antecesores, “x 100pre” y “YHLQMDLG”, en esta ocasión el puertorriqueño tenía poco que ofrecer. Intentó jugar en otra cancha, la alternativa e indie, y su desempeño fue mediocre y aburrido.


Bad Bunny dice en su canción “Booker T”: «Yo no hago cancione’, hago himnos pa’ que no caduquen». Difiero. Hace memes musicales. Cumplen la misma función: entretienen, son ocurrentes, proponen o retoman expresiones populares; y tienen un corto periodo de caducidad. Algunos son muy buenos, otros regulares y otros mediocres. Estos últimos son mayoría en su nueva producción: “El último tour del mundo” (Rimas Entertainment, 2020), su tercer álbum oficial de estudio y su tercera producción publicada en el año.

La persona detrás del alter ego de Bad Bunny es Benito Martínez, un puertorriqueño que a sus 24 años tiene una carrera consolidada y una legión de seguidores y seguidoras que alimenta y lo alimentan. Para confirmarlo basta revisar su génesis en temas como “Soy peor” o sus versos en “Krippy Kush” (de Farruko) y luego escuchar “Solo de mí”, “Callaíta” o –la más obvia– “Yo perreo sola”. Es decir, el personaje se ha amoldado a las sensibilidades de su generación: empoderamiento femenino, diversidad sexual, nuevas masculinidades, etc. Y lo ha hecho con naturalidad, sin querer apropiarse de las banderas y sin llegar a panfleto. Y desde ahí construye una especie de aldea global que ve en sus canciones identidad y pertenencia, no solo música.

Lo anterior es importante para comprender la relevancia de “El último tour del mundo”, ya que la recepción de este disco de parte de su fanbase es la manera de suscribir esa identidad. Dispersa, sí, pero identidad, al fin. Ya sea con el lenguaje, los valores morales o la cotidianidad narrada, Bad Bunny es, hoy por hoy, el icono pop del momento en Latinoamérica. Y qué mejor manera de capitalizarlo que abusar de este pedestal.

[Pictoline publicó una ilustración que muestra los logros más recientes de Bad Bunny según Spotify]

Por eso en el mismo año en que publicó su mejor álbum, “YHLQMDLG” (Rimas Entertainment, 2020), un trabajo por demás interesante para los límites tradicionales del trap latino, reguetón y pop; también publicó el más mediocre de su carrera, hasta el momento. “El último tour del mundo” es un disco que como planteamiento de intenciones resulta interesante, pero que en balance de resultados termina siendo pobre.

Jugársela por una renovación estando en la cúspide casi siempre es loable. Bad Bunny tenía clara su fórmula y la pudo repetir, pero apostó por otra cosa. Mezcló el reggaetón, el trap y el pop con rock, indie y música alternativa. Y no todo el trabajo quedó a medias. Hay temas logrados con decencia, como “Te mudaste” o “La droga”, que conservan su ángulo reguetonero más conocido, pero con algunos detalles psicodélicos. Otro buen momento es “Yo visto así”, con guiños a Nirvana en la batería y guitarras sampleadas. Que además cuenta con un video que incluye cameos de Ricky Martín, Sofía Vergara y Karol G, entre otros.

Otras canciones buenas son “Dákiti”, con Jhay Cortez; que fue el primer adelanto del disco; y las electro “Sorry papi”, con Abra; y “120”. Pero ninguno de esos temas podría compararse con la ambición de “La Romana” (“x 100pre”) o “Safaera” (“YHLQMDLG”), donde conseguía la mixtura de diferentes estilos, dentro o fuera del reaggetón, con fluidez. Esas variaciones, secciones y construcciones están ausentes en este álbum. Es decir, usando sus propios parámetros, este disco es plano. Puede llegar a cansar. Aunque las bases musicales –hechas por más de una decena de productores, como MAG, La Paciencia y Tiany– intentan ser diversas, su voz tiene muy poco de versátil. Es como poner en primer plano variaciones limitadas de una misma cosa, pero con fondos intercambiables.

En el reguetón, trap y pop latino, Bad Bunny se movía muy bien. Incluso dictaba tendencias. Pero en este acercamiento a lo alternativo quedó como Michael Jordan, la superestrella de baloncesto que en 1994 sorprendió al mundo al perseguir una extravagancia deportiva con su paso por el béisbol. Es decir, con su nuevo disco, Bad Bunny no llega a destacar. A lo sumo, juega de promedio (si no es que mediocre), pero sus seguidores y seguidoras no dejarán de aplaudirle.

“El mundo es mío”, que sirve como introducción, es una promesa incumplida de que algo interesante ocurrirá. La música genera tensión pero queda irresuelta. “Hoy cobré” es un trap desganado. “Maldita pobreza” es una especie de crítica social a la falta de oportunidades para los jóvenes versus lo aspiracional –oh, ironía– promovido en canciones de rap, reguetón y trap. Ahí el personaje muere por comprarle un Ferrari a su novia. En estilo es como un ska mal hecho con elementos western. “La noche de anoche”, junto a Rosalía, resalta por ser una colaboración esperada, pero sin aportar mayor novedad: reguetón en clave pop con propiedades somníferas, a varios kilómetros de distancia de lo conseguido por la española junto a J Balvin en “Brillo” y “Con Altura”.

“Te deseo lo mejor” es una caricatura de las atmósferas musicales de Red Hot Chili Peppers y Coldplay. “Haciendo que me amas” continúa por ese estilo, pero con agregados de literatura de superación:

«Uno nace solo y solo se muere. Se comparte, se disfruta, se ama y se quiere. Pero nunca te olvides de quien tú eres, ni por hombres ni mujeres»

“Booker T” es la trapera del disco. El culto al ego, a la fama, a los números, etc. Vuelve sobre un tema que parece no dejar de incomodarle: las críticas porque la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores (ASCAP) lo nombró “Compositor del año”. Con una defensa que estaría bien como chiste, pero es autogol:

«Le’ molesta mi premio de compositor, pero es que ya nadie compone. Ninguna ‘e esta gente escribe en sus canciones, so no se emocionen»

Siguiendo con las caricaturas, “Trellas” es la de Zoé. Y “Antes que se acabe” es una balada trap-pop que hace las veces de compendio de lugares comunes:

«Llorar nunca ha sido un delito y los día’ lluvioso’ a vece’ son lo’ más bonito’. Pero hoy salió el sol y me siento mejor. Lo malo pasó, el tiempo es mi doctor. La vida e’ una movie, soy mi propio director»

El cierre es una canción ajena: “Cantares de navidad”, del Trio Vegabajeño. Un clásico navideño. Puesto al final del disco sin ninguna modificación. Bien podría ser un tributo, una forma de difundir la música tradicional de su país o la muestra total de su desgano en este álbum.

Pero nada de lo dicho importa mucho. Benito tiene consolidada su aldea global, que solo le exigirá continuar siendo su representante, metiendo una que otra frase ingeniosa en sus canciones, diciendo un par de cosas sobre sus inquietudes; entreteniendo. De eso se trata. Da igual si lo hace bien, regular o mal. Esto mientras aparece otro artista que termine icono por default. Salvadas diferencias, alguna vez ese lugar lo ocupó Residente, de Calle 13.

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