«Cachada»: la dignidad regresa al documental

Por tres semanas consecutivas (del 6 al 26 de febrero) se ha proyectado en Cinemark El Salvador el documental «Cachada», obra de la española Marlén Viñayo, quien nos ofrece una película imposible de ver sin llorar. Este no es el típico documental donde la víctima cuenta su calvario para la cámara hambrienta de un director sin escrúpulos. Aquí las protagonistas ven su dignidad reconocida. En 2019, antes de su exhibición en El Salvador, el  documental fue estrenado en el SXSW Film Festival, donde ganó el Premio de Público de la categoría Global.

Fotos cortesía de La Jaula Abierta Films


El documental es el género de cine más robusto en El Salvador: cuenta con una tradición longeva, directores valientes, proyección internacional y demanda en los cines locales. Hay también abundancia de temas en un país lleno de tantas contradicciones. Sin embargo, estos filmes aún exploran la realidad salvadoreña desde un lugar de superioridad. Pocas veces cuaja el balance ético entre desnudar una historia y el tacto para no dejar desnudos, vulnerables, a sus protagonistas. O peor aún: el director insiste en ser también protagonista frente a las cámaras. Cuando se logra, sin embargo, el espectador logra ser guiado por la mano gentil e invisible de quien dirige, desde una realidad exterior a una pregunta interior. Eso ocurre con «Cachada» (en inglés, The Opportunity), una película documental salvadoreña de 81 minutos de duración dirigida por la española Marlén Viñayo.

La historia documenta el nacimiento y desarrollo de La Cachada Teatro, un colectivo de salvadoreñas que cuenta ya con tres obras bajo el brazo –dos originales y una adaptación– y que ha cultivado su reputación a pulso. La compañía de teatro se ha presentado a nivel nacional e internacional y ha cosechado aplausos gracias al talento de su elenco de mujeres: todas de clase trabajadora.

Marlén Viñayo transmite el proceso de construcción del elenco que trabajó por poner en escena la primera obra que el grupo de teatro presentaría al público: «Si no hubieras nacido». Viñayo, en un documental íntimo y bien logrado, recuerda que la victoria no es de quien cuenta la historia más dura; es de quien narra con respeto y dignidad, sin importar la inhumanidad o severidad de lo expuesto.

La Cachada Teatro nació como la flor que rompe el concreto. En 2011, la actriz y directora Egly Larreynaga llevó a cabo un taller de teatro para fortalecer la autoestima de mujeres empleadas en el sector informal. De ese grupo, cinco mujeres se fueron con la semilla del arte y se negaron a dejarla morir. Mujeres de clase trabajadora, madres solteras, vendedoras ambulantes y empleadas domésticas. Todas empapadas de circunstancias que en El Salvador son una condena tanto social como económica.

Marlén Viñayo conoció al elenco de «Cachada» en 2010, cuando trabajaba un documental para Cinde, la ONG a través de la cual Egly Larreynaga dio aquel primer taller de autoestima. Tres años después –y concluidos sus estudios de cine en España–, Viñayo regresó a El Salvador y encontró a las mujeres que en un principio conoció tímidas, ahora plantadas en un escenario. Entonces nació en ella el deseo de contar la historia de aquellas vendedoras transformadas en actrices, hasta que se dio cuenta de que la transformación era otra: era la de cinco artistas que, a través del arte, tocaban, limpiaban y cerraban las heridas que la violencia familiar, social y de género dejó en ellas. No solo eso. Aquellas mujeres también rompían, poco a poco, los ciclos de violencia que ellas mismas imitaban en sus hogares. Había una transformación.

«Cachada» documenta el proceso que las actrices –de la mano de Larreynaga– siguieron para poner en escena «Si no hubieras nacido», obra basada en sus experiencias como mujeres y madres. La directora se armó de una pequeña cámara análoga y pasó a ser testigo invisible de ese caminar. Bajo su lente, Ruth, Wendy, Magda, Chileno y Magaly apartan las etiquetas de clase y género que el espectador intente ponerles como primera defensa. En su lugar, permiten entrar con candidez al espacio más vulnerable para un artista. Cada ensayo resulta ser casi una sesión de terapia; cada escena las obliga a confrontar sus propios demonios: el abuso sexual, la violencia de género, el maltrato físico y psicológico. Con miedo – pero también con decisión–, cada una ofrece su proceso al arte. En cuerpo y emociones se entregan a la meta lejana de armar una obra. Las demás servirán como apoyo para sanar aquel via crucis común que la misma Larreynaga cuestiona:

¿Será que es tarea de todas las mujeres sufrir violencia?

Ahí es donde sucede la magia. En segmentos cándidos, apiladas la una sobre la otra, juegan luego de una sesión dura. En otro acto se estiran. Se arullan. Se cuestionan. Lloran juntas. Bromean. La belleza de cada una rompe, trasciende y vuelve ridículo cualquier criterio estético tradicional. Y todo ello desborda de la pantalla. Son curvas prodigiosas, ojos risueños, cuerpos contorsionados, lágrimas, gritos, risas, gestos, sílabas. Una comunidad de artistas fuertes, no porque deben serlo, sino porque decidieron serlo de la manera más vulnerable posible. Son artistas indiscutibles, madres incondicionales y mujeres llenas de ternura y audacia.

Con «Cachada», a través de respeto, calidez y honestidad, el espectador entra a los barrios, a las vidas y dolores de cada actriz. La directora deja que sean ellas quienes dejen al espectador entrar. Son ellas quienes están en control de su narrativa. La directora es una guía gentil hacia aquellos rincones que reúnen la esencia más brillante de cada una.

Este no es el típico documental donde la víctima cuenta su calvario para la cámara hambrienta de un director sin escrúpulos. Aquí las protagonistas ven su dignidad reconocida. Es un testimonio victorioso sobre cómo el arte transforma al artista; sobre lo profundo que este cambio penetra en aquellas personas que menos posibilidades tienen de acceder a él.

Una de las escenas de la película documental «Cachada», de Marlén Viñayo.
Foto cortesía/René Figueroa.

Es un documental que retrata cómo una obra transforma esquemas de violencia y que muestra cuánto la sociedad salvadoreña necesita de personas valientes para cambiar realidades injustas. La brújula de «Cachada» se empapa de todo, desde los vistazos a las casas de cada personaje hasta el uso discreto de la música en momentos clave.

«Cachada» es una película imposible de ver sin llorar. Se llora porque cinco actrices comparten los momentos que despedazaron sus vidas y los ofrecen en una obra de teatro. Se llora porque, a pesar de todo,  ríen y porque asumen el riesgo de hacer arte en una sociedad que las ha condenado –y les enseña a condenar– por ser mujeres, madres y pobres; porque entienden que la mayoría de los hombres del mundo no sufren lo que ellas sufren. Se llora también de esperanza, porque esa condena se sobrevive en los brazos de los hijos, las hermanas y las compañeras. 

Quien llora viendo «Cachada» reconoce sus heridas en las heridas que transmite la pantalla. Ve esperanza en su esperanza. Ve a su familia en las de ellas. Ve a Ruth, Wendy, Magda, Chileno y Magaly como lo que son: iguales. 

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