La patria de los siempre sospechosos

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El viejo no entendía nada. Le dijeron que era un terrorista, que había participado en un complot para volar medio San Salvador. Él ni conocía a los otros integrantes del supuesto grupo terrorista. Lo habían engañado para que saliera de su casa diciéndole que estaba involucrado en un accidente de tránsito. Le pusieron esposas, le tomaron fotos, lo metieron en una celda y lo borraron de la vida.

Hoy sigue preso. Su “delito” fue existir en el momento equivocado, en el país equivocado.

La investigación publicada con el apoyo de la Asociación Periodística Intermedios muestra el mecanismo perfecto del miedo: el Estado salvadoreño fabricó un caso de terrorismo sin terroristas, con explosivos que nadie vio y testigos que no existen más allá del papel. Un montaje tan burdo que debería dar risa, si no fuera porque arruinó la vida de decenas de personas.

La escena fue la toma de posesión ilegal de un presidente que repudia las leyes. La acusación: que un grupo de sexagenarios iba a atentar con bombas. La evidencia: lo que supuestamente dijo un informante anónimo, que supuestamente escuchó el plan en un billar de El Salvador y luego en un bar en Sinaloa, México. Así de absurdo, pero así de efectivo para un régimen. 

Porque en un régimen autoritario, cualquiera puede ser culpable. Esa es la ganancia de los dictadores: cuando la justicia deja de servir para probar delitos y se convierte en un instrumento para disciplinar a la sociedad.

No importa la evidencia, importa el espectáculo. No importan los inocentes, importa el mensaje: “Si te salís del guion, te puede pasar lo mismo”. Para la toma de posesión necesitaban montar una escena dramática, un peligro inventado. Y si el régimen no puede hacer cine de ficción con Daniel Baldwin, pues lo hará con las personas que deseche. 

Así funciona el poder cuando ya no tiene contrapesos. Los fiscales se vuelven actores secundarios, los jueces repiten los guiones sin cambiar una coma y los panfletos oficiales, disfrazados de prensa, transmiten la función en horario estelar. Es una coreografía de obediencia donde la verdad es el elemento prescindible.

El caso de los supuestos terroristas, la mayoría excombatientes del FMLN, demuestra hasta qué punto el régimen puede fabricar enemigos a pedido. Antes, los dictadores necesitaban ejércitos y guerras; ahora basta con un testigo anónimo y un comunicado en Twitter.

El resultado es el mismo: miedo.

No es la primera vez que El Salvador fabrica enemigos. Lo hicieron los militares y ahora lo hace un presidente ilegal que prometió acabar con los abusos y terminó perfeccionándolos. Antes la excusa era la subversión; hoy es el “terrorismo”. Mañana será cualquier palabra que sirva para justificar lo injustificable.

El reportaje no solo desnuda un caso; expone el corazón podrido de un sistema que castiga la duda y premia la lealtad. En El Salvador, bajo el régimen de excepción, no se busca la verdad: se fabrica. Y esa es la señal más clara de un país donde cualquiera puede ser el próximo “culpable”. Donde la inocencia ya no se presume, se suplica.

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