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“Muchos artistas en El Salvador deben tomarse una dosis de antivanidad”

De manera oficial, el Cuarteto Sharberg es un ensamble de cuerdas que busca difundir la música académica universal y salvadoreña a nivel nacional e internacional. Sin embargo, en la práctica son más que eso. Representan el caso extraño de irrupción de la música formal en los espacios populares y distantes de las posturas condescendientes que esto podría suponer. Lo que el cuarteto genera es un franco intercambio entre públicos.

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


En El Salvador, de acuerdo al debate de moda, las opiniones de los públicos pueden ser chovinistas o en extremo alienadas. El valor por lo salvadoreño sale a flote cuando un extranjero habla mal de «lo nuestro» o cuando un local «lo adultera». El resto del tiempo, «lo nuestro» descansa paz.

Gilberto Reyes (violín I), Guillermo Esquivel (violín II), Fernando Cerón (viola) y Edwin Torres (cello) integran el Cuarteto Sharberg, un ensamble que a finales de 2018 rindió homenaje a «lo nuestro» en serio. Rescató composiciones académicas de salvadoreños. Luego las grabó y las entregó bajo el título de “Ecos del Jaguar”, un disco que no apela al nacionalismo facilón, sino que es una documentación respetuosa de compositores salvadoreños que los miembros de este cuarteto admiran. 

Debutaron en 2015. Al año siguiente planearon su primera temporada y llegaron a Alemania. Para 2017 hicieron otra temporada que los llevó de nuevo a Alemania, pero también a República Checa y Austria. En 2018 viajaron a diferentes ciudades de México y decidieron que grabarían un repertorio salvadoreño. 

De las giras internacionales pasaron a plantearse la necesidad de acercarse más al público radicado en los departamentos del interior de la república. Buscaron descentralizar la música. «A veces nos preguntamos qué diablos estamos haciendo con nuestra vidas», confiesa Cerón. Pero él mismo responde de inmediato: «Tenemos este vicio, de alguna manera nos dopamos con la música que interpretamos». 

En “Ecos del Jaguar” registraron composiciones de Esteban Servellón, José Napoleón Rodríguez, Víctor Manuel López y David Granadino. Además incorporaron un popurrí de composiciones populares, arreglado por Josué Viera. 

«En este formato de nada sirven las notas si no hay química entre los integrantes», explica Torres. Y lo cierto es que la demuestran hasta fuera del escenario. Durante la entrevista que brindaron a Revista Factum parecieron estar conscientes de qué voz tendría cada uno en cada pregunta. También se permitieron ciertos momentos de solistas. Y en otros respaldaron al unísono las afirmaciones.  

Durante la charla no hubo formalidades ni postureos artísticos. El nombre del ensamble, en sí, indica eso. «Quisimos acuñarle un verdadero nombre salvadoreño y de entrada una tarde experimentamos con diferentes nombres. Nunca nos gustaban. «Cuarteto Maquilishuat» sonaba un poco raro. Sonaba como panadería. «Cuarteto Salarrué» sonaba muy pretencioso, «Servellón» también como que no mucho. Existe esta palabra que ha sido acuñada por músicos de la escena popular como algo que representa lo más salvadoreño del mundo, que es esforzarse por conseguir algo en la vida (‘charverga’). Quedó así como «Cuarteto Sharberg». Y siempre teníamos una versión para actos un poco más públicos en los que explicábamos que es una amalgama de palabras. Una en inglés, que es sharp, de sostenido; y berg, que es ‘montaña’ en alemán. Entonces como «sosteniendo la montaña», que viene siendo lo mismo a hacer un gran esfuerzo. Ahí sirve para las dos cosas», detalla Esquivel. 

En esta entrevista, el cuarteto habla acerca de consumos culturales, de públicos, de la escena de académica, del disco y de su gira, entre otros temas:


Sesión fotográfica del Cuarteto Sharberg, realizada el 25 de febrero de 2019, en Parque Transparencia, en Ciudad Merliot, El Salvador.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez.

¿Por qué les interesa hacer música académica en 2019, en El Salvador?

Gilberto Reyes (GR): Quizá porque es un género poco cultivado en El Salvador; y en especial, en nuestro formato, que es un formato de cuarteto de cuerdas. Si bien es cierto que en El Salvador hay música sinfónica –pues hay de bandas y hay coros–, siempre se escucha la música académica, pero no en nuestro formato. Básicamente, nuestro formato es muy antiguo. En El Salvador desapareció este formato. Desde hace unos cinco años, quizá, el formato que ha agarrado un poquito más de fuerza es el de cámara. Nuestro interés fue formar un formato de cámara, pero hacerlo de música académica, o de música clásica, como mejor le conocemos.

El cuarteto de cuerdas es un formato bien rico, bien íntimo. Mucho más difícil que tocar en una orquesta con muchísimo más músicos. Porque cuando vos tocás en orquesta sinfónica lo que se escucha es una masa sonora. En el caso de nosotros –que somos músicos de cuerdas– siempre habría 25 violines, por lo menos, en una orquesta, diez violas, diez cellos o lo que sea; entonces, en este formato (cuarteto) todos tenemos «voces». Todos, individualmente, nos escuchamos.

Entonces, manejar tu voz o hacerla lo mejor posible, es bien complicado. Aparte de eso hay que agregar que es necesario entendernos y eso es  más complicado todavía. Es un formato bien, bien, rico, y que te deja muchísima enseñanza. Y más aún si lo hacés de continuo. O sea, sin interrupciones. Eso es lo que sucedió en El Salvador, que hubo ensambles que se reunían un momento y luego desaparecían. Y nosotros lo que queremos y pretendemos es mantenernos hasta que muramos. Ja, ja.

Guillermo Esquivel (GE): En esencia lo estamos haciendo porque, –como bien decía Gil– por alguna razón, somos el único cuarteto, cosa que quizá a otros los haría sentir bien, pero en realidad nos sentimos un poquito solos. Ja, ja, ja. Y no es tan chivo saber que no hay ninguna otra referencia con la cual experimentar esa… no competencia, sino escena y sentir que tenemos un tipo de intercambio musical con otros ensambles. Entonces, ser los únicos ahorita nos da las ganas para seguir en esto y crear una cultura de música de cámara; y en un futuro no muy lejano, pueda construirse [la escena]. Más ahora que hay más músicos, más niños, más jóvenes aprendiendo instrumentos. Lo estamos haciendo porque nos sentimos llamados a construir algo. 

Parece que ustedes tienen una idea menos rígida en cuanto a qué espacios y con qué públicos compartir su música… ¿Es así?

Edwin Torres (ET): Siempre la música académica –sea de El Salvador, Italia, Alemania, Estados Unidos– tiene su nivel de complejidad. Siempre vendría a ser rígida. Lo que sí, es que es nuestra, independientemente de que sea más difícil, más fácil, tenga elementos más populares o equis razón. Es nuestra. Teníamos que hacerla. Y una de las cosas que tuvimos la oportunidad de hacer en giras en Europa y todo esto, siempre recuerdo que comentábamos: «Ey, ¿cuándo vamos a hacer una gira nacional?». Y no se había presentado la oportunidad. Más que todo la oportunidad de una gira como tal, en la cabeza. Porque así inicia todo. Hubo un intento de hacer una gira nacional en 2017, pero hubo algunos problemas.

Y ahora tenemos el disco, como una excusa perfecta para hacer una gira nacional y que la gente conociera qué es lo que hacían nuestros compositores y qué es lo que se está haciendo actualmente. Que existe eso también. Que no solo es Beethoven, Mozart, sino que aquí hubo y hay compositores que eran o son como Beethoven en Alemania. Los tenemos también. Esa es la idea de hacer una gira nacional y mostrarlo a todas las personas que podamos alcanzar.

GE: Para mí lo que marcó la diferencia y con lo que captamos la atención de gente totalmente ajena a este mundo de la música académica –aunque en realidad yo siento, en mi pequeñez, que la música académica no tiene un público tan concreto en este país. Es decir, es muy volátil. Puede ser que sea circunstancial, porque pasaron por ahí, se enteraron, la amiga de no sé quién toca ahí… Es muy circunstancial el público– es que cuando vos estás lanzando un disco, inmediatamente te marcan en un contexto de escena, como si fuéramos una banda. Ja, ja, ja. A eso hay que sumar que, personalmente, varios de nosotros tenemos contacto con un montón de gente de la escena popular. Y hay muchos músicos de la sinfónica que son de la escena popular y que conocen a ellos tres (miembros del cuarteto) que tocan ahí. Entonces, como es un país tan pequeño, todos se conocen. La idea de que fuera un cuarteto que solamente se presenta y de la nada saca un disco. El disco pone en relevancia lo que se está haciendo, porque es lo que separa a los ensambles que tienen una misión meramente interpretativa, de solo andar haciendo toques, y la función documental y decir: «Esto es lo que hemos hecho. Muy valioso. Y requiere que todo mundo lo escuche». ¿Por qué la Sinfónica (de El Salvador) no tiene un disco? No sé. Quizá si tuviera un disco, más público escuchara o asistiera a ver a la Sinfónica. A saber, ¿veá? Pero yo quisiera creer que nosotros, al tener un disco, hemos llegado a un público gracias a ello. Y se está creando una noción de que existe música académica, no solamente nosotros, sino gracias al disco. A partir de ahí creás una exigencia y un público. Y eso es bien de la música popular, porque es la única escena que conocemos acá. 

Hablando del disco. ¿Por qué escogieron a esos compositores?

Fernando Cerón (FC): Creo que teníamos esa necesidad. Comenzando porque no había un grupo de este tipo tocando la música propia del país. Tuvimos después también la necesidad de dejar un registro. No esperamos que sea la única vez que se realice algo así, pero por lo menos tenemos esa visión de sentar un precedente, que más adelante otros se animen también. Igual, hay mucha música que ha compuesto y que no está registrada de tal manera. Igual puede ser para un pianista, un guitarrista. Hay muchos compositores que han hecho mucha música, muy variada. Y quizá después de nosotros, de hacer esta locura de poner esa música en un disco, alguien más se anime también a hacerlo. Quizá nosotros hemos tenido la suerte de que ya tenemos varios años de estar trabajando, cuatro años, y creo que eso también da una pauta de cuál es la confianza que puede tener un grupo para realizar un registro de música de este tipo.  

Sobre los compositores, era porque los teníamos a la mano. Ya los habíamos tocado, conocíamos la música, y es de la poca música que hay ya ordenada y que sabemos cómo va a sonar.  Al momento de elegir, vimos que salía el tiempo para un disco más o menos decente. Y también es parte de decir que tenemos ese compromiso con compositores. Porque yo creo que dos son de los más conocidos (Esteban Servellón y José Napoleón Rodríguez), que aún ahora siguen teniendo esa relevancia. Y otro, Víctor López, que tiene una propuesta bastante progresiva o bastante imaginativa. Muy diferente de los otros, aunque prácticamente son contemporáneos. Pero él tiene otro tipo de lenguaje con respecto a la música que propone. Eso también nos pareció el toque ideal. Como que lo hubiéramos mandado a hacer, prácticamente, ja, ja. Y ese (Víctor Lopez) ha sido el más fortuito de tenerlo en la mano y decir: «Ey, hagámoslo». Y de ahí la otra parte del disco son infaltables, como el vals “Bajo el almendro”, que quizás es de las obras más conocidas por todo el público; y la parte final del disco, que es un popurrí de temas populares y del que la mayoría de la gente creo que también puede reconocer más de tres canciones de las que hay ahí. El disco, en sí, es como una ofrenda para los músicos que han estado acá, que han compuesto música para cuarteto y también para el público que conoce no la música «seria» del disco sino la música popular, y que tengan ese acercamiento también al formato que nosotros tenemos, que es clásico. Y quitar también el estigma que se tiene acerca de que la música de cuarteto es aburrida; que sepan que podemos llegar a ese tipo de música popular. 

Desde hace décadas desapareció la noción de alta cultura, cultura popular, etc. Aunque en algunos campos, esas divisiones continúan en el imaginario. En su álbum proponen piezas netamente académicas y adaptaciones de canciones populares. ¿Es un ejercicio por acercar esas dos tradiciones que para algunos son irreconciliables?

GE: En ese tema de cómo incluir esas dos obras justamente, como dice Cerón, teníamos ya la duración de un disco tal cual, con las obras que teníamos académicas. Y con la que dijimos «tiene que ir» fue con “Bajo el almendro”. ¿Por qué? ¡Porque tiene que ir! Es el vals lo que todo mundo conoce. Y luego Edwin dijo: «Puya, pero va a quedar el disco como de 40 minutos», o algo así; y yo le decía que estaba bien. Pero sentíamos que faltaba una parte más visceral de lo que representa ser salvadoreño con la que podíamos llegar a un público aún más grande. Y es chistoso, porque el maestro Germán Cáceres, cuando hicimos el disco y se lo presentamos y todo, le gustó. Puya, dice que el Víctor López lo escucha bien seguido, le encantó nuestra versión y todo, porque él nos dio las partituras, para empezar. Y al final nos dice: «¿Y para qué grabaron ese popurrí?». Porque lo ve como que no forma parte de una propuesta de lo otro, que es tan místico, llamémoslo así, tan académico. Y le respondíamos: «Bueno, maestro… Es para llegar a otro público». ¡No nos podíamos dar el lujo de tocar solamente lo que la gente no conoce! Cuando tocamos en San Esteban Catarina (San Vicente), terminamos una parte y fue como: «¿Verdad que el López fue algo denso para la mara?». Se notaba que les costaba la atención que requería. «¡Qué la zoquen! Ni modo. Si así es el disco», dijimos. Pero claro, al final del programa, cuando tocó el popurrí, toda la gente gritando, aplaudiendo y todo. Ja, ja, ja. Pero tenían que pasar por las otras piezas para darse cuenta de que eso también es salvadoreño.  

ET: El “Popurrí festivo”, que es el último track del disco, a pesar de que engloba temas costumbristas de El Salvador, su arreglo es bien académico. Aunque se oye bastante alegre y tranquilo, tiene una dificultad bastante alta, técnicamente. Cualquier otro cuarteto que lo agarrara se daría cuenta de las dificultades que tiene: rítmicas, de entonación, de ensamble, modulaciones, etc. La verdad es un arreglo bastante bien logrado a nuestro gusto. Porque Josué Viera –que fue el arreglista– se reunió con nosotros en tres ocasiones para consultarnos y discutíamos qué poner y cómo. «Que el pájaro picón-picón, que yo silbo». Y todas esas ideas las metió en algo bien académico. A pesar de que suena bien popular y que es accesible para cualquier tipo de público, también tiene un nivel de exigencia que a nosotros nos gusta. No son solo cosas sencillas, tiene su carnita, su complejidad. 

Gilberto Reyes (violín I), Guillermo Esquivel (violín II), Fernando Cerón (viola) y Edwin Torres (cello) integran el Cuarteto Sharberg.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

En una entrevista, el jazzista estadounidense Kamasi Washington dijo que la música no necesita ser sencilla para ser popular y que el músico también debe tratar de entender a su público. A veces desde la música académica la queja es que “la gente tiene mal gusto”. ¿Creen que también puede existir una deuda de los músicos académicos al no tratar de entender a sus posibles públicos?

GE: Yo creo que la diferencia entre la música popular y la música académica no radica tanto en su repertorio sino en la manera que llega al público; físicamente en su difusión o en cómo funciona la industria musical. La música académica se escucha más en salas de conciertos que la música popular. Es más probable que en la radio alguien escuche música popular a que escuche música académica. Y en el caso particular de El Salvador, no se ha trabajado cuál es la función de una orquesta sinfónica, que es supuestamente aquí la entidad máxima, la referencia. Todo mundo sabe que hay una pero casi nadie ha ido a verla. Ja, ja, ja. Y si más de una vez la han visto, no son un público asiduo, porque no lo han cultivado. No sé, pero yo creo que para una sinfónica, al igual que para un cuarteto, al igual que para una escena de música académica, lo importante es tener alguien a quién tocarle música, conectar con un público. Sino solo toquemos en nuestras casas y ya estuvo y nos sentimos satisfechos.

Yo creo que aquí en nuestro país no se ha entendido. No se ha querido llegar al público de la manera que el público quiere. No hay una propuesta de música de concierto. Por ejemplo, seguimos escuchando un tipo de sinfonía, un tipo de compositores, un tipo de formato musical que si no es totalmente salvadoreño, se toca solo porque es salvadoreño, no porque haya una idea de hacer lo que creemos que el público quiere escuchar o una idea de si el público debe escuchar algo de cierta manera.

Sobre esto, en otros lados, hay mucho debate, que hay orquestas muy conservadoras que tocan compositores solo del siglo XX y a los del XXI no los están tocando. Nosotros, como vivimos atrasados, estamos luchando porque en el país se escuche del XX para arriba. O que se escuchen compositores que alternen con géneros populares; que hay dentro de la música académica. Para no ir tan lejos, hay compositores del siglo XX de música formal que ya experimentaban con el jazz y todo. En su momento, a la gente no le gustó, pero hubo un gran público que se nutrió de eso y se crearon industrias musicales a raíz de eso. Entonces, en nuestro país, aparte de una industria y una escena, faltan unos ensambles y una escena académica consciente de cuál es su público y qué es lo que el público quiere escuchar; no solo por darle gusto, sino porque uno entienda cuáles son sus necesidades. 

GR: Es importante pensar también que en el país la música académica funciona un poquito diferente, en el sentido de que el público no va a llegar a la música. Es el músico el que debe ver de qué manera puede llegar al público, ya sea en imagen o lo que sea. El asunto aquí es invitar a la mayor cantidad de gente y aunque sea uno va a llegar. Falta que el músico se comprometa más con el público. 

ET: Hay que pensar primero en el público antes que en uno, como músico. Uno quisiera tocar una infinidad de cosas, pero a veces un concierto de una hora te puede quedar tan denso que la gente al final va a quedar aborreciendo la música académica. Creo que hay que poder balancear eso. Podés meterle un poco de algo denso, como decíamos nosotros sobre el disco: está el López, que es denso. Dura, aproximadamente, entre 15 y 18 minutos. Es el más largo. Pero también está el popurrí, que es donde ya uno respira, ¿verdad? Ja, ja, ja. Porque si solo fueran dos cuartetos como el López en el disco y ya estuvo, sería como «mmmmm…». Pero creo que sí se debe meditar eso. Aunque también es una línea bien delgada de caer en cuestiones demasiado frívolas, de mala calidad. Vos le podés tocar rancheras al público, lo que sea, pero si eso tiene calidad, si el ensamble tiene calidad, los arreglos tienen calidad y han tenido ensayo y suena bien, eso está bien. Porque la gente, al final, aunque sea una ranchera, un bolero o sea Shostakóvich van a decir: «Ey, cómo se llama ese instrumento». Y van a saber si ese es un cello, un fagot, etc. Eso es lo importante. Pero que tenga calidad. 

Siguiendo en esta línea, al anunciar la gira hablaron de descentralizar la música. ¿Cómo definieron los lugares elegidos y por qué iniciaron en San Esteban Catarina?

ET: Los lugares elegidos para la gira fueron por dos razones. Una fue que pensamos: «Bueno, tenemos que abarcar el territorio del país». Oriente, occidente, paracentral; o sea, teníamos que tener un punto aunque sea de esas partes del país. Entonces lo primero que hicimos fue apuntar adonde teníamos conocidos o algún tipo de contactos. Ahí fue donde nosotros apuntamos. Escribimos correos, llamadas, etc. Y en específico, el lugar que nosotros elegimos para la inauguración fue el lugar de nacimiento de Esteban Servellón, que es el primer compositor que está en nuestro disco y es de San Vicente, que es la cuna de una infinidad de compositores y músicos de nuestro país. Incluyendo uno más, que es José Napoleón Rodríguez que también es de nuestro disco. 

GE: Entonces, luego de sacar la lista, empezamos a hacer números y llegaban a siete fechas. Las ordenamos según nos convenía, tratando de que hubiera una distribución más o menos homogénea en una vez al mes. Para ese momento llegamos hasta junio, porque a partir de julio Gilberto sale en un campamento con una orquesta en el extranjero. Y dijimos: «antes de eso tenemos que promocionar el disco». Yo creo que seis meses haciéndolo vale la pena. Entonces, San Esteban Catarina y también lugares como Ciudad Barrios, que es de lo más perdido, al menos para algunos. Lejano. Son tres horas y media. Y es también un lugar muy emblemático que nos parece como un pecado que no haya un ensamble que vaya allá. Primero, para qué; segundo, porque es complicado, no va a ir una orquesta entera allá y a dónde se presenta, para empezar, y cómo llega, etc. Ser un cuarteto nos da mucha más facilidad de movilidad y de practicidad para los organizadores de decir: «Solo tengo que alimentar a cuatro y no tengo que poner un bus Pullmantur y todo eso». Ja, ja. Para eso yo creo que nos ha beneficiado mucho ser un cuarteto, porque es mucho más práctico para ir hacer una gira, que una banda… Y aparte no nos conectamos a electricidad en ningún lado. Tocamos unplugged básicamente. Ja, ja. No hay necesidad de montar un audio, de llegar a hacer pruebas, montaje, etc. Es muy práctico eso. Es una experiencia muy directa con el público también y ese creo que es nuestro objetivo. 

GR: También decidimos hacer esta gira nacional porque es bien chistoso que la música académica clásica está solo en San Salvador y a veces en Santa Ana. Hemos decidido llevarla a lugares que quizá nunca otra persona pueda llevarlo.

La verdad es que nosotros no nos estamos lucrando de esto. Es bien chistoso que en dos fechas de la gira nacional vendimos un disco. Ja, ja, ja. Y era estadounidense. Ja, ja. La idea es llegar a más público. Que el músico vaya hacia el público.

A finales de 2018, los integrantes del Cuarteto Sharberg rindieron homenaje a la música nacional cuando rescataron composiciones académicas de salvadoreños y las grabaron en un disco llamado “Ecos del Jaguar”.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

Quiero detenerme en esto de nuevo acerca de que para ustedes el músico debe ir al público. ¿Creen que la gente está bloqueada por lo que se escucha masivamente o hay una oportunidad también para la música formal? ¿Hay responsabilidad de su parte para romper esa barrera?

GE: A la industria musical no la podés tapar con un dedo. Es como el sol. Ja, ja. Pero también la responsabilidad del músico está en ser consciente de que existe un monstruo enorme –y no lo digo porque sea algo desagradable o feo o malo– que es un fenómeno mundial. Aquí no estamos luchando contra el cuarteto tal de tal país, estamos luchando contra toda una influencia social, económica y cultural. Hay que estar conscientes de que el público, normalmente, no piensa qué escuchar. Inclusive pensar que la gente tiene la opción de qué escuchar es un atrevimiento, a veces, creo yo. En El Salvador tenemos un público –por sus dinámicas y todo– muy circunstancial, de círculos muy cerrados, dado que es un país en el que te la pensás dos veces si querés ir a un lugar, ya sea por la distancia, por la hora, por la seguridad. Por ejemplo, yo no lo puedo pedir a alguien que vaya a escuchar nuestros conciertos si esta persona no tiene carro. ¿Por qué? Porque son en un lugar donde el concierto va a terminar a las nueve de la noche y, probablemente, ya no pasen buses, etc.

Entonces, a mí me gustaría que exista la infraestructura de un país que permita eso, pero eso es ser muy utópico, al parecer. Entonces hay que estar muy ubicados en dónde estamos, con quién estamos y quiénes somos y abordar eso de la mejor manera. Porque si no hacemos nada al respecto, es decir, si no la vemos como una situación por superar no va a desaparecer por arte de magia.

No es de la nada. No es que la gente un día nos va a reconocer que somos buenos y van a llegar escucharnos. No. Tenemos que demostrarlo yendo al lugar y tocando para la gente.

ET: Muchos de los artistas en El Salvador –sean músicos, pintores, teatreros, lo que sea– también deben tomarse una dosis de antivanidad, porque a veces no podemos esperar que el público reaccione de la mejor manera. Muchas veces veo en conciertos de música académica que, por ejemplo, una obra de cuatro movimientos se supone que se debe aplaudir hasta el final y la gente aplaude en medio de cada movimiento o cuando sienten que hay algo cadencial. Y veo a muchos músicos que se molestan de una manera bien irracional acerca de ese tipo de conductas, cuando qué pueden esperar, si todo el tiempo la gente está oyendo reggaetón, si nunca se les explica eso. ¿Por qué no mejor se toman el tiempo de explicarle a la persona que esto funciona de otra forma? Y claro, la primera vez, seguro van a aplaudir. Y la segunda y la tercera. Pero así despacio se puede ir educando. Y no solo esperar que uno vaya a un pueblo y que la gente no aplauda en medio. Hay que bajar del pedestal y llevar esto a la gente. «Ey, sabemos que oyen reggaetón todo el día y es lo único que han oído, pero ahora van a conocer esto». Y pueda que de repente a muchos no les importe, pero alguien se va a interesar, va a investigar, etc. 

GE: El público nunca llega obligado a ningún lado. Es muy raro que eso ocurra. El público está expuesto a eso y está en una situación en la que vos tenés que apelar no solo a su gusto sino a la empatía como ejecutante y como público. Yo lo creo como una falsa pureza cultural. Es como hace poco el caso de Olga Miranda. Todos nos indignamos porque la señora hace pupusas con queso de a cora, pero en realidad todos lo estamos denunciando y señalando porque no es la auténtica salvadoreña. Ja, ja. Así mucha gente nos puede decir que la música académica no es auténticamente salvadoreña y que mejor deberíamos estar tocando cosas más nuestras. Y ahí es cuestión de gustos, realmente. Pero también es cuestión de ubicarnos en que la música es infinita. Y la música es música. Si conecta con vos, está bien. Puede ser la señora del pueblo que nos escuchó y que ni se acuerda de la obra ni del compositor ni de nada, pero se conmovió en ese momento y le gustó. Probablemente, otro día ella también va a sentir lo mismo con otro tipo de música y va a construir un criterio. Pero si el músico no llega y no lo expone a la gente, eso no va a pasar nunca.

La Gira Nacional del Cuarteto Sharberg inició el 23 de febrero en San Esteban Catarina (San Vicente). Actualmente aún quedan cuatro fechas por completarse.

 

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