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«Game of Thrones» y el tabú con propósito

Con el inminente estreno de su octava –y última– temporada, «Game of Thrones» se convertirá por un mes y medio en el tema de muchas conversaciones. Una de ellas tendrá que ver, como ha sido recurrente, con la cantidad y naturaleza de las  escenas sexuales presentadas, algo que ha sido señalado más como un defecto que como una cualidad, tanto por detractores como por fanáticos de la serie. Aunque la historia original es generosa en estas interacciones, la adaptación televisiva no escapa por completo al vicio de recurrir a la violencia sexual para intensificar la trama, ni al abordaje de la sexualidad femenina desde un lente masculino.

Fotos promocionales de HBO Latinoamérica


El sexo en la televisión dista mucho del fruto prohibido del que gozaban a escondidas las generaciones pasadas. Conforme la sociedad se ha movido hacia un entendimiento más abierto y natural sobre estos temas, la mayoría de espectadores está acostumbrado a ver escenarios cada vez más explícitos sin parpadear. Después de todo, en tiempos de #freethenipple, el entretenimiento es un espejo más de estos cambios generacionales. Hablar de sexo anal, por ejemplo, es visto ahora más como una señal de honestidad que de chiste.

Entonces, ¿qué puede sorprender a una audiencia que no le teme a la intimidad? ¿Qué faceta aún no explorada del sexo puede ser lo suficientemente tabú como para apagar la pantalla; o peor aún, no encenderla nunca? Por supuesto, no aquellas que apelen a la indiscreción o al erotismo titilante.

En la actualidad, el sexo en el entretenimiento es una invitación a la transgresión ética, a los comportamientos sexuales distintos a la norma, que pasaron de ser motivo de vergüenza a nichos fascinantes. La novedad no es que la industria los retome –cualquier persona que haya visto «Salo» puede dar fe de ello–, sino que ahora son componentes habituales: parte del mainstream.

Este ambiente permite que auténticos desperdicios audiovisuales como «Fifty shades of Gray» triunfen sin necesidad de ser provocadores o interesantes. Una ama de casa puede y quiere consumir una versión light de la dominación o del sadomasoquismo. Pero una de las fortunas de existir en este preciso momento es que obras más complejas, que antes fueron marginadas o limitadas a los confines de sus fanáticos, vean la luz y gocen del reconocimiento que merecen.

Este es el caso de «Game of Thrones». La serie de HBO es una adaptación de «Canción de hielo y fuego», saga de novelas fantásticas medievales creada por George R. R.  Martin hace 28 años, cuya premisa es la lucha por el poder y las acciones que son capaces de cometer aquellos que lo buscan. Los creadores de la serie, David Benioff y D. B. Weiss, han conseguido trasladar la complejidad de los libros a un formato de televisión sin sacrificar la agudeza y crudeza que les da carácter. 

La actriz Esmé Bianco adopta el papel de Ros, el primer personaje secundario de «Game of Thrones» basado en la vida de una prostituta. Foto HBO.

Mucha de esa crudeza proviene del gore. En gran parte, la violencia es un tópico común porque todos están en guerra contra todos y la manera peculiar que tiene Martin para asesinar a cualquier personaje es ya una broma del dominio público.

Crudo y omnipresente es también el sexo,  gran protagonista de la mayoría de conflictos a lo largo de la historia: solo en el primer episodio de la primera temporada hay una escena de sexo con prostitutas, una violación y un incesto. 

¿Morbo de la adaptación a televisión? No. Muchos pasajes decisivos de los libros son sexuales en naturaleza, ya sean para detonar conflictos, dificultar tramas o revelar la personalidad de un personaje en particular. Sin embargo, hay más sucesos de por medio –los libros son densos– y con este espacio para respirar, son acentos bienvenidos. La serie no puede darse el lujo de hacer esto y termina apretujando estas bombas tanto para la sorpresa como el hartazgo de los televidentes. Además, la casa de «Game of Thrones» es HBO, una cadena que no es conocida, precisamente, por el pudor o la mojigatería.

Vale la aclaración: no es condenable que «Game of Thrones» aborde temas sexuales, especialmente en el contexto de entender al sexo como un ejercicio de poder, una idea contemplada ya antes en el imaginario occidental. En los libros, el sexo sirve como separador y eso es indicador de cómo evoluciona la trama de un personaje o un color más a sus plumas, más que un instrumento gratuito. Es una evolución que no sucede en la serie por la opinión popular sino que progresa orgánicamente, conforme los esquemas de poder cambian en la historia original.

Lo que no se traduce con tanta fidelidad es el enfoque. Martin es enfático para defender la necesidad de reflejar una crueldad nada alejada del período histórico que tocan las novelas, pero tampoco más terrible que el ejercicio aún vigente de poder de la mujer hacia el hombre. Benioff y Weiss no han fallado al mantener estas escenas. El pecado mortal que han cometido es utilizar la libertad creativa para favorecer una mirada agresivamente masculina y sensacionalista.

La relación homosexual de los personajes de Loras Tyrell y Renly Baratheon es presentada para sostener el flirteo entre la destreza en las artes de la violencia con la ambición de ostentar el poder.

Que los creadores hayan abusado de este espíritu para incluir vehículos de énfasis de crueldad que no existían en la versión literaria es totalmente cuestionable, en especial porque las protagonistas de esta crueldad son, para sorpresa de nadie, mujeres. Abundan las apariciones fugaces de prostitutas que nunca asumieron protagonismo pero que funcionan como aparadores de senos. Atestiguamos violaciones a personajes que nunca las sufrieron. Y presenciamos una desnudez erótica que aporta poco o nada a la trama. De nuevo la violación ocurre como un recurso barato de morbo. En realidad, el sexo no es lo que sobra. Lo que resulta gratuito es la crueldad y la banalidad con la que se magnífica a estas agresiones sexuales innecesarias.

A lo largo de los libros, George R. R. Martin es inteligente al reservar estos hechos a momentos pivotales, con más sucesos de por medio y describiendo a aquellos personajes más despiadados sin necesidad de mostrarnos «a todo gato color» de lo que es capaz. Por supuesto, esta sexualización no se extiende a los protagonistas masculinos de la serie. Vemos escenas sexuales entre dos hombres que resultan notablemente parcas. O aparecen esporádicamente penes flácidos versus la abundancia permanente de senos, especialmente los de prostitutas.

Desde la primera temporada de «Game of Thrones» se subraya la preocupación que Daenerys Targaryen tiene para complacer sexualmente al esposo al que fue obligada a desposar: Khal Drogo. Foto de HBO.

Habla a favor de las audiencias que sean ellas las que sepan olfatear esta falla en honestidad, aún si los que ejercen la crítica son fanáticos de la serie. «Game of Thrones» no sería el éxito de hoy sin su aguda visión y comentario en las estructuras de poder. Pero si este comentario se gasta en recursos baratos para sensacionalizar temas que ya reciben no solo atención, sino tratamientos atrevidos, este señalamiento se abarata.

El sexo, nuevamente, no es el problema. Nunca lo fue. Un tabú es poderoso cuando en su abordaje posee sensibilidad, novedad y propósito. Nunca cuando revienta solo para atraer miradas.

«Game of Thrones» será memorable, entre otras cosas, por mantenernos en constante reflexión sobre representaciones sexuales audaces y significativas, mismas que deben seguir manifestándose para sacudirnos el piso, engancharlos y observar a la distancia las fibras sensibles de la naturaleza humana. También lo será por demostrar lo fácil que es cruzar la barrera solo porque sí y animarnos a ser críticos no solo de las producciones que odiamos, sino de aquellas que se aferran más fuerte a nuestros gustos. 

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