“Imperdonable”: pandillas y sociedad unidas por el odio 

¿Acaso amar a otro hombre es un pecado tan mortal como asesinarlo? “Imperdonable”, el nuevo documental de la directora Marlén Viñayo, ofrece a los espectadores una mirada al rincón más oscuro de la realidad nacional a través de la vida de Geovany, un pandillero homosexual y presidiario en El Salvador, país que desde una buena parte de su sociedad alimenta el ideario común de discriminación hacia todos los adjetivos que identifican al personaje. Dotado de la gentil característica de la cineasta española, el documental invita a reflexionar acerca de cómo la pandilla es, en muchos reflejos, el espejo de una sociedad opresiva. “Imperdonable” ya acumuló premios en festivales internacionales de cine y es la primera película salvadoreña calificada para competir en los premios Oscar.


Marlén Viñayo ronda los ocho años de vivir en El Salvador. En ese tiempo ha logrado un mérito que pocos extranjeros –especialmente en las artes– pueden sentirse orgullosos de haber alcanzado. Y es que Marlén se ha expuesto a la realidad más cruda del país y la ha ofrecido al mundo desde una mirada horizontal y empática.

Con “Cachada: The Opportunity” (2019), las audiencias se conmovieron ante un grupo de actrices que desde las tablas sanan las heridas de ser mujer en un entorno que las violenta sin piedad. Ahora llega “Imperdonable”, una coproducción del periódico digital El Faro y La Jaula Abierta Films. Al ver este documental, resulta evidente entender por qué se agenció nominaciones y reconocimientos en festivales internacionales como Hot Docs, Guanajuato Film Fest y POY Latam. En esta ocasión, Viñayo se adentra junto al periodista Carlos Martínez al fondo de las cárceles salvadoreñas y cuestiona a una sociedad que prefiere pensar en blanco y negro.

El documental de 35 minutos sigue la experiencia de Geovany, un pandillero del Barrio 18 (facción Revolucionarios) recluido en el penal de San Francisco Gotera, Morazán. Ahí, gran parte de los reos ha abandonado a la pandilla por la religión y es una iglesia evangélica la que lleva el pulso moral de la comunidad. Geovany es gay y junto a otros presidiarios que comparten la misma orientación ha decidido recluirse en una celda de aislamiento. Todos buscan evitar ser atacados por los demás. En su rutina, la única salida para asumir su identidad sexual es lograr un traslado al penal de Sensuntepeque, destinado para pandilleros homosexuales.

«Imperdonable» está disponible para renta a través de la plataforma Vimeo. El alquiler tiene un precio de $3.99 dólares y ofrece un tiempo máximo de 24 horas para su reproducción.

Una historia así genera una reacción visceral, casi como en defensa propia. Antes del estreno de “Imperdonable”, varios comentarios en redes sociales tenían un mismo unificado:

  • «No voy a sentir lástima por un pandillero gay».
  • «Prefiero sentirme mal por las personas que dañaron».

Algunas personas, incluso, agregaban que verían la película, pero no cambiarían su opinión. El punto es que la película no obliga a elegir. Las primeras palabras de Geovany frente a cámara son una descripción cruda del asesinato de otro pandillero rival. Sin embargo, “Imperdonable” demuestra que sí es posible condenar los crímenes de una persona y al mismo tiempo cuestionar al sistema que lo llevó hasta ahí.

Entre el ruido cotidiano de la cárcel, las palabras de este pandillero guían hasta el fondo de un corazón en apariencia negro, infectado, endurecido; uno que se pregunta cómo amar y asesinar son pecados de igual magnitud. En Geovany se esconden heridas mortales de infancia, un anhelo de justicia o, al menos, de retribución. El suyo es un corazón hasta banal que sufre las angustias que ha conocido cualquier pareja que se esconde en callejones, cuartos de motel y entiende de códigos secretos, de amenazas entre líneas. Que alguien como Geovany consiga admitir que matar es casi un deporte y al mismo tiempo lleve en sí la luz de la humanidad vuelve obligatorio preguntarse qué habría sido de él lejos del dolor, la escasez y las malas decisiones. Y muestra cómo ninguna una sociedad que se decidió por la venganza sobre la rehabilitación consigue apagar esa chispa. ¿Cuántos rincones iluminaría y repararía esa chispa con un sistema judicial enfocado en recuperar ese paraíso destruido?   

¿Acaso amar a otro hombre
es un pecado tan mortal como asesinarlo?

La fotografía –a cargo de Neil Brandvold– es íntima, cercana, cálida. A través de ella, en las curvas suaves del rostro de Geovanny, se descubre a aquel niño perdido que aún vive en sí mismo. En la podredumbre de una cárcel salvadoreña aparecen los instantes en los que hombres con las manos manchadas de sangre se asean entre sí con un cuidado que raya en la ternura. Son instantes como un oasis. Hasta el más asesino de los asesinos es capaz de murmurar palabras dulces, pedir un beso, hacer cariños. Al mismo tiempo, esa cercanía impide alejar los ojos de aquellos momentos donde en otras circunstancias lo haríamos por respeto, temor o incredulidad. El espectador se sorprende a sí mismo sintiéndose intruso y deseando que la celda le dé a los protagonistas un espacio a solas para llorar, discutir, guardar duelo.

Además, la banda sonora del productor Omnionn, resulta sensible y prudente. Pone los acentos sentimentales sólo donde es necesario.

¿Qué tienen en común un marero y un ciudadano salvadoreño promedio? Ambos están acostumbrados a odiar lo que les resulta ajeno. ¿Eso vuelve al pandillero más normal? ¿Vuelve a ese tipo de ciudadano más animal? La pandilla es una familia igual de disfuncional y rancia que el modelo tradicional. Ni los criminales que no se doblegan a la ley escapan a la doble moral de la sociedad a la que hieren de muerte. En cada cuchillada que asesta el pandillero se apuñala a sí mismo. Los símbolos que le identifican son la firma con la que se entrega a una hermandad que bajo la promesa de poder, agencia y libertad le encarcela con y sin barrotes. Por su alma, el pandillero paga un precio alto, al que se acostumbra con el tiempo. Para los más despiadados y crueles, no se nos ocurre otros calificativos mas que «bestia», «animal», «basura»: los mismos adjetivos con los que ellos se reconocen.

Y para el que no se les une, el castigo es la muerte. 

En el párrafo anterior podemos cambiar cualquier alusión a pandillas y reemplazarlas con buena parte de la sociedad salvadoreña, con la idea extendida de «ser salvadoreño», con la doble moral salvadoreña.

Los documentales de Marlén Viñayo son siempre espejos. No buscan generar lástima ni reducen a sus protagonistas a discursos morales simples que deban encajar entre lo bueno o malo. Al contrario, iluminan con empatía vidas ajenas a la del espectador e invitan a encontrar el hilo que une realidades en apariencia distantes. 

“Imperdonable” da un vistazo al vientre de la bestial sociedad salvadoreña que castiga con la misma crueldad a un asesino despiadado como a una persona atraída a otra del mismo sexo. No es el lugar para obtener respuestas fáciles o cómodas. Tal vez, la única certeza que permanece una vez terminan los créditos es que el fenómeno de las pandillas es imposible sanarlo sin transitar por el terreno de lo humano. Pero ese camino está plagado de más preguntas y dilemas; interrogantes que, probablemente, El Salvador no está listo para hacerse todavía.


  • “Imperdonable” estará disponible en línea para el público salvadoreño del viernes 5 al lunes 8 de febrero a través de la plataforma web Vimeo On Demand. El precio de renta es $3.99 y permite visualizar el documental por 24 horas. 

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