“Este país me ha golpeado tanto que ya no tengo nada que cuidar”

Lady Drag es uno de los personajes icónicos de las protestas contra el gobierno de Nayib Bukele. Ni la homofobia ni el conservadurismo del país han evitado que se convierta en una voz relevante para quienes acompañan las marchas.

Foto FACTUM/Cindy Altamirano, Gerson Nájera y Natalia Alberto


Durante las elecciones presidenciales de 2019, Marvin Pleitez cuidó urnas con la finalidad de garantizar el triunfo de Nayib Bukele, motivado con la esperanza de que el país podía mejorar. Esto resulta difícil de creer en 2021. Ahora Marvin es la persona tras Lady Drag, uno de los personajes más icónicos de las protestas contra el gobierno de Bukele.

Para conocer la prehistoria de Lady Drag hay que remontarse a 2007. Su primera versión tenía por nombre Lady Evance Versace Garuch. Y su debut ocurrió durante un concurso de belleza de Scape, famosa discoteca LGTB del país. Tras semanas de competencias, Lady Evance se coronó como reina y con ello inició un año de presentaciones. La polémica nunca estuvo ausente. Según Marvin, en aquel momento, el transformismo estaba enfocado en lo estereotípico de los roles femeninos y él rompió con esa tradición. Es decir, Marvin cuestionó los roles dentro de la comunidad que ya cuestionaba los roles tradicionales.

Cuenta Pleitez que su vida ha sido una historia a contracorriente. Creció en una colonia controlada por pandillas. Debido a esto, su familia emigró del país y él tuvo que pasar escondido durante ocho meses. Asegura que el arte lo libró de ser pandillero y de la muerte misma. También fue atleta de fisicoculturismo, entre 2016 y 2019. Su interés por el teatro lo llevó a cursar estudios en Cuba. Al regresar, trabajó con la Ópera de El Salvador y poco tiempo después inició su carrera como docente universitario, profesión que aún desarrolla en paralelo a su vida artística.

Antes de marcharse a Cuba, Marvin suicidó a Lady Evance Versace Garuch. Al regreso, tras la insistencia de uno de sus mejores amigos, retomó al personaje para dar shows en discotecas. Empezó a unir dos de sus intereses: el arte y lo social. Por eso, en sus espectáculos siempre hay guiños a problemas sociales, porque desea que su público no solo se entretenga, sino que también analice su realidad.

Marvin asegura que Lady Drag no busca representar colectivos. Ni generacionales ni de orientación o diversidad sexual. En la siguiente entrevista, Marvin no se guarda críticas. A veces no se guarda ni nombres.


¿Cómo nace Lady Drag?

Nace en 2007. No por alguna referencia ni por influencia de íconos del drag queen, sino por venganza. En ese momento estaba acompañado y mi pareja [de entonces] me fue infiel. Él detestaba a los travestis, a los tranformistas. No existía esa tolerancia, aunque él fuera homosexual. En esa época, yo era reconocido como Marvin Pleitez por montar las coreografías de quienes salían bailando. En ese momento, la mejor discoteca era Scape. Yo era muy amigo del que era su dueño. Un día me dijo: «Ey, niño, ¿por qué no participás en el evento de elección de reinas?».

¿Qué edad tenías en ese momento?

Entre 24 o 22, por ahí. Scape, cada año, hacía el certamen más fuerte de toda la comunidad LGTB. Elegían a la reina de la discoteca. Esta tenía que representar a la discoteca presentándose en diferentes lugares. Yo no aceptaba esas invitaciones al principio porque nunca he sido muy femenino ni amanerado. Siempre fui súper atlético. Sin embargo, siempre que veía el show de algún transformista pensaba cómo lo haría en su lugar.

¿Ya tenías conocimientos sobre teatro?

Sí, porque ya había entrado a la Universidad de El Salvador. Estudié primero en la Escuela Nacional de Danza “Morena Celarié”. Un día acompañé a un amigo a clases de teatro en la universidad. Era el taller del maestro Francisco Borja. Estaba sentado a un lado, pero el maestro dijo que nadie sería espectador, que todos debíamos entrar a “jugar”. [Digo] “jugar”, porque ese es uno de los términos que manejamos en el teatro para practicar. En esa primera clase me di cuenta de que el lenguaje corporal de los bailarines era súper indispensable en el teatro. En esa clase terminé llorando y dije: «¡De aquí soy!». Cuando pasa lo del concurso de belleza, ya estaba adquiriendo conocimientos escénico-teatrales y construí a la Lady por influencia de mis amigos y por una gana de querer vengarme de mi pareja.

Marvin Pleitez dedica varias horas en preparar la construcción temática del personaje de Lady Drag. Foto FACTUM/cortesía de Cindy Altamirano.

¿Cómo fue esa primera transformación?

Nunca me había visto como mujer. Jamás en la vida. Pero conocía a muchos maquillistas, vestuaristas y amigos a los que les había ayudado a hacer sus shows y sus cosas. Empecé a buscarlos para pedirles que me ayudaran y todos se negaron o me pusieron peros porque yo no era el prototipo femenino de transformista. Para ellos era muy masculino. Un día antes del concurso no tenía quién me maquillara o arreglara y yo no podía hacerlo. Alguien me dio la idea de buscar a Valeria Joya, una transexual y transformista muy famosa que murió de VIH. Ella tenía su apartamento en la (comunidad) Tutunichapa, donde venden drogas. Ahí me fui a meter. Ella ya era una señora. Ya era una eminencia. Se tardó como una hora y 45 minutos para construirme. En el proceso no me dejaba verme en el espejo. Decía que se perdía la magia. Dejó que me viera hasta que me puso la peluca. Me di la vuelta y me vi y fue como: ¡guau!

¿Qué te sentiste al verte como mujer?

No lo podía creer. O sea, yo dije: «¡mi mamá me va a matar!» Ja, ja. Y dije: «¡Guau! ¡Qué bonito!». Eso cuando me vi el rostro, pero luego vi mi cuerpo y era más sorprendente. ¿Por qué? Porque tenía el cuerpo definido, el abdomen súper definido. Mi cuerpo era completamente de niño y en ese momento el transformismo en el país era muy femenino. No había una referencia o un perfil masculino como ahora lo hay. Ella me puso accesorios y cosas de vestuario, y construyó una silueta femenina con caderas, glúteos, maquillaje a nivel de pectorales, busto y cosas así. Luego me fui a la discoteca. En ese concurso participamos nueve. Yo era la número cinco. Y ese día la discoteca estaba llena. Como que era el estadio cuando juega la Selecta.

¿Ya habías puesto nombre a tu personaje?

Sí, ya lo tenía.

¿Cuándo lo elegiste?

Cuando la estaba construyendo. Quería desestructurar la imagen femenina del transformista. Pensé en usar Lady por femenino, para que cualquiera que lo escuchara se imaginara una silueta bonita. O sea, algo femenino, pero que cuando me vieran tuvieran un shock porque de Lady nada. Pero antes del evento, hablando con una loca –término no despectivo, lo decimos así– me sugirió salir de lo común, usar más de dos nombres. Le hice caso, así que durante mi presentación dije: “Buenas noches, mi nombre es Lady Evance Versace Garuch”. Con eso el público terminó de enloquecer. Pese a que las otras concursantes tenían más experiencia o eran más bonitas que yo, gané. Y no creás que era como ahora que en una noche pasa todo. Antes, el concurso duraba tres meses. Vivías toda la experiencia de un concurso de belleza tradicional. Para mí, fue como un estudio y una construcción de personaje con todo lo que había aprendido en el teatro: hablar, sentarme, los ademanes, todo. Que no tuvieran nada que ver con Marvin Pleitez. Y aunque había prometido a mi pareja que no iba a recibir la corona si ganaba, porque no tenía esperanzas de hacerlo, cuando me anunciaron como reina, la acepté.

¿Lady era disruptiva hasta para la cultura drag del país en ese momento?

Sí, loco. Para el primer show como reina de la discoteca hice una historia de unos marcianos que bajaron a la Tierra, una historia fumada. Mi entrada a la discoteca siempre era como reina, vestido glamoroso, peinado y maquillaje. Pero luego me iba quitando todo, porque hasta me había rapado. La corona la usaba en el cuello, no en la cabeza. Y ya no me puse pechos para salir. Entré con los pectorales pelados. Nunca había pasado. Usé púas de accesorios y fue como lo grotesco para la comunidad de los transformistas. El dueño estaba encantadísimo, porque yo era un ser raro. Entonces no me importó la afinidad de los colegas; me importaba la afinidad del público.

La cultura drag interpela los roles de género tradicionales en sí, pero vos querías interpelar incluso a los transformistas. ¿Esa era tu intención?

No lo pensaba así en ese momento. Lo maduré hasta que decidí suicidar al personaje. Después de eso fue que tuve la oportunidad de irme para Cuba a seguir haciendo cosas de teatro. Entonces logré madurar un montón de cosas y cambiar toda mi perspectiva sobre las artes y la vida en general.

«El problema es que la mayoría de la población no está interesada en leer, en ver noticias, en documentarse e informarse», dijo Marvin Pleitez en esta entrevista. Foto FACTUM/Natalia Alberto.

¿Cómo suicidaste a Lady Evance Versace Garuch?

Para mi último show como reina de la discoteca hice un resumen de mis mejores canciones en el año y en el último tema metí tres verdugos para que me amarraran y me dieran latigazos. Después me subieron a un cubo y me pusieron una soga en el cuello. Mis indicaciones fueron que cuando quitaran el cubo, cerraran el escenario para que la última imagen que quedara al público fuese Lady Evance Versace Garuch ahorcada. Y luego debían de inmediato soltarme o me ahogaba. Y así fue. Fue una de las cosas más impactantes que hice a nivel de show, porque la gente no sabía si aplaudir o llorar. Además de cerrar ese ciclo, asesiné el personaje porque mi maestro de teatro, que era como mi papá y sigue siendo mi papá, me preguntó, antes de que me fuera del país, si quería ser recordado como travesti o como artista. Eso me golpeó. En ese momento él tenía razón; ahora ya no.

¿Por qué creés que en ese momento tenía razón y ahora ya no?

Porque no existía la apertura que ahora hay. Ahora hay un poquito más de tolerancia, un poco más de diversidad. Ahora nos visibilizan un poco más. No solo como drag queens; no solo como transformistas; sino como comunidad. Todavía hay que seguir luchando por más tolerancia, por nuestros derechos, por una dignificación. O sea, hay mucha más diversidad y mucha más tolerancia. En ese momento no… Y mi maestro pensaba que yo era un joven talentoso que podía llegar a hacer mucho más a nivel artístico.

¿Fue fácil tomar la decisión de irte a Cuba?

No, porque mi pareja no estuvo de acuerdo. Es decir, me cortó porque tuve una oportunidad de estar mejor. Yo vivía en una de las colonias más peligrosas del país. En un momento las pandillas me agarraron como mula y para que no le hicieran nada a mi familia me tocó hacer cosas que no tenía que haber hecho. Después de un tiempo, mi familia logró salir del país, pero no me lograron sacar. Mi mamá me mandó a esconderme a Santa Tecla. Pasé escondido ocho meses de mi vida, loco. Tenía fobia a salir, tenía miedo a salir a caminar o hacer algo. No podía ir ni al gimnasio por el miedo de que me pudieran andar buscando y me mataran. Pasé mucho tiempo escondido y de repente conocí a esta persona que me cambió la vida completamente. Me sacó de ese encierro, me dio valor e impulso para empezar a salir y volver a hacer las cosas que realmente me hacían feliz. Entonces, para mí, el haber terminado con él fue fuerte porque era más que una simple pareja. Además de él, el arte salvó mi vida. Siempre digo que las artes me salvaron la vida. Yo creo que si no hubiese conocido al arte en mi vida o me hubiera hecho marero o ya me hubieran matado, porque pasé situaciones con los pandilleros que no sé ni cómo contar. Así que mis dos años fuera del país fueron duros y sufridos, pero de mucho aprendizaje.

¿Cómo fue tu regreso al país?

Cuando regresé, me contrató la Ópera El Salvador para trabajar con ellos. Trabajé con ellos cinco años de mi vida y en paralelo tuve la oportunidad de tener otros trabajos. Decidí empezar a hacer desnudos masculinos en el país, porque lo había hecho en Cuba. Contraté fotógrafos y entré por la línea de los desnudos. También empecé a trabajar para una universidad. Todo lo que normalmente los artistas hacemos en este país para sobrevivir. Por ese tiempo, uno de mis clientes me preguntó por Lady y yo le respondí que Lady había muerto.

¿Y qué trajo a la vida de nuevo a Lady?

La Lady estaba muerta, no andaba de parranda. Uno de mis amigos más cercanos abrió su propia discoteca y me agarró de asesor artístico por dos años. Un día me dijo que hiciera un show como drag queen. Yo le puse mil excusas porque todavía me pesaba la frase de mi maestro sobre cómo quería que me recordaran. A la vez pensaba que ya era conocido como artista. Yo jamás había dejado el interés por la cultura drag. Me mantenía al día. Un día, este amigo me preguntó si era artista, porque él me estaba pidiendo un show como artista. Finalmente, dije que sí y pensé que era una buena oportunidad para trabajar más temáticas sociales y shows más conceptuales.

¿Es en ese momento que cruzás tu interés por lo social y lo artístico?

Como artista, el tema no era solamente moverme en la danza, teatro u ópera, sino trabajar para la comunidad, porque siempre lo hice. Desde bicho encontré esa conexión. Si el teatro o si las artes salvaron mi vida, ¿por qué no aportarle a un joven para que se sienta en las mismas condiciones en las que yo me sentí en su momento? Pero luego viene lo del drag queen. Ya no quería hacer lo que hacíamos en el escenario; quería contar historias, hablar de una temática, hacer algo que a la gente la ponga a pensar, que aparte de aplaudirme y gritarme «¡qué perra!» también los haga analizar. Empecé a definir más a mi personaje: sin pechos, sin peluca, sin esconder mi pene. Era algo diferente para los demás.

¿Qué intención había tras estos cambios?

Seguir desestructurando. Desde 2007, mi intención era que dejaran de ver al transformismo como algo femenino, porque también un cuerpo masculino visualmente puede ser drag queen. No necesariamente para hacer drag tenés que simular que tenés pechos o esconderte el pene. Esa era la intención, a nivel visual. A nivel escénico, era otra. Era contar historias con temas. Y en ese primer show decido llamar a mi personaje Lady Drag. Drag por la cultura drag y Lady porque da la sensación de que vas a ver a una reina de belleza y luego te das cuenta de que esta cabrona no tiene nada de femenino. Los shows de Lady Drag empezaron a ser más conceptuales. Su debut fue con un montaje sobre el arcángel Gabriel, donde luchaba con cuatro demonios que querían matarlo. Luego, en una transición, metía al Fantasma de la Ópera en una versión larga. Después había un intermedio de bailarines para que yo tuviera tiempo de hacer una transformación a full femenino. Y salía en la última canción con un vestido de lentejuelas, con peluca, etc. Usé una canción que se llama “This is my life”. En el escenario había un tocador y, mientras sonaba la canción, yo fui quitándome todo, hasta que quedé como niño. Incluso en el último tramo de la canción me quité mi ropa interior, también. Es mi forma decir: «este soy yo». Quedé desnudo en el escenario y… ¡zas! El apagón. La mara me decía: «enseñaste la paloma ahí». Y yo les decía: «es que eso es lo que tengo, loco. ¿O vos tenés algo diferente?». Así regresa Lady Drag a las discotecas y bares. Se empieza a correr la voz y, por tanto, tenía más invitaciones para presentarse.

Tus shows empezaron a tener más sustancia…

Sí. Siempre que me hablaban de un nuevo lugar, pensaba en de qué quería hablar. A veces era sobre la contaminación, sobre la crucificción de Jesucristo, y así… Un colega me preguntó: «sos irreverente, ¿verdad?». Yo le respondí: «el arte es irreverente».

¿Y este año decidiste sacar a Lady Drag de los bares y discotecas?

No. Fue un año antes de la pandemia. Me querían hacer un reportaje porque fui seleccionado nacional como atleta… y algo esquematizado, como heterosexual… entonces, les llamaba la atención que además fuese drag. Acepté, pero bajo mis condiciones, porque ellos querían lo que todos buscan… que no es lo más interesante. Es decir, el proceso de transformación. Yo quería que Lady Drag saliera al Centro a platicar con la gente, con las señoras que venden tomates, con las que venden ejotes. Desde el hospital del Cáncer hasta el hospital Rosales, todo mundo me pitaba la vieja. Cuando agarré de la calle Arce para abajo, todo fue muy diferente. Me decían que qué bonita; me ofrecían agua o sentarme a descansar; me pedían fotos y así. Incluso, una niña de unos siete años salió corriendo a abrazarme y me dice: «¡una drag queen!». Le pregunté cómo sabía eso. Me dijo que veía RuPaul. Eso fue fuerte, loco. Además, llevaba un cinturón con saquitos, para denunciar el despilfarro del gobierno, pero a veces lo entendían al revés y me decían: «¡devuelvan lo robado!». Ese reportaje salió un año después. Lo vincularon con un show que di para el Pride donde la hice de Nayib y ya ahí me relacionaron más con lo social.

Después ocurrió lo del famoso cartel de “Estamos ante una generación cobarde”. ¿Cómo sucedió?

A mí nunca se me había ocurrido sacar a la Lady Drag para una marcha. Yo ya había protestado contra la privatización del agua vistiéndome como la Justicia, pero solo a la mitad y la otra mitad chulón. Ya había hecho cosas artísticas en la calle. Pensé que si iba como Marvin Pleitez nadie me pondría atención. Luego pensé en otros personajes de teatro y hasta en llevar zancos. Finalmente, me decidí por Lady Drag. Un periodista que me estaba documentando me pidió grabar la transformación, pero le dije que no porque esta vez me estaba jugando un montón de cosas: mi nombre, mi trabajo, mi familia, etc. Mi idea era que el traje de Lady llevara muchos símbolos de bitcoines tachados, pero el tiempo no nos dio para tanto, porque producir a Lady Drag fueron como tres horas, así que improvisamos el símbolo de bitcóin tachado en el pecho. Salí ya producido de mi casa a esperar el bus. Como recién había hecho la sesión fotográfica con Cyndi (Altamirano), no me preocupó si mis vecinos me veían transformada de nuevo. Ningún bus me paró. Tampoco me querían llevar los Uber. Le llamé a una exalumna que sabía que iría y ella me llevó junto a su mamá. Al llegar, cuando me bajé para incorporarme a la Juan Pablo II, me agarraron de improvisto los medios, porque mi idea era que el cartel hablara por mí: “Estamos ante una generación cobarde que todo lo quiere solucionar con redes sociales”. Me preguntaban por mi mensaje, que qué pensaba del bitcóin y así. Yo me hice a un lado después porque quería una foto icónica con el Salvador del Mundo, pero no me dejaban ni posar tranquilo. Me abordaron hasta medios de Francia y de Brasil. Nunca pensé que gracias a esa aparición Lady Drag sería tendencia por un día en el país.

Tuviste reacciones encontradas incluso desde la misma población LGBTI por tu cartel.

Claro, de todos los sectores. El rector de la UCA habló de mí en una entrevista. De repente, me mandaron al teléfono que Walter Araujo había dicho algo de mí; que Mario Durán acababa de subir una foto mía y que tuiteó que no sé qué. Porque Lady Drag a nadie le niega una foto. Improvisé un discurso y ese iba repitiendo a todo el que me abordaba. Trataba de hacer memoria histórica, que recordaran la dolarización de 2001. Lo hice como ciudadano. No estaba representando a ningún sindicato ni a ningún colectivo ni nada. Es más, ni siquiera mencioné mi sector. O sea, ni siquiera dije que andaba representando a la comunidad. Dije que estaba ahí como un ciudadano común y corriente, como un artista. Al ver ese nivel de atención que lograba Lady Drag decidí pensar más el discurso para la marcha del 15 de septiembre.

Claro, ya sabías que los medios te abordarían…

Voy a reconocer que fui muy recurrente en tirarle a las nuevas generaciones por cobardes, porque esa era mi intención. No voy a mentir ni voy a pecar de hipócrita –como mucha gente en este país– y decir: «no era mi intención». ¡Verga! O sea, sí era decirles: «Miren, cabrones… Hay que salir. No hay que quedarnos callados. No lo vamos a solucionar así». El punto es que mandé a hacer una bandera de El Salvador de siete metros de largo con la frase «Dios, sin unión y sin libertad». Y el símbolo contra el bitcóin y mi vestuario, que era color azul bandera con brillantina. No quería decir de qué punto iba a salir porque mucha gente me empezó a atacar en redes. Mi mamá y todo mundo me decían que no lo hiciera, que me iban a matar, desde la primera vez. Entonces, en esa segunda vez, menos iban a estar de acuerdo. Decidí salir de la Universidad de El Salvador. Le pedí a quien me llevó que me dejara en la esquina de la Facultad de Odontología, porque ahí iba a extender la bandera. Me bajó y ni siquiera había llegado a adelante cuando la gente me aplaudía. La gente decía: «Lady, Lady»… Cuando llegué a la punta de la marcha me abordaron los medios, pero esta vez tenía un discurso y datos sobre el aumento de la deuda, sobre el gasto por la implementación de bitcóin en el país. [Quería] preguntarnos quién iba a pagar eso. También hablaba de la falsa independencia que nos quieren inculcar o sobre la imposición de los próceres. En esa marcha, muchos se acercaron a decirme que mi cartel de “generación cobarde” los había motivado a salir.

«Mi mamá lloró y me dijo que no siguiera saliendo a marchar, que me iban a matar», cuenta Lady Drag en esta entrevista. Foto FACTUM/Gerson Nájera.

¿Y ese era tu propósito, provocar una reacción?

Sí, en mucha gente y también en el gremio artístico. Con todo lo que estamos pasando, quiero pensar y tengo la esperanza de que seremos los artistas los que vamos a salir a la calle a manifestarnos, a pronunciarnos de manera artística. La gente tiene miedo y lo seguirá teniendo porque eso nos están inculcando.

Mencionaste que protestar pone en peligro tu trabajo. Muchos artistas argumentan eso mismo para no pronunciarse sobre temas políticos. ¿Qué pensás de esa postura?

Que es verdad. Este gobierno lo está controlando todo. Por el área en que me desarrollo tengo la oportunidad de hablar con colegas que están en el Ministerio de Cultura u otras dependencias. Ellos me cuentan cómo han cambiado tantas cosas en la Compañía Nacional de Danza o en la Sinfónica, cosas así que yo digo: «¡qué paloma!». Cosas que no se habían vivido. Entiendo la necesidad económica en la que vivimos los artistas en este país. Aquí no hay nada que nos respalde. Los artistas no tenemos seguro social. No tenemos AFP. Es difícil sobrevivir del arte en un país como este y más con el agravante de ser maricón. Uno de mis mejores amigos es bailarín y me dice que tiene miedo a que le quiten su sueldo. Y tiene razón. O sea, ese es el miedo que nos están inculcando.

¿Te parece que existe un miedo mayor a expresarse que en gestiones anteriores?

Sí, mil veces. Creo que ni con la derecha ni con la izquierda habíamos vivido este miedo. Hace poco hablaba con alguien que en su momento fue director del Teatro Nacional y le pregunté –en una plática casual– qué avances y retrocesos veía y, básicamente, le pidió permiso al novio para saber si era prudente hablar conmigo. Han perdido capacidad de gestión y decisión. Ahora todo debe pasar por los ojos y por las manos de la ministra de Cultura. Todo debe estar controlado y son directrices que se han dado a todas las dependencias.

¿Y vos has tenido algún tipo de amenaza por manifestarte?

No tengo Facebook, pero mucha gente me dijo: «loco, qué bueno que no tengás Facebook, porque te están tirando mierda». Yo me reía porque ya pasé por censuras artísticas. Me sacaron de un programa de televisión por homosexual. O sea, he pasado por tantas cosas que ya no me asustan. Mi filosofía es que si van a hablar, que hablen; ya sea bien o mal, pero que hablen, porque entonces todavía estoy vivo. El día que dejen de hablar de mí, me preocuparé. No supe qué se decía de mí en redes hasta que La Prensa Gráfica subió un video mío y vi de casualidad un comentario de mi mamá peleando con alguien. Luego empecé a leer todos los comentarios. Después le dije a mi mamá que no hiciera eso, que no se pusiera a la par de la gente. Mi mamá lloró y me dijo que no lo siguiera haciendo, que me iban a matar. Entonces me he mantenido al margen. Me he querido alejar del tema de qué se puede decir de la Lady Drag, ya sea bueno o malo. Sin embargo, sí he recibido mensajes en Instagram que si esa es la oposición del gobierno en El Salvador, que soy una burla; o seguidores que me dicen que me creían más inteligente. No he tenido todavía una amenaza directa, porque el día que la tenga lo voy a decir públicamente. O sea, no es algo que me vaya a callar. Soy una persona que, con tantas cosas que ha pasado, hasta el miedo a lo que pueda pasar ha perdido. Mi mamá ya no está en este país; mis hermanas y mis sobrinas, tampoco. Este país me ha golpeado tanto que ya no tengo nada que cuidar.

¿Por qué insistís en seguir en El Salvador?

Es una pregunta muy fuerte, porque he tenido la oportunidad de irme a otros países. La última vez que tuve esa conversación fue con Eunice Payés, porque ella me quería mandar a Costa Rica, porque tiene una hija que es artista y me dijo que debía irme a estudiar. Le respondí que no iba a hacer lo que hizo la mayoría de mi generación: huir de este país. No quiero ser tan cobarde como ellos. Entiendo la necesidad y las oportunidades afuera, pero no quiero ser tan cobarde. Respondiendo a tu pregunta: es por el impacto que tuvo mi infancia. Lo que ha hecho que no me vaya del país es que creo que se puede cambiar algo con el trabajo comunitario. Crecí en dos lugares peligrosos de este país, donde miraba cómo mataban gente, donde violaban gente, donde había tantos factores que difícilmente alguien podría pensar que se pudiera salir vivo de esos lugares. También lo hago desde mi ángulo como maestro en la universidad, porque me topo con tantas frustraciones o debilidades de los chicos; cuando llegan y lo único que buscan es liberarse. Y mi trabajo siempre ha sido para que crean y confíen más en ellos; para cambiarles su autoestima; para que puedan ver la vida de manera diferente. Creo que –como artista o como homosexual– poco puedo hacer en Inglaterra, España o Argentina, que son países que a nivel de la comunidad LGTB ya hay más diversidad, hay más derechos, hay leyes y hay cosas que aquí todavía no. Pero te juro que sí quisiera irme del país, porque estoy como hastiado. Sin embargo, sigo aquí, porque estoy claro en que necesito seguir aportando desde ese ángulo social comunitario. Y si voy a tener que involucrar lo social a lo político, lo voy a hacer; esté en juego lo que está en juego. Y estoy muy consciente de lo que me puede pasar. No creás que no. Eso de que ahora tenés que andar pendiente de en dónde caminar o dónde vivís. En una marcha dije que como ya nos golpearon tanto como país, como salvadoreños, que al menos a mí ya me quitaron hasta el miedo.

Un activista LGTB te describió como un lobo solitario. Y ya mencionaste que no representás a ninguna agrupación. ¿Cómo conciliás la necesidad de organización social, expresión política y ese espíritu de individualidad?

Creo que el trabajar en organizaciones, en oenegés, el estar en grupos y todo eso me hizo dejar de creer en los colectivos. Creo que sí son importantes por un tema de bandera, por un tema de posesión, pero aprendí trabajando con esos sectores que esa frase de que «una foto habla más que mil palabras» no es verdad. Porque es tan común que todo se hace solo para la foto. Veía proyectos donde solo eso importaba, no el impacto en el joven, en el adulto, en el adolescente. Eso a mí me generaba mucho conflicto. Entonces, por eso es que nunca me ha interesado pertenecer a alguna organización o a un colectivo, porque siempre es una lucha hasta interna por intereses y poder. Para la marcha del 15-S me alegró mucho que dos colegas drag queens decidieron salir a la calle también. No digo que lo hicieron por mí, pero quizá al verme les hizo click. Y creo que el tema de siempre verme como un lobo solitario ha sido porque desde pequeño siempre me amenazaban con hacerle daño a las personas que estaban alrededor mío. Tengo muy pocos amigos. Solo tengo dos y trato de no verme rodeado de tanta gente, por ese mismo miedo. No quiero decir que tengo la absoluta razón, porque voy a seguir saliendo a las calles a manifestarme, pero con mi propia perspectiva, con mi propio sentir, no con el sentir de un colectivo. Pero en mi necesidad de artista escénico considero que es necesario, no solo drag queens, también me encantaría ver manifestándose a los bailarines, a los músicos, a los pintores. Bueno, mira lo que le pasó a Renacho que le censuraron una pintura. Se la sacaron de la Casa Presidencial. Es indignante y que nos quedemos callados como artistas es peor.

Has sido bastante crítico con los jóvenes y con los artistas. ¿Cómo ves el rol de la población LGTB en este contexto?

Iván (Ortiz) hizo mucha denuncia porque se había mandado a archivo la Ley de Identidad. Yo lo quiero mucho y cada quien maneja las cosas a su conveniencia. En ese momento, él estaba en una coyuntura donde era lo que necesitaba. Él es una persona muy capaz. Lo respeto mucho, pero hizo ver las cosas como que el Gobierno no se estaba interesando por la comunidad; cuando –entre comillas– lo estaba haciendo, porque había una delegación de colegas donde había transexuales, homosexuales y de todo, que se estaban reuniendo con ciertos dirigentes del Gobierno para crear una Ley de Identidad y proponerla en esta nueva reforma a la Constitución que habrá. Entonces, sí se estaba haciendo. El problema del Gobierno fue no visibilizar esa acción y hubo otro sector que les tiró mierda. También creo que ya todo esto estaba planeado, porque no lo visibilizaron. Ellos eran muy conscientes y sabían que no iban a hacer ninguna reforma que beneficiara a la comunidad. Entonces, ahora ha sido como una bofetada, porque no se hizo ni se propuso nada para la comunidad. Espero que la comunidad, de verdad, ahora se pronuncie, porque todo fue una mentira. Si para el Pride logramos salir entre 14 mil y 16 mil maricones a las calles a manifestarnos, imaginate si esos mismos 16 mil o 14 mil pudiéramos salir a pronunciarnos por esto que acaba de pasar, que aunque el Gobierno lo quiera ver como que no es importante, claro que importa. La marcha del 15-S, por lo menos a nivel internacional, hizo visible que El Salvador no es como él lo vende. Voy a decir algo que siempre me gusta dejar claro: yo no estoy en contra del cabrón. O sea, no estoy en contra del gobierno. Yo voté por este cabrón. O sea, a mí me tocó cuidar urnas y pelearme con la gente del Frente por los votos de la gente que confió en este cabrón. Estuve como cerote en el mitin de cierre frente al Teatro Nacional. Yo pedía en mis redes que votaran por Nuevas Ideas y ahora me siento defraudado.

¿Y cuándo empezó ese cambio? O sea, ¿cuál es el momento que para vos fue el quiebre?

Cuando empecé a darme cuenta de la forma como ellos repiten que si no estoy a favor al cien por ciento, estoy en contra. Eso me hacía ruido. Yo le aplaudo que el cabrón quiera hacer el Tren del Pacífico, que quiera hacer un nuevo Hospital Rosales. Eso está bien. Es que eso es lo que tiene que hacer. Pero eso no quiere decir que no pueda señalar lo que, a mi criterio personal, considero que no está bien. Y lo voy a seguir haciendo. Me tocó ser homosexual. Soy homosexual y lo digo abiertamente. Y si me van a etiquetar por ser homosexual, no tengo ningún problema. Que digan que ese homosexual sale a manifestarse. No tengo problema con eso. A veces, algunos colegas critican mi ropa o maquillaje y dicen que eso no es una producción. Y a mí no me interesa salir como una diva, que todo sea perfecto. Y también me pregunto: «¿por qué no tienen los huevos de salir ellos también?». Porque no se integran, porque no suman, independientemente de que nos vean como sector a los homosexuales. Para mí, el quiebre fue desde que él entró a la presidencia y sacó a la Secretaria de Inclusión Social, donde ya había colegas de la comunidad que trabajan, donde ya habían colegas transexuales, donde ya habíamos logrado entrar al gobierno.

¿Por qué creés que ese desencanto tan claro para vos es tan difícil para otras personas?

A veces me da miedo decirlo públicamente, porque me da miedo que utilicen ese punto en contra mía de una manera mala; porque a los que les conviene para hacerme quedar mal van a decir que Marvin les está diciendo mediocres. Pero, para mí, el problema es que la mayoría de la población no está interesada en leer, en ver noticias, en documentarse e informarse. Los tienen entretenidos en otras cosas. No le permiten a la población ver más allá de lo inmediato. Si la gente a nivel general se interesara por informarse, creo que las cosas serían diferentes. Hay que escuchar los diferentes puntos de vista. Y no es que me interese la política. Hace poco me preguntaron cómo me consideraba, si de derecha, izquierda, centro derecha o centro izquierda. Y no me considero de ningún lado. Voy a seguir luchando por mis principios de forma independiente. En la mayoría de alcaldías están haciendo un mal trabajo. ¿Cómo es que la gente, estando en su comunidad, no se da cuenta? Por irme a lo más práctico: ¿cómo no se dan cuenta de que en Mejicanos el alcalde que estaba antes era mucho mejor que este? Tenía muchos más programas sociales y trabajaba, aunque robara. O sea, ¿por qué no podemos hacer un análisis tan práctico? Antes, el camión de la basura pasaba tres veces a la semana. Ahora pasa solamente una vez. ¿Por qué no hacemos estos ejercicios tan simples? Y tiene que ver con la educación. Las últimas dos reformas educativas que este país ha tenido lo único que vinieron a hacer es volver más mediocre el sistema de educación, porque se batearon un montón de cosas que considero que son súper necesarias en la educación de las nuevas generaciones. Entonces, estoy convencido de que es por eso. Por eso es que la gente no se interesa. Solo les interesa ver el TikTok del día o el post del día. 

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3 Responses to ““Este país me ha golpeado tanto que ya no tengo nada que cuidar””

  • Se ve que es leído el muchacho y fuerte de espíritu, independientemente de lo yo yo pudiera calificar de «locuras», el tipo es muy centrado y elocuente.

  • Me encantó este artículo, más que nada por la manera de pensar de Marvin, me gustó conocerle más y saber de su preparación en las artes.
    Me gusta saber que no teme ser el mismo.
    Una gran manera de aprender de él por medio de este articulo