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“El uso de la frecuencia [de radio] es un bien nacional que está por encima del interés particular de cualquier empresario”

El debate acerca de si debe ser obligatoria la programación de un porcentaje de música nacional en la radiodifusión salvadoreña no es algo nuevo, a pesar de que en esta semana la discusión volvió a cobrar vida. César Díaz es una de las voces que apoya con ahínco el deseo de los artistas nacionales para que un 40 % de la música que suena en las radios sea salvadoreña. Desde el arte y la legislación, el rapero y abogado defiende su postura en la siguiente entrevista.

Foto cortesía de Lomax


A comienzos de la presente semana, un tema  copó la agenda mediática de las distintas escenas musicales en El Salvador.  En la comisión de cultura de la Asamblea Legislativa se discutía una propuesta mocionada por el diputado Reynaldo Cardoza y que busca reformar el artículo 97 de la Ley de Cultura. La iniciativa de reforma es acuerpada por la Asociación de Grupos y Orquestas Salvadoreñas (Agosar) y distintos músicos nacionales más. Busca como fin principal volver obligatorio colocar un 40 % de música nacional en la programación de las distintas estaciones de radio que difunde su contenido a través del dial salvadoreño.

César Díaz es el nombre real detrás del personaje artístico de Lomax (antes Debil Estar). Rapero y abogado, el miembro del grupo Pescozada, es uno de los músicos que más se ha manifestado a favor de que las radios salvadoreñas programen de manera obligatoria un porcentaje representativo de música nacional. Chalateco, como Cardoza, Díaz acudió a la comisión de cultura, invitado por el legislador del PCN. Ahí expresó su punto de vista, uno que se expande a profundidad en la siguiente entrevista. Habla acerca de falta de visión de parte de la la Asociación Salvadoreña de Radiodifusores (Asder); habla de competencia desleal para favorecer a los artistas extranjeros sobre los nacionales; habla de intereses económicos y gestación de microeconomías; y hasta explica un exabrupto que se hizo público en twitter con Suecy Callejas, ministra de cultura del gobierno entrante.


Para iniciar desde lo general a lo particular, ¿cuál es tu posición respecto al estudio de reforma al artículo 97 de la Ley de Cultura para asignar un porcentaje mínimo de la programación radial a la música producida por artistas nacionales?

A nivel general, creo que es una reforma muy adecuada. Con otros artistas nos hemos venido reuniendo desde que la ley fue aprobada en 2016 y exigiendo que el reglamento fuera publicado lo más pronto posible. De hecho, la Ley de Cultura, en el artículo 96, habla acerca de la difusión de la música nacional. Y hay un artículo, el 97, que habla sobre la posibilidad –porque realmente lo deja como una acción potestativa– que las radios pauten o programen música producida por salvadoreños. Yo estoy completamente de acuerdo con la petición. De hecho, con un grupo de artistas habíamos tratado de cabildear una reforma que cambiara el verbo potestativo y lo volviera imperativo. Es decir, que pasara de decir «podrán programar música nacional en programación regular» a decir «deberán programar». Considerábamos que donde se podía desarrollar un diálogo un poco más técnico y más amplio respecto a las formas en que esa ley se podía imperativizar era el reglamento. Y pienso, como músico, que es en el reglamento donde se pueden realizar de mejor manera todas las aristas de la ley. Sin embargo, esta propuesta que ha sido presentada en la Asamblea, nosotros, como músicos, consideramos que acorta ese debate y esa burbuja de discusiones que muchas veces se asientan y se ocupan como un gancho para detener las coyunturas políticas que se dan en este país.

¿Esta discusión tiene que ver más con enfoques de nacionalismo, por intereses económicos o por ambos?

Y por otro tipo de intereses, también. Hay una serie de factores que convergen en esto… tanto la decadencia de los medios tradicionales para difundir música o para retener al oyente; también la reticencia al cambio de parte de los dueños de las radios, quienes han estado acostumbrados a no tener ningún compromiso social. La radio también tiene una finalidad social y el uso de la frecuencia es un bien nacional que está por encima del interés particular de cualquier empresario. Sin embargo, no se quiere ver de esa manera, porque también el Estado nunca se ha tomado la tarea de ejercer ese poder controlador respecto a lo que se difunde y cómo se construye sociedad. Creo que hay intereses económicos, pero no solamente de parte de los medios; también de los artistas. Y creo que ese es el punto más importante acá. Los músicos tenemos un interés económico claramente definido. Necesitamos esa cancha, ese espacio y estamos tratando de justificar ese derecho a través de que la constitución también así lo establece: que el Estado está obligado a difundir la cultura nacional Y nosotros entramos en el tema identitario. Más allá del nacionalismo o del chovinismo que puede afectar nuestra lucha, aquí siempre ha imperado el arte internacional, en la era de la postguerra. Ha habido un control casi absoluto de la música internacional por encima de la nacional.

Rafael Domínguez es una persona autorizada para hablar acerca de manejo de radiodifusoras en el país. Él publicó [en su cuenta de Twitter] un argumento contrario al tuyo. Decía que: «La concesión del Estado incluye ceder los derechos de explotación de la frecuencia y el concesionario queda en libertad de ese uso contra el pago anual de un derecho y el cumplimiento de la norma técnica. El contrato de concesión no tiene exigencias sobre contenido, el cual es a discreción y puede ser con o sin música, religioso, laico, noticioso, deportivo, comunitario, etc. El concesionario es libre de buscar el rédito de dicha difusión. Las radios pagan derecho de autor y difusión por todo el repertorio –que incluye nacional e internacional–, por tanto, si pagan por ese derecho, pueden discriminar en su uso según su conveniencia». ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Pienso que es errado completamente y que Rafael lo está viendo desde un punto de vista netamente comercial. Hay un punto que lo quiero señalar: habla de que pagan regalías, pero si tu supieras o si hubiera una investigación profunda acerca de desde cuando viene una reticencia de parte de Asder de pagar regalías… eso sería bastante bonito que también lo dijera Rafael. Si no tengo mal el dato, están pagando regalías desde hace dos o tres años. A través de cabildeos políticos y jurídicos venían manteniendo ese coro de las regalías de una manera bastante oscura, sin ejecutarlo. ¿Qué pasaba? Pues que estaban lucrando, estaban vendiendo publicidad, sin pagar los derechos de autor correspondientes… ¡Qué bueno que ya lo están haciendo! Cierro paréntesis sobre ese tema…

En cuanto a la visión con la que Rafael opina, creo que se aleja mucho del concepto de que, si bien pagan un arrendamiento como propietarios de una radio, la frecuencia sigue teniendo un control estatal. Es como si un concesionario de transporte público dijera: «yo le pago al Estado y, por tanto, me da igual la ruta que debo seguir y me da igual lo que me haya asignado el Viceministerio de Transporte». ¿Me doy a entender? No podes alegar que sos concesionario y que el contrato no lo describe, porque hay cosas que no se describen en los contratos pero que por ley –y en este caso, por Constitución de la República– se da un sometimiento tácito a toda legislación que atañe al servicio que estás prestando.

El problema de Rafael es que lo está viendo de una manera netamente comercial, como si el comercio estuviera por encima de los fines del Estado, cuando es todo lo contrario. El Estado es esa construcción social que busca que sus habitantes tengan una meta común, un desarrollo y una permanencia. Rafael pudiera tener razón si no existiera un concepto llamado El Salvador regido por una constitución. Le daría el 100 por ciento de la razón, porque él paga. Pero el Estado de El Salvador ejerce control sobre las cosas que concesiona. La visión del servicio a la comunidad desde la creación de identidad, desde la creación de la música que representa a la cotidianidad del salvadoreño, no debería hacerse por un porcentaje mínimo, pero no existe la conciencia porque el Estado nunca ha trabajado el tema cultural y de artes desde sus políticas estatales. Y por eso los empresarios ven con rareza que esta ley exista, incluso. Me atrevería a decir que Rafael no ha leído la ley y, por ende, esto no lo puede entender. Esto es algo nuevo en materia legislativa, en materia de derechos. Además de que se trata de un derecho humano, un derecho universal a la cultura, si se sentara como válida una posición como la de Rafael, estarías negándole al Estado la posibilidad de establecer una política de construcción social alejada de los temas de mercado.

Creo que su argumento se queda corto en el análisis. Y yo, la verdad, como músico, incluso como radioescucha y como abogado, no me gusta la idea de que haya una necesidad de una ley para fomentar la difusión de la música. Pero una cosa es que a mí no me guste; y otra cosa es que sea necesario que llegue un cambio de esta manera, porque he experimentado cómo la política ha menospreciado al arte, desde que yo tengo conciencia como músico. Entonces, como en este país se acostumbra a primero hacer las cosas y luego arreglarlas en el camino, creo que al final tenemos que caminar de esa forma porque todo esta construido al revés. Y pienso que Rafael también está viendo de una forma muy cerrada la posibilidad de que creando un mercado –a través de la difusión masiva de música nacional– puedan gestarse nuevas microeconomías que él, de esa manera tan cerrada, no las va a poder palpar.

Antes conocido como Debil Estar –y ahora Lomax–, el rapero chalateco del grupo pescozada es uno d elos mayores referentes del hip hop salvadoreño. Foto cortesía del artista.

¿Acaso esta modificación a la ley –que busca mejorar la difusión– no debería incluir entonces a todas las expresiones del arte que publican productos de entretenimiento y no solo a la de música? Pienso, por ejemplo, en la oferta de literatura nacional que podría exigir que las pocas librerías disponibles mantengan a la venta y en exhibición un 40 % de todo su catálogo con lo que la industria editorial nacional es capaz de producir. ¿Estarías también de acuerdo con ello?

Absolutamente. Y no solo de literatura. Hay una multiplicidad de cosas…

Pero el asunto es saber si lo ves viable…

Claro que es viable. El asunto es que –hablando estrictamente de la música– nos están exigiendo: «es que tienen que hacer música de calidad» o «tienen que hacer cosas más comerciales». Algunas personas están expresando que debería profesionalizarse primer el arte y construir primero escuelas de arte. Pero lo cierto es que ya hay un proyecto piloto del Ministerio de Educación para crear un bachillerato en arte, donde están diciéndole a los jóvenes: «tenemos un bachillerato técnico, bachillerato comercial, bachillerato en música y bachillerato general». Y es claro que si a un joven le estás enseñando que existe una opción de bachillerato en música debe mostrársele también que hay un mercado para la música. Y no solo para la música. Debería haber un bachillerato en artes. Creo que son contados los colegios privados que dan esa facilidad. Entonces, vos podes crear la escuela, pero también un lugar donde ejecutar tu arte y poder vivir dignamente bajo un sistema que te exige tener ingresos económicos para subsistir.

Claro, yo estoy completamente de acuerdo en que todas las expresiones de arte de este país… No solo las elitistas que muchas veces están proponiéndonos como políticas nacionales a la entrada del nuevo gobierno, sino irse al arte popular. No solamente la danza y la música clásica, como se ha estado haciendo… Y no quiero sonar como que estoy politizando esta opinión, pero es que el nuevo gobierno ha tratado de hacer ver que está del lado del arte, pero nos está hablando de cosas que son, a veces, muy de élites. Y no es que la gente no tenga derecho a acceder a un arte de élites, pero hay otras expresiones que siento que tendrían un poquito más de inmediatez para desarrollarse.

Esto que te acabo de preguntar tiene que ver con dos puntos claros: primero, si acaso existe un catálogo suficiente para sostener el cambio. ¿Existe la cantidad de grabaciones con un estándar de producción mínimo para ser programadas en radio? Y segundo, una cuestión más subjetiva: ¿existe la calidad musical suficiente? Hace muchos años –y a propósito de esta misma discusión– le pregunté a un conocido director de programación de radios en el país –y cuyo nombre no puedo revelar, pues no me ha autorizado para ello– qué pensaba al respecto. Él me contestó: «No creo en hits musicales por decreto». Obviamente, hacía referencia a que pensaba que una modificación de ley no va a crear éxitos musicales por simple repetición de reproducciones en radio. ¿Qué te diera a vos la solidez de creer que su opinión está equivocada?

Es que la cantidad resalta siempre algo positivo. Es decir, no todas las olas que emite el mar son buenas para surfear. Pero hay bastantes olas. Entre tanta producción, entre tanta motivación y entre tanto espacio aparecerá otro Messi en la radio. Aparecerá otro Álvaro Torres. Pongo a Messi como un ejemplo del fútbol. ¿Por qué triunfó él? Pues porque hay escuelas, porque el fútbol es rentable y porque hay un gran involucramiento de la sociedad con su deporte. El problema es que alguien que está sentado, acostumbrado a programar música y que no se encarga de investigar música… porque aquí no hay periodismo investigativo musical. Eso no es un invento mío. ¿Cómo es que un director está sentado en su oficina y pensando en llevar las móviles para hacer publicidad? ¿Cómo es que alguien que está ocupado en contestar sobre sus temas religiosos en internet –en lugar de estar buscando nuevos talentos– va a poder ver que hay cosas buenas en el catálogo del país? Yo refuto completamente que se diga que no hay catálogo suficiente para suplir la demanda del 40 por ciento. Cuando tú pones cualquier radio de corte juvenil, ves que tiene sus sets de mixes que duran alrededor de dos o tres horas, en diferentes momentos. Al final estás escuchando el loop de reguetón hecho para repetirse en distintos momentos y llenar así esos espacios. Al final, si se dice que Adrenalina, Akumal… ¡Qué se yo! Las Tres Ramas del Árbol… tienen dos o tres canciones en sus repertorios de discos; y esas canciones pueden sonar cinco veces al día. Y podés repetir esas canciones en la programación radial, perfectamente podés llenar el espacio del que estás hablando.

Pero me surge una pregunta al respecto: ¿vos crees que ese catálogo del que estás hablando es vigente y constante? Utilizando tu ejemplo, Adrenalina hace un año publicó un disco nuevo y está a punto de sacar otro; pero de Akumal hace muchos años que no conocemos algo nuevo. Y así podríamos hablar de muchos artistas que no están activos de forma constante y vigente. ¿No crees que sería estar sosteniendo música que fue creada hace mucho tiempo y que quizás ya no encaja con las tendencias, hábitos y gustos actuales?

Bueno, pues Revista Factum sacó el año pasado un conteo de 18 discos que fueron publicados solo en el 2018. Y estoy seguro de que hay más de 18 discos. 

Además de ser un artista del hip hop, César Díaz es abogado de profesión. Foto cortesía de Lomax.

Sí, de hecho la base para hacer esa publicación fue de más de 30 discos…

¿Y cuánto dura cada disco? No menos de 30 minutos. Si querés exprimir bien un single, lo podés tener hasta ocho semanas en rotación. Y si tenemos más de 30 discos, solamente de los de Revista Factum, y cada disco tiene un mínimo de seis canciones…

Lo entiendo. Pero estamos hablando de un solo género musical… ¿Qué pasa con géneros musical que no poseen tanta producción como el rock?

¡Exacto! Ustedes no vieron la producción tropical, no vieron otros géneros alternativos… O el caso del Cuarteto Sharberg, que hace música clásica… Tampoco incluyeron la música que están haciendo salvadoreños en otros países. Hay salvadoreños en México, Estados Unidos… en Australia. Es decir, en lo personal sí creo que hay catálogo. Y en el caso del ejemplo de Akumal, pues me duele decir que sacó un par de discos y se quedó en el olvido. ¿No sería más lógico creer que si Akumal hubiera tenido difusión –y construir alrededor de un apoyo estatal una gira o un patrocinio–, habrían logrado grabar otro disco? Te lo dice alguien que ha sacado un disco por año desde 1998… y autofinanciándoselo.

Vos, por ejemplo, sos una autoridad en El Salvador para hablar de música urbana. ¿Creés que existe en este género –y en la coyuntura actual– el catálogo suficiente para programar grabaciones de calidad y sostener con variedad a las múltiples radios que le apuestan a este género musical?

Absolutamente. De hecho, DJ Emsy sacó hace seis meses, más o menos, un disco con diez canciones para radio urbana, con diez artistas diferentes, con diez géneros diferentes. No sé si tú conoces ese disco… En diciembre del año pasado, algunos de nosotros, como Franco, Omnionn, Carol Hills, Wino Francia (de Eskina Opuesta) y una chica rapera de Suchitoto que se llama Blaze Rivera, fuimos a Guatemala y grabamos once canciones para un disco. Lo hicimos con el auspicio de Fundadela, que es una fundación de arte en Guatemala. Trabajamos con artistas de cinco países de Centroamérica y se sacaron once temas. En seis de las canciones hay material salvadoreño. Si nos viéramos como región, y viéramos a toda Centroamérica como hermanos, también tendrías que irte a buscar los catálogos de Guatemala, Honduras, Nicaragua, etc. Estoy jugando al tema jurídico, pero es cierto, ¿no? Pero volviendo al tema salvadoreño, creo que esa revolución musical motivaría a otros artistas a decir: «¡tengo una cancha donde poder jugar!». Yo estoy muy a la expectativa de que esto pase para renunciar a mi trabajo de 8 a 4 y dedicarme a hacer música. ¿Por qué nos cuestionamos tanto? Si ni siquiera le estamos pidiendo dinero al Estado, a las radios o al público. Solo les estamos pidiendo un espacio donde poder nosotros…

Bueno, eso del dinero es relativo, ¿no? Porque sí tendría una implicación económica directa para ustedes si se aplica la Ley de Propiedad Intelectual. Es decir, a mayor reproducción de sus canciones en el dial, corresponde un mayor porcentaje de pago de regalías para ustedes, ¿no?

Absolutamente… pero ese dinero ya lo están pagando…

Sí, pero si reproducen más, van a pagar más, ¿no?

Exacto. Pero lo que estoy tratando de decirte es que ya lo están pagando y se lo está llevando la empresa extranjera. ¡Y eso es lo más triste de nuestra situación! Que ahorita están pagándose alrededor de 200 mil… Asder ahorita están pagando alrededor del 99 % [de lo que corresponde por derechos de autor] a la industria que está en Miami, Colombia, en México y Estados Unidos… Y te lo digo porque he hablado con directores de radio que trabajan ahí y que son músicos –y que obviamente no van a decir sus nombres, por obvias razones, porque hay intereses contrapuestos–, que me dicen que esas industrias deciden qué es lo que va a sonar. Entonces, ¿cómo es posible que Asder esté tutelando pagarle mejor a estas grandes empresas y no pagarle a las personas que hacen música en El Salvador y que pagan impuestos aquí?

Entonces, para recalcar, ¿sí podemos decir que uno de los intereses que persigue esta iniciativa de cambio en la Ley de Cultura es que parte de ese porcentaje de dinero que se está yendo afuera vaya también para los artistas nacionales?

Bueno, sí… porque al final el arte también es costoso y hay que pagarlo. Hay que vivir. Es decir, sí hay un interés. Claro que los artistas no solo queremos poner nuestras canciones y sentirnos moralmente satisfechos por tener ahí nuestra música. También queremos llevarle comida a la mesa a nuestros hijos, pagar la gasolina, pagar nuestros estudios… Y es ahí donde se crea la economía local. Si yo tengo capital para poder invertir en mi música, voy a poder pagarle a un ingeniero; y él va a poder pagarle la comida a sus hijos. O voy a poder contratar a una empresa que crea videoclips porque sabré yo que tengo una cancha donde pueda hacer una inversión justa. Y voy a poder fomentar el trabajo del productor audiovisual. Es un efecto dominó. Debería funcionar como un efecto cascada. Lo que no me cabe en la cabeza es cómo alguien no puede ver esto como algo que sería productivo no solo para los músicos, sino también para todo lo que le rodea a la industria. El ejemplo de México es claro, donde cualquier artista llega a tocar al Palacio de los Deportes y llega la gente con sus camisetas hechas en sus pequeños talleres a venderlas. Y así, recuerdos, souvenirs… Se hacen discos. Es una cadena de producción…

A propósito de ese tema. En El Salvador todavía no se ha logrado desarrollar una industria musical. El nuestro es un país que posee raíces más profundas en el tema de la poca difusión de la música nacional. ¿Acaso ustedes no están peleando por la fase final del proceso? Es decir, por la difusión. ¿No deberían pelear antes para lograr que el Estado faculte espacios de formación, de presentaciones en vivo más efectivas? Sobre todo en tiempos en donde el negocio musical pasa más por los shows en vivo y no tanto por lo que generan las ventas de discos o las reproducciones en streaming

Yo creo que Jhosse Lora no se está adelantando al proceso final. Yo creo que hay personas que tienen muchos años en esta lucha. Puedo mencionar también a Rafael Alfaro (de Ovni), a quién lo he visto comentar al respecto. Para esa pregunta tengo una respuesta clara: el viernes pasado salieron a publicación los TDR (Términos de Referencia) para licitar la creación del reglamento de la Ley de Cultura de este país. Si tú lees la Ley de Cultura de El Salvador, vas a leer un texto muy bonito, muy completo, en el que se incluyen todas las artes posibles e imaginables. Sí, claro. Es algo que puede ser perfectible, como por ejemplo con la reforma que se está buscando ahorita para impulsar un arte en específico: la música. Aunque se aprobó en 2016, lastimosamente no se pudo llevar a cabo por el anterior gobierno la aprobación del reglamento. En derecho funciona una cosa: está la ley en sentido formal –que es como una declaración de intenciones– y está la ley procesal, que ya permite aplicar el cuerpo normativo. Es decir, ahorita la Ley de Cultura solamente es «una bonita intención» –por decirlo de manera diplomática– que todavía no tiene una ley de procedimiento para ser aplicada. En 2016, la ley misma le daba 60 días hábiles al anterior gobierno para que se emitiera un reglamento de aplicación de esa ley. Tu pregunta fue: «¿no crees que estás queriendo construir el techo antes de colocar las bases»? Yo te digo: las bases ya se están construyendo, porque el viernes de la semana pasada salió a licitación, finalmente, ese proceso de contratación para crear el reglamento. Es decir, a finales de este año, el actual presidente de la república tendría que estar emitiendo el reglamento de aplicación de la ley. Y si ves la ley, en ella se contemplan todas las aristas, los espacios e incluso los fondos municipales que tienen que destinarse para efectos culturales. Pero aquí hay una realidad: los efectos de esta ley se van a ver de aquí a diez años. Por ende, yo tengo 37 años, casi. Jhosse Lora tiene que seguir comiendo y ya está bien mayor. Y los Hermanos Flores igual. Habemos una serie de artistas que hemos dejado nuestra vida en esto, sin tener una herramienta estatal que nos proteja o nos ayude. Ni siquiera tenemos derecho a acceso a la banca. Como músicos no tenemos derecho al seguro social. Entonces, todo eso está contemplado en la ley. La reforma propuesta vendría a ser un colofón.

Los contrargumentos a tu postura apuntan, en muchos casos, a algo tan ambiguo y de difícil medición como el gusto particular de quienes consumen música y al entendimiento de que una canción hace clic solo cuando es «buena». ¿A cuenta de qué se puede sostener con seguridad que con una explosión de difusión musical, el cambio va  derivar en éxitos de alcance masivo?

¿En lo masivo? Yo sostengo mi criterio de pensar que es difícil encontrar oro en un metro cuadrado, pero hay más probabilidades de encontrarlo en una montaña. Es lógica básica, creo yo. No estoy diciendo que todas mis canciones –por muy bien producidas que yo considere que estén– van a ser exitosas. Pero no solo estoy hablando de mi música, sino de la de todos mis compañeros artistas. A lo mejor esas canciones encontraron el éxito debido al momento coyuntural, quién y cómo se promovieron. Bien lo dice Enrique Bunbury: «más vale suerte que talento». Tuvieron suerte esas canciones en el momento coyuntural en el que la colectividad y la subjetividad masiva estaba enfocada en esos temas. Yo pienso que en eso consiste la música. Obviamente, también hay fórmulas de creación musical que se vuelven fábricas de éxitos comerciales. Hay productores que encuentran la melodía idónea y el juego de acordes idóneo para la generación en la que estamos. Ese nivel de producción no lo tengo, pero sí sé que existe. Y no sé si otros compañeros músicos lo tengan. Pero sigo sosteniendo que en este pequeño país, si se le diera la oportunidad de ver el panorama más allá de «La Maldita» (de Adrenalina) o de «La Bala» (de los hermanos Flores, que ni siquiera es de ellos), la gente crearía vínculos y esa masividad de exposición haría que la gente entendiera que vale la pena escuchar más cosas. Borraría la negatividad de las personas que piensan que no vale la pena escuchar música nacional.

¿No te da miedo que si se le exige al Estado que interceda e incida en la programación obligatoria de un porcentaje de música nacional se abra a la vez una ventana para que luego quiera controlar –quizás a través de la censura– lo que se está programando, si acaso no va en sintonía de sus intereses? Hay precedentes en el país de bloqueos desde la Dirección Espectáculos Públicos a la presentación de algunos artistas internacionales.

De manera inconstitucional, por cierto. Porque la Dirección Espectáculos Públicos ni siquiera tiene una ley para poder hacer eso…

Y si han hecho eso, ¿no te da miedo que luego ese mismo Estado al que hoy se le pide que interceda, lo haga para censurar, por ejemplo, una canción de Pescozada que no vaya acorde a los intereses del gobierno de turno?

Yo creo que con Pescozada o mi música en particular no, porque ya hemos vivido eso… Y aún así, también entiendo una cosa: uno tiene niveles hasta donde un artista tiene libertad expositiva. Todo artista tiene derecho a expresarse, pero también tiene que entender que lo hace en un contexto que tiene un orden establecido. Como artista, tengo conciencia que lo que estoy haciendo puede subvertir o no puede subvertir. Si considero que no subvierte y las instituciones piensan lo contrario, bueno, habrá entonces mecanismos de ley. Habrá contrapesos. Habrá derechos –si se respeta ese juego de poderes– que me van a ayudar a mí a combatir a un gobierno. Entonces deberá haber un sometimiento al máximo tribunal, que en este caso sería la Sala de lo Constitucional. Y si ya la Sala considera que estoy subvirtiendo el orden con mi música, entonces, hombre, tengo dos opciones: o mudarme de país y declararme perseguido; o respetar lo que diga la última autoridad competente. Entonces, creo que es parte de un aprendizaje que también los artistas tenemos que desarrollar. Tenemos que tener la faceta legal, la faceta empresarial y la faceta artística. En un país que no tiene industria, nos toca eso. […] ¿Pero sabés qué me preocupara más? Que el Estado no se meta. Porque, en el papel, el mismo Estado ofrece garantías de control. En el papel tenés una garantía de que el Estado no se meta más allá de lo justo.

Hace cuatro años, en Chile se promulgó la ley del 20% obligatorio de música chilena en las emisoras de ese país. A partir de entonces surgieron nuevas discusiones y propuestas de cambios que pedían, por ejemplo, que el porcentaje de artistas que se presentan en festivales fuera de 50 % mujeres y 50 % hombres. La discusión derivó entonces en enfoque de género. Si en El Salvador aprobaran la reforma que se discute actualmente, ¿ves un escenario en el que luego se exijan los intereses de otras luchas y de otras causas que ya no tengan tanto que ver con el arte en sí?

Claro. Y esa es la dinámica natural de la existencia. Si lo ves en términos humanos, es así. Y yo no puedo sumar mi voz apagando la voz de alguien. Creo que sería contradictorio. De hecho ya hay voces acá, sin existir una cuota de música. Ya hay grupos, como el grupo LGBTI, que están abogando por sus derechos, por ser minorías con igualdades. Pienso que sería legítimo. Es decir, en la variedad está el gusto. Lo mismo que hablábamos antes respecto a la gente que escribe poesía que quisiera que hubiera un espacio en radio para la poesía… Eso sería fenomenal.

Sí, pero te pregunto qué te parecería si lo empezaran a hacer a través de la exigencia de los músicos… Por ejemplo, si se aprobara un 40 % de música nacional en las radios; que luego se exija que de ese porcentaje, la mitad sea solo para artistas mujeres o solo para población LBGTI…

Me parecería fenomenal. Y me parece que sería natural. Todos tenemos derecho a plantar nuestra verdad y tratar de defenderla con argumentos. Lo que dirime cualquier negativismo frente a este tipo de expresiones es que todos tenemos un derecho material y subjetivo, pero la defensa de ese derecho tiene que tener un argumento. Y para defender esos derechos civiles –no vamos a hablar de temas religiosos ni morales– existe algo que se llama la Constitución de cada país. A mí me parecería justo y balanceado que a partir de esta lucha surjan otras. No podríamos negarle eso a alguien, porque estaríamos actuando como las personas que están contra nosotros, que en este caso es Asder, que ocupa su grado de influencia  sobre la población, que crea encuestas en sus medios de comunicación de manera tendenciosa, engañando a la gente, como si nosotros estamos buscando imponerles escuchar música a la audiencia, cuando no es eso. Lo que estamos buscando imponer al medio de comunicación es la obligación de transmitir música nacional; pero el radioescucha va a tener la opción de escuchar o no. O de cambiar de radio. Por otra parte, se está tergiversando como si la radio vende música. Ahorita hay hasta abogados que están publicando en sus redes sociales que por qué no obligan a Pizza Hut a vender pupusas. ¡Momento! La radio no vende música; vende publicidad.

Me gustaría que profundizaras un poco más acerca del 40 por ciento. ¿Por qué específicamente ese porcentaje? En redes sociales, la ministra de cultura, Suecy Callejas, te llamó mentiroso porque afirma que ella jamás sugirió que fuera un 5 por ciento de música nacional en las radios. ¿Podrías comentar respecto a esa situación y a por qué debería ser, específicamente, un 40 por ciento?

Bueno, respecto a Suecy. No sé si leíste los tuits en los que yo expuse por qué yo había expuesto eso que ella había expresado. Yo tomé los datos de la periodista Yolanda Magaña, de Diario El Mundo, un reconocido periódico de El Salvador, de circulación nacional y que tiene su cuenta verificada en Twitter. Yo no pude quedarme a la exposición de Suecy. No fue algo negativamente premeditado de mi parte. Ahora, yo creo que Suecy ni siquiera dijo un porcentaje. O sea, creo que eso incluso es peor, porque Suecy no dijo «yo apoyo un 10 % o un 15 % o un 20 %». Ella habló que tenía que iniciarse una discusión técnica y que sí estaban, como gobierno, dispuestos a apoyar. Yo hablé con ella en una reunión previo a que ella entrara a dar su posición y que nosotros le trasladamos nuestra posición a la comisión. Le exhorté que nos ayudara como no lo habían hecho las otras administraciones, que fuera un punto de inflexión en donde ella fuera solidaria con el arte y con la música nacional, diciendo que un porcentaje era justo. Ella no quiso hacerlo porque dijo que no tenía estudios técnicos que respaldaran una postura. Bueno, yo lo respeto. Incluso llegamos a plantear con Suecy que no se hablara de un porcentaje, pero que el ministerio apoyara cambiar la palabra «podrán [poner música nacional» por «deberán», considerando lo que ella nos manifestó en esa reunión acerca de que ya venía el reglamento en marcha y que cuando eso estuviera aprobado, desde el reglamente se podrían hacer mesas de trabajo con los medios de comunicación para acercar posturas. Eso habría sido un avance que, personalmente, este servidor veía más real. Ahora, pues el tema con Suecy se tergiversó… Ella me llamó mentiroso. Yo le dije que no era mi intención ponerla contra las cuerdas ni exhibirla, pero que eso era lo que había publicado una periodista. Entonces, si no era así, que ella lo aclarara, yo le tomaba la palabra. Lastimosamente ella me tiene bloqueado en twitter. Yo no sé lo que ella publica. A mí me lo dijeron, me pasaron las capturas y lo verifiqué. Lo chistoso es que no me da derecho de respuesta. Pero bueno… Yo le escribí en mi cuenta de Twitter que reconsiderara, que yo había tomado esa información de ahí, pero que por el contrario, yo le deseaba éxitos en su gestión; que no es un tema partidario ni político; que no me paga el FMLN para estar poniéndola en mal a ella; y que simplemente estaba contrastando la información de Diario El Mundo con la postura del resto de partidos políticos. Y todavía aún el posicionamiento de Suecy respecto al porcentaje fue menor al 5 %. Como te digo, ni siquiera dijo un porcentaje. En el tema con Suecy no tengo nada, ni político ni personal, contra ella. Le deseo éxitos en su gestión y, por ende, al presidente, pues. Que el presidente se sensibilizara y que mandara un tuit con esa orden sería lo que todos los músicos apoyarían. Ahora, no sé si políticamente eso es lo que a él le conviene o cómo considera él si le conviene o no.

Ahora, en cuanto a lo del 40 %, he visto el derecho comparado, los otros proyectos de ley a lo largo de Latinoamérica, y comparto con vos que el 40 % no es una cifra que sea predominante, a excepción de Argentina y creo que Colombia. No estoy seguro. Cabe aclarar que yo no hice esa propuesta. Yo no estuve en la discusión del porcentaje. Pero yo creo que la propuesta es simple. Considero que el 50 y 50 era decirle a Asder y a todo el imperio de este país: «queremos estar al mismo nivel de ustedes». Decir un porcentaje de 60 % para lo internacional y un 40 % para lo nacional es decirle a Asder: «vaya, ustedes están por encima de nosotros… aún». Y como en este país vos pedís más para que te le rebajen, ¿verdad? Ja ja ja… Creo que es más un tema cultural. Desconozco el trasfondo. No pudiera emitir una opinión porque no creé la propuesta. Lo hizo Agosar (Asociación de Grupos y Orquestas Salvadoreñas), en compañía de un profesional de derecho.

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