Felices como en la Atalaya

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La solución a las decepciones de la Selecta, según los salvadoreños, es dejar de ver el fútbol. La solución para los problemas de la vida y familiares, según los salvadoreños, es Dios. ¿Pero qué pasa cuando lo que frustra es la contaminación ambiental? Entonces la solución, por encima de Dios, es Nayib Bukele. 

Los resultados de la más reciente encuesta de la Universidad Francisco Gavidia presentan un universo distópico donde la solución a buena parte de los problemas que enfrenta El Salvador pasa por rezarle a un Dios o a un presidente. 

La encuesta, presentada esta semana, muestra que el presidente salvadoreño es la primera o segunda opción de solución cuando los problemas que frustran o disgustan a la sociedad son la corrupción, el tráfico o la contaminación del medio ambiente. 

Siete de cada diez salvadoreños, según el sondeo, se sienten alegres por la situación actual del país. La mitad de la población se siente optimista y cuatro de cada diez creen que el futuro es prometedor. 

La aparente solución de la inseguridad ha generado mucha expectativa y esperanza en la población salvadoreña. Un velo de optimismo muy grueso que impide, de momento, reconocer que el problema, después del pacto entre mafias y la inacción ante la enorme desigualdad económica y social, únicamente está pospuesto. 

El actual gobernante, que se convertirá en presidente de facto en un mes, ha creado una realidad paralela, parecida a un reality show que puede ser seguido en redes sociales dentro y fuera de El Salvador, que ha motivado una euforia e ilusión muy pocas veces vista en la historia reciente del país. 

Pero como las Atalayas, esas torres de vigilancia que dieron nombre a las famosas revistas de los Testigos de Jehová, que adornan sus portadas con dibujos idílicos de personas, de todas las razas, conviviendo entre leones y tigres, y pese al optimismo palpable, la realidad es más compleja que vender la idea del cielo en la tierra.

La misma encuesta también señala que siete de cada diez salvadoreños consideran que su situación económica es regular o mala; ocho de cada diez también creen que el costo de la vida ha aumentado, el dinero no alcanza o necesitan un mejor empleo. El alto precio de los alimentos, según los consultados, es el principal problema ahora mismo.

Que la situación económica es precaria no es ningún secreto: El Gobierno persigue a toda costa un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional; la Asamblea aprueba nueva deuda y mete mano a las pensiones; la gente come menos carne. Lo que asusta, sin embargo, es la pasividad de la ciudadanía ante sus políticos. 

Si bien seis de cada diez piensan que los gobernantes son servidores públicos, la mayoría también cree que no puede influir en sus gobernantes. El gobierno influye en mi vida, respondieron. Y esa resignación preocupa. 

Preocupa por el hecho de entender que el presidente es una especie de deidad que soluciona mágicamente todos los problemas.

Tanto ha llegado Bukele a instalarse como la solución de los problemas de los salvadoreños, que cuando dos futbolistas de las selecciones masculina y femenina buscaron la liberación de sus familiares detenidos bajo el régimen de excepción, no le escribieron cartas a los jueces; o al director de la policía; o al ministro de seguridad; o a la designada presidencial en funciones. No. Le escribieron, le rogaron, le suplicaron al presidente.

Los gobernantes son de carne y hueso, empleados que merecen el mismo respeto que aquel que se debate cada mes para malvivir. Empleados a los que les pagamos, y que por tanto hay que exigirles transparencia y efectividad. 

La esperanza se convierte en una tortura si se alimenta de expectativas irreales, como pasa en las portadas de Atalayas. No esperemos el cielo en la tierra; con un El Salvador libre de corruptos debería ser suficiente.

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