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Bad Bunny: un conejo que calcula sus brincos entre el bien y el mal

Para una artista de tendencia en un género donde afirmar una masculinidad agresiva – principalmente a través del lujo y la fanfarronería– es una obligación identitaria, el videoclip de “Caro” –de Bad Bunny– resulta brillantemente ejecutado. No llega a ser panfletario o innecesariamente regañón: se entiende que esta visión es una afirmación, un argumento incuestionable y asumido.

Imágenes tomadas del videoclip de «Caro»


Bad Bunny es una criatura peculiar. Por ejemplo, en distintas oportunidades, el cantante de trap ha dejado constancia de su gusto por arreglarse las uñas como cualquier diva. El gusto del puertorriqueño por la manicura está documentado y le ha traído críticas. De hecho, el año pasado tuvo que borrar publicaciones en sus redes sociales en las que denunció que un salón de español no lo quiso atender debido a que, según acusó, se le discriminó por ser hombre. El caso no sería peculiar si no se tratara del mismo hombre que afirma que “las putas le llueven”, pero a la vez publica una canción como “Solo de mí”, que denuncia la violencia machista. 

Contradicción. Eso es lo que reina al analizar buena parte de su contenido. Estamos ante un macho que defiende la diversidad sexual. Por ejemplo, su nuevo video, “Caro”, condensa un esfuerzo contradictorio pero sincero en apariencia: inyectar de conciencia progresiva a géneros como el trap y el reggaetón, que se nutren históricamente en contextos machistas y materialistas.

«Caro», más allá de las apariencias

Como Daddy Yankee lo hizo en su momento, escuchar el nombre de Bad Bunny en una conversación divide bandos. Para algunos, pareciera ser el máximo exponente de todo lo que está mal con la música popular; alguna especie de Hitler que canta trap, denigra a las mujeres y presume su dinero mientras balbucea estupideces “autotuneadas”, mientras extermina la posibilidad de que las nuevas generaciones adquieran gustos musicales más complejos. 

Para otros, es un experimento interesante. Su disco debut (“X100pre”, 2018) es una mezcla experimental de géneros que unen al pasado y al presente de la música urbana gracias a referencias audaces en las que el boricua se ha ganado el reconocimiento de la crítica musical. Una muestra: Rolling Stone calificó su disco con cuatro de cinco estrellas; mientras el New York Times llamó a Bunny “camaleónico y adaptable”.

Su música baja el volumen –sin poner mute– al bravucón de los billetes que suele aparecer rodeado de modelos y abre espacio a tópicos políticamente más cargados, como el de violencia hacia la mujer, diversidad sexual e impunidad. Todo esto en línea con una personalidad pública cada vez más adepta a conectar con sus fans en estos puntos. 

¿Pero podría ser una maniobra de marketing? ¿Acaso géneros como el trap o el reggaetón no son todo lo contrario a lo que Bad Bunny predica? ¿Acaso Bad Bunny nos va a salvar de la injusticia? ¿Es el conejo malo, contra todo pronóstico, un conejo bueno?

El video de “Caro” parece indicar que la respuesta es complicada, pero que al menos el esfuerzo de cambio se realiza no solo con algo de honestidad, sino también con la decisión de un artista consciente de su peculiaridad. Sin miedo.

¿El conejo malo va a salvarnos?

“Caro” abre en una habitación delicadamente retro que anuncia el conflicto: paredes celestes con detalles rosa, lo tradicionalmente femenino y lo masculino. Una mujer joven pinta las uñas de negro a un Bad Bunny en bata de baño, quien parece no inmutarse y observa sus manos. En un parpadear, Bad Bunny es mujer. Literalmente, una mujer con la apariencia, ademanes y actitud de Bad Bunny, una conejita mala.

Esta conejita no finge; no es pose o una caricatura de su contraparte masculina. Toma el poder, el control de la situación, como si ningún cambio hubiese tenido lugar. Entra al clóset y se viste al mejor estilo ecléctico de Bad Bunny; o mejor dicho, a su estilo. Resulta un poco incómodo verla asumir corporalmente la agresividad casual inseparable del cantante de trap, porque en nuestro entendido ella debería estar vestida con algún numerito provocativo, tratando de seducirnos o de probar que ella también puede imitar, a su manera, estas actitudes de poder. Pero no. Es un perfecto equivalente.

En un Ferrari celeste, sale por su barrio acomodado hasta encontrar a su “corillo”, sus compañeros, en un trailer park. Ningún hombre del grupo se inmuta. Reconocen su vibra y se unen a ella. El video no quiere que normalicemos nada todavía al distorsionar de forma visual detalles como rostros o camisetas para recordarnos que sí, el/ella rompe las reglas y las repara. 

Cortamos a un desfile de modas, el mismo que está en el pequeño televisor de la habitación del inicio del video. Sobre un fondo neutral –y ante una audiencia masculina–, una tropa de mujeres desfila con alegría. Se suceden mujeres altas, bajas, delgadas, robustas, menores, mayores. Una drag queen se impone; otra mujer con síndrome de Down tira besos a la cámara. Todos aplauden. La misión del video deja de ser algo material. Esas mujeres son, sí, caras. Son valiosas.

Luego, en el fondo de un espacio blanco –sobre el que se proyecta un volcán en erupción– se encuentran Bad Bunny hombre y Bad Bunny mujer. Un volcán es destrucción, conflicto, turbulencia; pero también representa vida, pasión, ímpetu. En un momento, acostados, cada quien por su lado. Al otro, sentados el uno frente al otro, tomados de la mano, mirando hacia arriba, con el mismo atuendo. Dos lados de la misma moneda en completa igualdad.

Atardece. En contraluz, Bad Bunny hombre canta: 

«¿Por qué no puedo ser así? Yo solamente soy feliz».

Detrás suyo, hombres y mujeres desnudos corren en direcciones contrarias, convergiendo en él y siguiendo su camino. Sabemos que lo son por sus siluetas. Los detalles se borran al final del día porque somos todos humanos, ¿no? Una mujer lo besa en la mejilla, sin inmutarlo. Sigue en lo suyo. Ahora es un hombre quien se cuelga de su cuello con fuerza y besa su mejilla, haciéndole perder el balance. Aquí la voz que acompaña a Bunny en la estrofa se revela como la de Ricky Martin, quien en 2011 reconoció su orientación sexual frente al mundo: un hombre gay. 

En cortes a la toma volcánica, Bad Bunny hombre y mujer juntan las frentes, tratando de encontrarse. 

Conejo y coneja vuelven a cambiar lugares: hoy es su persona hombre quien canta con sus amigos en el Ferrari. Los conejos malos, hombre y mujer, juegan con las manos, como niños. Se cantan a sí mismos, se alternan frente a la cámara presumiendo que son caros, que nunca necesitaron dinero para serlo, que no tienen necesidad de compararse con nadie. Saben cuánto valen y es lo mismo. Siempre con el volcán al fondo, se funden en un beso apasionado. Cerramos con el conflicto resuelto, masculino y femenino unidos, Bad Bunny amando y aceptando a Bad Bunny.

Mesías a medias

¿Es esta la nueva religión que predica constantemente Bunny en sus canciones? Porque si lo es, está en sintonía con las inquietudes de nuestro tiempo, donde la diversidad, la igualdad y la fluidez en la expresión de la sexualidad se han vuelto luchas relevantes para su público meta, decididamente joven. 

Ahora bien, Bad Bunny no ha renunciado completamente a la masculinidad tóxica del trap. “X100pre” lo encuentra mucho más sensible e introspectivo en sus temas, pero aún se identifica en él un discurso de joyas, carros y modelos. Persiste una dualidad. Tal vez la evolución de esta contradicción sea clave para definir si su esfuerzo tiene futuro como transformación, si realmente tenemos detrás del conejo malo a un conejo consciente que se mira de cuando en cuando al espejo; o simplemente a un conejo que entiende cómo vender sin sacrificar su estatus en el juego. Por ahora, pareciera que el traperito bravucón va en bajada. Hay que observar con atención, sin esperar que nos salve de los demonios culturales que conservamos por cuenta propia. 

Imagen del videoclip de «Caro», sencillo de Bad Bunny publicado la semana pasada.

Las celebridades y artistas no son mesías, pero son referentes decisivos en el imaginario colectivo y sirven como referencia para entender el momento de la historia en que estamos parados. Puede que Bad Bunny y su trap despierto no transformen por completo ni siquiera a su propio género, pero es interesante observar el efecto que tiene, especialmente en las audiencias más jóvenes, las que están formando su criterio musical al mismo tiempo que su visión de mundo. Si un cantante urbano fuera de la norma –ataviado en joyas y extravagancias– puede entender los matices sociales y no tiene miedo de expresarlos desde sí mismo hacia su obra musical, tal vez corresponde escucharnos un poco más a nosotros mismos. No necesariamente a su música, pero a lo que tiene que decir a través de ella.  

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#Música