Aquella oleada de “cine negro” de los 90, que encabezaron Spike Lee y John Singleton, llevó al mainstream de Hollywood varias aristas del mundo y la cultura afroamericanos, hasta entonces relegados al soporte documental, a algunas series de TV o a narrativas elaboradas desde los ojos de directores blancos. Lee, sobre todo, nos abofeteó al mostrarnos sin contemplaciones toda la crudeza del gueto -muy poco cambió desde los 90- y al desbaratar la falacia de la integración racial en Estados Unidos; también nos dio su propia versión -edulcorada dijeron algunos- de Malcolm X, el icono del movimiento negro reivindicativo más violento de mediados del Siglo XX. Pero ni siquiera Lee se había atrevido a contarnos a Martin Luther King, el prócer negro por excelencia. Hoy lo hace Selma, otra de las nominadas al Oscar. Y nos lo cuenta una mujer, Ava DuVernay.
Hay poder en Selma. En la actuación de David Oyelowo, el actor británico que encarna aquí a MLK. En la sensata dirección de DuVernay, capaz de recrear con la dosis perfecta de tensión un hecho histórico tan universalmente condenado como la segregación brutal en el sur profundo de los Estados Unidos. Y también en un guión bastante compacto, escrito por la misma DuVernay y Paul Webb, que tiene en el manejo de los tiempos dramáticos y en la profundidad de los personajes protagonistas sus principales méritos.
Selma es la narración fílmica de la marcha que MLK organizó entre la población que lleva ese nombre, en el sureño y racista estado de Alabama, y Montgomery, la capital estatal. Y también es el más completo retrato cinematográfico del hombre que, al decir de los libros de historia estadounidenses, fue el principal promotor de la igualdad de derechos civiles entre los descendientes de los colonizadores blancos y los de los esclavos negros en la Unión Americana; del hombre que es, además, el icono de la no-violencia en este país.
No es fácil, nunca, retratar a un icono.
Los vicios más recurrentes en el cine estadounidense, al hablar de iconos, han sido la deificación gratuita, la exaltación patriotera y el abuso del discurso maniqueo: nosotros buenos, ellos malos. Eso no pasa en Selma y pudo haber pasado por el aura de infalibilidad que la historia -la escrita por los negros, pero también la escrita por los blancos- suele dar a MLK.
Al contarnos el viaje del doctor King desde Atlanta -su ciudad base- al pequeño pueblo de Selma para organizar una marcha de miles de negros por la Alabama rural de 1965, territorio bajo control de los extremistas blancos, como una forma de presionar al Congreso en Washington para que concediera a los negros el derecho a votar, DuVernay nos cuenta en realidad dos viajes.
El primero, el del movimiento negro, encabezado por MLK, que desafío al establishment político de Washington. El segundo, el del propio líder, enfrentado constantemente a sus debilidades humanas desde el podio en que la historia lo había puesto cuando decidió empezar a caminar en Selma.
Ambos viajes cuajan bien; existen sin molestarse y, como debía ocurrir para que la película resonara, conviven y se complementan.
Al final, dicen algunos historiadores, la Historia -con mayúsculas- suele moverse al ritmo de las pasiones más profundas de los humanos, y no es posible retratar una sin acudir a las otras.
Las escenas que hablan del primer viaje, el de la Historia, son impactantes. No hay, creo, quien pueda quedarse sin reacción ante la secuencia en el puente de Selma, que marca el inicio de la marcha hacia Montgomery. Cuando los activistas negros y blancos que acompañan la marcha intentan salir por primera vez, los patrulleros federales los destruyen a golpes de macana. Las imágenes de DuVernay son explícitas, no en sangre, sino en el odio reflejado en los primero planos de los agresores o en el estoicismo que se sobrepone al terror en los gritos de los negros vapuleados.
Igual de efectivas a estas escenas de gran formato son las más íntimas, en las que la directora depende casi por completo en la capacidad de sus actores para hablar de las envidias, las frustraciones, los odios y las ambiciones que navegan alrededor de los blancos de Alabama que odian a los negros pero también de los negros que buscan, a veces sin piedad, el protagonismo que da el poder de mandar sobre miles de almas que buscan redención.
En el segundo viaje, el que habla de la profundidad del doctor King, DuVernay depende, primero, de la decisión de contar a un hombre imperfecto, capaz de traicionar sin contemplaciones a su esposa, o de rendirse ante el miedo que provoca la muerte.Y, decidido eso, la directora depende casi exclusivamente de su actor, Oyelowo, para dar sentido a ese personaje.
Algo similar ocurre con el retrato de otro protagonista de esta historia, el presidente Lyndon B. Johnson -interpretado aquí por Tom Wilkinson-, de quien DuVernay explora, también, las ansiedades que despiertan en este hombre saberse dueño del poder que puede convertirlo en el abolicionista definitivo o, solo, en un mequetrefe abofeteado por la Historia.
DuVernay decide y cuenta bien. Decide explorar sin miedo las debilidades de MLK para, desde ellas y, por supuesto, desde sus fortalezas, contarnos cómo un hombre, uno, convenció a los descendientes de los esclavos de desafiar al poder. Sin ese retrato completo, aun con el tino dramático que muestra en las escena masivas, Selma no hubiese superado la prueba final: contarnos al hombre -a los hombres- para retratarnos al líder y su gesta.
Para su final, la directora acude a la dramatización del discurso que MLK pronuncia ante la sede del gobierno estatal de Alabama. Puede parecer, así leído, un recurso convencional en el cine gringo: el héroe termina sus caminos con una alocución desde el podio más visible para ganar el aplauso del mundo.
Nada de eso: el poder de esa escena se basa en sus atributos cinematográficos, no en la fuerza dramática que le viene dada por la historia a la que se refiere. De hecho, esa historia, tan poco contada en el cine, llega a ser arrolladora ante nuestros ojos porque el cine la hace poderosa. Llegado a Montgomery, Alabama, David Oyelowo es ya MLK, y sus palabras, las de Oyelowo, tiene ante la cámara toda la resonancia emocional que, según dicen quienes estuvieron en la capital de Alabama, tuvieron las de Martin Luther King aquel día. Hay poder ahí.
La posdata. Ni DuVernay ni Oyelowo están nominados en sus respectivas categorías. De hecho, Selma solo está nominada como mejor película y por la mejor canción original. Algunas publicaciones especializadas como Entertainment Weekly y Rolling Stone dicen que esto se debe, en gran parte, a una mala campaña de lobby de los productores de la película ante los miembros de la Academia. Hay otros -yo me apunto en este grupo- que ven aquí las macabras inercias de una maquinaria, la del cine, dominada en Estados Unidos por hombres blancos, igual que la política en Washington.
Foto principal tomada del archivo de la Biblioteca LBJ.
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