“Rompan Todo”: la chispa que exalta la incorformidad de una región que no existe ni para incorformarse

El documental de Netflix que proclama contar “la historia del rock en América Latina” es un producto que entretiene, pero que falla por maquillar el legado de héroes sin cicatrices, donde el éxito es exclusivo de quienes accedieron a las mieles de la notoriedad en la industria musical. En ella, Centroamérica no existe ni para compartir los traumas de sus dictaduras.


A veces, el ímpetu por desahogar crítica seduce tanto que perdemos la atención de lo que se nos ofrece. Creemos, pues, que resulta imperioso que sean los demás quienes se resignen a escucharnos, a ofrecer su atención. No pasan ni treinta segundos del documental “Rompan todo” (de Netflix) cuando ya se nos aclaran dos cosas trascendentales y que el chaparrón de críticas –amplificadas por el linchamiento público en que hemos convertido las redes sociales– pierde de vista: 

  1. Alex Lora (de El Tri) nos dice que “el rock and roll es un medio de comunicación”.
  2. Rubén Albarrán (Café Tacvba) nos dice que no debemos entender “al rock en su forma, sino que en su concepto”.

Desde el «input», el documental muestra la necesidad de encontrar una definición. El problema es que cinco episodios después, “Rompan todo” no termina de llegar a ella, no alcanza a aclarar de forma rotunda cuál es ese concepto del que habla Rubén, esa definición que nos deje conformes a todos y a la que tan fuerte han apostado sus guionistas y editores. Esa conceptualización del rock, tan importante, tan decisiva, termina flotando en la ambigüedad, sujeta a merced del viento, como las hojas de Pescado Rabioso. El rock del documental no es el rock and roll que por más de medio siglo defendió y ha ejecutado el mismo Alex Lora, pues ese, el rock and roll que encontró inspiración entre Chuck Berry y la cervecería La Curva, sí está dotado de reglas y de fronteras claras; algunas, inviolables. Sin embargo, en su concepto, el rock que muestra el documental se establece como lo que afirma Lora: como “un medio de comunicación” donde la premisa inquebrantable es “ser ajeno a los prejuicios”. Entonces, ahí, en su etéreo concepto, todo se vale y caben demasiadas cosas: será rock el pop de Maná, Neón, La Ley, Juanes y Mon Laferte; será rock la música urbana de Calle 13; será rock el hip hop de Control Machete; será rock la electrónica de Nortec Collective y del Instituto Mexicano del Sonido. Porque pareciera que la etiqueta la aporta la procedencia. Y si algo queda claro con “Rompan todo” es que esa idea vaga del rock amplio, vigoroso de actitud y lejano a los prejuicios se nos muestra, ya revelado, como aquel que encontró un recoveco en la notoriedad de los países que sí gozaron del privilegio de desarrollar una industria musical. En tal escenario, los países que no poseen industria –y, por ende, ventanas de exposición– se quedan fuera, prisioneros de la irrelevancia, condenados a jugar perpetuamente en segunda y tercera división.

Entendido y asumido eso, “Rompan todo” brilla y emociona en cuanto comprendemos que no es más que un buen producto de entretenimiento. Ni es La Biblia del Rock en Ñ ni debería pretender serlo. A lo mucho, es una versión de enciclopedia Larousse de bolsillo, comprimida de acuerdo a intereses, aciertos y miopías particulares.

Y como diría Lora: «parece fácil», pero no lo es tanto. Requiere de plata y tiempo. Y debido a la repercusión que ha tenido, podemos afirmar ya que “Rompan todo” también ha sido un éxito. Como una paradoja de sí mismo, el documental encuentra repercusión en cuanto a qué tanta pelea ha generado en el ring de boxeo de las redes sociales, donde los pugilistas de la verborrea acudimos a mostrar las carencias afectivas que nos ha provocado la frustración de ser esclavos de nuestros orígenes.

Ese es el caso de la inconformidad centroamericana, por ejemplo, que reclama que ni huele ni hiede en una narrativa a la que se circunscribe a pesar de ser el cachorro lerdo de la manada. Centroamérica considera que no hay razón suficiente para aceptar la afrenta de que le nieguen la membresía a un club que para se exclusivo necesita, precisamente, de excluir a quien se lo permita. Y esta es –debo decirlo– una queja que surge de la desubicación que provocan viejos traumas. Signo de nuestros complejos, los centroamericanos –y los salvadoreños con singular medida– tenemos una necesidad por volcar nuestras frustraciones heredadas y cotidianas en la sed por despuntar entre las prácticas del ocio: ya sea en las gestas deportivas –como en las ingestas alcohólicas– que construyen leyendas. Así también ocurre con las magnitudes artísticas que amplificamos en nuestras vivencias, en esa cosa que se llama vivir y sentirse especial, como si eso forjara nuestro torcido concepto de patria, de identidad, de orgullo… Como si internacionalmente debiera reconocerse que nuestros gallardos artistas representan una revancha, el desquite por el infortunio de haber nacido donde hemos nacido.

Así es como llega el desencanto de una respuesta brutalmente honesta que, por corrección política, nunca nos van a escupir a la cara. Esa bofetada –cual Batman iracundo– es cruda y difícil de asimilar, así que cada quien verá si elige evadirla en la irrealidad o si no. La verdad incómoda es que Centroamérica no cuenta para “Rompan todo” porque su rock nunca logró desarrollar una industria a la cual aferrarse; como tampoco logró exportar una figura individual mesiánica; ni, mucho menos, colectivizar un movimiento de identidad disruptivo a través de su rock. 

Y que no se me interprete mal: no ha sido una cuestión de falta de talento. Ese sobra. ¿Resistencia? Más, todavía. Lo que nos ha faltado es país, como ha faltado para tantísimas cosas más. En la privación de la idealización ha habido demasiadas cosas más importantes que nos negaron, más allá de los sueños de rock y de fútbol, como por ejemplo, los derechos humanos más elementales.

Muchos centroamericanos buscan que, de alguna manera –incluso lastimera– se reconozca el aporte de Alux Nahual, Broncco, Café con Leche, Pez Luna, Océano o Perrozompopo (más un infinito etcétera), por el mérito de cobrar peaje en la carretera Panamericana y por el encomiable logro de resistir ante tanta adversidad. Y claro, este es un mérito que debemos resaltar, pero también debemos ubicarnos, y aplicarnos un baño de realidad: aunque los ejecutivos de Netflix no lo digan abiertamente, aunque se hayan equivocado al seleccionar ese subtítulo tan arrogante de “La historia del rock en América Latina”, ocurre que resaltar la pujanza contra la adversidad de las regiones sin escaparate no es el objetivo de “Rompan todo”. El de Talarico y Santaolalla es un producto de entretenimiento que captura las proezas de aquellos que trascendieron por su talento y repercusión en los países que sí lograron desarrollar industria musical, a pesar de ser también países que envenenaron sus raíces a fuerza de dictaduras y represión.

Por otro lado, es importante, además, saber diferenciar entre qué es un producto de entretenimiento y qué es periodismo. “Rompan todo” no está ni cerca de ser periodismo. Crear un almanaque no es hacer periodismo. Para asumir el oficio periodístico, al documental le faltó separarse de los blow jobs autoinflingidos tanto por protagonistas como por editores de contenido. La propuesta flaquea porque es incapaz de incomodar a quienes consulta, porque nos presenta una historia tan falta de autocrítica que levanta la sospecha y la suspicacia. ¿Acaso no fue la glorificada banda Café Tacvba la misma que renegó de su pasado y decidió no cantar más la “Ingrata” porque fue creada en tiempos donde la violencia simbólica y machista no era asimilada como en la actualidad? ¿Por qué no incomodarlos un poco, desafiar su estatura de artistas y preguntarles sobre esto? 

Parte importante de la historia es el papel que jugaron las compañías discográficas. El documental no asume nunca un mea culpa de los usos –pero sobre todo de los abusos– que estas compañías ejercieron con impunidad. Bastaba con contar la historia de Las Manos de Filippi para asomar la basura escondida bajo el colchón, pero optaron por no hacerlo. Maldita Vecindad nunca nos contó que un disco suyo, en su mejor momento, fue congelado por discrepancias con su disquera y este nunca fue publicado. Los guionistas de “Rompan todo” también optaron por ningunear la repercusión que en México tuvo Caifanes (y luego Jaguares) en su momento, evidentemente superior al de cualquier otra agrupación de su camada. Reducir a Caifanes a la banda que covereó “La Negra Tomasa” impidió que se les abordara con mayor profundidad, y preguntarle a Saúl Hernández acerca de aquel concierto de 2001, “Unidos por la Paz”, en el que Jaguares y Maná se prestaron al juego de los políticos de turno y a los intereses de Televisa y TV Azteca. ¿Contar estas cosas sería contradecir a la narrativa del rock como rebeldía ante el sistema? Pues, sorry. Eso es lo que hace el periodismo: incomoda.

Esta falta de autocrítica se refleja también en el cierre apresurado con el que narraron el rock del nuevo siglo. ¿Era tan complicado afrontar el desafío de asumir y buscar los motivos por los que el movimiento se desplomó y perdió notoriedad como referente identitario de las nuevas generaciones? Porque al optar por edulcorar la historia y sumarse a la tendencia –cada vez más desgastada– de resaltar el aporte de la mujeres en el rock, olvidaron un par de cosas importantes:

  1. Que ellas siempre han estado ahí, como lo pueden certificar Kenny y los Eléctricos, Cecilia Toussaint, Las Ultrasónicas, Patricia Sosa, María Gabriela Epumer, Celeste Carballo y muchas más, solo de México y Argentina, para facilitarles la búsqueda. Aunque, si se escarbara debajo de los escombros de la región que no existe ni para inconformarse, encontrarían también a Lorena Cuerno, Miss Lilith, Clara Grun y Pamela Robin, entre muchas más del triángulo de las Bermudas.
  2. Que también en el auge del feminismo surgió el movimiento Me Too. Y que una acusación anónima surgida dentro del movimiento derivó en el suicidio de Armando Vega Gil, miembro fundador de una banda que (con justicia) se glorifica en el mismo documental: Botellita de Jerez. ¿Por qué no abordar este episodio para generar una discusión que aún permanece abierta?

Es insensato pensar que durante todo este trayecto el rock no se ha ganado sus merecidas cicatrices. Maquillarlo es una opción, pero constituye asumir que la historia que se está contando busca más entretener que generar reflexión. Muestra de que sí podía afrontarse el desafío de profundizar, el documental realiza dos mea culpa importantes y ambos proceden del rock argentino: primero, cuando León Gieco admite haber sido utilizado (junto con otros músicos) para un concierto a beneficio de los soldados de Malvinas; y cuando se narra el episodio de La Tragedia de Cromañón, un incendio provocado por bengalas en un concierto de la banda Callejeros, en 2004, y que provocó el fallecimiento de 194 personas. Evadir esos episodios hubiera sido un exceso, pero si lo afrontaron, bien pudieron atreverse a realizar un poco de periodismo en el resto del show.

Por último, buena parte de las críticas al documental han surgido por las ausencias y las presencias, como si cada quien quisiera tener el poder de decidir la alineación de los que están por encima del bien y del mal. No ahondaré, por lo tanto en el tema del exceso de protagonismo –bien fundamentado– de Gustavo Santaolalla, y que ya comienza a manifestarse incluso en los memes. Sobre los países ignorados, quiero creer que también obedece a un tema de presupuestos. Es evidente que falta por contar la historia del rock del Caribe (que se solventaba con la inclusión de Robi Draco Rosa), del rock de Brasil (que se solventaba con el ‘portuñol’ de Os Paralamas do Suceso), del rock centroamericano y del rock latino que encontró raíces en Estados Unidos (que se solventaba con la importancia de un personaje como Blanquito Man). Esto implicaba destacar crews de grabación en cada una de estas regiones y es posible que no se contara con el presupuesto necesario. Sin embargo, desde la edición pudieron atajarse algunos fallos irreparables: como la omisión de Miguel Ríos (alguien que era apodado nada menos que como “el padre del rock en español”). El rock elástico queda, entonces, como un rock sin padre. El rock huérfano, pero sin prejuicios. 

Como manifesté antes, el yerro radicó en elegir ese subtítulo tan rimbombante y soberbio: “La historia del rock en América Latina”.  Era innecesario. Y da pie a las inconformidades, porque si el rock –en su esquivo e indescifrable concepto– sí da paso para abrirle lugar a Calle 13 y a Bomba Estéreo, resultará lógico que las escenas de metal (que, curiosamente, se han dedicado a llevar al rock al extremo) pregunten por qué no fueron consideradas. Algunas de las mejores letras del rock cantado en español le pertenecen a Hermética y Alma Fuerte; como también algunas de las más transgresoras fueron escritas por Luzbel y Barón Rojo. Fácil les resultaba agarrar a una banda como De la Tierra y en una sola entrevista resolvían thrash metal, pop y new metal; además de países no representados, como Brasil (Andreas Kisser, de Sepultura) y Puerto Rico (Harold Hopkins Miranda, de Puya). De paso, le demostrabas a los haters de Maná que su baterista (Alex González) sí toca un rock tantito más agresivo que el de Julieta Venegas, de quien, por cierto, nadie cuestiona –ni debería– su inclusión y protagonismo. Como tampoco nadie cuestiona que hubo una época en la que Fobia (una banda que ahora es reverenciada) era un instrumento de las portadas de la revista Eres; o que hubo un momento en el que Litto Nebbia, Pericos, Virus y varios grupos más de la escena roquera argentina se prestaron a participar en las actividades de campaña de la candidatura presidencial de Carlos Menem.

Miguel Mateos lo decía bien en una canción: «Todos tienen algo que ocultar». Convendría no olvidarlo. Es una lección que también deberían asimilar las audiencias que se envalentonan para dictar juicios condenatorios contra artistas a los que han sido instruidos a odiar o absolver.

Al final, “Rompan todo” no es más que otro documental que aborda historias del rock cantado en español. Ni de lejos es el único. Ni siquiera es el único contemporáneo y con alto presupuesto. Al enfocarse en artistas por separado (Gustavo Cerati, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Alex Lora y Café Tacvba), la serie BIOS, de National Geographic, ha tenido incluso la oportunidad de profundizar más al respecto de la historia de cada quien, aunque repite el vicio: es solo entretenimiento. 

Desde la inconformidad de la región que no existe ni para incorformarse, pregunto:

Si somos sinceros, a nivel de repercusión internacional, ¿qué es lo que más ha destacado de un país como El Salvador? ¿Su rock o sus episodios de represión, violencia, genocidios, migración forzada y restricción de los derechos humanos? Porque “Rompan todo” atraviesa dos líneas temáticas: la musical y la social. No es solo la historia del rock elástico, sino también de cómo resistió a las dictaduras.

Si de verdad somos sinceros, admitamos que ni Broncco, ni Adrenalina, ni Nativa Geranio, ni los Supersónicos, ni los Kiriaps, ni Cartas a Felice, ni las Musas Desconectadas han logrado rozar alguna repercusión internacional. Hace apenas diez años, el rock de Nicaragua, por ejemplo, logró una nominación al Grammy Latino con Perrozompopo. Y casi nadie lo sabe o lo recuerda en el resto de países centroamericanos. Si fuera por lo musical, más que en El Salvador, Guatemala, Costa Rica u Honduras, yo aprovecharía los breves minutos de una ilusoria candidatura a representantes del Parlacen roquero y dignos del respeto de la industria internacional, y elegiría, sobre todos, a Panamá, con dos exponentes:

  1. Los Rabanes (única banda de rock centroamericana ganadora de Latin Grammy y nominada a los Grammy Awards originales), que desde Miami lograron, por un tiempo, incrustarse como prioridad para Sony Music (el péndulo en el que se balancea el documental en cuestión).
  2. Rubén Blades, porque en la extrema elasticidad del “rock en su concepto” –y viendo que hay lugar hasta para Residente–, considero que en “Desapariciones”, “El padre Antonio y el monaguillo Andrés” y “Tiburón” hay más inspiración para el rock, una radiografía más representativa de nuestros pueblos, al punto que fue materia de imitación para muchos en el continente.

Por eso, al respecto de la omisión de Blades, culmino afirmando que mi inconformidad, más que por lo musical, es porque “Rompan todo” obviara la parte social y política de lo vivido y sufrido en nuestra región. Eso debería ser materia obligada en un documental con los ejes temáticos como los ahí planteados, aunque eso no satisfaga las carencias afectivas y nacionalistas de quienes, al ondear la bandera salvadoreña, preferirían hacerse del ojo pacho con nuestra sangrienta historia, influenciados quizás por demagogos e ilusionistas de turno que hasta se atreven a decir que la guerra no sirvió para nada.

La guerra sirvió para cambiar mucho. El rock subsistió a ella y a las condiciones que la originaron, a pesar de tanta adversidad. De hecho, el rock aprendió a ser contestatario desde la clandestinidad frente a la represión y estaba mucho más vivo de lo que está en la actualidad. Nos toca a nosotros, desde Tecún Umán hasta Panamá, narrar lo que ha pasado con el rock de una región que le grita su inconformidad a una pared de oídos sordos. Netflix –enfocada más en ofrecer entretenimiento- no lo va hacer. Ojalá, en un roquerísimo ejercicio de terquedad, pudiéramos realizarlo desde el periodismo, para hacerlo mejor.

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11 Responses to ““Rompan Todo”: la chispa que exalta la incorformidad de una región que no existe ni para incorformarse”

  • Pinche visión jodida que tienes del rock toda permeada por las industrias culturales, como si la única función de la cultura fuera estar al servicio de una industria y de una maquinaria que, seamos sinceros, fabrica tótems porque tiene la tecnología y los medios. El rock puede tener muchas funciones y obvias la más importante de todas: la cultural y social. De lo contrario, no habría subculturas. Tu articulito tampoco es periodismo, es defensa a ultranza de la cultura hegemónica.

  • Saludos, Víctor.
    Gracias por leer el artículo.

    Puedo decirte que estoy de acuerdo con una de las cosas que mencionas y en desacuerdo con otra.

    – Creo que Venezuela (como otros países) merecían una mejor exposición en el documental. No solo de la larga tradición en el país, sino también a través de los grandes músicos que migraron. Mi artículo menciona el caso de Blanquito Man (King Changó), pero por supuesto que hay muchísimo más.
    – No creo que sea responsable criticar algo que no se ha visto. Pienso que primero hay que ver el documental y luego tomar postura…
    Aunque también está la libre decisión de no verlo, pero eso implica guardarse la crítica. ¿No crees?

  • Yo pensaría que sí, Héctor.
    En esa concepción elástica entran demasiadas cosas.
    Las colaboraciones de Pablito Milanés con la escena musical española es una muestra de ello.
    Silvio Rodríguez ha sido homenajeado por muchísimas bandas de rock. Los Bunkers (de Chile), incluso hicieron un disco entero con canciones de Silvio.

    Saludos.
    Y muchas gracias por leer el artículo.

  • Saludos, Arnoldo.
    Gracias por leer el artículo.
    Respondo tus interrogantes.

    1) Sí, conozco muy bien la historia de Charly García (desde su escuela académica, Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y las distintas etapas de su carrera como solista), como también conozco muy bien la carrera de Fito Páez.
    Sobre él he publicado en Factum diverso artículos. Lo invito a que los lea, también.
    2) Sobre la influencia del tango en ambos también podría aportar mucho, no solo por canciones y discos que hacen referencia directa a ello (sobre todo en Charly, aunque por derivación atañe también a Fito, a pesar de que él, además, se ha visto más marcado también por la música brasileña).
    3) ¿Habría sido posible su influencia en el rock de sus países y el resto de Latinoamérica sin ese background? Responder eso implica acudir a otro «hubiera». Y eso es precisamente lo que critica usted en su comentario. Pero entrando al terreno de las hipótesis, yo creo que tanto Charly como Fito (y un largo etcétera de la tradición de música popular argentina) se alimentaron de influencias de su país como extranjeras, pero su talento y creatividad los convirtió, a la vez, en influencia obligada para todo el continente. ¿Lo habrían conseguido sin lo que los edificó a sí mismo? Quisiera pensar que no, pues habrían sido otras personas.

    PD: Lamento que no haya podido saciar su apetito de información en temas de tradición musical y grandes intérpretes.

  • Muchas gracias por leer el artículo, Wilfredo.
    Y también por la necesaria corrección, que ya fue atendida.

  • Interesante que la crítica al documental por la cantidad de ligerezas y omisiones de artistas bandas y países, también omita bandas y artistas del rock (y sus variantes) de Venezuela y hasta de Colombia por ejemplo. Yo como Venezolano músico y amante de la música Rock, no estoy interesado en ver ese documental de Netflix, por el solo hecho de omitir a los iconos del movimiento rockero venezolano que con tanto entusiasmo disfrute mientras crecía. Luego está el hecho de que criticar este tipo de documentales, simplemente impulsa a la masa a matar la curiosidad de verlo, dándole rating y popularidad que derivan en ganancias monetarias para Netflix. En fin, como sea mi punto es que si se va a criticar algo por haber omitido partes importantes del tema, hay que procurar no caer en el mismo error.

  • Excelente artículo, buena disección del documental, me pregunto si la Nueva Trova Cubana y sus hijos entrarían en esa elástica concepción del rock presentada en el documental de Netflix.

  • Demasiados hubiera. NETFLIX, al igual que otras cadenas son entretenimiento, pasa igual con la historia de la música universal (académica u occidental culta, no sea que el periodista arme berrinche y a falta de un mejor término). En los 90’s Mtv, sacó un par de documentales que eran sobre el rock en Mexico y Argentina, y si se hablaba de los regímenes de la época, y no por eso dejaba de ser entretenimiento.
    Parece que la tendencia del periodismo salvadoreño a sólo hablar de política y no especializarse en otros temas le pasó la factura a este reporaje. No se analizaron los factores culturales, por ejemplo y sólo por citar un par de casos, ¿sabía el periodista que Charly García y Fito Paez estudiaron música clásica?, ¿y la influencia del tango en su música?, ¿habría sido posible su influencia en el rock de sus países y el resto de latinoamérica sin ese background?.
    Siempre que se habla de música en esta revista quedan en deuda temas como: tradición musical, grandes intérpretes y un largo etcétera.
    Subrayo, falta de conocimiento musical, sobra el socio político.