Los Bukele infectan el fútbol

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A estas alturas, lo único sorprendente sería que los Bukele no quisieran controlar algo. Ya tienen el Ejecutivo, la Asamblea, la Corte Suprema, los militares, los impuestos, las cárceles, el presupuesto, la propaganda… ¿qué faltaba? Claro: el fútbol. La última gran religión de El Salvador.

Desde hace varios años, Yamil Bukele quiere presidir la FESFUT. Pero esta semana lo anunció con su típico despliegue de promesas y poder, como si estuviera ofreciéndole un salvavidas a un país que —según él— solo necesita un “plan maestro” para volver a soñar con el fútbol. Pero antes de entrarle a la fantasía, conviene recordar algo básico: El Salvador tiene prioridades infinitamente más urgentes que el fútbol.

Y conviene recordar algo más: cada vez que el apellido Bukele pone un pie en una institución, lo que sigue no es mejora, es control. Porque si el apellido Bukele fuera un verbo, sería sinónimo de desfalcar.

El problema aquí no es el deporte. El problema es quién quiere dirigirlo y para qué. Yamil Bukele —el mismo que se benefició de una condena por nepotismo anulada por una Corte sumisa a su hermano; el mismo que no ha transparentado el uso de los 22 millones de dólares invertidos en la remodelación del estadio Mágico González; el mismo que opera bajo una lógica de opacidad y lealtad familiar— no es un garante de confianza para dirigir nada, mucho menos el fútbol de un país.

En cualquier democracia funcional, una persona con ese historial no sería candidata. En El Salvador, es la ficha natural en un Estado donde el miedo no permite contradecir.

Y ahí está el fondo del asunto: los Bukele no buscan dirigir el fútbol para mejorarlo, sino para apropiarse de la joya de la corona emocional del país. En un régimen autoritario, controlar el deporte —especialmente el fútbol— es controlar una herramienta histórica de cohesión, euforia y distracción. No hay que inventar nada: la historia latinoamericana lo confirma, y si no que se lo pregunten a Argentina.

El fútbol moviliza, anestesia, emociona. Y cuando un régimen necesita mantener a la población ocupada, distraída o agradecida, el fútbol es oro puro.

El “plan maestro” no es para salvar a la Selecta. Es para salvarse ellos mismos del escrutinio. Es la privatización de la alegría nacional a manos de una familia que ha convertido el Estado en su finca privada.

Es tan evidente el interés. No importa que los Bukele no tengan historial deportivo serio,importa que tienen hambre de control. Porque en este sistema, el apellido importa más que la capacidad, la institución importa menos que la propaganda y el deporte importa únicamente si sirve al poder.

Por eso, aunque sea impopular decirlo –y aunque sabemos de que la ilusión de la afición salvadoreña se ha mantenido por más de cuatro décadas– es un alivio que El Salvador no haya clasificado al próximo mundial de fútbol. Serán cuatro años sin una cadena más para cargar en el futuro. Un éxito deportivo no debe servir para lavar la cara de una dictadura. Y hay otros temas de extrema urgencia que El Salvador debe solucionar. Temas que son más prioritarios.

Y hay otra cosa que no hay que pasar por alto: si Yamil quiere llegar a la FESFUT, lo hará con dinero público. Y si el Estado empieza a financiar masivamente el fútbol bajo control familiar, ya sabemos cómo termina esa historia. No son especulaciones: son patrones. Recuerden: Bukele ya es sinónimo de robar.

El país está en una crisis profunda. Hay una dictadura consolidada, no hay acceso a información pública, miles siguen detenidos arbitrariamente, la economía se tambalea, los contrapesos institucionales están destruidos. Y en medio de todo esto, el régimen quiere convertir el fútbol en su próximo espectáculo.

Cuando una dictadura decide apropiarse del fútbol, el deporte deja de ser deporte. Se vuelve propaganda. Se vuelve cortina. Se vuelve otra pieza más en el tablero del control total.

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