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La isla del fútbol

Los costeños son personas muy agradables. Ahora mismo, por ejemplo, hay uno de piel morena que piensa que somos turistas y nos invita a pasear en lancha.


“¡Hey!, ¿les tomo fotos? Yo soy bestia para tomar fotos ¡Soy brutal!”, nos grita mientras saca a relucir la dentadura cholca y nos extiende la mano, pidiendo el teléfono.

Antes de llegar hasta aquí, sin embargo, donde la calle pavimentada se convierte en arena y después en agua, hemos tenido que atravesar lo que un amigo nos quiso describir como “zona de muerte”. Al amigo lo llamaremos El Transportador, él también es periodista local y conoce de cerca los asesinatos que han sucedido sobre la calle que de Usulután conduce a Puerto Parada. Él nos trajo hasta este lugar en su camioneta.

Mientras avanzamos, El Transportador va señalando con el dedo y contando muertos por el camino. “Aquí le dieron muerte a un chamaco que vendía pan”, nos cuenta. Cien metros más adelante, adentrándose un poco en el monte, señala que mataron a tres de un solo. La lista sigue: “En ese poste que está a la derecha quedó tendido un señor que era agricultor y más allá un pandillero. Si uno gira ahora la cabeza a la izquierda hay una hondonada donde atacaron a un policía, cerca de la escuela del cantón Las Salinas, y más adelante mataron a otro de apellido Panameño.”

Incluso, donde estamos, a unos pasos de tocar el agua del mar, hace unos días mataron a un hombre mientras empinaba el codo con unos amigos. Lo mató un pandillero, dicen.

Pero eso no le quita lo agradable a los costeños, por lo menos no a todos. Al menos no al hombre que ahora nos lleva en su lancha hasta la isla La Pirraya, donde habitan los jugadores de fútbol playa que tanto han dado de qué hablar en los últimos años. Unos isleños que un día pasaron de pescar por las mañanas y jugar partiditos entre amigos por las tardes a quedar cuatro veces finalistas en torneos mundiales de fútbol playa.

Aquí todo mundo conoce a los seleccionados de playa. Tres de ellos, de hecho, viven en La Pirraya, y otros tres en Rancho Viejo, algo que no tardamos mucho en constatar. Luego de caminar un poco isla adentro, vemos caminando con pasividad a Rubén Batres. Viste una calzoneta negra y no trae camisa. Se espanta un poco al saber que dos periodistas lo andan buscando y nos pregunta que qué pasa. Luego explica que en este lugar, a pesar de que todo el mundo los conoce y sabe que son jugadores mundialistas de fútbol playa, nadie los ve con extrañeza. “Aquí no somos estrellas, somos normales”, dice sonriendo.

Nuevas generaciones de futbolistas que también sueñan con ser mundialistas se forjan en La Pirraya. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

Nuevas generaciones de futbolistas que también sueñan con ser mundialistas se forjan en La Pirraya. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

Entre los logros más memorables de estos jugadores que prefieren andar descalzos que con zapatos están haber alcanzado el cuarto lugar en Rávena 2011, participado en los mundiales de Marsella, Dubái y Tahití; y ser considerado el tercer mejor equipo de la CONCACAF en 2015.

Las lanchas son aquí lo que en San Salvador son los buses del transporte colectivo. Con algunas diferencias, quizá la más notoria es que no viajan desvencijados a mil por hora de forma agresiva, ni se pelean por los clientes. Porque aquí obviamente no hay paradas intermedias, solo un punto de salida y uno de llegada.

En este lugar las lanchas no tienen horario de salida. Cada una arranca hasta que se llena y luego sigue la otra, y así sucesivamente desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la tarde. La gente viaja en docenas o menos desde Puerto Parada hasta las islas La Pirraya y Rancho Viejo. Los viajeros van sentados en tablas atravesadas a lo ancho de la lancha, sin mosquearse por el incomparable paisaje de aguas azuladas que se confunden con el cielo en el horizonte, ni las raíces de los árboles costeños que dejan boquiabierto a cualquiera que venga de lejos.

Una vez en la costa de La Pirraya, la gente se baja descalza porque la lancha sigue mitad en el agua y mitad en la arena. Algunas mujeres mayores y los niños son cargados por el lanchero hasta la arena seca. La piel arde por la fuerza del sol.

Paula, la mamá de Batres, trabaja en un restaurante a la orilla de la isla. Es una mujer delgada de cabello cano alborotado, tiene un hablar un tanto tímido y es muy religiosa. Ella explica que a su hijo le gusta jugar fútbol desde pequeño y que en algún momento incluso pensó en prohibirle que le dedicara tanto tiempo al deporte porque en este lugar es mal visto por la religión.

Mientras habla, Paula saca las llaves de su delantal y quita el candado a la puerta para pasar hasta el final de un largo pasillo de madera que lleva hasta el comedor, empotrado en unos pilares que lo sostienen sobre el agua. Desde ahí se pueden ver de cerca las lanchas que se adentran al mar.

“Con los niños chiquitos es diferente porque a ellos les sirve como diversión. Aquí no hay niño que no juegue. Ese es su pasatiempo. Por eso quizá es que están bien alejados de la violencia”, dice Paula. Y no miente. Esta isla, como muchos la describen, es un semillero de futbolistas. El pasatiempo preferido de los niños es jugar fútbol. Juegan desde que tienen cuatro años de edad o menos. Todo depende de si un niño ya logra mantener el equilibrio y permanecer parado para que le pegue a la pelota. Tanto así que todos los años, según dicen los lugareños, se forma una “escuelita de fútbol” en la que participan no menos de 70 niños de entre 4 y 15 años.

"Aquí no hay niño que no juegue". Esa es la consigna en La Pirraya. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

«Aquí no hay niño que no juegue». Esa es la consigna en La Pirraya. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

A cinco minutos en lancha desde donde está el comedor de Paula, también está la cancha donde entrenan los niños. Caminando un poco desde la costa, luego de cruzar un pequeño cerco de madera y alambre de púas, hay una planicie de unos treinta metros de ancho por cincuenta de largo con dos marcos metálicos con red de nylon en los extremos. Aquí es donde los niños se olvidan de todo y se encuentran con el fútbol.

“Nosotros quizá ya nacimos con el balón en los pies”, dice Tomás Hernández, otro seleccionado nacional que habita en La Pirraya.

Hernández, quien también es entrenador de los niños, ha inscrito a Javier, su hijo, en la escuelita de este año. Desde lejos se escuchan los gritos con voz de mando que dan indicaciones a los aprendices en la cancha.

“¡Meté la cabeza!… ¡No! ¡Con fuerza!”, grita Hernández mientras lanza el balón con la mano a uno de sus aprendices. Es sábado y hoy toca entreno.

Un grupo de doce niños está reunido en la cancha. Descalzos, con los dedos hundidos en la arena y las manos puestas de lado a lado a la altura del pecho, cabecean con fuerza el balón que viene aventado por las manos de su entrenador. Luego caminan y uno a uno y se paran debajo del marco para hacer sus prácticas de portero.

Hernández pega la patada y el golpe se escucha desde lejos mientras el balón sale disparado hasta el marco donde está parado un niño de cuatro años que se avienta al lado contrario para esquivar el disparo. “Lo va a matar de ese cañonazo”, murmura uno de los pequeños que están sentados en la arena, esperando su turno.

Hay dos niños que han conseguido un par de guantes de portero y se los turnan para atajar la pelota. Cada vez que se los pasan les quitan el seguro y los voltean para sacar la arena que se ha logrado colar luego de tantas veces de caer en el suelo, como lo ha ordenado el entrenador.

“¡Tirate, tirate, tirate!”, le grita Hernández a un niño de piel blanca que respira agitado en el centro de la portería.

Así, igual que estos niños que ahora juegan por diversión, así fue como nació la selección de playa de El Salvador, según cuenta el seleccionado. Un día del año 2004 estaban jugando como todos los días cuando apareció el profesor Israel Cruz, quien entonces era el entrenador de las “escuelitas” y les dijo que los iba a llevar a hacer pruebas para un campeonato nacional. Dos años después, en el 2006 se conformó el primer combinado nacional y al siguiente año estaban viajando en avión hacia Acapulco, México, a un campeonato internacional.

Los niños se ríen y señalan al portero de turno mientras le gritan: “Tirate, gordito, tirate”.

“Aquí podrían pasar jugando todo el día, todos los días, todos los años, hasta convertirse en estrellas –dice Hernández en todo de admiración–, a estos no hay quien les de fin”.

De hecho, aquí no hay quien le de fin al “vicio” del fútbol. Los seleccionados, luego de su jornada diaria que implica levantarse temprano y salir a pescar, vuelven cansados a “relajarse” y jugar un partidito todas las tardes en la Cancha de Rancho Viejo conocida como “El Infierno Turco”.

“Lo de turco no sé de dónde salió pero lo de infierno quizá por lo caliente y pesada que es la arena”, dice Nube Negra, el lanchero que nos acompaña en el trayecto. “Aquí hasta a la Selecta Mayor hemos verguiado”, asegura.

Por las tardes, cuando los seleccionados y sus vecinos juegan en El Infierno Turco, los vecinos sacan sillas y se sientan a ver el partido desde lo que bien podría ser el patio de la casa, aunque aquí no hay límites que dividan el “patio” de uno y de otro. Aquí cualquiera sale, pone una silla en cualquier lado y es como que esté en su patio.

El fútbol es el espectáculo gratuito y popular en este lugar. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

El fútbol es el espectáculo gratuito y popular en este lugar. Fotos de Bryan Avelar y Salvador Sagastizado.

“Nosotros somos pescadores, somos trabajadores normales. No somos estrellas ni todo eso. Tal vez allá, pero aquí es otra cosa”, dice Hernández luego de recordar la primera vez que se subió a un avión cuando viajaron hacia Acapulco, México, en el año 2005. “Lo malo fue la trepadita, pero de ahí ya todo normal. Aunque al principio todos decíamos ´ojalá que no se vaya a caer este avión´”, cuenta el jugador.

Unos niños se acercan a ver el partido, comentan con puteadas a los que marcan “chuco” o con golpes desleales a los del otro equipo. Uno de ellos, de unos 12 años, sostiene un puro en la boca mientras observa divertido, como si le estuvieran contando un chiste. El puro, dice, es para espantar los zancudos. Porque en este Infierno Turco que es la cancha, lo que más abunda aparte de la arena y las palmeras son los zancudos.

“Aquí así se pasa la vida. Es como nuestro pasatiempo. A todos los costeños de aquí de La Pirraya y de Rancho Viejo se nos conoce porque siempre jugamos fútbol. A pesar de que nos toca salir a pescar porque hay que ver cómo se sale adelante con la familia, siempre, siempre venimos a jugar. El día que no vengo a jugar me siento mal, enfermo”, dice Hernández con ese tono de cansancio tan particular de los futbolistas que hablan en una entrevista al final del partido.

Aunque los seleccionados no dejan de expresar que es la humildad lo que los ha mantenido unidos y los ha llevado a cuatro mundiales seguidos, no dejan de resentir que se les ha tratado mal, que no les han respetado sus salarios y que muchas, pero muchas veces se les ha utilizado.

“Yo no sé qué tipo de problemas tendrán ellos allá, pero sí… Han pasado hasta seis meses en los que no hemos tenido el salario. Por eso es que uno tiene que salir a rebuscarse, a pescar y todo eso. Pero eso no es raro para nosotros, si es lo que hemos hecho toda la vida. Es más, feo siento cuando salgo varios días de aquí. A todos nos agarra desesperación por volver”, dice Hernández mientras toma un descanso al final del entrenamiento con los niños.

Sin embargo, estas desilusiones no son motivo para que los seleccionados y los cientos de niños que crecen en esta isla sigan jugando todos los días, con el mismo afán de siempre. Unos soñando con las grandes ligas, con sustituir a Hernández, a Tin Ruiz o a Douglas Zavala. Otros simplemente pescando de día y jugando de noche, eternamente en esta isla del fútbol.

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