Allá donde el virus todavía no ha llegado

El coronavirus ya se extendió por casi todo El Salvador. Un caserío remoto del occidente del país se ha salvado, hasta ahora, de los contagios.  Es un lugar donde lo que sí llegó, y desde hace mucho tiempo, es la pobreza, el hambre y la inseguridad. Un lugar donde de nada sirven las banderas blancas porque nadie las ve. 

Fotos FACTUM/Bryan Avelar 


Debajo de un techo de madera y tejas podridas, una mujer joven llora desconsolada mientras las moscas se le paran en la boca. Las lágrimas se resbalan por sus mejillas y le dibujan dos surcos gruesos sobre su cara llena de tierra. Entre alaridos y sollozos, la mujer cuenta sus calamidades. Llora porque tiene hambre y  sus dos hijos pequeños llevan más de un día sin comer.

Es mediodía a finales de mayo y en el aire reina un calor húmedo que pone pegajosa la piel. Rosa llora en el portal de la casa de su tío, don Tránsito, en lo alto de un cerro en un caserío remoto llamado Las Tablas, municipio de El Porvenir, en Santa Ana, al occidente de El Salvador. Muestra sus manos vacías y tierrosas mientras repite con voz trémula: “¡No tenemos nada, no tenemos nada!”.

Como para consolarla, don Tránsito soba la espalda de su sobrina y le menciona a Dios. Le dice que él es un dios piadoso con todos nosotros y que nunca nos dejaría morir de hambre. Rosa quizá no le cree o quizá no le escucha, pero ignora a su tío para seguir llorando mientras las moscas caminan tranquilas sobre su piel.

Rosa, de 32 años, llegó desde lejos hasta aquí. Caminó casi tres kilómetros hasta la casa de su tío siguiendo una esperanza. Escuchó decir que este día el gobierno repartiría bolsas con comida en el casco del caserío, y vino a buscar. Pero llegó tarde. Los repartidores ya se habían ido cuando ella logró llegar.

Este día el gobierno repartió bolsas de comida en varios caseríos de El Porvenir por una razón: desde hace más de dos meses hay una ley de cuarentena obligatoria para evitar la propagación del coronavirus y la gente tiene prohibido salir incluso a trabajar. Miles se han quedado sin empleo y, por lo mismo, sin comer.

En la ciudad, lejos de donde Rosa y don Tránsito, la gente pobre ha hecho banderas blancas con mantas y las han puesto a la orilla de la calle, como señal de que ya se quedaron sin comer. Pero aquí, en medio del monte y los cerros, esas banderas blancas no sirven de nada. Si Rosa, por ejemplo, pusiera una bandera blanca frente a su casa, los únicos que la verían son sus mismos hijos que también mueren de hambre.

A don Tránsito el gobierno sí le dio una bolsa con comida, pero él también se ha quedado sin comer. Hace dos días se acabaron sus provisiones: un par de sacos de maíz y frijol que logró guardar de su cosecha. La bolsa con comida es lo único que ahora tiene para sostener a su familia. Don Tánsito tiene 68 años y siempre trabajó como agricultor. Pero ahora las fuerzas en su cuerpo se han disminuido y solo le alcanzan para sembrar menos de un cuarto de manzana de tierra. De ahí, con suerte, dice, puede sacar cuatro sacos pequeños de maíz y dos de frijol con lo que su familia de cinco miembros se las tendrá que ver la mitad del año.

– Ya en estos últimos días tuvimos que pedir regalado, aunque sea un poquito de maíz con frijol para poder comer –, dice don Tránsito al lado de su sobrina.

A sus edad, Rosa no sabe leer ni escribir. Pero sí sabe que desde hace unos meses a El Salvador llegó un virus. Un virus extraño que puso a al mundo a temblar. Un virus que es como una gripe de esas que tantas veces le han dado, pero esta es una que mata. Un cansancio, dicen, que termina ahogándolo a uno. Rosa sabe que ese virus vino de China y que cualquiera se puede contagiar. Cuando se le pregunta, dice que este virus es una plaga de las que dicen que están escritas en la biblia y que quizá estos ya son nuestros últimos días sobre la tierra.

Pero ese virus no es lo que asusta a esta mujer. Ni tampoco a su tío. Lo que a ellos de verdad los hace temblar es el hambre.

El hambre, dice Rosa, es un dolor. O un ardor en la boca del estómago. O ambas cosas. Un dolor-ardor que a veces se calma si uno se queda dormido, pero a que a veces muerde tanto que despierta por profundo que sea el sueño.

El caserío Las Tablas es un lugar remoto escondido entre cerros y montañas, a 17 kilómetros de la frontera entre El Salvador y Guatemala. Hace dos meses, a 72 kilómetros de aquí, en la ciudad de Metapán, el gobierno registró el primer caso de coronavirus. Desde entonces hasta hoy, el virus se ha expandido en los 14 departamentos del país, y en al menos 204 de los 262 municipios, según el sitio oficial mediante el cual el gobierno informa sobre las cifras del COVID-19.  Hasta el 24 de junio, el virus no ha podido llegar al caserío Las Tablas. Pero sí ha llegado su idea.

Todo mundo sabe que, para contener los contagios, el gobierno puso una ley de cuarentena obligatoria y que no se puede salir, que hay que usar mascarilla y lavarse las manos. Los habitantes de este lugar saben que, si salen, la policía los puede capturar y llevarlos a un centro de contención donde, seguro, dicen, si no lo estaban, se van a contagiar.

Nadie quiere contagiarse del virus aquí, y por eso han tomado sus medidas: los primeros días, cuentan, no dejaban entrar ni salir a nadie. Ahora la gente puede entrar, pero toman sus medidas. A falta de alcohol gel usan mucha lejía: un chorrito en la pila con agua para bañarse, otro poquito en el agua para lavarse las manos, un huacal para limpiar todos los comprados. Aquí la gente lava todo, incluso el dinero: en un huacal con agua ponen un poco de lejía y meten las monedas y los billetes que vinieron de afuera y los dejan reposar. Nadie sabe dónde puede estar el virus.

 

Así desinfectan el poco dinero que llega a sus manos.

El coronavirus en este lugar es miedo, una noticia de terror que llegó por la televisión. O por Facebook. En este lugar es difícil agarrar señal de teléfono y con el internet es igual o peor. Pero algo se logra cuando uno sube a un cerro.

–Si ese animal llega aquí nos mata a todos. ¡Nombre! Segurito nos mata, ni Dios quiera – dice don Tránsito.

Las Tablas es un caserío al cual es difícil llegar. Incluso lo ha sido para el coronavirus. Pero hay otros males que sí llegaron y llegaron hace mucho, como el hambre, la pobreza y la inseguridad.

Para llegar al caserío Las Tablas hay que tomar decisiones. Está apenas a nueve kilómetros después de desviarse de la carretera principal que de Santa Ana conduce hacia Ahuachapán, pero son nueve kilómetros de calles de tierra y piedra suelta que dividen como las venas que irrigan por el cuerpo la sangre que bombea el corazón.

–Vayase reeecto, reeecto, y al llegar a un portón rojo se mete. Después sigue otra vez reeecto y va a encontrar tres caminos: uno que va para allá, otro que va para arriba y el que va para Las Tablas–, me dijo una señora antes de llegar –. Eso sí, no se vaya a ir por el camino que va para arriba.

–¿Por qué no me puedo ir por ahí? – pregunté.

–Yo solo le digo que mejor no se vaya por ahí.

Antes de llegar a Las Tablas, varios cruces y kilómetros antes de llegar, hay paredes pintadas con letras o números. Las manchas con tinta oscura anuncian de otro virus que sí ha llegado a este lugar, otro virus que también vino importado de otro país: la Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18.

Una mala elección en el camino y uno puede llegar al lugar equivocado.

–Yo no sé ni cómo pudo llegar, y menos en ese carrito, me dice don Wil, un líder comunal que esta tarde me ha llevado a casa de don Tránsito, donde encontramos a Rosa llorando.

La casa de don Tránsito es una casa que debe estar violando alguna ley de la física. Es una casa hecha de adobe fabricada hace unos 40 años. Cuando la hicieron, recuerda su dueño, era una casa fuerte y de paredes gruesas. Pero los inviernos fueron lavando y ahora han dejado al descubierto sus cimientos. Las piedras que sirvieron de base para fundar las paredes están al aire y nadie puede explicar cómo es que todavía se pueden sostener.

–Yo dudo que esta casa aguante un invierno más – advierte don Wil.

Don Wil es una especie de líder comunal. Este día me ha ayudado como guía. Lo encontré en su casa limpiando los comprados y el dinero con lejía. Es un agricultor que, según él mismo lo dice, tiene necesidad, pero no tanto como otros aquí mismo. Don Wil se ofreció a llevarme a conocer la pobreza de su caserío. Dice que en el casco la pobreza y el hambre pueden llegar a ser terribles, pero donde de verdad se sufre es en los alrededores, más allá, donde en carro no se puede entrar.

Por eso llegué donde don Tránsito.

Don Tránsito nos enseña su casa. Insiste. Nos pide que la veamos por dentro. Apenado nos dice que él necesita comida, pero que lo más que le hace falta es ayuda para poder tapar el techo. Dentro hay dos camastros viejos y un olor a nacido inunda el lugar. El techo de esta casa parece una tabla de dominó: una teja sí, una teja no.

–Aquí cuando llueve son chorros – dice don Tránsito.

Salimos, y en el corredor hay una hornilla, y sobre la hornilla un comal. Al lado del comal hay un huacal con masa cubiertas con una manta y sobre la manta una alfombra de moscas. Más allá hay un huacal más grande con tortillas ya hechas donde las moscas también hacen su festín.

–Esto es pobreza y no bromas – le digo a don Wil después de ver cómo vive está esta familia.

–Y esto no es nada, ahorita te voy a llevar a un lugar donde todavía hay casas hechas de paja – me dice, retador.

Bajamos del pequeño cerro donde tiene su casa don Tránsito. Don Wil empieza a caminar y yo intento seguirle su ritmo, hasta que descubre que lo voy siguiendo y le baja la prisa a su andar.

Avanzamos por callejones y nos metemos ya directamente al monte. Avanzamos unos doscientos metros y al fondo vemos un claro con una choza de paja al centro.

Es difícil llegar a Las Tablas. A este caserío no ha llegado el coronavirus, pero sí otros males como el hambre, la pobreza y la inseguridad, que llegaron hace mucho.

***

El día del gran rapto, en lo alto del cielo va a sonar una trompeta, pero no cualquier trompeta. La que va a sonar ese día, dicen los predicadores, es el Cuerno del Carnero. No va a ser ninguna de las siete trompetas de plata de las que habla el Apocalipsis, ni tampoco va a sonar el shofar. Porque, hay que saberlo, en el mundo hay trompetas, pero no todas son iguales.

Ahora mismo, por ejemplo, dos predicadores discuten acalorados sobre eso. Parece ser un tema de mucha importancia para los dos. Se exaltan y se gritan el uno al otro cuando no están de acuerdo. La voz de ambos sale por una la bocina de una pequeña radio de baterías puesta sobre un taburete, dentro de un ranchito de paja en el centro de un pequeño un solar.

A un lado del ranchito, desde donde escucha la radio, está sentado don Santos, un señor de más de setenta años. Es delgadísimo y tiene la piel quemada por el sol. Está sentado al lado de unas piedras de una forma tan extraña que, al verlo, pareciera que tiene una enfermedad: sus nalgas distan del suelo unos dos centímetros, la espalda encorvada y las plantas de los pies perfectamente acostadas sobre el suelo.

Las manos de don Santos parecen hechas de algún árbol viejo, son huesudas, de dedos largos y parece que las venas se le van a salir de la piel. Tiene una barba corta, el pelo liso sobre la frente y la mirada de un niño regañado. Don Santos suda mucho del pecho y suelta un silbido del pecho cuando quiere hablar.

–Él vive aquí desde hace unos veinte años y no tiene nadie por él. Solo un nieto que vive cerca y que a veces le trae comida –, lo presenta don Wil.

A don Santos tampoco le ha llegado una bolsa con comida hoy. Ni siquiera sabe que el gobierno las anda repartiendo a unos kilómetros de donde vive él. Tampoco sabe mucho del tal coronavirus, aunque sí ha oído hablar. También lo vincula a Dios. Dice que quizá es un castigo por lo muy mal que nos portamos. Sabe que el principal síntoma es un cansancio, aunque eso tampoco le da tanto miedo: es asmático y a él todos los días, desde hace quince años, le cuesta respirar.

La champa en la que vive don Santos es de unos dos metros de ancho por seis de largo. Un cuartito diminuto hecho de zacate cuyo techo es… bueno, no es un techo. En realidad, tiene un pedazo de lámina y otro pedazo de carpeta negra que con el tiempo se han llenado de hoyos y ahora más bien parece un colador. La lámina y la carpeta no alcanzan a cubrir todo el cuartito y del extremo opuesto al que tiene la cama la lluvia, el sol y el viento entran como si entraran por una enorme ventana.

Si existe una definición de pobreza extrema, don Santos debe ser la palabra hecha carne. Desde que nació, nunca ha vivido en una casa con paredes firmes, sus padres tenían, igual que él, un ranchito de paja en este mismo lugar. Cuando creció, construyó un ranchito al lado para vivir solo, pero las tormentas se lo botaron. Y hace veinte años vendió la mitad del pedazo de tierra que su padre le heredó y a cambio pidió un dinero y que le ayudaran a construir otro rancho de zacate.

Don Santos nunca, nunca, nunca ha tenido un foco en las casas donde ha vivido. Para qué, dice. Uno se acostumbra a usar lámpara. Tampoco ha tenido un chorro para agarrar agua para toma. No. Siempre me regalan para llenar mis botellitas, dice. Y ahora ni siquiera tiene una letrina donde hacer sus necesidades. Ahí tenía una, pero hoy que se me cayó la tengo que arreglar, y señala a mis espaldas una taza al aire libre con un montón de hojas a la par.

Por supuesto que don Santos nunca estudió. Desde los seis años lo único que sabe hacer es trabajar. Ayudó por años a su padre con la milpa y cuando fue adolescente se fue a los cañales a rozar, como le llaman a la corta. Después fue miquero, un oficio que, como bien lo dice su nombre, consiste en subirse a la copa de un árbol, como un mico, ayudado únicamente por un lazo, y cortar algunas ramas para que el sol se pueda colar.

Don Santos tampoco ha ido nunca a un doctor. Sabe que tiene asma porque un nieto suyo, el único que a veces le llega a dejar comida, se lo diagnosticó.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) define la pobreza extrema como “el estado más grave de pobreza”, un término que se utiliza para definir a una persona que no puede satisfacer sus necesidades más básicas: alimentarse, beber agua potable, dormir bajo techo o tener acceso sanitario y a educación.

Dice la misma ONU que el umbral de la pobreza extrema es una persona que vive con $1.90 de dólar al día, unos $57 dólares al mes. Pero ya quisiera don Santos ganar todo eso. La vida la pasa de lo que alguien le da regalado o de un secreto que guarda colgado de sus paredes: unas pequeñas bolsitas con semillas aparentemente secas que cuida como un guardián.

–¿Qué son esas semillas, don Santos? – le pregunto.

–Son semillas de ocre – responde –. Yo las siembro y dan frutos que después se pueden comer. Son bien buenos fritos o en sopa. Ricos son.

Detrás de su espalda, un monte espeso crece, y en medio, las plantas de ocre, su tesoro.

En la radio, un predicador sigue gritando.

–¡Después del gran rapto, la gente va a sufrir terriblemente, van a buscar quien les ayude! ¡van a buscar comer en hambruna y todo va a ser terrible! ¡Ahí no va a haber ayuda de nadie! – dice el predicador a gritos.

Quizá para don Santos el gran rapto ya fue.

¿TE HA GUSTADO EL ARTÍCULO?

Suscríbete al boletín y recibe cada semana los contenidos en tu email.