Amor y odio con el «Viet Cong»

Pasar del «Son basura, cerotes» al «Sí se puede» en cosa de minutos; mutar del «¿Para eso los esperamos? Perros…» al «Seleeeeecta, yo te quiero…«; metamorfearse entre ser el mayor agresor (al grito de «Metele huevos hijo de la gran puta«) y surgir rampante hacia el camino del éxtasis para abrazarse con extraños eternos, ‘los tristes más tristes del mundo’. Eso y mucho más provoca un equipo que representa lo que quizás no debería ser amado y, sin embargo, encuentra en el «no debería» la razón de una lealtad extraña y bipolar. Ese equipo es lo mejor que (aparentemente) El Salvador puede parar en una cancha de fútbol. Frente a sí tuvieron de nuevo a un rival al que no se ha vencido en eliminatorias mundialistas desde mayo de 1993, estadística que continúa vigente… Al 2-2 frente a Honduras habría que ponerle un asterisco que exprese que lo ocurrido fue un simulacro de victoria, un ensayo, un partido en el que no es que se ganaría un punto; es que el triunfo consistió en evitar que el rival se llevara los tres.


Como manda el manual de la vida, fue mi papá el primero en llevarme a un estadio a ver un partido de fútbol «profesional». Él con su U; yo con mi Marte. Aquello era un choque-metáfora en tiempos de guerra civil. Dirán lo que quieran, pero ante mis ojos ingenuos de pubertad en flor, aquello sí me parecía bastante profesional. Ayer, en cambio —siglos, canas y arrugas transcurridas—, fui yo el que tuve que arrastrar casi de su casa al viejo para que me acompañara al estadio. No quería ir y no lo culpo. Su apatía por La Selecta no es cosa exclusiva, es pandemia desatada en el país de las calamidades virales. «Diez bolas por ir a verlos me parece un crimen», dijo en algún momento. Razón no le faltaba, pero terminé por causarle lástima y ternurita. Todos mis amigos se habían rajado a último momento. Él sabía que si no me acompañaba, terminaría yendo yo solo a la Misión Vietnam de tendidos populares, ahí donde la nada vale menos que nada, pero donde sos un hermano a muerte si mostrás la actitud correcta, que no puede ser otra que la popular… Un símbolo de cómo razona el país.

La primera muestra de que somos pipiles de raza fue la impuntualidad. Íbamos bastante tarde al estadio, desinformados y confiados en la evidencia de que ni en los mejores sueños de los federativos el recinto se iba a llenar. Por eso, llegar 20 minutos tarde no sería demasiado drama. La cosa empezó a torcerse cuando camino al Cuscatlán escuchamos el grito de los catrachos que realizaron el viaje y ya celebraban el primer gol visitante. La primera calamidad del arquero salvadoreño (Derby Carrillo) obsequiaba una ventaja que ningún anfitrión debería ofrecer.

Siguió torciéndose la cosa al llegar a las clásicas taquillas de siempre, cuando nos encontramos con la noticia de que no había servicio ahí, que fuéramos a buscar la taquilla que habían puesto en el Centro Comercial Autopista Sur o que le compráramos a los revendedores que andaban merodeando el estadio. Aquello no sería curioso si no hubiera sido porque quienes nos dieron la recomendación fueron dos amables policías. Cuando es la ley la que te da como solución acudir a los que rompen la ley (los revendedores) es que toca cantar «Welcome to the jungle«…

El asunto es que los revendedores decían que para Vietnam, la zona de Sol General (o en este caso Luna General), el boleto valía cinco dólares más. La cara de mi Pá cuando le informe de la situación me indicaba que el crimen pasaba a ser ya de lesa humanidad. Así que no. Me lancé entonces a buscar la dichosa taquilla del centro comercial y resultó que —como casi todos los negocios de este país, menos los moteles— ya todo estaba cerrado. Le pregunté a unos vigilantes y me dijeron que ya no había nada ahí. Eran las 7:30 de la noche.

Tocó entonces regresar al estadio, llegar hasta la puerta de acceso y volver a preguntar. «Miré: váyase a Tribuna y pregunte por Alex o Walter. Dígale que ya no están vendiendo boletos y que si lo deja pasar». Seguimos las instrucciones. Fuimos a Tribuna. Ahí nos dijeron que sí estaban vendiendo boletos —nos vieron con cara de ‘estos sí que son bien majes’—, pero que no era en el centro comercial, sino que en una calle aledaña. Total que por fin di con el lugar. 20 tuzas y de nuevo a subir las gradas para acceder al estadio. De cuando en cuando me acercaba a los televisores de los puestos donde venden «carne’echucho» para seguir el mascón. «Tené cuidado al tomarle fotos a la mara ahí. No sabés quién se puede encabronar», me lanzó como advertencia mi progenitor.

Hay quienes acuden al estadio pero no ingresan a él. Se quedan comiendo afuera viendo el juego por televisión. Foto de Orus Villacorta.

Hay quienes acuden al estadio pero no ingresan a él. Se quedan comiendo afuera viendo el juego por televisión. Foto de Orus Villacorta.

Por fin logramos entrar al estadio, justo para el final del primer tiempo. Ingresamos por el túnel y ahí nos esperaban los primeros policías (los que sí estaban trabajando) y nos registraron para ver que no coláramos ningún tipo de arma. Avanzamos y ahí nos encontramos al segundo grupo de policías (los que no estaban trabajando), que se entretenían plácidamente viendo el mascón y bloqueando el libre acceso.

Policías comentan el partido en el túnel de acceso principal en el sector de Sol General del Estadio Cuscatlán. Foto de Orus Villacorta.

Policías comentan el partido en el túnel de acceso principal en el sector de Sol General del Estadio Cuscatlán. Foto de Orus Villacorta.

Después de pedirles que dieran chance de pasar, logramos divisar las incidencias en la cancha… Diez segundos después de aquello, Juan Barahona (lateral izquierdo salvadoreño) mandó un pelotazo largo, Punyed controló, giró, disparó de zurda… ¡Y PUM! Goooooool de El Salvador…

Aquí un video de cómo se vivió la celebración desde Vietnam.


¡Pandemónium! Y bendijo Johan el minuto 47, lo santificó y vio Cruyff que era bueno. Mientras caminábamos por el pasillo principal, el Viet Kong nos recibía con gritos de histeria que igualmente compartíamos. Un iracundo aficionado me abrazó emocionado y juntos gritamos la llegada del gol. ¡Qué manera de empezar a vivir la experiencia! Apenas segundos después de haber entrado al estadio, La Selecta nos recibía con el agradecimiento de un beso a la red. «Solo este momento ya valió las 20 tuzas que pagamos», le dije a mi Pá.

Terminamos el recorrido y nos apostamos en la parte baja de los graderíos, como anhelando que en la meta de Preferente Sur cayeran los goles que nos esperaban para el segundo tiempo.

Dr. Jekyll y Mr. Hyde

El Salvador había sufrido en buena parte del primer tiempo, pero el trastorno de personalidad que le infringe a su afición viviría sus momentos más puntiagudos en la segunda mitad. Inspirada por el cierre del primer tiempo, La Selecta arrancó mejor en la segunda parte. Dos tiros esquina que no fueron rematados correctamente por nuestros hobbits fueron desaprovechados y en la media cancha comenzaba a agrandarse la figura de jugadores como Richard Menjívar y Pablo Punyed. Fueron momentos de preocupación para la bicolor catracha.

Aquello tampoco duraría demasiado. Al minuto 57, Alex Mendoza se la jugó y quizo salir a cortar un pase filtrado, perdió la espalda y el hondureño Elis enfiló sin demasiado apuro adentro del área. Su disparo fue al bulto, fácil de controlar para cualquier salvadoreño no apellidado Carrillo aquella noche. A Derby se le escabulló la gallina india y el catracho Anthony Lozano se merendó el dulce que le habían obsequiado. Otro regalo del portero salvadoreño volvía a colocar arriba a Honduras…

Aquí un video no apto para menores de cómo se sufrió el segundo gol catracho desde el Vietnam.


Fue entonces que se dieron por inaugurados «los juegos de las puteadas». Del amor a la locura. Decía Jacinto Benavente que «a perdonar sólo se aprende en la vida cuando a la vez hemos necesitado que nos perdonen mucho» y la frase aplicaba en ambos sentidos de un amor no correspondido, un amor como el que la afición siente por La Selecta.

Un tipo de unos 30 años —dueño de un plante de «tamal» que haría que el mismísimo Satanás se resignara a entregarle una cora en la coaster— yacía sentado a un metro de distancia de mi lugar. Él dirigía cada jugada con un joystick imaginario. Era la voz cantante de las puteadas de carretonero. El Salvador cada vez jugaba peor y aquello no hacía más que desquiciarlo. Darwin Cerén fallaba pase tras pase y la presión que Honduras aplicaba se sentía acosadora sobre los salvadoreños en toda la cancha.

«¡Mieeeeeeerdas! Allá (lejos) son la mera verga; aquí ni mieeeerda!!!! ¡¡¡¡Hinchen los huevos, hijos de puta!!!!».

La puteada del «plante de tamal» terminaría siendo trabajo de simple amateur. Una chamaca de unos 25 años —dueña de un rostro de Apocalypto y figura atlética— vestía unos shorts diminutos y desmentía la creencia de que el Vietnam no admite mujeres. Suyas serían las puteadas más antológicas. Derby Carrillo era el blanco perfecto. Cada intervención suya desencadenaba una ráfaga de veneno. «Portero, morite», espetaba la dama… Pronto se daría cuenta de que sus gritos no llegaban a buen destino, así que decidió bajar todas las gradas, se aferró a la malla ciclón que niega el acceso a la cancha y comenzó a compartir su «cariño» con todo lo que se moviera por la banda izquierda salvadoreña.

El «Primi» Maradiaga movía la banca buscando respuestas. Entró Jaime Alas; entró «El ruso» Flores; entró Dustin Corea… ¡Nada! ¡Conseguir tres pases seguidos era El Dorado! ¿Un buen centro? La tierra del nunca jamás… Un brother que había llevado (con mucho esfuerzo) a su padre, ya anciano, le dijo que lo mejor sería abandonar el estadio antes de que la raza enloqueciera, al final del juego, y comenzara la lluvia de objetos contundentes. Así lo hicieron..

Mientras tanto, el tiempo avanzaba y Honduras perdonaba. Lozano se contagió del desbarajuste local y falló lo que en otros tiempos hubiera sido un simple trámite para Carlos Pavón Plummer. Y tanto falló Honduras que el karma terminó por atender sus demandas.

No se veía por donde, pero Juan Barahona volvió a sacarse una joya de asistencia que Nelson Bonilla exprimiría al máximo. Algún día contarán los nietos de nuestros nietos que una noche vimos cómo un salvadoreño lanzó en 2016 un centro como la gente y sería aprovechado por un compatriota suyo… ¡De cabeza y frente a los centrales de Honduras en el minuto 89!

Y volvió la histeria. Diez grados Richter trepidatorios en las gradas del Cusca… Un gol salvadoreño en la agonía de cada mitad de tiempo y la sensación de haber esquivado un dardo mortal. Jamás voy a olvidar el júbilo de mi Pá al momento de celebrar ese gol con toda la mapachada con la que tanto habíamos sufrido. Momentos como ese son impagables. El fútbol actúa de formas misteriosas…

Aquí un video de mi Pá celebrando el gol de Bonilla con el resto del Viet Cong.


Al final fue 2-2. El Salvador incluso intentó darle la voltereta completa al partido. Los hondureños se arrojaron al piso para lamentar los dos puntos que dejaron ir, mientas los futbolistas locales se retirarían pensando que había valido la pena haber batallado tanto para mantenerse con vida y que, quizás si hubieran jugado con un portero, la suerte hubiera sonreído mejor.

Volverán a encontrarse el próximo martes, esta vez en San Pedro Sula. El Salvador (con dos puntos) sabe que arrancar otro empate allá no sería nada malo, podría acercarlo a tan solo uno de Canadá. Honduras (con un solo punto) sabe que si vuelve a perdonar, no habrá quién los perdone a ellos. El drama continúa…

*Foto destacada, obra de Salvador Meléndez. Videos y fotos desde la grada, obra de Orus Villacorta.

NO TE PIERDAS:

GALERÍA FOTOGRÁFICA DEL EMPATE 2-2 ENTRE EL SALVADOR Y HONDURAS.

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